Proyecto Faq La izquierda y la cuestión colonial marroquí en la Segunda República (1)

viernes, 21 de mayo de 2021

La izquierda y la cuestión colonial marroquí en la Segunda República (1)

 
La izquierda y la cuestión colonial marroquí en la Segunda República (1) / Bárbara Areal:

Ante la crisis migratoria en Ceuta y el despliegue del Ejército en la playa del Tarajal por parte del gobierno PSOE-UP, publicamos el texto ‘La cuestión marroquí. El colonialismo español en la guerra y la revolución’ escrito por Bárbara Áreal.

Un material fundamental para comprender las políticas de la izquierda reformista durante la Guerra Civil y la revolución española respecto a Marruecos. Es imprescindible sacar todas las lecciones de ese periodo para defender una política revolucionaria, internacionalista y antirracista consecuente hoy.

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I. Introducción

La plusvalía obtenida por la explotación de las colonias es uno de los apoyos del capitalismo moderno. Mientras esa fuente de beneficios no sea suprimida, será difícil para la clase obrera vencer al capitalismo.

V. I. Lenin, Tesis sobre la cuestión nacional y colonial, II Congreso de la Internacional Comunista, 1920

Las primeras décadas del siglo XX en el Estado español estuvieron marcadas por una sucesión de movilizaciones, huelgas e insurrecciones que cristalizaron en la revolución social de 1931-1939. En la conjunción de los numerosos factores que hicieron posibles tan excepcionales acontecimientos, se encuentra la presencia colonial española en Marruecos. En ambas orillas del Mediterráneo, los habitantes del Rif marroquí y los obreros y jornaleros del Estado español se levantaron una y otra vez impulsados por una misma aspiración: libertad y justicia social. Las numerosas derrotas sufridas por el ejército español a manos de la población del norte de África ayudaron a forjar la conciencia clasista del proletariado en la península, que se movilizó una y otra vez contra las aventuras coloniales de la oligarquía española. A su vez, la proclamación de la Segunda República en 1931 animó las ansias de liberación nacional y la movilización obrera en Marruecos. Existió una profunda conexión entre el movimiento de las masas oprimidas a uno y otro lado del Estrecho de Gibraltar, alimentándose mutuamente. No es de extrañar. Se enfrentaban a un mismo enemigo.

La cuestión colonial marroquí fue un aspecto crucial en el desenlace final de la revolución española. Las decisiones políticas que los diferentes gobiernos de la Segunda República adoptaron al respecto tuvieron consecuencias críticas en el terreno militar. Si bien hay discrepancias sobre la cifra exacta del número de soldados de origen marroquí que participaron en el bando franquista, la cifra más realista se situaría en torno a los 100.000 efectivos. Desde nuestro punto de vista no es una exageración afirmar, tal y como intentaremos argumentar en estas páginas, que si la Segunda República española hubiera proclamando la independencia en el Protectorado español de Marruecos, el transcurso de la guerra civil hubiera sido diferente, incluido su desenlace. Tampoco lo es concluir que la defensa del programa colonial franco-británico realizado por los dirigentes socialistas y comunistas participantes en el Frente Popular, jugó un papel clave en la derrota militar de la República.

La guerra civil es la continuación de la lucha de clases por otros medios. Y en un enfrentamiento así los aspectos políticos cobran especial relevancia, como la historia ha demostrado. Estamos convencidos de que, si los dirigentes de la izquierda española hubieran roto los acuerdos internacionales firmados por la corona española, abrazando las demandas de liberación nacional del pueblo marroquí, habrían puesto en serias dificultades los planes del alzamiento fascista. De hecho, el territorio colonial bajo control español en África fue la plataforma del levantamiento franquista. Las medidas represivas impuestas al pueblo marroquí propiciaron el caldo de cultivo necesario para que los mandos militares desarrollaran con total libertad sus planes para el golpe de Estado. Los vítores al caudillo Sanjurjo que se escucharon en Tetuán el 29 de abril de 1931, o el “¡Viva España!” pronunciado por Martínez Barrios en esa misma ciudad en 1932, fueron un triste augurio de lo que pasaría poco tiempo después en la península.

II. España, una potencia colonial de tercera

Podemos dividir las naciones del mundo, grosso modo, en vivas y moribundas. Por un lado, tenemos grandes países cuyo enorme poder aumenta de año en año, aumentando su riqueza, (…) Junto a estas espléndidas organizaciones, cuya fuerza nada parece capaz de disminuir y que sostiene ambiciones encontradas que únicamente el futuro podrá dirimir a través de un arbitraje sangriento, junto a estas, existen un número de comunidades que sólo puedo describir como moribundas, aunque el epíteto indudablemente se le aplica en grado diferente y con diferente intensidad. Son principalmente comunidades no cristianas, aunque siento decir que no es éste exclusivamente el caso, y en esos Estados, la desorganización y la decadencia avanzan (…) Por una u otra razón, por necesidades políticas o bajo presiones filantrópicas, las naciones vivas se irán apropiando gradualmente de los territorios de las moribundas.

Discurso pronunciado por lord Salisbury el 4 de mayo de 1898 en el Albert Hall de Londres.

Con el surgimiento del capitalismo y su establecimiento como régimen de producción dominante a escala mundial, la opresión ejercida por parte de las naciones más poderosas sobre aquellas menos desarrolladas desde el punto de vista económico, ha alcanzado dimensiones nunca antes conocidas. Tal y como afirmó Lenin, vivimos en un mundo que “se halla dividido, por un lado, en un gran número de naciones oprimidas y, por otro, en un número insignificante de naciones opresoras que disponen de riquezas colosales y una poderosa fuerza militar” [1]. Efectivamente, la opresión nacional ejercida por las potencias capitalistas se basa en su potencia económica y la de sus armas y ejércitos. Pero también precisa de ideas, necesita una justificación ideológica.

El saqueo de África en nombre de la ‘civilización’

El reaccionario discurso pronunciado por lord Salisbury a finales del siglo XIX, no ha perdido, a pesar de los años transcurridos, su actualidad. Sustituyendo el término “moribundo” por “subdesarrollado”, “presiones filantrópicas” por “acciones humanitarias”, “comunidades no cristianas” por “fundamentalismo islámico” y “desorganización y decadencia” por el de “Estados fallidos”, comprobamos como la esencia ideológica de dicho alegato no ha variado. Para sancionar desde un punto de vista moral el expolio de las riquezas de los pueblos sometidos al yugo colonial o imperialista, era y es necesario presentar a las víctimas de los hombres de negocios occidentales como seres humanos atrasados y embrutecidos por su indigencia económica y democrática, incapaces de organizar la sociedad en que viven.

