Proyecto Faq “El mayor agente de ventas de armas de este país es el rey”

sábado, 20 de marzo de 2021

“El mayor agente de ventas de armas de este país es el rey”

“El mayor agente de ventas de armas de este país es el rey”
Gorka Castillo

Sobre Ignacio Robles (Bilbao, 1974), escribió Manuel Rivas que podría personificar al hombre rebelde de Albert Camus, la voz de una conciencia “que dice no pero sin renunciar al sí desde el primer movimiento”. Fue a raíz de que su nombre saltara a los informativos de medio país por rebelarse contra una injusticia humanitaria. Ina, que es como le conocen sus amigos, es bombero del parque de Bizkaia y en marzo de 2017 fue destinado a unas labores de prevención en el Puerto de Bilbao. Debía vigilar la seguridad de unos contenedores cargados de proyectiles y bombas cuyo destino era Arabia Saudí. Se negó a participar en aquel mercado, se dio media vuelta y regresó a la base. “No me lo permitió mi conciencia”, recuerda. Su decisión tuvo una fuerte repercusión social y, aunque tuvo que pagar una dura factura personal, el movimiento de apoyo nacido de su insumisión sacó al puerto bilbaíno de las rutas internacionales del comercio de armas.

“Ganamos”, dice orgulloso este bombero humanista y soñador que acaba de publicar, junto al filósofo Joan Solé, Faros en las tinieblas (Editorial 7aGen), un libro imprescindible para conocer el estado del activismo mundial en este incierto siglo XXI. “No tiene valor enciclopédico. La idea original era escribir algo motivador, que empuje a la gente a seguir luchando”, añade. A Ina, al menos, le sirve para mantener un pulso no solo con el poder sino también contra el sectarismo que ha visto en sus propias filas. “El activismo es lo último que nos queda. Actúa como el sistema inmunitario de un mundo que camina hacia la autodestrucción”, considera.

Padre de dos hijos de cinco y seis años, Urko y Alain, aprovecha cada oportunidad para recalcar que nadie encontrará su libro en el circuito de las grandes plataformas como Amazon y que el dinero que recaude con la venta “será donado íntegramente a organizaciones sociales”. Palabra de Ina Robles, el bombero rebelde.

¿Por qué decidió escribir Faros en las Tinieblas?

Es la culminación de un proceso. Viví un momento muy desagradable en el Puerto de Bilbao que me hizo pensar en qué podía aportar al activismo social más allá de mi propia militancia con el pacifismo y el ecologismo. Tuve la fortuna de conocer a Joan Solé, coautor del libro, que es un estudioso del activismo internacional, y encajamos el trabajo. Él aportaba su profundo conocimiento de muchos de los personajes que aparecen y yo daba mi punto de vista sobre cómo les veía funcionar. Vimos que había posibilidades de sacarlo adelante y lo escribimos durante el confinamiento.

Pese a que han seleccionado casi 80 perfiles de conocidos activistas sociales del mundo entero, el valor del libro no es enciclopédico. ¿Cuál es el objetivo de esta publicación?

La idea original siempre ha sido hacer algo motivador. Un libro que empujara a la gente a interesarse por el activismo social y la animara a seguir luchando. Pero ha sido este año, con la pandemia y todos los problemas que ha acelerado, como el reforzamiento de los fascismos o la pérdida de visibilidad de la lucha contra el cambio climático, cuando se presentó la oportunidad. Es indudable que atravesamos un momento de decepción generalizada y pensamos que una manera de motivar a la gente es reconociendo que los problemas existen, pero también que tenemos referentes en los que fijarnos para reponernos y evitar los efectos devastadores de las injusticias que se practican contra la ciudadanía y el medio ambiente. Vivimos en un mundo con un incierto futuro y ahora necesitamos personas como Pietro Bartolo en Lampedusa, Godelieve Mukasarasi en Ruanda o Shirin Ebadi en Irán para que nos iluminen.

¿De verdad cree que el activismo redime a la humanidad, como se lee en el subtítulo del libro?

