Proyecto Faq Enemigo de lo bueno

lunes, 12 de octubre de 2020

Enemigo de lo bueno

Enemigo de lo bueno
Antonio Barral

En nuestros días, para temas relacionados con desarrollo de tecnología (como para otros muchos), la lengua franca es sin duda el inglés. Y esa lengua cuenta con una expresión que, aunque propia del mundo de la ingeniería de software, debería haberse importado al ámbito de la política hace ya mucho tiempo. Esta expresión es analysis paralysis, y hace referencia a cuando un programador, por querer anticipar todos y cada uno de los problemas que pueden surgir durante el proceso de programación, acaba por no programar en absoluto; describiendo una situación semejante a aquella a la que, en castellano, nos referimos con el refrán “lo perfecto es enemigo de lo bueno”.

En el artículo anterior hablé de cuáles eran los que yo consideraba los mayores errores de la izquierda republicana en España, haciendo sobre todo énfasis en su deseo de asociar la idea de república a un determinado tipo de república, la suya; que debía ser el único modelo de república que se plantease, aún si eso significa que esta no sale del papel. En este artículo, me propongo encontrar la causa de esta actitud, sus motivaciones más profundas.

En esa eterna guerra entre lo perfecto y lo bueno, no cabe duda que la izquierda lleva ya décadas en el bando de lo perfecto: Sistemáticamente rechaza toda solución a un problema apremiante como “reformismo”, o señala el hecho de que una determinada solución a un problema de hoy podría tener que ser revisada mañana si deja de funcionar, o que permitiría solucionar un problema, pero nunca conseguirá solucionarlos todos. Frente a esto, se encuentra inmersa en la tarea de plantear la sociedad idílica y sin ningún defecto o problema, cayendo así en su propio analysis paralysis; y orientando todos sus esfuerzos a buscar una “refundación” de la sociedad, en la que todo cambie; en lugar de en solucionar de uno en uno los problemas políticos que se nos presentan.

Esto, en el ámbito de la lucha por la república, esto se ve muy bien en una de sus consignas más tradicionales: La apertura de un proceso constituyente. Evidentemente, no tiene nada de malo de por sí convocar elecciones constituyentes. Esto es totalmente necesario cuando un país que va a acceder por primera vez a un régimen político de libertades, o cuando, ya habiéndolo tenido antes, después se le priva durante años del mismo. Sin embargo, este no es el caso de España, que lleva ya más de cuarenta años organizada políticamente en forma de democracia (imperfecta sí, pero como todas las del mundo); y que consta con una constitución que, más allá de sus defectos, reconoce todos los puntos claves del sentido común de nuestra época.

La actual Constitución recoge principios como el autogobierno de las nacionalidades y regiones, propio del federalismo defendido muchas veces por los republicanos; o el derecho a la vivienda, defendido desde la izquierda. Que estos no siempre se lleven plenamente a la práctica, es obvio que es un problema que es necesario atajar, y la Constitución puede necesitar alguna reforma en ese sentido. Pese a esto, recoge varios de los principios esenciales de la república con la que desde la izquierda fantaseamos, y que estos se hagan efectivos depende en gran medida de que se hagan las políticas adecuadas para ello, y no tanto de la Constitución.

No son necesarios grandes cambios en la Constitución para convertir nuestra actual monarquía parlamentaria en una república parlamentaria, y de hecho bastaría con eliminar el título II y poco más. Sin embargo, para muchos de los simpatizantes de la idea de república en nuestro país, esta forma de traer la república no serviría, y no serviría, precisamente por los pocos cambios que implica.

La lucha por la república en nuestro país es muchas veces interpretada no como una forma de poner fin al problema de déficit democrático que supone la monarquía, sino como pretexto para, a través de la convocatoria de una asamblea constituyente, buscar esa “refundación de la sociedad”, ese “borrón y cuenta nueva”, esa oportunidad para solucionar todos los problemas de golpe. El problema de esto es que nos lleva a la situación de analysis paralysis de la que hablábamos al principio del texto.

Es incomparablemente más fácil poner a la gente de acuerdo sobre que esta o aquella cuestión constituye un problema social, que sobre cuál es la forma que debería tomar la sociedad ideal. La primera opción lleva a que sea imposible formular una solución a gusto de todos (ni siquiera a gusto de una mayoría). La segunda, si permite generar acuerdos, como los que históricamente se generaron, por ejemplo, alrededor de la necesidad de una educación y una sanidad públicas. Sin embargo, es la primera actitud y no la segunda la que, como en muchos otros temas, está guiando hoy a la izquierda en el tema de la república, y es precisamente esto lo que le impide generar ese gran consenso necesario para impulsar un cambio de semejante magnitud.

Si tenemos en cuenta esto, rápidamente nos damos cuenta de que, esta “enmienda a la totalidad” de la Constitución sería muy difícil de llevar a cabo, y más todavía si enmienda se pretende abordar una gran cantidad de temas. Para conseguir aprobar reformas de la Constitución, es necesaria una mayoría de 2/3 tanto en el Congreso como en el Senado, lo que, si ya es difícil de por sí, más lo será todavía si se trata de aprobar un texto para satisfacer la noción de “sociedad ideal” de una determinada posición del tablero político. Se puede argumentar que, si se impulsa una “ruptura” con la actual constitución, se puede aprobar una nueva sin necesidad de seguir este proceso de reforma, que obliga a acuerdos que permitan unas abrumadoras mayorías. Sin embargo, este es el motivo por el que, desde otras posiciones del tablero político, desconfían de la idea de ruptura, y prefieren dar respaldo al actual estado de las cosas que a un cambio que no saben si, a su juicio, será para mejor. Y plantear una ruptura respaldada sólo por una minoría es, sencillamente, utópico y descabellado.