En las últimas décadas del siglo XIX, las diferentes burguesías europeas ya se habían repartido el continente africano prácticamente en su totalidad; un reparto de carácter inestable y cambiante.

En los últimos tiempos, la burguesía europea y norteamericana está dedicando abundantes recursos a inocular el veneno del racismo contra el pueblo árabe. A través de reputados periodistas, historiados, sociólogos y demás miembros de la bien remunerada elite intelectual, nos pretenden convencer de la necesidad de que los valores de la democracia occidental se impongan frente a la “amenaza del integrismo”. Sin embargo, la verdadera historia de la presencia europea en África desmiente esta farsa.

En las últimas décadas del siglo XIX, las diferentes burguesías europeas ya se habían repartido el continente africano prácticamente en su totalidad. La misión civilizadora, que llegó desde la cuna de la democracia, desposeyó a cientos de millones de seres humanos que, por derecho propio, habitaban esas tierras. En el Norte de África, Francia se adjudicó Argelia y Túnez, y el capitalismo inglés ocupó Egipto. En la zona occidental, Senegal, Costa de Marfil y Gabón fueron presas francesas mientras Inglaterra se hizo con el control de Sierra Leona, Gambia, Costa de Oro y Lagos. Los colonialistas portugueses se situaron en Angola y Guinea y los españoles en el golfo de Guinea. En la parte oriental, Francia se repartió con los colonialistas italianos el mar Rojo y Somalia; Inglaterra se apoderó de Sudán y Portugal de Mozambique. En el África austral el colonialismo inglés llegó hasta El Cabo. Leopoldo II de Bélgica se incorporó al festín, avanzando hasta el Congo.

Es cierto que este reparto, igual que en la actualidad, tenía un carácter inestable y cambiante. Tratándose de saqueadores no es de extrañar que ninguno de los participantes en el expolio colonial desperdiciara cualquier oportunidad para arrebatar al vecino su parte del botín. Fueron varias las conferencias en las que las potencias europeas intentaron arreglar sus desavenencias y establecer nuevos repartos, poniendo sobre la mesa el recuento de fusiles y cañones con los que cada una contaba. En cualquier caso, el idioma o la bandera que los diferentes representantes de los capitales extranjeros hablaran o portaban, no variaba ni los objetivos y ni los resultados de su presencia: expolio de las riquezas naturales, ocupación militar, esclavitud y racismo, apropiación de las tierras más fértiles, fomento de las divisiones y enfrentamientos étnicos y tribales... Tan pronto como en los años veinte y treinta del pasado siglo, los pueblos marroquí y etíope comprobaron los mortíferos efectos de las armas químicas [2] gracias a la intervención de la vieja y democrática Europa.

Las colonias se habían convertido en un factor estratégico para las potencias capitalistas. Eran necesarias más materias primas, y más baratas, y nuevos mercados para sus mercancías. El apetito expansionista lejos de moderarse se desató con el desarrollo de las fuerzas productivas en las metrópolis y la crisis económica de finales del siglo XIX. La revolucionaria polaca Rosa Luxemburgo estudió este “nuevo período de efervescencia en los estados europeos” y “su expansión competitiva hacia los países y zonas del mundo no capitalista” que traía consigo un “impulso particularmente violento hacia las conquistas coloniales” [3]. En un mundo que empezaba a no ser lo suficientemente grande como para satisfacer a todos, se presentó un nuevo competidor: el capitalismo estadounidense, cuya irrupción puso rápidamente en evidencia la debilidad endémica del capitalismo español. Este “conjunto de intereses industriales y comerciales tuvo su expresión ideológica en las ideas de Alfred Thayer Mahan que, en octubre de 1897, argumentaba que los Estados Unidos debían empezar a mirar hacia adelante. Lamentando el aislamiento de su país y la decadencia de la marina mercante, el capitán Mahan afirmaba que la creciente producción norteamericana necesitaba nuevos mercados y que éstos a su vez requerían un eficaz sistema de protección (…) Si el capitán Mahan es el profeta y el apóstol del poder naval, el presidente McKinley [4] será el ejecutor de una política de búsqueda de nuevos mercados para la industria (…)” [5].

La agresiva política expansionista de EEUU en Latinoamérica y el Caribe se tradujo en 1898 en la pérdida del imperio ultramarino de la oligarquía española [6]. Fue el eclipse definitivo del pasado imperial de la corona española y de sus vanas aspiraciones de gran potencia.

Las colonias situadas al otro lado del océano no eran el único objetivo de la ambición colonial española. Por su emplazamiento geográfico, el norte África fue considerado como un área natural de expansión. La monarquía española lanzó diversas acciones de rapiña destinadas a la conquista de territorio. En 1848, tropas españolas invadieron las islas Chafarinas, aunque fue a partir de 1859, cuando el ejército español, comandado por O’Donell, se adentró en Marruecos. Tras el golpe que supuso la pérdida de las colonias de ultramar, Marruecos adquirió una importancia aún mayor para la burguesía española, que contó para la consecución de sus fines con el apoyo de la potencia dominante en Europa, Gran Bretaña. Los mandatarios ingleses, sintiéndose amenazados por la rápida expansión francesa en África, decidieron utilizar al régimen español como contrapeso. Londres no quería ver instalado frente a su base de Gibraltar, esencial para el control de la navegación en el Estrecho y el Mediterráneo, un poder colonial de primera categoría. España, reducida ya a un papel totalmente secundario en el tablero mundial, se convirtió así en un peón dependiente de una gran potencia. Sobre estas bases se gestaría el Tratado de Fez, cuya rúbrica el 30 de marzo de 1912, convirtió a Marruecos en un protectorado francés y español [7].

El norte África fue considerado como un área natural de expansión. La monarquía española lanzó diversas acciones de rapiña destinadas a la conquista de territorio. A partir de 1859, el ejército español se adentró en Marruecos.

