Proyecto Faq El 1 de Abril de 1939 acabó la guerra

miércoles, 31 de marzo de 2021

El 1 de Abril de 1939 acabó la guerra

 
“El 1 de Abril de 1939 acabó la guerra”
Pedro Cuesta Escudero
 
“El 1 de Abril de 1939 acabó la guerra”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “La Comisión Depuradora. Represión en la escuela”
 
Cuando el 1 de Abril de 1939 el General Franco anuncia que la guerra ha terminado falta descaradamente a la verdad. Durante los cuarenta años que duró el régimen franquista se mantuvo la división entre los vencedores y los vencidos, que se manifiesta con la sistemática persecución y humillación del derrotado y la arrogante ostentación del ganador. Los consejos de guerra, las condenas de muerte pendientes de confirmación durante años, los campos de trabajo, el hacinamiento en las cárceles, los malos tratos… se convierten en habituales para muchos españoles. 
 

No hay un intento de reconciliación

En ningún momento aparece ni un ápice de intento por superar el espíritu de división creado por la Guerra civil, ni nada que buscase la integración de los vencidos. Nunca manifestó el Caudillo el deseo de borrar las huellas de una guerra fratricida, nunca llegó a perdonar, a pesar de sus alardes de fervoroso cristiano. Nunca un conflicto civil había continuado con una represión tan cruel y total de los vencidos como la victoria franquista. Nunca hubo por parte de los franquistas ningún intento de olvido del pasado. Franco y los suyos perpetúan su victoria militar con crueldad, vesania y odio.

Crueldad en los dos bandos de la guerra

El fusilamiento tras el remedo de juicio sumarísimo define a la implacable máquina represora del régimen franquista desde sus mismos inicios en 1936 hasta que dan por terminada la labor de limpieza, muy avanzados los años cuarenta. Cuando el ejército entraba en los pueblos y ciudades defendidos por milicianos se desencadena una violencia vengadora ejecutada sobre el terreno: degüellos, paseos, tiros en la sien a la vera de los caminos. Pero cuando se estabiliza el dominio, junto a los militares que juzgan y fusilan, aparecen clérigos y falangistas, movidos por un ansia purificadora, que también se dedican con urgencia a extirpar el virus que había alimentado, según ellos, la anti-España. El fusilamiento de los derrotados era un fin en si mismo, una demostración de la esencia de ese nuevo Estado militar, católico y fascista.

Mientras tanto, en la zona republicana, desde Julio del 36 hasta principios del 37, la revolución sueña con la destrucción de un mundo al que consideran podrido. Haber mostrado simpatía por la derecha, ser católico o propietario de un negocio, vestir bien, llevar sombrero o corbata, eran suficientes motivos para morir. Nadie se sentía seguro. Pero para esos grupos destructores, los antisistema, lo más digno de destrucción, más que los ricos, los registros de la propiedad o los cuarteles, eran la Iglesia y todo lo sagrado. Los destrozos de las iglesias eran acompañados de rituales sobrecogedores por su crueldad. Se mató a miles de clérigos y fieles simplemente porque lo eran.

El tiempo de la muerte en la zona republicana fue, pues, doble. Primero es la crueldad iconoclasta de la revolución y después, conforme se incorporaron nuevos territorios al nuevo Estado, el frenesí de las ejecuciones era tal que parecía como una suerte de competición para ver quién podía matar a más gente. Pero hubo una ciudad, Albacete, que sufrió más que ninguna. Desde el mismo día del alzamiento militar, y durante una semana, los falangistas se adueñan de Albacete y se dedican a los mayores desmanes en la ciudad y en los pueblos de alrededor. Si las venganzas fueron tremendas al recuperar los milicianos la capital manchega, cuando los franquistas entran definitivamente en ella la represalia llegó incluso hasta los que se habían encerrado en sus casas cuando los crímenes de los rojos, porque no hicieron nada por evitarlos.

La “guerra fría”

Finalizada la Guerra mundial se frena algo la represión, quizás por el deseo del Régimen de mostrarse “civilizado” ante los aliados. Pero dura poco, pues con el comienzo de la “guerra fría” vuelven nuevos tiempos de rigor y de muerte. Franco no concedió nunca una amnistía generosa a los infelices que llevan el sambenito de “rojos”.

Una vez superada la condena y ya puestos en libertad, no terminaba la represión. Algunos, al tiempo de pisar la puerta de la calle de la cárcel, eran aniquilados por pandillas de falangistas apostados en las inmediaciones. Y los que se reintegraban a sus casas vivían nuevas condenas y penalidades a cargo de las autoridades de los pueblos y sus fuerzas vivas. Habían de presentarse diariamente en el Cuartel de la Guardia Civil, lo que originaba graves problemas laborales. A los vencidos se les niega por completo reconstruir sus vidas. Se les condena a la humillación y a la marginación social, económica y laboral. No se les considera españoles, sino antiespañoles, rojos. Mucho trabajo, pocos ingresos, estricto racionamiento, penuria generalizada. El pluriempleo pasa a ser la especialidad nacional “para ir tirando”. Aunque hubo entre los vencedores quienes amasaron grandes fortunas con el estraperlo.

Los vencidos fueron sometidos a la institucionalización del hambre por medio de las cartillas de racionamiento, también al imperio de los avales, informes, salvoconductos… y a las continuas vejaciones de los falangistas. Frente a esa demencia los perdedores solo podían oponer el silencio. Entre los derrotados de la guerra no se habla de la represión sufrida, no se dice nada.

