Proyecto Faq El triste final de Manuel Azaña (I)

domingo, 28 de marzo de 2021

El triste final de Manuel Azaña (I)

El triste final de Manuel Azaña (I)

A las seis de la tarde del 4 de febrero de 1939, el presidente del Gobierno de España, Juan Negrín, acompañado por el ministro de Estado, se presentó en la humilde morada de La Vajol del presidente de la República, Manuel Azaña, enclavado en una pequeña aldea en los Pirineos, a quien acompañaba a el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrios. Eran las más altas autoridades de la República y estaban allí para cumplir la resolución adoptada por el Consejo de Ministros, que disponía que el presidente, acompañado de un ministro y del presidente de las Cortes, se trasladaría a París y se instalaría en la embajada de España hasta que el Gobierno pudiera organizar su vuelta a Madrid.

 
Manuel Azaña.

Eso fue, más o menos, lo que Negrín dijo a Azaña ante el silencio de los otros dos participantes en la reunión. “Amigo Negrín, respondió Azaña, saldré de Cataluña cuando usted quiera, pero cuando salga lo haré definitivamente […] Conviene que usted sepa, además, que si voy a Francia no pienso instalarme en la embajada. Me trasladaré a casa de mi cuñado, en Collonges-sous-Salève, y allí permaneceré”.

Siguió un tenso diálogo, en el que Negrín insistió en la necesidad de anunciar, con su marcha, la decisión de su retorno y en el desastroso efecto que produciría la residencia en casa de sus familiares, como si el presidente de la República renunciara al esfuerzo final. Azaña, inamovible en su decisión de no volver a España por lo que esa iniciativa tenía de continuar la guerra, accedió sin embargo a instalarse en la embajada.

El domingo, 5 de febrero, a las seis de la mañana, emprendieron la triste marcha hacia el destierro. Eran una veintena de personas. Unos cuantos jóvenes fueron delante para situarse en el puerto. Los mayores se acomodaron como pudieron en los coches de la policía. A Martínez Barrio se le ocurrió meterse con un familiar en un viejo utilitario que antes de remontar la pendiente se rompió obstruyendo el paso a los demás. Recorrieron lo que quedaba de camino a pie, hasta llegar a lo alto, cuando clareaba el día. Hacía un frío glacial y el presidente de la República, su esposa, Dolores de Rivas Cherif, el presidente del Gobierno, Juan Negrín y el ministro sin cartera José Giral, atravesaron la línea divisoria entre España y Francia por el puesto de la aduana de Chable-Beaumont, seguidos de Cipriano de Rivas, Santos Martínez y una reducida guardia militar.

Luego pasó el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, algunos funcionarios de su secretaría y de la escolta. El descenso hasta Les Illes, por una barrancada cubierta de hielo, fue más difícil que la subida. Martínez Barrio se cayó dos veces y se lastimó, Giral, Riaño y algunos más también tropezaron, no así Azaña, que para algo le sirvieron sus costumbres andariegas. Era la otra cara del fin de la República Española que a muy pocos kilómetros de allí, en la multitud apiñada en la frontera, encontró, por decirlo con palabras de su presidente, su más cruel e inmerecido destino. Provistos de un salvoconducto entregado por las autoridades francesas al otro lado de la frontera, en Les Illes, el presidente y sus acompañantes viajaron en dirección a Collonges-sous-Sàleve, a bordo de dos autos.

La Guerra Civil española, desencadenada como consecuencia del golpe de Estado del general Franco del 17 y 18 de julio de 1936, libraba sus últimas batallas. Cataluña había caído y el propio Azaña consideraba que alargar la contienda carecía de sentido. Pocos días después, el 27 de febrero del 39, Gran Bretaña y Francia reconocieron oficialmente al gobierno franquista. Azaña, que había sido presidente desde la victoria electoral del Frente Popular en 1936 y durante los tres años que duró el conflicto, presentó su dimisión.

Terminaba así, ya en el exilio y con un país aún en guerra, la carrera política de una de las personalidades más singulares de la España del siglo XX, por su altura intelectual, cuando llegó al poder tenía un proyecto de Estado en la cabeza y por su incansable defensa de la República.

Se suele decir que la República fracasó, pero la República no fracasó. La República había ganado las elecciones de febrero del 36, había un gobierno legítimo, elegido libre y democráticamente. Lo que fracasó fue el golpe de Estado de 1936. Si hubiera triunfado, no se habría desencadenado una guerra civil.

Próxima entrega: El triste final de Manuel Azaña (y II)


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