La presencia española en Marruecos, antes y después de la creación del Protectorado, tuvo notables consecuencias económicas y políticas, convirtiéndose en el catalizador de estallidos sociales que expresaban todo el malestar acumulado contra la odiada monarquía. Fueron necesarias varias y sangrientas guerras para imponer y mantener la presencia española en Marruecos [8]. Si bien el sultán y una parte de los sectores más acomodados de la población nativa aceptaba más o menos abiertamente el papel que les asignaba el colonialismo europeo, no era esa la actitud de los sectores más humildes, que constituían la mayoría de la población. El pueblo marroquí opuso una firme resistencia a la presencia de tropas extranjeras, obligando a la monarquía borbónica a destinar grandes recursos al sostenimiento de la aventura colonial. Garantizar esta fuente de fantásticos beneficios para la oligarquía española [9], implicaba una amplia presencia militar que vaciaba las arcas públicas y desangraba al movimiento obrero, que en la guerra colonial tenía asignado el papel de carne de cañón de las tropas ocupantes. Mientras las masas marroquíes eran explotadas y maltratadas, los reservistas del ejército español eran, en su mayor parte, asalariados de los que dependían mujeres y niños que, en muchos casos, no contaban con ninguna fuente de ingresos alternativa cuando eran forzados a empuñar un fusil al otro lado del Estrecho. El reclutamiento del ejército era profundamente clasista: los jóvenes burgueses podían librarse del servicio militar obligatorio pagando 1.500 pesetas o enviando un sustituto. Esta situación provocaba una tremenda irritación social así como una recurrente inestabilidad política.

A pesar de todo ello, la corona no renunció a su Protectorado. El motivo queda bien explicitado en estas declaraciones del conde de Romanones, quién hace una precisa descripción de qué intereses se defendían a tan alto precio: “Hace algún tiempo se me presentó un ingeniero francés pidiéndome carta de presentación para el general Marina [jefe de la guarnición de Melilla]. Era éste favor insignificante y lo concedí gustoso. Marchó a Melilla, y a poco me escribía de allí notificándome haberse presentado como mensajero mío y encargado de mis negocios. Supe también que iba para ciertos negocios mineros, y entonces se me ocurrió que era empeño patriótico no dejar en manos extranjeras lo que para España podía ser imponderable elemento de riqueza. Envié a Melilla, Tetuán y Ceuta y sus aledaños a dos ingenieros amigos míos. Fruto de su viaje fue una memoria donde se puntualizaba la esplendidez de los colosales tesoros mineros de aquellas comarcas y, muy singularmente, las de Benibuifrur. Calcule usted. Montañas enormes de material riquísimo; tanto, que da un rendimiento del 75% del peso bruto, cuando el de Bilbao no llega al 50%. Tierras de aluvión al pie de esas montañas, donde la labor de siglos ha ido llevando el mineral hasta el punto de dar un rendimiento del 75%. Y todo ello a las puertas de Melilla, costando una peseta el acarreo de la tonelada de mineral, en tanto que cuesta el transporte de Casablanca y otros puntos a la costa nueve pesetas. Mi sangre de minero (toda mi familia se ha dedicado a la minería, yo soy el único político de ella) se inflamó ante aquel auténtico tesoro. Pensé en los beneficios que reportaría a mi patria la explotación de las minas, y como entonces se hablaba mucho de la ‘penetración’, pensé en hacerla. Unido a Güell, MacPherson y Clemente Fernández, reconstituimos nuestra sociedad con un capital efectivo de dos millones” [10]. La voracidad de la oligarquía casó a la perfección con el mando castrense, que, tras la humillación sufrida en la guerra contra EEUU, buscaba un nuevo conflicto que le permitiera recuperar el honor perdido.

Esta criminal política de rapiña encontró una justa respuesta entre las masas explotadas del Estado español: el rechazo a las guerras coloniales se convirtió en una importante tradición de la clase obrera. La oposición a la movilización de quintas para la guerra de Cuba y el norte de África concentraba buena parte de la actividad de las organizaciones obreras. Si bien es cierto que la propaganda anticolonial de los dirigentes socialistas carecía de un contenido consecuente, centrándose en la oposición al reclutamiento de trabajadores pero sin reivindicar con claridad la independencia de Cuba o los territorios marroquíes, la oposición a las intervenciones coloniales galvanizó y forjó la conciencia de clase del movimiento.

Marruecos: un catalizador de la lucha de clases en la península

La Semana Trágica fue uno de los grandes capítulos de la lucha obrera contra la política colonial de la monarquía. Los días 13 y 15 de julio de 1909 se produjeron masivas manifestaciones de mujeres en Barcelona llamando a los soldados, listos para embarcar hacia el Protectorado, a que arrojasen sus fusiles y se negasen a combatir. Una manifestación similar se organizó en Madrid, donde las estaciones de ferrocarril fueron ocupadas para impedir la salida de los trenes repletos de soldados. Finalmente las tropas fueron embarcadas con destino a Melilla, pero con la moral de los soldados muy afectada. La prolongación de los combates obligó al gobierno, en aquel entonces liderado por Maura, a enviar refuerzos. El ambiente existente entre las masas así como su instinto clasista queda reflejado en la siguiente moción de la Federación Catalana del PSOE: “Considerando que la guerra es una consecuencia fatal del régimen de producción capitalista. Considerando además que, dado el sistema español de reclutamiento en el ejército, sólo los obreros hacen la guerra que los burgueses declaran, la Asamblea protesta enérgicamente: 1) Contra la acción del gobierno español en Marruecos. 2) Contra los procedimientos de ciertas damas de la aristocracia, que insultan el dolor de los reservistas, de sus mujeres y de sus hijos dándoles medallas y escapularios en vez de proporcionarles los medios de subsistencia que les arrebata la ausencia del jefe de familia. 3) Contra el envío a la guerra de ciudadanos útiles a la producción y, en general, indiferentes al triunfo de la cruz sobre la media luna, cuando se podían formar regimientos de curas y frailes que, además de estar directamente interesados en el éxito de la religión católica, no tienen familia, ni hogar ni son de utilidad alguna al país. 4) Contra la actitud de los diputados republicanos, que no han aprovechado su inmunidad parlamentaria para ponerse al frente de las masas en sus protestas contra la guerra”.

El rechazo a las guerras coloniales se convirtió en una importante tradición de la clase obrera. Uno de los grandes capítulos contra la política colonial de la monarquía fue la Semana Trágica.

