
¡Albricias, albricias!: un libro, espléndido, de un nuevo autor, Carlos Píriz:
En Zona Roja. La Quinta Columna en la guerra civil española (y II) / Ángel Viñas
En Zona Roja. La Quinta Columna en la guerra civil española (y II) / Ángel Viñas
Con las imprescindibles adaptaciones a las condiciones de lugar y
tiempo los residuos de la conspiración que lograron salvar el pellejo
en las capitales en que no logró triunfar el golpe de Estado se
amoldaron a las nuevas circunstancias, pero con el mismo objetivo:
derribar la República entonces resistente. Tal fenómeno es muy
importante porque, en contra de los alaridos que siguen propagando
muchos de los portavoces de la tradición “historiográfica” franquista,
la solución de continuidad entre conspiración y guerra brilló por su
ausencia.
Píriz examina esta situación prácticamente en numerosos casos en que
se presentó. Allí donde se dio el triunfo de los sublevados, empezaron
las funciones de los matarifes de uniforme, caqui, azul u otros. Ya
habían preparado las “justificaciones” que sirvieron para alimentar y
lanzar el golpe (amenaza comunista, peligro de caer en el abismo
soviético, imposibilidad de vivir dignamente en medio de los horrores de
la primavera de 1936, etc). Se trata de uno de los grandes milagros
de la historia de España, tan abundante en ellos, que continúen
propalándose todavía hoy. Pero así es. Los voceros que se pronuncian en
tal sentido no leen o lo que leen en contrario se lo pasan por cierto
sitio.
Naturalmente, no en todos los lugares se obró de la misma manera. En
algunos, que no eran cabeza de Divisiones Orgánicas, como por ejemplo
Almería, Murcia y Cartagena, y en los que la sublevación tampoco
triunfó, se siguieron otros parámetros en la organización del
quintacolumnismo. Es curioso, no obstante, de que en ellos la
conspiración no hubiese logrado avances fundamentales antes del golpe.
Píriz acude a centenares y centenares de expedientes personales, de
militares y civiles, que fueron recopilados por las organizaciones que
desde la España sublevada trataron de poner orden en la quinta columna.
Primero fue el Servicio de Información Militar (SIM) y más tarde, ya
bajo el mando del coronel José Ungría, el no menos famoso SIPM. Ambos se
sirvieron de los fugados de la zona republicana por muy diversos
canales. Uno de los más importantes fueron las misiones diplomáticas
extranjeras en ella. Este es un tema explorado por muchos autores. El
libro que comento lo aborda con multitud de ejemplos concretos que
muestran que, en manos de los diplomáticos de carrera o aficionados que
en ellas estaban, se trató de uno de los canales más importante para
obtener información del adversario y para filtrar agentes en uno y otro
sentido.
En el juego participaron prácticamente todas las misiones y
consulados extranjeros (salvo los de la URSS). Incluso Francia e
Inglaterra lo hicieron en ocasiones. Destacaron las misiones de
Argentina, Chile y Noruega, que lograron exfiltrar a numerosos
protagonistas ulteriores de la política y del Ejército de la España de
Franco.
En paralelo, Píriz arroja también nuevas luces sobre los esfuerzos
republicanos para contener las actividades quintacolumnistas, en medio
de una auténtica histeria contra las mismas. Poco a poco se lograron
éxitos, pero no paralizarlas totalmente.
Por las páginas de este libro, y basados en sus expedientes
personales, discurren numerosos protagonistas de las mismas. Algunos de
personas conocidas ulteriormente. La mayoría de auténticos desconocidos,
militares y civiles, que filtraron al enemigo franquista informaciones
absolutamente sensibles contra los republicanos.
Los sublevados fueron siempre conscientes de la importancia vital de
la obtención de información (incluso desde mucho antes del golpe). Todos
los conspiradores participaron en tal creencia, desde la Comunión
Tradicionalista (muy estudiada particularmente) al SIFNE, que también
goza de merecida fama.
