Proyecto Faq Son fascistas, son violentos y dan miedo

miércoles, 3 de junio de 2020

Son fascistas, son violentos y dan miedo

 
Son fascistas, son violentos y dan miedo
Cristina Fallarás

De repente, Donald Trump dice ANTIFA (antifascista) y el resto descubre que existe el fascismo. Porque parto de la base de que todo el que no es antifascista es fascista, todo el que no es antirracista es racista y todo el que no es antimachista es machista. De manual. Lo dicho, es Trump quien tiene que escupirnos a la cara la realidad: En España, como en Estados Unidos, hay cientos de miles de personas, y me quedo corta, que no son antifascistas, más aún, que le declaran la guerra al antifascismo.

¿Qué son, pues? Fascistas.

¿Cómo se llaman en España? VOX.

¿Cuál es el líder político que ha aplaudido públicamente a Trump, su violencia y su fascismo? Santiago Abascal.

¿Cuántos diputados le representan en el Congreso de España? Nada menos que 52 diputados.

Parece de primero de Democracia, y sin embargo todavía no se puede decir en voz alta. Ahí reside uno de nuestros principales problemas. Si el fascismo ha crecido y cunde como una especie de alimañas en constante reproducción en los últimos años es porque nos han impedido y nos impiden llamarlo por su nombre. O sea, los amparan. Sobre todo, en los medios de comunicación. Se nos ha dicho que "toda opción política es legítima". Se nos insiste a diario en que debemos respetarlo "porque les ha votado mucha gente". Efectivamente, mucha. En España, más de tres millones y medio de personas.

Ahora se ha dado un paso más, y lo han hecho ellos. Si los pones en evidencia, si los delatas, si lo denuncias, arrancan una campaña de amenazas y miedo para callarte. El miedo siempre ha sido un arma útil, un arma de que los fascistas manejan minuciosamente, con la sabiduría que les brinda la Historia. Uno de ellos, pongamos Abascal, pongamos cualquier periodista de los que se han unido a la causa, te señala. Pone sobre tu espalda una diana, y son miles los que se lanzan, las que se lanzan, al acoso y la amenaza, usan la violencia con la impunidad que les ofrece el todo lo anteriormente expuesto. El anonimato, esa práctica de cobardes y violentos, permite en esta época que dicho método se extienda como una lengua de podredumbre que todo lo infecta. Las redes sociales, que han resultado tan útiles para otros menesteres, les han brindado un campo de actuación inigualable. Pongo un ejemplo: cuando se lanzó la campaña #Cuéntalo para que las mujeres denunciaran públicamente las agresiones que sufren y han sufrido, la red de tuiter se convirtió en la herramienta imprescindible. Ahora, me sería imposible. Si ahora lanzara un #Cuentalo, serían millones los hombres que boicotearían el relato de las mujeres y todo esfuerzo resultaría inútil. Sencillamete, ahora #Cuéntalo no podría existir, sus frutos serían inservibles. Pero no solo eso. La misma red sirve ahora para señalar y sembrar el odio, ha convertido el ataque, la amenaza y el insulto en algo útil. La utilidad de la violencia, sí, esa idea aterradora. Era cuestión de tiempo que eso descendiera a la calle. Ahora, a algunas mujeres, mujeres que tenemos un perfil público y cuyo rostro es conocido (actrices, periodistas, artistas…) nos resulta difícil salir a la calle sin que alguien nos agreda de una u otra manera, nos insulte, nos amenaza, nos escupa, nos zarandee.

Digo mujeres porque, aun habiendo algunos hombres a los que les sucede lo mismo, son los menos. Y también porque la ferocidad, la violencia que muestra el fascismo en otros lugares de Europa contra la inmigración (los casos de Francia y Alemania resultan especialmente ilustrativos), en España se ha afilado contra el feminismo. Todo fascismo es racista y machista, pero digamos que cada uno escoge su víctima "preferida", que es la que le proporciona más apoyos, más popularidad, más votos. Sí, el fascismo hoy se vota, se vota mucho. En España, el gran enemigo somos las feministas. De ahí que en el núcleo del relato de VOX, en el meollo, no hayan colocado la inmigración, que también, sino el feminismo. Las particulares características políticas españolas, la pervivencia del franquismo y sus cuarenta años de violencia sistemática contra las mujeres y la brutal influencia de la Iglesia católica, con sus desinhibidas jerarquías al frente, están en la base del fenómeno. Iglesia católica y franquismo son indisociables. Iglesia católica, franquismo y VOX, también.

Pero esto sigue avanzando. La campaña de VOX contra la manifestación del 8M se atreve a culpar al movimiento feminista de las miles de muertes que ha provocado la covid-19 en España. El siguiente paso es considerar que somos unas asesinas, decirlo, acusarnos de matar. Lo he vivido en carnes propias, en las redes y en la calle. Esto llena de un infecto contenido a la ya de por sí erizada violencia contra nosotras. La sostiene, la justifica.

A eso hay que sumarle ahora la cada vez galopante desinhibición a la hora de cargar contra el antifascismo. O sea, de proclamar su fascismo. Asistimos a un paso definitivo: el fascismo se está convirtiendo en una formad de identidad, en un sentimiento de pertenencia. Trump se declara anti-antifascistas, o sea fascista. Abascal aplaude a Trump, o sea se declara fascista. Las huestes de VOX aplauden a Trump y a Abascal… Y así van cundiendo infamia y violencia como una forma de identificación.

Y es ahí donde las violencias contra el feminismo y el antifascismo están confluyendo en el punto que mejor les funciona: el dinero. Su relato contra las feministas acabó de cuajar cuando difundieron la idea de los "chiringuitos", la idea de que somos una panda de vividoras que recibimos fondos públicos a cambio de tocarnos la higa. De la misma forma, han empezado a sembrar la de que los antifascistas cobran por serlo.

Esto, del pasado 31 de mayo es un ejemplo, aplaudido por cierto por el portavoz adjunto de VOX en el Congreso, Ignacio Garriga: 
 

Los mecanismos del fascismo son insultantemente simples. Por eso funciona, por eso se extiende entre la población, por eso infecta.

Empezar a combatirlo tampoco debería resultarnos tan difícil. Consiste, para empezar, en llamarlo por su nombre y no justificarlo con bobadas como que tiene el apoyo popular. Después, deberíamos señalar a aquellos que los propagan, y sobre todos a quienes usan la amenaza y la agresión. Y por último, admitir que sí, que dan miedo, que si los pones en evidencia utilizaran el miedo para callarte. La idea de que "si admites el miedo, ellos ganan" es una idiotez. Puede que no consigan silenciarte, pero el miedo no te lo quita nadie.
 

Fuente → blogs.publico.es

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