Durante toda la semana se desarrollaron manifestaciones en Barcelona, Madrid y otras localidades. Las noticias de las derrotas militares españolas aceleraron los acontecimientos, convocándose una huelga general para el lunes 26 de julio en Barcelona. La huelga general fue secundada masivamente al grito de “¡Cerrad por nuestros hermanos de Melilla!”. Toda la actividad económica de Barcelona quedó paralizada. Por la tarde, la ciudad estaba en manos de los obreros. El comité central de huelga se vio desbordado por los acontecimientos. En sus planes la huelga no era más que una movilización pacífica para obligar al gobierno a detener el envío de tropas a Marruecos, en ningún caso una la lucha por el poder obrero. El movimiento expresaba mucho más que una posición antibélica, era una rebelión contra décadas de explotación por parte de los gobiernos reaccionarios de la monarquía. Desafortunadamente, los dirigentes no sólo carecían de un plan para extender la huelga revolucionaria al conjunto del país, sino que consumieron grandes energías en convencer a los líderes republicanos, tanto radicales como catalanistas, para que se pusieran a la cabeza del movimiento y proclamaran la república, sino en todo el Estado, al menos en Catalunya. Sus esfuerzos fueron en vano: el 27 de julio, radicales y republicanos tras reunirse en el Ayuntamiento de Barcelona decidieron abandonar y volver a sus confortables casas.

Sin un objetivo claro para la insurrección, la energía revolucionaria de los obreros se fue agotando. A partir del jueves 29, las tropas gubernamentales fueron reforzadas con cientos de guardias civiles que permitieron al régimen recuperar el control de la ciudad. Más de 70 obreros fueron asesinados por la policía y alrededor de 500 resultaron heridos, muchos de ellos murieron en sus casas conscientes de que si buscaban ayuda médica serían encarcelados. Tras la derrota, más de 2.500 trabajadores fueron detenidos por los militares. Entre el 1 de agosto de 1909 y el 19 de mayo de 1910 se realizaron 216 consejos de guerra, que dictaron 175 condenas de destierro, 59 de cadena perpetua y 5 penas de muerte.

Como ya hemos señalado, en 1912 el gobierno de Alfonso XIII, apadrinado por Gran Bretaña, firmó con Francia un nuevo acuerdo que legalizaba la incursión colonial española bajo la fórmula del protectorado. Como si de una finca se tratara, el territorio y los habitantes de Marruecos fueron repartidos entre Francia, que conservaba su carácter hegemónico, y España [11]. A partir de la firma del tratado hispano francés, el régimen español desarrolló una agresiva política de ocupación militar, tomando Tetuán en 1913.

El análisis de la presencia colonial en Marruecos debe tener muy presente el carácter y papel del ejército español. La debilidad endémica del capitalismo y la burguesía en la península facilitó que la casta militar se arrogase un destacado protagonismo político, siendo como era un instrumento indispensable en la lucha contra el enemigo interior. A principios del siglo XX, el ejército contaba con unos 150.000 efectivos, de los que 25.000 eran jefes y oficiales, 470 de ellos generales. Los reveses sufridos en Marruecos no eran tan sólo una de las causas del descontento en los cuartos de banderas. La irritación castrense tenía también otras, como la desigualdad en el acceso a los ascensos y promociones o los recelos que entre muchos militares de escala inferior despertaban los privilegios de un reducido grupo de generales. Por otra parte, una porción muy elevada del presupuesto del Estado era consumida por los gastos militares —en torno al 25%, llegando en ocasiones al 50%— y, de este, la parte del león iba a parar a los salarios de la numerosa oficialidad [12]. Toda esta insatisfacción se sumó a la polarización social y política que sacudía a la sociedad española [13].

A pesar de la derrota sufrida por la clase obrera en las jornadas de julio de 1909, los capitalistas y terratenientes no tardaron en atravesar nuevos momentos de zozobra. Sus dificultades no se limitaban al terreno exterior, en casa se encontraban con un ascenso de la lucha de clases que podía desembocar en un estallido revolucionario. La rueda de la lucha de clase no tardó en volver a ponerse marcha: entre 1916 y 1920 el movimiento huelguístico inició un ascenso imparable.

En noviembre de 1916 los sindicatos UGT y CNT acordaron convocar la primera huelga general de carácter estatal para el 18 de diciembre. Las principales reivindicaciones eran la contención de los precios, medidas a favor del empleo, la amnistía para los presos políticos y el fin de la intervención militar en Marruecos. La movilización fue todo un éxito, en la lucha participaron un número de trabajadores mucho mayor que los afiliados a los sindicatos. Sin embargo, toda la energía revolucionaria que las masas desplegarían a lo largo de esos años contó con un gran obstáculo para ser canalizada y alcanzar un punto de inflexión similar al Octubre soviético de 1917: la concepción etapista de la revolución que defendían los dirigentes socialistas. Desde su punto de vista, el proletariado industrial y el movimiento jornalero lejos de ser los protagonistas de la transformación política, quedaban reducidos a meros auxiliares de una acción donde la conspiración, las maniobras parlamentarias y la colaboración con los sectores supuestamente democráticos de la burguesía y la pequeña burguesía eran lo decisivo. Así, la cúpula socialista orientó sus esfuerzos hacia un golpe antimonárquico con el objetivo de proclamar unas cortes constituyentes y un nuevo ordenamiento constitucional.

A pesar de ello, el empuje de la lucha obrera precipitó los acontecimientos, convocándose una nueva huelga general para el lunes 13 de agosto de 1917. La huelga de agosto se convirtió en un gran movimiento de masas, pero su enorme potencial acusó la ausencia de una táctica y estrategias revolucionarias. No obstante, la derrota de agosto no trajo estabilidad. La represión contra los dirigentes socialistas tuvo el efecto contrario al perseguido, animando un amplio movimiento proamnistía en los meses siguientes. Entre 1918 y 1920, la combinación del gran descontento provocado por la crisis económica [14] con el impacto del triunfo bolchevique, provocó una ofensiva generalizada de la clase obrera. El movimiento jornalero en Andalucía y los trabajadores industriales catalanes protagonizaron una oleada de ocupaciones de tierras, huelgas masivas y enfrentamientos con el ejército y la policía, en un grado hasta entonces desconocido. La consigna “Viva Rusia” llenó las paredes blancas de los cortijos y se convirtió en el grito de guerra del mayor movimiento campesino desde comienzos de siglo [15]. La ofensiva obrera se extendió. En Barcelona se desataron luchas como la de La Canadiense que pronto se transformaron en una huelga general; en Madrid estalló una huelga general en la construcción; en Asturias se pusieron en huelga los mineros; más tarde los trabajadores de La Naval de Bilbao, los mineros de Peñarroya, los metalúrgicos de Mieres. En 1920 se registraron 1.060 huelgas con más de 244.000 trabajadores involucrados. La burguesía española entendió la gravedad de la coyuntura y desató una oleada represiva conocida como los años de plomo, logrando, temporalmente, frenar el movimiento y aplastar a las organizaciones más combativas de los trabajadores, especialmente la CNT.