Con todo, los militares rebeldes se fiaron más de sus compañeros. Ya
el 14 de septiembre de 1936 la Junta de Defensa Nacional creó el SIM y
puso a su cabeza a un veterano jefe de Infantería, el teniente coronel
Salvador Múgica Buhigas, uno de los mandos más experimentados en
materias de inteligencia. Otros agentes de los servicios republicanos en
tiempos de paz no tardaron en sumarse. Italianos y alemanes, más
avanzados que los españoles, ofrecieron sus consejos. Los avatares
organizativos y operativos los sigue Píriz con suma atención, en
particular desde que llegó el coronel Ungría.
A mediados de 1937 lo que había sido una organización hasta cierto
punto primitiva se modificó sustancialmente. De lo que se trató fue de
explotar de manera efectiva y sistemática las ayudas que pudieran hacer
llegar las personas afectas y residentes en la zona republicana. Aquí
Píriz brilla por su combinación del detalle y de la visión global que
poco a poco fue desarrollando el SIPM. Su archivo, aunque parcialmente
explotado por Heiberg y Ros Agudo, lo ha llevado el joven doctor a unas
conclusiones absolutamente sorprendentes. No es exagerado afirmar que
sin el SIPM los franquistas hubieran tenido muchas más dificultades en
ganar la guerra.
Es más, desplegado en el frente, se ocupó también de la propia
retaguardia. Se encargó de todos los servicios de investigación militar,
seguridad, orden público y contraespionaje. Controló con mano de hierro
los territorios propios y los ocupados. Sus agentes se infiltraron en
todos los servicios y oficinas del Estado naciente, en los centros de
comunicación en las industrias militares, en los hoteles, en los bares,
en los cafés.
Con todo ello, las redes quintacolumnistas que operaban en la zona
republicana recibieron un apoyo sistemático mucho más estructurado del
que hasta entonces no habían gozado tanto en el sector nordeste
(Cataluña), como en el centro y en el sureste.
El dominio de la inmensa documentación de archivo de que hace gala
Píriz es absoluto. Sus resultados son importantes no solo en el plano
general. También contribuirán a alumbrar el perfeccionamiento de los
estudios locales. El material acumulado para la represión, tanto sobre
la marcha como tras la victoria, fue muy importante y este libro habrá
de convertirse en una obra de referencia para futuros estudios en este
campo.
Tal dominio de EPRE se observa a lo largo de toda la obra, pero más
singularmente en los capítulos finales. Aquí el autor inserta sabiamente
los documentos de archivo en la larga lista de testimonios conocidos y
no conocidos, monografías y estudios generales sobre el final de la
guerra. Demuestra que, como afirma, “la Quinta Columna” era versátil.
“Espiaba, saboteaba, evacuaba, asesinaba, delataba, corrompía e
inventaba. Todo le servía para azotar a la República”.
En el último año de guerra, sobre el que se ha escrito
abundantemente, y bajo la puntillosa dirección inmediata de Ungría, el
SIPM puso en marcha dos tácticas que Píriz caracteriza como de
“implosión” y de “ofensivas personales”. Se trataba de azuzar,
exasperar, incentivar y fomentar las discordias que la marcha de la
guerra exacerbaba en el campo republicano. En muchos casos obedecían a
factores endógenos, pero estos fueron potenciados y exacerbados por el
lado franquista.
Tales tácticas requerían múltiples labores. Desde la continuada
infiltración cerca de los hombres y puestos sensibles para el esfuerzo
de guerra y no solo para pinchar decisiones, preparativos, informaciones
sino también para abrir los ojos de los mandos republicanos hacia las
consecuencias de la derrota inminente. Ello no hubiera sido posible sin
el trabajo previo de las redes quintacolumnistas a lo largo del período
anterior. Las ofensivas personales, una cristalización de lo anterior
en torno a políticos y militares, fue la guinda sobre el pastel. Se
trataba de influir sobre todos aquéllos que, por sus puestos y capacidad
de tomar decisiones fundamentales, podrían inclinar el fiel de la
balanza en un momento determinado.