Es por todo esto que, si lo que se desea es que el paso de la monarquía a la república sea un hecho, este planteamiento basado en el tándem asamblea constituyente-ruptura debería rechazarse. Sin embargo, el mero paso a una república “burguesa”, o que “no cambie nada” (como si eliminar una institución que nos trae tanta vergüenza como la monarquía no fuese un cambio), es rechazado por gran parte del movimiento republicano en España. El motivo de esto es que el republicanismo en España está asociado sobre todo a ideologías de izquierda radical (sin tratar de ser peyorativo con el uso del término), como el comunismo o incluso el anarquismo, y aunque exista una parte del movimiento por la república que es propiamente republicana, o en otras palabras, que valora la república como forma de Estado como un bien en sí misma, esta parte es mucho más reducida que la izquierda radical. Dicha izquierda radical apoya la república principalmente por cuestiones estéticas y nostálgicas, o como “pretexto” para esa asamblea constituyente que le permita realizar todos los cambios que desea, no solo en el modelo de Estado sino en totalidad de los aspectos de la vida política, económica y social.

Repasando la situación, nos encontramos con un movimiento a favor de la república en el que predomina la izquierda radical frente a la fracción más propiamente republicana. Esto hace que, la mayoría de miembros del movimiento a favor de la república, no conciban la república como un bien en sí mismo, sino como un medio para impulsar una agenda política muy determinada; y para esto ven necesario un momento de refundación de la sociedad representado muchas veces en su imaginario como una asamblea constituyente, para la que, por supuesto sería necesaria una ruptura. Todo esto, renunciando a toda vocación de ser transversal, lo cual es una apuesta legítima, pero no muy inteligente si lo que se desea es generar acuerdos suficientes para impulsar reformas de calado, como puede ser la abolición de la monarquía.

Frente a este planteamiento, me gustaría proponer uno radicalmente distinto: Plantear la república no como una ruptura, sino como un pequeño cambio; impulsando para ello una reforma constitucional en lugar de una asamblea constituyente; y con el objetivo de generar un acuerdo para suprimir la monarquía, en lugar de tratar realizar gran cantidad de cambios en todos o gran parte de los aspectos de la vida social.

Enfocar este cambio como un pequeño cambio, y no una ruptura, permitiría generar un acuerdo con respecto a algo que, desde diversas posiciones del tablero político, puede ser entendido como un problema (el bochorno que supone el actuar de la Corona para nuestro país). A la hora de ejecutar dicho cambio, apostar por la reforma constitucional y no por convocar una asamblea constituyente eliminará la incertidumbre, lo que permitirá a los ciudadanos y ciudadanas posicionarse sobre la reforma propuesta, sabiendo cual será el cambio que supondrá si se aprueba y pudiendo así tomar una decisión informada, en lugar de quedarse, por miedo, en el “mejor malo conocido”. Y con este enfoque, si bien no conseguiríamos solucionar todos los problemas del país, si conseguiríamos solucionar al menos uno, en lugar de no solucionar ninguno por quererlos solucionar todos.

Para llevar este enfoque a la práctica, sería necesario que se fortaleciese el movimiento propiamente republicano, diferenciándose (que no necesariamente enfrentándose) de aquel otro movimiento a favor de la república que, sin embargo, no tiene la república como objetivo, sino como medio para alcanzar otros objetivos o como reclamo estético.

Todo se resume, en definitiva, en presentar la república como una solución a un problema determinado, y no como una propuesta de sociedad ideal. Se trata pues, de empezar a programar software, superando el analysis paralysis.

Antes de terminar quisiera aclarar que en ningún caso considero la república ni mucho menos como el único cambio que necesita nuestro país, ni como el más necesario. Pero si es un cambio importante, y un cambio a mejor. No debemos, en ningún caso, idealizar la república (que, en su versión minimalista, realmente sólo supondría un cambio en la jefatura del Estado). La república es lo que es: Una solución concreta a un problema concreto, uno de los muchos que tiene el país. Sin embargo, no hay motivo para dejar el problema sin resolver.

Tras todo lo anterior, concluyo diciendo que, en su búsqueda de un cambio total y absoluto de todos los aspectos de la vida social en el país, la actual izquierda a favor de la republica solo consigue caer en un caso de analysis paralysis, en el que no es capaz de plantearse una primera meta (por ejemplo, poner fin a la monarquía, pero podría ser cualquier otra), y, no teniendo una primera propuesta sobre la cual buscar crear hegemonía o consenso, ve atascado su proyecto en una eterna fase de reflexión sobre un modelo de Estado que, con esa actitud, nunca va a materializar. Frente a esto, es necesario una izquierda genuinamente republicana, que si tenga una primera meta (en este caso, la república) y si pueda echar a andar un primer proyecto, apostando por lo bueno y no por lo perfecto. 



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Enemigo de lo bueno Rating: 4.5 Diposkan Oleh: La Voz de la República
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