La lucha de clases en el Estado español y la liberación nacional marroquí quedaron ligadas irremisiblemente. Nuevamente, la derrota sufrida por las tropas coloniales en el Rif fue catalizador de la lucha política en la península.

Así pues, desde la primera década del siglo XX, la lucha de clases en el Estado español y la liberación nacional marroquí quedaron ligadas irremisiblemente. El sostenimiento de los lucrativos negocios en África obligaba al régimen monárquico a continuar con su fallida aventura en Marruecos. Nuevamente, la derrota sufrida por las tropas coloniales españolas en el Rif, fue el catalizador de la lucha política en la península.

En los primeros días del año 1921, con el fin de asestar un golpe definitivo al núcleo de las tribus rifeñas que se enfrentaban a la presencia española, el ejército español, al mando del comandante general de Melilla, Manuel Fernández Silvestre, inició operaciones militares para alcanzar la bahía de Alhucemas. La moral de los soldados procedentes de levas forzosas, mal entrenados, escasamente pagados y peor alimentados, con un armamento pésimo, era muy baja. En mayo de 1921, el grueso del ejército español estaba concentrado en la localidad de Annual, desde donde el general Silvestre pretendía lanzar el asalto final sobre Alhucemas. El profundo desdén que los mandos africanistas españoles sentían por el pueblo marroquí, hizo que el general Silvestre infravalorara la verdadera amenaza que representaba la resistencia encabezada por el líder nacionalista rifeño Abd el-Krim [16]. Fue un grave error. A media tarde del 1 de junio, Abd el-Krim inició su ataque consiguiendo rápidas e importantes victorias. En sólo unos días los rebeldes armados pasaron de 3.000 a 11.000 hombres. El 17 de julio, Abd el-Krim lanzó un gran ataque contra Annual. La policía indígena, encargada de cubrir la huida de las tropas españolas, se unió a Abd el-Krim. Durante las cuatro horas que duró el ataque, cayeron unos 2.500 soldados españoles, a los que hay que sumar otros 1.500 caídos en las posiciones defensivas en torno a Annual. Cuando se extendieron las noticias del desastre español, miles de rifeños se unieron a Abd el-Krim. Pronto todo el Rif estuvo en armas contra los invasores y la mayor parte de los regulares de la región comenzaron a desertar.

El valor y audacia de los campesinos liderados por Abd el-Krim podría haber barrido al ejército ocupante en Melilla, pero los líderes del movimiento nacionalista marroquí vacilaron. “Abd el-Krim no intentó entrar. Si lo hubiese hecho, es indudable que también hubiese liberado Melilla. ¿Por qué no lo hizo? Creemos que subestimó sus propias fuerzas y sobrevaloró las de los españoles. Militarmente la ciudad era suya, porque dominaba el [monte] Gurugú; moralmente sus hombres estaban dispuestos, mientras que los españoles procuraban buscar el barco que les llevase hasta Málaga y, después de su impresionante triunfo, era bastante superior numéricamente. A la vez, debió pensar que tomar Melilla tendría tal repercusión internacional que las potencias europeas podían coaligarse contra él. Temor sin sentido, puesto que lo que había hecho, hacer retroceder a los españoles hasta el mismo borde del mar, tenía igual significado” [17]. De hecho, llegado el momento decisivo, dos potencias que habían protagonizado agrias disputas por el control de la zona, Francia y Alemania, no dudaron en aparcar temporalmente sus diferencia para dar apoyo a la corona española en la tarea de aplastar al movimiento de liberación nacional rifeño.

El papel reaccionario de las ‘democracias’ europeas

Si bien Abd el-Krim decidió detener su avance, no renunció a dotar de unidad a las zonas liberadas. Convocó un congreso general para abordar las tareas que se debían acometer para consolidar la victoria. La reunión, en la que participaron representantes de las diferentes cabilas [18] y que tuvo lugar el día 18 de septiembre de 1921, declaró la independencia del Rif y nombró a Abd-el-Krim emir del Consejo Nacional de Notables. En el mismo acto hubo varios acuerdos importantes como la exigencia de una indemnización por parte de España a los rifeños afectados por la guerra y el establecimiento de relaciones amistosas con todos los estados, incluyendo la solicitud de ingreso en la Sociedad de las Naciones. En uno de sus discursos, Abd el-Krim dejó clara constancia de cómo el proletariado del Estado español había forjado lazos de solidaridad con las masas oprimidas marroquíes gracias a su lucha: “Nunca hemos reconocido este protectorado y nunca lo reconoceremos. Deseamos ser nuestros propios gobernantes y mantener y preservar nuestros derechos legales e indiscutibles, defenderemos nuestra independencia con todos los medios a nuestro alcance y elevaremos nuestra protesta ante la nación española y ante su inteligente pueblo, quien creemos que no discute la legalidad de nuestras demandas”.

Se celebraron varias sesiones del Consejo Nacional, aprobándose una constitución de 40 artículos. La recién nacida República del Rif, Dawlat Aljumhuriya Rifiya, proclamó su gobierno y se marcó el objetivo de modernizar el país. Se constituyeron unas fuerzas de seguridad, con el objetivo de garantizar el orden interno, y unas fuerzas armadas para defender el territorio frente a una posible agresión exterior. Otra de las atribuciones del nuevo gobierno fue la recaudación de impuestos. M’Hammed ben Abd el-krim, hermano del presidente, contrató en 1923 al financiero inglés Charles Alfred Percy Gardiner para que creara el Banco del Estado del Rif con facultad para emitir billetes, si bien esta experiencia acabó de forma trágica debido a la estafa realizada por este digno hijo del capitalismo británico. A nivel jurídico, el presidente Abd-el-Krim abolió la venganza —deuda de sangre— e implantó tribunales de justicia. En lo que respecta a la sanidad y la enseñanza el Rif vivía una gran escasez de recursos humanos y materiales [19] por lo que la República solicitó ayuda internacional. Se crearon también nuevas escuelas [20] para facilitar la obligatoriedad de la enseñanza.