Son abolidas las instituciones políticas democráticas y autonómicas

El franquismo no solo atentó contra la libertad y la integridad física de los vencidos, sino también combatió sañudamente las ideologías. No se trataba sólo de derrotar militarmente al enemigo sino de destruirle moralmente, de aniquilar su pensamiento. Había que sentar las bases institucionales que permitieran inmunizar a la población frente a las ideologías que pudieran cuestionar la legitimidad de la Dictadura, por lo que se elabora una amplia legislación represiva, hecha con típicos planteamientos jurídicos militares. Para eliminar a los oponentes son abolidas todas las instituciones políticas democráticas y autonómicas. Fueron prohibidos todos los partidos políticos y sindicatos, y todas las asociaciones, entidades y publicaciones consideradas hostiles o desafectas a los principios ideológicos del régimen franquista.

La victoria militar de Franco significa el triunfo de las tendencias más agresivas y más centralistas y unitarias del nacionalismo español en su versión castellana. El régimen franquista que responde a los intereses de las clases ricas más conservadoras, es una violenta reacción contra todo lo que había representado un siglo de liberalismo político y la breve experiencia democrática de la II República. El franquismo se nutre de las fuentes más tradicionales del antiliberalismo, del integrismo católico, de la ideología social más conservadora, del corporativismo fascista y del autoritarismo militar.

Siguiendo las típicas tesis fascistas de borrar todo signo de diversidad, por considerarlo una debilidad, el nuevo Régimen ataca con irracional vesania la variada riqueza política, lingüística, religiosa y cultural que hay en España. Reprime violentamente tanto las actuaciones políticas consideradas disidentes, como aquellas manifestaciones intelectuales o culturales que se desvían de la doctrina oficial. Los escritores y artistas que no han sucumbido o huido se han de refugiar en las catacumbas del exilio interior.

Se deja a la Iglesia el papel reeducador

Se deja que se encargue de purgar y de reeducar las ideas a la Iglesia Católica, que bendice la guerra como Cruzada y legitima a la Dictadura, cuando esta se declara Estado confesional. La Iglesia no solo bendice el golpe militar, sino que lo apoya decididamente con todas sus consecuencias. Adula al dictador, “el dedo de Dios” y lo recibe bajo palio cual emperador romano aclamado como divinidad, y cede los templos a la parafernalia militar y fascista, al tiempo que anatematiza a los demócratas republicanos.

Y no sólo no hace ni el menor gesto para detener el derramamiento de sangre, ni formula propuesta reconciliadora alguna, sino que se hace cómplice de las ejecuciones y “paseos”. La labor de la Iglesia en las prisiones, a través de los omnipotentes capellanes, fue de represión ideológica, de utilizar la religión para justificar los crímenes. Son incontables los testimonios de su fanatismo y de las torturas morales que infringían a los pobres presos, para forzarlos a convertirse, no solo al catolicismo intransigente y ramplón, sino, sobre todo, al franquismo. La Iglesia española participa en la represión general a través de los informes de los curas párrocos, que eran preceptivos en los consejos de guerra, en los expedientes de la Ley de Responsabilidades Políticas y en todas las gestiones de la vida cotidiana. La mayoría del clero español era integrista en el sentido de ser partidario de un Estado confesional que impusiera por la fuerza a todos sus súbditos la profesión y la práctica de la Religión Católicas y prohibiera cualquier otra.

Como la Iglesia católica española estaba descaradamente animada del espíritu de revancha, el Gobierno de Burgos da toda suerte de facilidades y privilegios a la jerarquía católica y a las instituciones eclesiásticas para que procedieran a recatolizar España. Estado e Iglesia vuelven a identificarse y unen sus propósitos ideológicos educativos surgiendo lo que ha venido a llamarse “nacional-catolicismo”. El retorno a los esquemas oscurantistas y escolásticos abre las puertas a la opción de las fuerzas más atrasadas de la clase dominante. La Iglesia reconquista destacadas posiciones en la prensa y en la información y recobra su preeminencia en el campo de la educación. Se vuelve a la sacralización de casi todos los aspectos de la vida cotidiana, de catolicismo tridentino, mantenido bajo un potente aparato de control político, policial y social.

Para evitar a la inducción al pecado las mujeres a partir de los doce años debían vestir “como Dios manda”: medias, faldas por debajo de las rodillas, mangas que cubran los brazos hasta los codos, nada de escotes. Tampoco se permite que usen el pantalón, por ser prenda eminentemente masculina. Se les recomienda el uso de la faja, incluso en verano, para ocultar las formas femeninas y evitar, así, la concupiscencia. La melena suelta y larga estaba prohibida. Pero cuando la vigilancia sobre la indumentaria femenina se vuelve enfermiza es cuando se trata de controlar las prendas a utilizar en las playas, pues la exhibición impúdica hace que las pasiones se desborden en lujuria. La sexualidad es mirada como el foco de todos los males.

La censura afectaba a todo, a la producción literaria, al cine, al teatro, a la radio, a la televisión, a los bailes, a las noticias, incluso a la publicidad en los diarios. No hay prensa libre, no hay libertad de pensamiento. Los sermones desde los púlpitos y las ceremonias religiosas, junto con la lotería, los toros y el fútbol constituían las únicas ofertas culturales para los perdedores de la guerra.

Es evidente que hoy España es un país distinto de aquel de 1939, pero todavía no nos hemos repuesto del todo. Aún no se respira el clima ciudadano que debiera: las mismas actitudes intransigentes que afloran aquí y allá, el mismo menosprecio por el adversario, la misma sobredosis de sentimientos con que recargar opiniones que no nacen de juicios claros, la prioridad de los intereses privados sobre los públicos.


Fuente → nuevodiario.es

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