Proyecto Faq El neoliberalismo atenta contra la democracia

domingo, 20 de junio de 2021

El neoliberalismo atenta contra la democracia

La primera reunión de la Sociedad Mont Pelerin, en 1947, con sus fundadores, Friedrich Hayek y Ludwig von Mises. (Sociedad Mont Pelerin)

Más que un conjunto de políticas de libre mercado, el neoliberalismo siempre ha buscado alterar el equilibrio de poder de la sociedad a favor de los empresarios. Su ataque a la democracia y el debilitamiento de los sindicatos beneficia ahora a la extrema derecha.
 
El neoliberalismo atenta contra la democracia
Aldo Madariaga -
Traducción: Valentín Huarte

El neoliberalismo nos acompaña desde hace más de tres cuartos de siglo. Luego de la campaña inicial de la Sociedad Mont Pelerin de los años 1940, que logró reinventar un liberalismo anticuado, el neoliberalismo adoptó distintas formas: la Escuela de Chicago y el ordoliberalismo alemán, el golpe de 1973 perpetrado por Pinochet en Chile, las revoluciones de Thatcher y de Reagan, los ajustes estructurales del FMI y del Banco Mundial y la tercera vía europea.

El tópico del neoliberalismo produjo una verdadera industria del comentario, que crece a medida que los expertos intentan darle sentido a un término cada vez más disputado y resbaloso. Muchos de los que escriben sobre el neoliberalismo ensalzan lo que consideran que es su último vals en la escena mundial: entre las transformaciones que propició la crisis financiera de 2008-2009, el ascenso de gobiernos autoritarios proteccionistas y la necesidad de soluciones de políticas públicas a largo plazo que plantea la pandemia de COVID-19, no son pocos los que proclaman que el neoliberalismo está en las últimas.

Pero, ¿es realmente así? ¿O avanza a otro ritmo y se desplaza hacia formas más virulentas?

Como argumenté en otro lugar, el neoliberalismo no está muriendo. En cambio, está atravesando importantes transformaciones que lo convierten en algo especialmente peligroso para la democracia contemporánea. En efecto, la clave para comprender la resistencia del neoliberalismo es esta amenaza a la democracia. Su capacidad para perdurar a través de las crisis y superar a los sistemas rivales no es una consecuencia de su apelación constante al libre mercado y a la competencia económica. El neoliberalismo sobrevive más bien alterando los fundamentos mismos de nuestras instituciones y organizaciones democráticas.

Al hacerlo, se alía con fuerzas —dictadores y tecnócratas— que marchan en la misma dirección. Este aspecto central del proyecto neoliberal está preparándoles el terreno a una nueva camada de caudillos de derecha radical en todo el mundo. Hoy existe una alianza entre los neoliberales y el gran capital que se teje en función del apoyo a los nacionalistas, los conservadores y los populistas autoritarios. Esta alianza tal vez represente uno de los mayores obstáculos que deberá enfrentar una política democrática.

El neoliberalismo es un proyecto político

Para mucha gente, el neoliberalismo es un conjunto de ideas económicas que proclama la superioridad de los mercados como forma de coordinación social entre los individuos. Planteando la cuestión en estos términos, se supone que el neoliberalismo es capaz de seducir, convencer y en última instancia prevalecer sobre ideas rivales como la planificación estatal. Aquellos que suscriben a esta definición toman los indicios del «retorno» de la planificación estatal como una prueba de que el péndulo se inclina nuevamente hacia un consenso social que rechaza el neoliberalismo.

Diremos entonces que por neoliberalismo suele entenderse la ideología que plantea la superioridad de los mercados sobre los Estados y de los individuos sobre las sociedades. Sin embargo, largas décadas de investigación demuestran lo que Philip Mirowski denomina la «doble verdad» detrás de la doctrina neoliberal: a pesar de que suelen venderse como defensores de la libertad de elección y la crítica de toda regulación opresiva, los neoliberales siempre tuvieron en cuenta la necesidad de un Estado fuerte y coercitivo.

Esto implica dos cosas. En primer lugar, los neoliberales están menos interesados en los mercados en sí mismos —por no hablar de la competencia de mercado— que en aquello que estos les permiten alcanzar. Aunque los neoliberales con frecuencia apuntan a eliminar las intervenciones estatales que interfieren con la libre elección de las empresas privadas, no se oponen a todas las formas de intervención estatal. Están particularmente interesados en la redistribución de ingresos hacia los grandes grupos corporativos (a través de exenciones fiscales y programas de rescate durante las crisis financieras). Con todo, si bien toma el rumbo opuesto, estas políticas no implican menos intervención que la gestión de recursos a favor de la clase trabajadora. De manera similar, los neoliberales se comprometen con la extensión de los mercados y de la lógica de mercado a todas las formas de vida social y política, pero no les interesa si esto termina llevando a una competencia injusta o directamente a la formación de monopolios.