En lo referido a la política exterior, dos representantes del nuevo gobierno, Arnall y Bujibar, viajaron a Londres, desde donde enviaron una solicitud al Consejo General de las Naciones el 6 de septiembre: “Nosotros, representantes debidamente acreditados del verdadero gobierno del Rif, les informamos de que hemos constituido un poder representativo debidamente elegido, compuesto de diputados de cuarenta y una tribus del Rif y Gomara. Entre los puntos más importantes acordados, tenemos una asamblea representativa debidamente elegida que gobierna nuestro país en conformidad total con los objetivos de la Sociedad de Naciones (…) estamos dispuestos a garantizar los derechos de todas naciones en todos los ámbitos relacionados con el comercio, y no establecemos en ningún caso derechos más gravosos que los fijados en otras regiones de Marruecos (…) estamos dispuestos a dar pruebas y garantías que demuestren que somos capaces de gobernar el país en interés de la paz y del comercio internacional”.

Los nuevos gobernantes del Rif, a la vez que intentaban modernizar su pueblo, liberándolo del yugo colonial y dotándolo de condiciones de vida civilizadas, se comprometían a respetar la legalidad internacional y a constituir un nuevo Estado basado en las reglas de juego de la democracia burguesa. Aun así, las metrópolis europeas no estaban satisfechas. El carácter indudablemente progresista de la joven república rifeña entraba en contradicción con sus intereses. La República del Rif se convertía era una inspiración y un ejemplo a seguir para el conjunto de los pueblos africanos aplastados por la bota occidental. La posición conciliadora de los dirigentes rifeños no pudo evitar una brutal ofensiva militar española liderada por Francia, amparada por Inglaterra y apoyada por Alemania. Las propuestas modernizadoras de Abd el-Krim fueron ahogadas en sangre. La Sociedad de Naciones, predecesora de la ONU, supuestamente encargada de velar por los derechos humanos, fue tan impotente y permisiva con los poderosos como su continuadora.

El carácter progresista de la joven república rifeña entraba en contradicción con los intereses de las burguesías europeas. La República del Rif era un ejemplo a seguir para los pueblos africanos.

El golpe de Primo de Rivera

Volviendo a la península, los efectos de la derrota militar española de 1921 fueron demoledores. El expediente de la comisión Picasso, encargada de investigar el desastre, cifra el número de muertos en 13.363. Pero no fue sólo la sangre vertida, la derrota en Annual desnudó al corrupto ejército monárquico: “Después de una docena de años de guerra contra un enemigo manifiestamente inferior (...) poco a poco fueron conociéndose detalles de las hazañas militares. Silvestre no consultaba a su Estado Mayor porque consideraba que sus cojones suplían cualquier planificación. Los aviones de la base aérea de Zeluán no despegaron porque los pilotos, normalmente, pasaban el día en Melilla. En 1920, once capitanes que habían cumplido la misión de tesoreros en sus unidades dimitieron para evitar que fueran descubiertos sus desfalcos —un millón de pesetas había desaparecido de Larache en manos de estos oficiales de Intendencia—. (...) el presupuesto militar consumía más del 51% de los fondos del Estado. El capítulo de gastos especiales reservados a Marruecos había crecido en tres veces y media, entre 1913 y 1921” [21].

El desastre de Annual provocó una tremenda crisis política que dificultaba los planes para aplastar al movimiento obrero. Es más, la complicación de la cuestión colonial amenazaba con reactivar la lucha de masas. El 18 de abril de 1922, la comisión Picasso propuso juzgar a 39 oficiales. Aunque el Consejo Supremo de Justicia Militar aprobó el expediente provisional y sus recomendaciones, la presión de la izquierda obligó al gobierno a crear una comisión especial de las Cortes, integrada exclusivamente por liberales y conservadores, para ampliar la investigación. En octubre de 1922, se habían presentado acusaciones contra 77 oficiales, pero los partidos republicanos y el PSOE solicitaron también una investigación sobre la implicación del rey. Sin embargo, el expediente Picasso no vería la luz hasta nueve años después, permaneciendo oculto hasta la proclamación de la Segunda República.

Cuando en abril de 1923 se convocaron nuevas elecciones a Cortes la situación era crítica. Los sectores decisivos de la oligarquía estaban dispuestos a todo para acabar de una vez con la crisis política. El 24 de julio de 1923 las Cortes suspendieron sus sesiones, aplazando hasta octubre la presentación del expediente Picasso. Simultáneamente, la situación en Marruecos empeoraba ante la audacia de los rifeños y la incapacidad del ejército español. La decisión de recurrir a nuevas quintas aumentó el descontento. Se sucedieron nuevas protestas obreras contra la guerra y los motines entre los soldados, que se negaban a ser embarcados. La crisis política alcanzó un punto crítico en septiembre, cuando varios ministros dimitieron por su negativa a aceptar las exigencias del Estado Mayor para enviar más hombres y aumentar el presupuesto militar.

El 13 de septiembre de 1923 el jefe del gobierno, García Prieto, hizo pública una nota informando de la declaración del estado de guerra en Catalunya por parte de su capitán general, Miguel Primo de Rivera. Alfonso XIII recibió aliviado la noticia, confirmando a Primo de Rivera como presidente del gobierno. Primo de Rivera juró su cargo de jefe de gobierno el 15 de septiembre, nombró un directorio militar y declaró el estado de guerra, que duraría hasta el 16 de marzo de 1925.

Una de las primeras promesas de Primo de Rivera (izquierda) fue resolver el problema de la guerra en Marruecos. Inicialmente, el dictador intentó pactar con Abd el-Krim (derecha).

Una de las primeras promesas del dictador fue resolver el problema de la guerra en Marruecos. En un primer momento, Primo de Rivera intentó pactar con Abd el-Krim, e inició conversaciones secretas. La propuesta inicial fue la de conceder la “autonomía” a los rifeños en la zona que estos controlaban, propuesta rechazada por el dirigente nacionalista. En una entrevista concedida al periodista inglés Webb Millar, Primo de Rivera declaró: “Abd el-Krim nos ha derrotado. Posee las ventajas inmensas del terreno y del fanatismo de sus seguidores. Nuestras tropas se hallan agotadas por una guerra que ha durado años. No ven el porqué de tener que luchar y morir por un pedazo de territorio sin valor alguno. Personalmente soy partidario de una completa retirada de África y de permitir a Abd el-Krim la posesión de sus dominios. Hemos gastado incontables millones de pesetas en esta empresa, sin recibir jamás un solo céntimo. Decenas de miles de hombres han muerto por un territorio cuya posesión no vale. Pero no podemos retirarnos totalmente porque los británicos no nos lo permitirían. Gran Bretaña ejerce una gran influencia sobre el rey y, como usted sabe, la reina es una princesa inglesa. Gran Bretaña teme que, si nos retiramos, el territorio será ocupado por Francia, lo que anularía el dominio sobre el estrecho de Gibraltar de los británicos. Es vital para los intereses imperiales de Inglaterra tener una potencia militar inferior, como España, al otro lado de Gibraltar. No le interesa tener allí una potencia fuerte como Francia” [22].