Es que prácticamente es lo último que nos queda. El mundo tiene unas sinergias, no sé si será la ambición de poder o qué, y unos problemas de base que no auguran nada bueno. Y ante esta dinámica perversa deben existir personas que trabajen en el sentido contrario. Pues esos son los activistas, cada uno en su ámbito. Joan define el activismo como el sistema inmunitario de un mundo que camina hacia la autodestrucción. Esa es su función. A mí me encanta porque puso las palabras precisas a algo que sentía a nivel interno y no sabía expresarlo.

Pero el activismo que agitó el mundo entero tras la crisis de 2008, el que pedía más democracia y justicia, perdió fuelle y en su lugar han resurgido movimientos de extrema derecha decididos a restringir los márgenes de la democracia. ¿Qué está fallando? 

Vivimos en un mundo con un incierto futuro. Necesitamos personas como Pietro Bartolo en Lampedusa, Godelieve Mukasarasi en Ruanda o Shirin Ebadi en Irán para que nos iluminen

No creo que el activismo esté fallando. Si se analiza con detalle podemos comprobar que ha conseguido muchas cosas. Nunca sabremos qué habría sucedido si no hubiera habido un movimiento activista confrontando la dinámica del sistema. Un ejemplo: ahora mismo tenemos una mentalidad relativamente sensible hacia el medio ambiente en Occidente que hace décadas no existía. ¿Qué parte de responsabilidad tienen los movimientos ecologistas en ese cambio de comportamiento? Yo creo que muchísima. Y eso se ha logrado gracias al trabajo de miles y miles de activistas en todo el mundo que luchan para que abramos los ojos y veamos que tenemos un problema muy serio. Usted me preguntaba por el resurgimiento del fascismo. También en ese ámbito existe un activismo antifascista muy activo que no son solo quienes queman contenedores, una visión reduccionista de la protesta siempre interesada, sino personas que trabajan la teoría, en las redes sociales y en otras muchas áreas de nuestras sociedades para mejorar la vida colectiva.

Usted, que milita en Greenpeace, ¿considera que puede justificarse la acción violenta como forma de protesta?

Lo que hay que tener claro es que la violencia siempre desencadena violencia. En estos momentos se está ejerciendo violencia contra un sector de la población de manera disimulada. El hecho de que en este país exista una tasa de paro juvenil cercana al 40%, el hecho de que un porcentaje altísimo de los jóvenes no tenga perspectivas de futuro y nada que perder, también es violencia. Yo no justifico en absoluto la quema de contenedores o de furgonetas de la policía. Es más, creo que esa estrategia no es buena. Pero considero que es la respuesta a una violencia tolerada de una intensidad aún mayor.

¿Qué valores identifican a un activista social?

No hay valores concretos. Quizá la intolerancia a la injusticia. Al menos ese es mi caso personal. Jamás soporté una situación injusta. Desde el patio del colegio. Y eso me fue empujando a enfrentarme a ella en los ámbitos en los que he podido o me han afectado directamente. Yo soy bombero y mis habilidades siempre me llevaron hacia la acción directa. Acabé en Greenpeace, pero podía haber acabado en otra organización ecologista porque mi mentalidad siempre ha sido luchar contra las injusticias y proteger el medio ambiente.

Su activismo contra el comercio internacional de armas es conocido. España es la séptima potencia exportadora del mundo y su industria contribuye con muchos puestos de trabajo.

Eso tampoco es así. Es lo que quieren vendernos. Hay estudios muy detallados en EE.UU. que demuestran que si la inversión en la industria armamentística se realizara en cualquier otro sector productivo, la generación de empleo y la ética empresarial sería mucho mayor. La industria de armas española existe porque es muy lucrativa para los consejos de administración –la mayoría de ellos formados por expolíticos, militares de alta graduación y hasta algún exasesor de la Casa Real–, pero no para la sociedad. Todos sabemos que el mayor agente de venta de armas de este país es el rey actual, que ha negociado personalmente la venta de corbetas a Arabia Saudí, como antes lo fue su padre.

Usted ha participado en sonadas acciones de protesta internacional. En 2007 trasladó hasta París un camión cargado de maíz transgénico que gente de Greenpeace descargó frente a la casa de Sarkozy. 

