Proyecto Faq El día en que pregunté a Blas Piñar por Yolanda González, asesinada de dos tiros

lunes, 22 de junio de 2020

El día en que pregunté a Blas Piñar por Yolanda González, asesinada de dos tiros

Se cumplen 40 años de la muerte de la militante estudiantil comunista a manos de un comando de extrema derecha relacionado con Fuerza Nueva

El día en que pregunté a Blas Piñar por Yolanda González, asesinada de dos tiros / Julio Martín Alarcón:

—¿Ordenó usted el asesinato de Yolanda González?

—A mí me acusaron de todo, como lo de los abogados de Atocha, tenían una campaña contra mí.

Lo que me respondió Blas Piñar aquella tarde, el que fuera líder de la ultraderecha durante la Transición, no era tan descabellado, como se explicará después, pero la cuestión es que David Martínez Loza y Emilio Hellín Moro, que fueron condenados entre otros por el asesinato de la militante estudiantil Yolanda González, -hallada con dos tiros en la cabeza-, estaban en su órbita. Especialmente Loza, que era, de hecho, su mano derecha. Hellín Moro, en cambio, era un policía con un arsenal en casa, medios de escucha y material para la vigilancia. No pintaba bien. Ambos, sin embargo, tenían carnet de Fuerza Nueva, el partido que lideraba Blas Piñar.

Blas Piñar vivía en una casa de Puerta Hierro en uno de cuyos bajos tenía una gran estancia que albergaba una extensa biblioteca y que servía también de despacho. Apenas un año antes de morir, en 2014, me recibió allí mismo para una entrevista sobre la cual mi único interés tenía nombre propio: Yolanda González.

La estudiante y militante del partido comunista, de apenas veinte años, apareció con tres tiros en un descampado de San Martín de Valdeiglesias 

Una estudiante y militante del partido comunista de apenas veinte años que apareció asesinada en un descampado de San Martín de Valdeiglesias, con tres tiros. Dos en la cabeza. Años después, en el despacho de Piñar, tras los circunloquios de rigor, que incluyeron anécdotas y relatos que captaron mi atención con los que sospecho que quiso demostrarme su talla intelectual -de la que ya tenía cierta noción-, sacó pecho del espíritu del consenso de aquellos años de la Transición.

Me explicó, por ejemplo, su buen trato con Bandrés o Mario Onaindía —ambos antiguos miembros de lo que fue ETA político militar, los 'polimilis', que abandonaron la lucha armada durante una negociación con el ministro de interior Juan José Rosón—. Tampoco escatimó elogios con rivales como Alfonso Guerra. En definitiva, relatos sin fin de años clave en los pasillos de las cortes en las que él solo tuvo escaño durante una legislatura.

Dedo meñique

Como ya sabía que un hombre de la talla de Blas Piñar, notario, erudito y con una idea muy clara de lo que él consideraba la cultura hispánica, no se iba a implicar de buena gana en un asesinato, hubo que recordarle que David Martínez Loza era nada menos que su jefe de seguridad:

—¿Era su mano derecha?

Como mucho mi dedo meñique. Respondió

La cuestión es que el jefe de Fuerza Nueva, si bien no encubrió a Loza, si estuvo al tanto de los tejemanejes del juez instructor, amigo de la familia de Loza y que le otorgó un permiso muy conveniente para que el "dedo meñique" de Piñar, según su definición, pudiera salir tranquilamente del país, que es exactamente lo que hizo. Es necesario puntualizar que nunca se pudo relacionar a Blas Piñar con el vil asesinato, pero quedaba la cuestión de su responsabilidad política amparando a los ultras.
Yolanda González
Fue en ese momento de la conversación, tras recordarle la innegable relación de sus cachorros con el asesinato, cuando el nonagenario y antiguo procurador de las cortes franquistas -uno de los pocos que votó en contra del harakiri que pergeñó Torcuato Fernández Miranda-, dio un puñetazo tan fuerte en la mesa que saltaron los papeles, mi grabadora y que me hizo retroceder instintivamente pegándome al respaldo de la silla.

"Yolanda", —espetó encolerizado— era una confidente de ETA, tal y como me dijo el juez que levantó el cadáver, puesto que hallaron pruebas de ello entre sus pertenencias. En concreto según me relató "llevaba un escudo separatista vasco". "Cuando el juez que estaba de guardia fue a levantar el cadáver y tuvo que levantarla para ver el tiro, llevaba el escudo separatista vasco. Me lo contó personalmente el propio juez. Esta chica, que decían que era de un movimiento estudiantil, realmente era una confidente del grupo terrorista y además tenía cierta relación con el señor Hellín de tal forma que cuando llegó abrió la puerta tranquilamente porque era una persona de su absoluta confianza".

La operación

El asesinato conmocionó al país. Después de numerosas manifestaciones e incluso altercados por la muerte de la joven, un policía nacional, Juan Carlos Rodas, se sentó frente a sus compañeros y "cantó" toda la operación del secuestro, arrepentido de su participación y abrumado por los hechos. Según la declaración de Rodas, el día 1 por la noche un grupo formado por él mismo, Félix Ajero, Ricardo Prieto, Ignacio Abad y Emilio Hellín Moro, se desplazaron a la calle Tembleque en el barrio madrileño de Campamento con la intención de interrogar a Yolanda por su supuesta vinculación con ETA y obtener así información de los comandos en Madrid.