Las declaraciones de Primo de Rivera no sólo provocaron la ira de los militares africanistas, sino también de los capitalistas con intereses en Marruecos. Miguel Martín da cuenta de ello: “A mediados de julio, el dictador visitó Melilla. El día 19 fue invitado a un banquete por los oficiales de la Legión y los Regulares, en los cuarteles avanzados de Ben Tieb. Hasta ese momento, Primo de Rivera seguía firme en su idea de semiabandonar Marruecos. Los oficiales temían lo peor y decidieron expresar su descontento. Las paredes del comedor estaban pintadas con esloganes tales como ‘El espíritu de la Legión es ciego y fieramente agresivo’. (...) la provocación fue redondeada por el brindis de Franco: ‘Quisiéramos que, en esta primera vez que un jefe de gobierno llega a la Legión, nuestros corazones estuviesen henchidos de alegría; pero desgraciadamente no es así porque una terrible duda nos domina el alma’ (...), finalizando del siguiente modo: ‘Este que pisamos, señor presidente, es terreno de España porque ha sido adquirido por el más alto precio y pagado con la más cara moneda: la sangre española derramada’. Cuando acabó, los gritos de ‘¡Viva la Legión!’, y algún otro de ‘¡Abajo el dictador!’, cubrieron el recinto. A continuación, habló Primo de Rivera. Comenzó señalando que la obediencia ciega al mando también debería ser una de las consignas de la Legión; y entró a explicar sus ideas sobre Marruecos, diciendo que ni el honor militar ni el nacional se verían mancillados en sus proyectos. Al llegar a este punto fue interrumpido con silbidos y abucheos. Ante tal reacción, Primo de Rivera dio un giro a su exposición, asegurando a los oficiales que la campaña proseguiría hasta ser concluida con éxito y que lo que él proponía era una retirada estratégica” [23]. Franco dimitió tras el banquete, pero el desafío surtió efecto: Primo de Rivera se negó a aceptar la dimisión y suspendió el repliegue de las tropas.

El punto de inflexión se produjo por la presión de las potencias europeas. Los intereses imperialistas en juego no eran sólo de incumbencia española. Si la victoria de los rebeldes rifeños se consolidaba, aumentaba peligrosamente el riesgo de una insurrección en el Protectorado francés. Por su parte, el imperio británico, que ocupaba extensos territorios con población árabe en Egipto y Palestina, recelaba también de los efectos de la victoria de Abd el-Krim. La estrategia a seguir fue clara: aplastar sin contemplaciones cualquier esperanza para el movimiento de liberación nacional. El imperialismo francés corrió en auxilio del ineficaz ejército español. Incluso el imperialismo alemán aparcó temporalmente sus diferencias con Francia y apoyó la intervención militar proporcionando la tecnología necesaria para producir armas químicas utilizadas contra la población civil [24]. El 8 de septiembre de 1925 desembarcaron 13.000 soldados españoles en Alhucemas ayudados por un contingente francés. El general Miguel Primo de Rivera comandó la operación militar ayudado por el general Sanjurjo como jefe ejecutivo. A finalizar el mes octubre, los franceses ya habían recuperado todo el territorio que habían perdido en el sur. En abril de 1926, Francia y España concedieron la autonomía al Rif en asuntos agrícolas, administrativos y económicos, subordinándola al Protectorado.

“La reacción celebró con efusión el fin de la guerra. El 12 de octubre fue proclamado como fiesta de la Paz, y los obispos, de tedéum en tedéum, agradecían al Todopoderoso los crímenes que se habían cometido y la feroz represión que caía sobre los rifeños. De 1927 a 1930, una oleada de terror recorrió todas las cabilas. (…) A finales de 1927, Primo de Rivera, hizo un paternal llamamiento a los marroquíes: ‘No ignoró que aún hay rebeldes. Por ellos, otros no se someten, por temor. El miedo a los malos es el más indigno de los miedos. Los hombres buenos luchan contra el engaño, el mal y las pasiones. Y vosotros sois buenos y nobles, y debéis proceder bien. Esperad tranquilos, gozad de vuestra paz, y si alguno queda por entregar su arma, que lo haga pronto, pues el fusil es vuestra perdición. No os importe el desarme. Sed honrados, verídicos, leales y trabajadores, y Alá os hará ricos y felices. Podéis vivir con más tranquilidad y dicha que ningún pueblo, y os la comprometen los que os engañan, conduciéndoos a la rebelión. Apartadlos de vosotros y dadles muerte, y seréis ricos y felices” [25].

Los intereses imperialistas en juego no eran sólo de incumbencia española. La estrategia a seguir fue clara: aplastar sin contemplaciones cualquier esperanza para el movimiento de liberación nacional.

Los efectos de la derrota fueron terribles, pero no permanentes. Pocos años después, la ola de entusiasmo que despertó la proclamación de la Segunda República cruzó rápidamente el estrecho, restañando las heridas. En esta ocasión, además, la liberación nacional tendría entre uno de sus protagonistas al joven proletariado marroquí, que a través de sus incipientes demandas económicas empezaba a aportar un elemento clasista a la lucha.

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Notas

1. Cita del Informe de la Comisión para los problemas nacional y colonial pronunciado por Lenin en el IV Congreso de la Internacional Comunista el 26 de julio de 1922, extraída de La Internacional Comunista. Tesis, manifiestos y resoluciones de los cuatro primeros congresos (1919-1922). Fundación Federico Engels, Madrid, 2009, p. 462.

2. Nos referimos tanto a la alianza militar francesa y española que recurrió a armas químicas para derrocar la República del Rif en Marruecos —hechos a los que más adelante nos referiremos— como a las tropas de Mussolini en Abisinia, que a finales de 1935 utilizaron gas mostaza para acabar con la resistencia del pueblo etíope a la ocupación.