En segundo lugar, comprendemos ahora que los neoliberales requieren Estados fuertes para imponer —y reforzar— su libre mercado, aun si esto conlleva medidas abiertamente represivas.

El neoliberalismo, entonces, es mucho más que un conjunto de ideas acerca del libre mercado. Es un proyecto político que no solo apunta a reducir el poder del Estado, sino que, en términos más concretos, busca debilitar las capacidades de cualquier agente colectivo —sean Estados, sindicatos o partidos políticos— que interfiera con las decisiones de las empresas privadas. Este proyecto de alterar el equilibrio de fuerzas es una de las claves de su resiliencia.

El neoliberalismo contra la democracia

Para comprender la relación entre el neoliberalismo y la democracia, debemos recordar el antiguo temor de las clases dominantes a la tiranía de las mayorías desposeídas y a la posibilidad de que las ambiciones democráticas vulneren la libertad económica. En un célebre libro del cual es coautor, titulado Democracy in Deficit, James Buchanan, uno de los exponentes más venerados de la tradición neoliberal, explica este punto con nitidez.

Allí el eje no está puesto en la libre competencia, en las operaciones de mercado ni en la crítica de las intervenciones estatales. En cambio, está emplazado sobre «las instituciones políticas a través de las cuales debe implementarse la política económica». Aplicando esta lógica, Jaime Guzmán, el gran genio detrás de la arquitectura política y económica chilena heredada de la época de Pinochet, argumenta que las instituciones políticas deberían estar diseñadas de tal forma que «si los adversarios llegan a gobernar, [estén] obligados a actuar de manera no tan distinta de la que uno desea». Como explica Walter Lippman, el abuelo de la Sociedad Mont Pelerin, «el punto decisivo en todo esto no es si la mayoría debe gobernar, sino el tipo de mayoría que debe hacerlo».

El neoliberalismo limita la política democrática al alterar el equilibrio de fuerzas entre sus partidarios y sus oponentes con el objetivo de reducir el espacio disponible para la política. A partir del estudio del neoliberalismo y de la democracia en América Latina y en Europa oriental, es posible identificar tres mecanismos que lo mantienen funcionando.

El primero es la creación de una nueva clase empresarial mediante la privatización de activos estatales y la generación de nuevas oportunidades de negocio en estos sectores que desde entonces funcionan sin regulaciones. Durante mucho tiempo se sostuvo que la lógica de desmantelar el Estado social se vinculaba principalmente a maximizar la eficiencia y el crecimiento. Sin embargo, en los países donde el neoliberalismo logró desarrollarse con éxito, las privatizaciones dirigidas y la desregulación apuntaron sobre todo a crear o a empoderar aquellos negocios más proclives a prestar apoyo al proyecto en términos generales.

Este fue especialmente el caso del sector financiero, que se sumó a las empresas exportadoras competitivas y a las multinacionales. Los negocios que tienen interés en perpetuar el neoliberalismo se sirven de las ventajas estructurales que se les conceden para hacer retroceder los proyectos reformistas, desde impuestos, política industrial y medidas sociales hasta leyes medioambientales y laborales.

En segundo lugar, el neoliberalismo sobrevive en la medida en que logra impedir que las fuerzas políticas antineoliberales encuentren un punto de apoyo. Los ataques del neoliberalismo a los sindicatos y a los derechos de negociación colectiva están bien documentados. Menos se sabe sobre la manera en que nuestras instituciones políticas fueron diseñadas para bloquear cualquier oposición política creíble. Esto implicó, entre otras cosas, incrementar el poder del ejecutivo para eludir los parlamentos más representativos y la institucionalización de distintos tipos de mecanismos de veto capaces de anular las decisiones mayoritarias. Las tácticas de este tipo que tuvieron más éxito fueron las que afectan los patrones de representación política, como la ingeniería electoral y la manipulación de los mecanismos de votación.

