Cuando el franquismo nos llamó en español

El Ministerio de Interior franquista decretó la prohibición de los nombres en euskera el 18 de mayo de 1938

Cuando el franquismo nos llamó en español
Seguro que en su familia también hay algún caso referido al nomenclátor que recoge a Maite, Domeka, Iñaki, Ekhi, Ikerne o Kerman. Durante la Guerra Civil, de forma más concreta en mayo de 1938, el Ministerio de Interior franquista decretó la prohibición de poner nombres que no fueran considerados de lengua castellana. Desde ese momento, los euskaldunes también serían perseguidos por el intolerante régimen dictatorial. Se acabó el poder elegir. Se acabó el sentirse nacionalista vasco en público; solo nacionalista español. Sin embargo, ante toda imposición se planta siempre la picaresca y resistencia de quienes no llegan a asimilar el dogma impuesto. Es decir, a pesar de perdedores, de quienes no se sienten vencidos. Que no es lo mismo. En ocasiones, en esos momentos históricos tan intransigentes, el humor salta a la palestra.

Conozcamos un caso al respecto antes de entrar en harina. Ocurrió en el exilio de Caracas. El histórico delegado del Gobierno Domeka Etxarte acudió a registrar el nombre de uno de sus hijos a la institución competente venezolana. El funcionario era un hombre que soltaba constantes exabruptos contra los españoles y España. Etxarte, en aquel contexto antiespañol, informó de que su hijo se llamaría Gaizka y al preguntarle el empleado por su nacionalidad, la del padre, Domeka le dijo “checosloesvasco, jugando con las palabras de checoslovaco y sin ser español”, y quedó impreso tal cual: “Checoeslovasco”. Los testigos lo corroboran.

Según un estudio del Gobierno vasco, fue a principios del siglo XX, coincidiendo con el despertar de la conciencia nacional vasca y con el éxito que tuvo el santoral publicado por Sabino Arana en el año 1897 ‘Egutegi Bizkattarra’ que fue completado en 1910 por Luis de Eleizalde, ‘Deun-Ixendegi Euzkotarra’, la iglesia católica autorizó por primera vez que los nombres en euskara pudieran inscribirse en sus registros bautismales. Aconteció en 1904, “pero hubo que esperar hasta 1930 para que también fueran aceptados en los registros civiles”, matizan.

«Una significación contraria a la unidad de la patria española»

 

El derecho a poner nombres vascos se mantuvo durante la Segunda República, pero fue suprimido a raíz del golpe de Estado de 1936. Fue más concretamente el 18 de mayo de 1938, cuando el Ministerio de Interior franquista decretó la prohibición de poner nombres que no fueran en lengua castellana. A partir de aquel día quedaron prohibidos los nombres «que no solamente están expresados en idioma distinto al oficial castellano, sino que entrañan una significación contraria a la unidad de la patria española».

Y ahí comenzó el que denomina “problemón”, la durangarra Maite Andueza. “En el colegio, pasaban lista y me decían: María Teresa Andueza. ‘Como no soy yo, no hago ni caso’, pensaba. Y venga, a mirar contra la pared, a poner los brazos así en cruz, y ese aspecto en el colegio fue duro, con las propias compañeras también. Yo eso lo tengo grabado muy dentro, pero he sido Maite toda mi vida”, reivindica orgullosa quien de niña acudía con su madre a la cárcel de mujeres de Durango y visitaba a una presa conocida como Chiloeches.

A la familia del exsenador Iñaki Anasagasti le pasó otro tanto. “Los cuatro hermanos nacimos en Venezuela y nos pusieron el nombre en euskera. Pero cuando llegamos a estudiar bachillerato a Donostia, a mí me cambiaron a la fuerza Iñaki por Ignacio María y a mi hermana Maitena, por Amada. Era lo normal en el franquismo”, aporta Anasagasti.

Será en 1939 cuando los franquistas deciden borrar los nombres vascos de los registros mediante otra orden que declaraba nulas todas las inscripciones que no estuviesen en castellano. En 1970, cinco años antes que muriera el autócrata Franco, el nombre no euskaldun Iván también estaba prohibido, por ser ruso. “Nos obligaron a registrar a nuestro hijo como Juan, sin quererlo nosotros. De hecho, cuando murió Franco y fuimos a actualizar el libro de familia, nos cobraron 14.000 pesetas de entonces y el funcionario, a las claras, aún franquista, lo que hizo fue poner Iván por encima de Juan, de forma que aún se lee mal y se percibe que lo cambiamos”, detalla Araceli González. A otra familia del mismo pueblo, dos años antes sí le dejaron poner el nombre de Iván.

Jaun-goikua eta Lagi-zaŕa

 

Curioso también es el caso de una familia de apellido Iriondo que logró poner de nombre a su hijo como Jel, es decir, como el acrónico J.E.L. del lema del PNV Jaun-goikua eta Lagi-zaŕa, es decir, Dios y la ley vieja, creado por los hermanos Sabino y Luis Arana. Eran propietarios de una conocida zapatería bilbaína y en el colegio a Jel Iriondo, le cambiaron el nombre por el inventado de “Jelasio, hasta ese punto eran capaces de llegar”.

Iruña es nombre de mujer. Lo era ya de la capital de Nafarroa, pero también de la hija del gudari llamado Pedro María Urrutikoetxea, del batallón Padura, soldado sabiniano que imprimió sus memorias en un libro titulado La hora del ultraje, publicado por la histórica editorial Ekin y que estos días está de actualidad porque se ha reeditado de nuevo.

Iruña Urrutikoetxea es el nombre materializado de aquella promesa que hizo el gudari jeltzale cuando logró conservar la vida y disfrutar de la libertad al salir del Fuerte de San Cristóbal, donde fue preso de Franco. El soldado del lehendakari Aguirre lo detalla en el tomo. «Puedo resumir en un breve espacio la impresión global que recibí de aquella gente: Catorce años después de abandonar aquel fuerte navarro en el que sufrí prisiones y presiones increíbles, me nació una hija. La bauticé Iruña, como mi mejor homenaje a aquellos compatriotas, repito, incomparables».




Documento de alcaldía franquista de Gernika-Lumo.
 

Como colofón, los franquistas no dejaban (o no dejan) descansar en paz ni a los muertos. Un ejemplo fue que la prohibición llegó a los cementerios, por ejemplo, al de Gernika-Lumo, donde no podían esculpir lápidas en euskera. «La orden procedía del Gobernador Civil Genaro Riestra de prohibir toda inscripción en euskera en las lápidas, lo que hizo que se quitasen, y quien no lo hizo le dieron por encima con cemento», explica el historiador de Gernikazarra, Txato Etxaniz, quien agrega que estalló entonces un pleito muy largo entre el Ayuntamiento y Sebero Altube, alcalde durante la República, euskaltzale y miembro fundador de Euskaltzaindia, que estando exiliado le dijeron que quitara las inscripciones en euskera y pleiteó. «Tras echar los facciosos cemento por encima, el Servicio de Información del Gobierno vasco, los espías, fotografiaron las lápidas y remitieron las imágenes al exilio, publicándose en Euzko Deia de Buenos Aires».

Un documento de alcaldía de Gernika del 2 de noviembre de 1949 certifica que aquellos que tuvieran parientes enterrados en el camposanto de la localidad debían retirar las losas con “inscripciones en vascuence, por otras en castellano”. Y debían hacerlo “con la debida urgencia”.



Fuente → mugalari.info

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