3. Rosa Luxemburgo, La crisis de la socialdemocracia. Fundación Federico Engels, Madrid, 2006, p. 33.

4. William McKinley elegido presidente de EEUU en 1897.

5. Rosario de la Torre, “El noventa y ocho español”, artículo publicado en Siglo XX Historia Universal, Historia 16, Madrid, 1997, p. 104.

6. Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam pasaron a manos norteamericanas y Alemania forzó la venta de las Carolinas, Marianas (excepto Guam) y Palaos.

7. El 27 de noviembre del mismo año, los territorios del norte, en torno a las ciudades de Ceuta y Melilla, y del sur, fronterizos con el Sahara Español, pasaron al control de la corona española.

8. La preparación de este apartado dedicado al periodo histórico que precedió a la proclamación de la Segunda República española, está basado en buena parte en el libro Revolución socialista y guerra civil (España 1931-1939) I. Las raíces históricas de Juan Ignacio Ramos. Fundación Federico Engels, Madrid, 2010.

9. Las principales empresas mineras que explotaban los yacimientos marroquíes eran la Compañía Norteafricana, constituida con capitales franceses, y la Sociedad Española de Minas del Rif, propiedad del conde de Romanones, el marqués de Comillas, el conde Güell y un grupo de capitalistas madrileños. Además, el marqués de Comillas era dueño de la compañía marítima encargada de transportar las tropas a Marruecos; por eso los barcos partían de Barcelona.

10. Gómez Llorente, Aproximación a la historia del socialismo español. Cuadernos para el diálogo, Madrid 1972, p. 145.

11. La organización del protectorado español en Marruecos se inspiró en el modelo de la zona francesa. Se dispuso que su territorio, así como todas las autoridades consulares y militares, dependieran del comandante general de Ceuta, que actuaría como Alto Comisario. Para las tareas administrativas, policiales y de control de las tierras y riquezas, tributos sobre la población y organización de servicios básicos, se crearon tres delegaciones civiles que, como era de esperar, se convirtieron en el coto privado de traficantes de todo tipo, en particular del estamento militar, que hizo suculentos negocios.

12. Datos recogidos del libro de Gerald H. Meaker La izquierda revolucionaria en España (1914-1923). Ed. Ariel, Barcelona, 1978, p. 96.

13. A finales de 1916 surgieron las Juntas de Defensa, un canal a través del cual los militares pretendían intervenir y decidir en la vida pública. Estas juntas se fueron configurando como un auténtico poder dentro del Estado.

14. El fin de la guerra trajo consigo el fin del “boom” exportador, reincorporándose a la competencia en los mercados europeos las grandes empresas francesas, británicas, etc. Los capitalistas españoles, tras desaprovechar el aumento de sus beneficios para reinvertir y ganar productividad, perdieron sus cuotas de mercado en Europa, y no encontraron mejor solución que la de descargar sobre la clase obrera todo el peso de la crisis. Según datos del Ministerio de Trabajo, en 1920 el poder adquisitivo de los salarios había caído un 20% respecto a 1914.

15. En la primavera y el verano de 1919, las ocupaciones de fincas improductivas y las huelgas generales se sucedieron en las provincias de Córdoba, Jaén, Sevilla y Cádiz, así como en gran parte de Málaga y Huelva; el movimiento se extendió a Extremadura, Valencia, Murcia y Aragón.

16. Abd el-Krim fue el dirigente de la resistencia contra la dominación colonial española en el norte de Marruecos (Tafersit, 1882 - El Cairo, 1963). Perteneciente a la tribu rifeña de Beni Urriaguel, tras estudiar en Túnez y Fez, sirvió a la administración colonial española en diversos puestos. Sus primeras actividades contra la ocupación colonial le llevaron a la cárcel en 1915. Pero fue en 1921 cuando se convirtió en el máximo dirigente de la lucha anticolonial de Marruecos, organizando la sublevación general del Rif. Tras la contraofensiva hispano-francesa, a partir del desembarco de Alhucemas en 1925, que llevó a la derrota de los rifeños en 1926, se entregó a los franceses. Por acuerdo entre las autoridades coloniales españolas y francesas, Abd-el-Krim fue deportado a la isla de Reunión, colonia francesa en el océano Índico, en donde permaneció hasta 1947; en aquel año, autorizado por el gobierno francés a trasladarse a la metrópoli, consiguió escapar durante una escala en Port Said del barco que le transportaba, acogiéndose a la protección del rey egipcio Faruk. A pesar de los honores que le concedió el primer rey de Marruecos, Mohammed V, al calor de la independencia de Maruecos, rehusó volver a su país de origen y permaneció en Egipto hasta su muerte.

17. Miguel Martín, El colonialismo español en Marruecos. Ed. Ruedo Ibérico, París, 1973, p. 70. Queremos hacer un sentido reconocimiento y agradecimiento a Miguel Martín, autor de este magnífico libro, que ha sido una fuente de información indispensable para la redacción de estas páginas, y que, sorprendentemente, a pesar de su extraordinario valor, es prácticamente imposible de encontrar.

18. Las autoridades españolas establecieron la Cabila, constituidas por tribus y por ciudades con un radio específico de jurisdicción, como la célula político-administrativa básica en el ámbito territorial. Cada una de ellas estaría gobernada por un caíd nombrado por el jalifa, que ejercería los poderes delegados por este y que estaría convenientemente controlado. Con la implantación de este sistema, las autoridades españolas intentaban dotarse de un modelo administrativo lo más homogéneo posible que facilitara el control de la sociedad y el dominio del territorio. La potenciación de la figura del caíd como máxima autoridad en las cabilas intentaba facilitar el control colonial siendo, en teoría, mucho más sencillo intervenir la actuación y las decisiones de una autoridad unipersonal.

19. La república contaba sólo con dos hospitales, uno en la capital Axdir y otro en Xauen, pero carecían de todo tipo de medios.

20. En Axdir y la de Zauia Adoz, el instituto religioso musulmán de Xauen además de centros de alfabetización para jóvenes y adultos.

21. Miguel Martín, Op. Cit., p. 78-79.

22. Ibíd., p. 90.

23. Ibíd., pp. 91-92.

24. En los ataques de 1924 se empezó a utilizar gas mostaza esparcido desde aviones. Dicho gas fue producido por la Fábrica Nacional de Productos Químicos, en La Marañosa, cerca de Madrid; esta planta se construyó con una asistencia significativa de Alemania y, sobre todo, de Hugo Stoltzenberg, un químico asociado con el gobierno alemán.

25. Miguel Martín, Op. Cit., p. 100-101.


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