Esto fue lo que sucedió en Chile, donde en 1989 se diseñaron el sistema electoral y la magnitud de los distritos (es decir, la cantidad de representantes electos en un distrito determinado) con el objetivo de garantizar que la derecha obtuviera la mitad de los representantes parlamentarios (más allá de su tercio habitual). Esta movida dejó a la izquierda sin representación por veinte años, a la vez que presionó a la izquierda más moderada a una alianza de largo plazo con las fuerzas centristas que menguaron sus posiciones reformistas. Junto a las exigencias de supermayoría necesarias para cambiar los rasgos fundamentales de las instituciones chilenas diseñadas por Pinochet, estas acciones fueron cruciales a la hora de prevenir cualquier reforma significativa durante cuatro gobiernos de centroizquierda consecutivos desde los años 1990 hasta los 2000.

En otros casos, los esfuerzos para limitar la representación apuntaron directamente al desempoderamiento abierto de amplias franjas de la población. Este fue el caso de Estonia, donde el neoliberalismo hizo causa común con las expresiones más radicales del movimiento nacionalista que promovía la independencia de la antigua Unión Soviética. Los neoliberales lograron explotar con éxito el temor de la sociedad a que la población rusa del país (que constituía cerca del 40% en 1989) bloquearía la independencia y privaría a los grupos étnicos de sus derechos de voto. Lo hicieron mediante el impulso de uno de los proyectos liberales más ambiciosos que se se haya implementado en Europa oriental.

En consecuencia, aquellos que salieron más dañados a causa de las reformas no tuvieron derecho a voto o votaron en función de intereses nacionalistas en vez de socioeconómicos. Eventualmente, esto impidió que se formen fuerzas socialdemócratas capaces de atemperar mínimamente la arremetida neoliberal, como sucedió en buena parte de los países de Europa oriental.

Por último, los neoliberales aislaron a los legisladores de las demandas populares a través de lo que suele denominarse «cierre constitucional», es decir, mediante la sustracción de algunos aspectos clave de la política económica del campo de la deliberación democrática, no sea que —en palabras de Buchanan y Wagner— nos encontremos «flotando a la deriva en el mar de la democracia». Los bancos centrales independientes y las reglas de política fiscal, por ejemplo, son instrumentos clave a la hora de mantener las medidas fiscales y monetarias fuera del terreno de la deliberación democrática. Postular que frenar la inflación es el principal objetivo macroeconómico redujo la capacidad de los bancos centrales de utilizar las políticas monetarias para alivianar los efectos de las crisis económicas y atender a las cuestiones vinculadas al empleo en vez de a la estabilidad de los precios. A la inversa, las reglas fiscales, como los procedimientos de presupuesto balanceado, redujeron enormemente la capacidad de gasto total de los gobiernos. Además, el establecimiento de umbrales constitucionales elevados a la hora de cambiar estas disposiciones dejó fuera del alcance de cualquier gobierno electo muchas herramientas políticas fundamentales.

En términos neogramscianos, un bloque social multipartidario, arraigado en sectores empresariales específicos, logró defender el proyecto neoliberal gracias a medidas económicas y recursos institucionales concretos que reducen el espacio disponible para la política. La consecuencia directa de todo esto es la absoluta fragilidad del carácter representativo de nuestras democracias.

El neoliberalismo y la razón populista

Si se considera la relación hostil del neoliberalismo a las instituciones democráticas fundamentales, no es difícil comprender la afinidad electiva que existe entre aquel y la derecha populista radical de nuestros días. Al contrario de lo que sostiene Wendy Brown, la derecha radical no está emergiendo «de las ruinas» del neoliberalismo, sino de las posibilidades concretas que se plantean cuando los dogmas centrales del primero se «hibridan» con el populismo.

Ahora bien, ¿cómo se generó este híbrido? En los años 1970-1980, los ideales neoliberales se alinearon con doctrinas autoritarias para darle forma a algunas de las reformas —y dictaduras— de mayor envergadura que se hayan visto. Más tarde, durante los años 1990 y 2000, los neoliberales conquistaron el corazón y la mente de las las élites tecnocráticas de la «tercera vía» que buscaban imponer cierta disciplina de mercado a unos gobiernos irresponsables. De manera similar en la actualidad, los principios fundamentales del neoliberalismo llevan a estos sectores a aliarse con la derecha populista radical.

Esta alianza no se teje en función de un interés común en la libertad de mercado, sino en el desprecio común por la política democrática y en la necesidad de limitar todavía más las instituciones democráticas (por no hablar de la concepción individualizada de los social). De ahí que, a pesar de la afirmación de que el populismo y el neoliberalismo son tendencias antagónicas, los proyectos populistas que buscan obstruir las libertades y las instituciones democráticas fundamentales refuerzan el programa antidemocrático del neoliberalismo.