Que exista una tasa de paro juvenil cercana al 40%, que un porcentaje altísimo de los jóvenes no tenga perspectivas de futuro y nada que perder, también es violencia

Hacía falta un activista con carnet de camionero y como yo lo tengo, me apunté. Fui a Perpiñán, cogí un camión de obra alquilado de color naranja y lo llevé a Zaragoza. Allí lo cargamos de maíz transgénico y salí hacia París, a una granja de las afueras donde me esperaban compañeros de Greenpeace-Francia que habían conseguido, no sé cómo, un camión de basura del Ayuntamiento de París. Así trasladamos la carga y realizamos el acto con éxito.

Y en 2013 volvió a encargarse de llevar, en este caso a Jerusalén, una pancarta de 200 metros contra el cambio climático desplegada en una cumbre internacional en la que participaba Barack Obama. Pero le descubrieron. ¿Qué sucedió?

Sí, aquello fue tremendo. La llevé plegada en un mochilón más grande que yo. Llegué al aeropuerto de Tel Aviv que, en esos momentos, era el más vigilado del mundo. Uno de los policías que me registró, sacó de la mochila como tres o cuatro metros de pancarta y me preguntó qué era aquello. Le respondí lo primero que me vino a la cabeza: “Es la vela de un barco”. Me miró alucinado y me dejó salir. Unos minutos después estaba en la calle con mi mochilón y mi pancarta a cuestas. ¡En Israel, que parecía estar en estado de sitio por la cumbre! No me lo podía creer. Al final, escalamos a 40 metros de altura en el Puente de Calatrava y la desplegamos. Horas más tarde pasó Obama por debajo con su comitiva y la vio.

¿Cuál de los personajes que describe en el libro le ha marcado más?

De los activistas que he conocido, Óscar Camps, fundador de Open Arms. Compartí con él una charla en el Parlamento europeo y hablamos bastante. Tuve la impresión de que, aunque estaba físicamente en Bruselas, su cabeza se encontraba en un barco de rescate en el Mediterráneo. Su pensamiento está centrado exclusivamente en salvar vidas y lo demás es accesorio. Me impresionó mucho. De la gente que aparece en el libro y no he conocido, las mujeres del África negra. Ese positivismo que irradian a pesar de encontrarse en la peor situación en la que uno puede estar es admirable. Su capacidad para sobreponerse a violaciones, mutilaciones y a todo tipo de violencias me resulta deslumbrante. Y, en concreto, la historia de Maggie Barankitse, una mujer que desafió la discriminación étnica en Burundi, que fue torturada salvajemente y que se las ingenió para salvar la vida de decenas de niños y niñas merece el mayor respeto de la humanidad.

¿Es el sectarismo uno de los peores hábitos del activismo?

Es uno de los males de nuestro tiempo y también afecta al activismo, a la izquierda y al progresismo en general. Pero también hay ejemplos de organizaciones donde se ha desterrado el sectarismo. Uno de ellos es el de Ongi Etorri Errefuxiatuak, un movimiento asambleario que ha conseguido muchas cosas huyendo del personalismo porque todo el mundo puede hacer de todo. Es un fenómeno que debería estudiarse en las facultades universitarias.

Dice el sociólogo Santiago López-Petit que debemos aprender a vivir sin esperanza y a luchar sin horizonte. ¿Ha perdido la esperanza en este mundo de tinieblas?

Lo que tengo claro es que yo seguiré luchando pero, aunque suene muy duro lo que voy a decir, es posible que perdamos. Los poderes que manejan el mundo son demasiado fuertes y es factible que se salgan con la suya y dentro de unos años vivamos una situación mucho peor que la actual, totalmente distópica, con el engranaje de la automatización productiva que mantenga a las élites y un incremento de la represión como forma de control social. Lo importante no es saber si podremos evitarlo sino luchar contra ello.

¿Quién es Ina Robles?

¿Quién soy yo? (carcajadas) Soy el padre de Urko y Alain, las cosas más importante del mundo para mí.


Fuente → ctxt.es

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