La aceleración se constata a partir de la primavera de 1938. Es
decir, las semillas de la deshonrosa claudicación del esfuerzo de guerra
republicano, ya muy maltrecho tras el corte geográfico de su territorio
al alcanzar las fuerzas franquistas el Mediterráneo por Vinaroz, se
plantaron en aquellas semanas.
Quienes lo traicionaron meses más tarde aparecieron por aquella
época: entre los militares, como por ejemplo Matallana y Casado. Entre
los políticos, destacan Besteiro y Mera. Se “tocó” también a los propios
Rojo y Miaja. Muchos acercamientos, a este nivel tan elevado, no
tuvieron demasiado éxito, pero a niveles inferiores sí.
El cuadro general es, naturalmente, conocido desde hace años. Los que
se sumaron al trabajo en pos del desplome de la resistencia republicana
dejaron memorias. Algunos de quienes lo propulsaron, también. Los
historiadores hemos hecho nuestra labor. Lo que Píriz aporta es la documentación operativa del SIPM que en muchos casos no era conocida.
Destaca el caso de José María Taboada, conspirador desde antes del 18
de julio, cuando hizo gestiones difíciles de identificar ante políticos
destacados de la época como Juan de la Cierva (hoy más famoso si
cabe por el emperramiento del gobierno de la Región de Murcia en dar su
nombre al aeropuerto), José Calvo Sotelo, Antonio Goiecoechea,
Manuel Fal Conde y José Antonio Primo de Rivera para acercar posiciones
comunes de cara a las elecciones de febrero. Por “tocar”, incluso “tocó”
después al propio Casares Quiroga. En 1938 creó dos nuevos servicios al
amparo de las tácticas desplegadas por el SIPM que se revelaron
extraordinariamente útiles.
A pesar de las prisas por terminar la guerra, el SIPM supo esperar a
que tuviesen algún efecto las gestiones efectuadas ante Besteiro y
Casado, pero las actividades “normales” de sabotaje, desmoralización y
espionaje no se detuvieron en la práctica diaria. Para entonces el
coronel Ungría ya había sido nombrado jefe del Servicio Nacional de
Seguridad, antecedente de la tenebrosa Dirección General de Seguridad de
los tiempos de Franco.
La declaración, el 23 de enero de 1939, del estado de guerra en el
territorio republicano hizo que los militares -en su mayoría muy
desalentados- se hicieran con el poder efectivo en sus respectivas
zonas. A Casado se lo pusieron fácil. Había habido una pugna en
el interior del gobierno republicano sobre cómo hubiera debido hacerse
tal declaración del estado de guerra, pero al final no extrañará que se
llevara a cabo de la peor forma posible.
Los papeles del SIPM no dejan en buena luz a los artífices del golpe
casadista. Ni siquiera Miaja sale bien librado, a pesar de los heroicos
esfuerzos de su sobrino. Tampoco quedan bendecidos los casadistas, mal
que les sepa a algunos modernos autores.
No hay que revelar aquí los últimos descubrimientos de Carlos Píriz.
Su libro creo que será de lectura obligada para comprender una parte de
la socavada política de resistencia negrinista y comunista. También para
entender mejor las fuentes de que se nutrió la propaganda derrotista
que afectó a importantes sectores políticos y militares republicanos. Lo
que el SIPM no logró jamás demostrar fue que la República española
estuviera en las garras estalinistas. Es lo que se dijo desde antes del
golpe, en el golpe, después del golpe y que un sector de la derecha
española, el más agreste, continúa afirmando hoy con la fe del carbonero
y el desprecio hacia las evidencias documentales.
Fuente → angelvinas.es
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