Mientras los tres primeros realizaban la labor de vigilancia, Hellín Moro e Ignacio Abad subieron al piso del “objetivo” para llevar a cabo el interrogatorio. La confesión del policía nacional desembocó en la inmediata detención de Moro y posteriormente, de Abad, que aclaró el resto del trágico suceso: después de irrumpir en su piso se llevaron por la fuerza a la militante del partido trotstkista, la metieron en un coche y se dirigieron hasta un descampado de San Martín de Valdeiglesias donde después de proseguir con el interrogatorio le dispararon dos tiros en la cabeza —Moro— y uno en el brazo —Abad—.

Se descubrió que Hellín Moro, con carnet de Fuerza Nueva, guardaba una gran cantidad de armamento y explosivos que procedían del propio ejército

Tres años después de la matanza de Atocha, el asesinato de la estudiante Yolanda González, militante en movimientos comunistas ya tuvo como protagonistas a miembros de Fuerza Nueva. Sospechosos habituales: el que fuera jefe de seguridad, David Martínez Loza y Emilio Hellín Moro. El arsenal que fue incautado a Hellín Moro tenía el sello militar y la conexión con los grupos paramilitares de las cloacas del estado se hicieron más evidentes que en el caso de Atocha. Blas Piñar mantuvo su tesis: Emilio Hellín Moro era un infiltrado de lo que serían los grupos terroristas del estado que habrían comenzado con la UCD y alcanzado el cenit con el PSOE.

Así me lo contó: "Estaba en nuestra organización porque la información que habíamos recibido de él era de una persona fantástica en todos los sentidos y por consiguiente yo le admití. Además tenía buenos cualidades, una buena conducta e ideales que se identificaban con los nuestros y no tuve la menor dificultad en darle su carnet. Inmediatamente que se le detuvo... pues sí tenía un carnet, lo cual no quiere decir que no fuera un infiltrado".

"El caso de Yolanda, por los informes que yo tengo, algunos absolutamente verídicos por quien provienen y los cargos que desempeñaban, fue una maniobra del señor Hellín [sentenciado por el asesinato de Yolanda González] que después se descubrió que tenía un piso alquilado y guardaba una cantidad enorme de armamento y explosivos que procedían de fuentes oficiales, concretamente en algunos casos del propio ejército".

Asesor de la Guardia Civil

Tenía carnet de FN; yo lo dije públicamente e incluso firmado por mi mismo (…) el hombre infiltrado era Hellín que era el hombre más destacado, si había otros no lo sé, el que se descubrió completamente fue él porque luego fue puesto en libertad —después de un intento de fuga Moro consiguió un permiso en 1989—más tarde se marchó a Paraguay [se fugó al igual que Lerdo de Tejada, aprovechando un permiso].

El asesino material acabó en 2008 en nómina del estado como asesor de criminalística, tanto para la Guardia Civil, como para la Policía

Emilio Hellín, tal y como investigó el periodista Mariano Sánchez Soler, acabó en 2008 trabajando como asesor de criminalística para la Guardia Civil y la Policía. García Juliá, el pistolero de Atocha, tras otro permiso se fugó en 1991. Fue localizado en Bolivia por la revista Interviú en 1999, donde cumplía condena por narcotráfico. La petición de extradición por parte de España se demoró hasta el 2001, para entonces se había fugado también del presidio en Bolivia.

Fernández Cerrá salió de prisión en libertad condicional en 1992 tras cumplir quince años de su condena y residió en Alicante. Francisco Albadalejo, inductor del crimen fue condenado a 12 años de prisión y murió en la cárcel en 1985. Leocadio Jiménez Caravaca, también condenado a doce años, se benefició, irónicamente, de la amnistía que reclamaban insistentemente aquellos a los que combatió, como Arturo Ruiz muerto a tiros. Las tramas del terrorismo ultra y la participación o consentimiento de elementos extremistas de las fuerzas de seguridad siguieron entre las brumas.

Marcos Ana

El epílogo tiene otro nombre propio: Marcos Ana, el último preso en salir de la cárcel de Carabanchel por los delitos de la Guerra Civil. La Causa General franquista por ser precisos. En su casa de la calle Narváez le pregunté sobre la guerra, la JSU y las vivencias de la mayor tragedia de España. A Marcos Ana le condenaron por haber asesinado a dos obreros "derechistas" en el terrible verano del 36. Como ya conocía su relato no, le pregunté directamente sobre él. Al final, fue él mismo, impaciente, el que contó que le habían acusado injustamente:

—¿Se lo merecían?- Pregunté paea cailbrar su reacción-

A diferencia de Blas Piñar, no hubo puñetazo en la mesa, sino silencio. Uno muy largo. Le siguió una explicación habitual: las rencillas y los odios provocaron que se desartara esa violencia, También es cierto que a fin de cuentas, Marcos Ana, en el 36, tenía 16 años.

Fuente → elconfidencial.com

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