Casi en todas partes, el neoliberalismo promueve el fortalecimiento de la autoridad del ejecutivo y la delegación del poder democrático en instituciones burocráticas que no responden a ningún reclamo. Con frecuencia, los neoliberales alteraron los sistemas electorales y los patrones de representación política para favorecer la «libertad económica». Hoy la derecha populista radical hace lo mismo.

Esta derecha se embarca en una visión del mundo moralista y nacionalista, que parece situarse en las antípodas del individualismo neoliberal y asumir una posición incrédula frente a la sociedad en general. Siempre que los neoliberales emprendieron campañas para ganarse un apoyo social amplio, lo hicieron en nombre de los beneficios potenciales del consumo de masas individual que supuestamente conlleva la libertad de mercado. En cambio, se afirma que la movilización populista repolitiza una sociedad cada vez más individualizada y apática.

Sin embargo, la investigación de Melinda Cooper demuestra que existen fuertes conexiones entre el neoliberalismo y el conservadurismo social. Como nos recuerda Wendy Brown, el neoliberalismo de tipo hayekiano apuntaba a proteger las jerarquías tradicionales en igual medida que las libertades económicas. En el punto más alto de esta jerarquía se planteaban los valores familiares y la división tradicional del trabajo doméstico. Esto encuentra resonancia en el impulso actual de la derecha populista a organizarse alrededor de la figura de la familia tradicional.

Si miramos más allá de Europa occidental y de los países fundantes de la OCDE, las conexiones entre el neoliberalismo y otro rasgo elemental de la derecha radical, a saber, el nativismo, no son nada novedosas. El chovinismo nacionalista fue una característica presente en las figuras que definieron el período de esplendor del neoliberalismo durante los años 1990 en América Latina y en Europa Oriental. Los casos paradigmáticos fueron Alberto Fujimori en Perú y Lech Walesa en Polonia.

Lo que hay detrás de estas afinidades electivas es una concepción individualizada de la sociedad que habilita la referencia fácil a una vacua noción del «pueblo». «El pueblo», para el populismo de derecha, no es la unidad fundacional de la sociedad ni se apoya en un conjunto de rasgos comunes. Por el contrario, se construye a través de la identificación individual con el discurso del líder. Esto es lo que Laclau denomina la construcción de un «significante vacío» que puede ser llenado con una variedad de demandas sin ninguna especificidad que en algunos casos pueden ser nativistas, autoritarias o conservadoras. Al observar el ascenso de un nuevo tipo de derecha radical en la Alemania de los años 1960, el filósofo Theodor Adorno notó precisamente que sus proclamas no remitían tanto a ideas como el demos o la nación, sino más bien a los rasgos de una personalidad autoritaria y a un anhelo de autoridad y disciplina. En este mismo sentido, mientras que la «repolitización de la sociedad» populista puede llevar a la movilización de multitudes furiosas, no promueve el tipo de poder colectivo organizado al que teme la clase propietaria.

De hecho, los populistas no empoderaron a los trabajadores por los que prometen velar, no redujeron el poder de la clase empresaria en general ni mucho menos el de las finanzas en particular. En todo caso, la alianza entre los neoliberales y los populistas parece indicar que estos últimos están arrebatándole el programa a las élites tecnocráticas de la tercera vía. Allí donde los tecnócratas de la tercera vía son capaces de admitir a regañadientes los excesos del neoliberalismo, la necesidad de fortalecer la legislación social y permitir un mayor control sobre los órganos de gestión, los verdaderos neoliberales comprenden que su proyecto depende de la continua limitación de las instituciones democráticas representativas.

La alianza del neoliberalismo con la derecha populista radical está acelerando el ocaso de la política democrática y atizando un deseo de autoridad, orden y conservadurismo social, a la vez que desata la tendencia desenfrenada del capital hacia la acumulación. Que el neoliberalismo y la derecha populista radical logren conformar un híbrido estable dependerá de factores institucionales y estructurales, es decir, de la política. Solo luego de reconocer los mecanismos institucionales, económicos y políticos que hacen al neoliberalismo tan resistente, seremos capaces de esbozar algunas ideas para detener su marcha y defender la democracia y la igualdad.


Fuente → jacobinlat.com

banner distribuidora

El neoliberalismo atenta contra la democracia Rating: 4.5 Diposkan Oleh: La Voz de la República
Publicar un comentario
Gracias por comentar
 
  • BR