Proyecto Faq Pandemia y republicanismo: una práctica experimental de la libertad política

sábado, 18 de abril de 2020

Pandemia y republicanismo: una práctica experimental de la libertad política


Analizamos la experiencia de vínculos políticos comunitarios que se puede dar en el contexto de la crisis actual, poniendo especial atención en el concepto de libertad y sus diversas interpretaciones.

Pandemia y republicanismo: una práctica experimental de la libertad política / Laura Linares:
 
 Si Hannah Arendt tuvo una obsesión a lo largo de toda su trayectoria intelectual esta fue, sin duda, la de restablecer el ámbito de lo político; ámbito que no puede pensarse si no se pone en primer término la noción de libertad y, más concretamente, una forma olvidada de libertad que la autora designa unas veces como libertad pública y otras como libertad política, aunque en ambos casos se apunta a la misma idea. Es evidente que si Arendt está haciendo uso del verbo restablecer se deberá suponer que lo político es un espacio perdido, como señala en su obra, a raíz de la emergencia de un nuevo dominio, el espacio de lo social, en el que la economía se despliega hasta eclipsar el carácter específicamente político que, en otros tiempos, había tenido el espacio público; la autora se refiere, en este caso, a la polis ateniense. Libertad y política están ligadas en el pensamiento de Hannah Arendt, por lo que no puede restablecerse el espacio político si no se ejerce la libertad pública.

Con el liberalismo económico y político, la libertad pasa a considerarse el mayor tesoro del ser humano; hasta el punto de acabar imponiéndose como el mayor credo de la Modernidad, que será mantenido y ampliado por las políticas neoliberales actuales. Sin embargo, la libertad que promueve el liberalismo no es, desde luego, la libertad de la polis ateniense. No es una libertad pública, sino que es una libertad vinculada al ámbito privado, centrada en el individuo; es una libertad individual.

Esta noción liberal, que entiende la libertad como la realización del deseo subjetivo, no es un invento del liberalismo. Hunde sus raíces en un tiempo anterior, en una coyuntura cristina y moralista, concretamente en las enseñanzas de Pablo de Tarso. Es San Pablo quien rompe con la tradición de la Grecia clásica e inaugura una nueva forma de comprender la libertad, al vincularla con el interior del ser humano, con sus pasiones, con sus deseos personales, expresándose a través de la voluntad por medio de una fórmula fundamental que dice yo quiero. Frente al universo interno del querer, el mundo externo se presenta como límite bajo el imperativo del tú debes. En este giro hacia la interioridad, la libertad queda reducida a un irresoluble conflicto entre el querer y el deber, que acaba traduciéndose en lo que puedo o no puedo hacer. Esta comprensión de la libertad, como sinónimo del deseo personal y de la voluntad individual, será asumida y santificada por el liberalismo y, por supuesto, por nuestras actuales políticas neoliberales, solo que con una reformulación clave: hacer del querer individual una máxima sagrada que no debe ser negada en ningún caso. Ante este esquema toda ley, norma, Estado, decreto que niegue aquello que deseamos, será identificado instantáneamente como un elemento represivo que debe anularse. Este será el mayor dogma liberal que podemos ver desplegado en su conocida, aunque ingenua y falsa, fobia al Estado.

La libertad es uno de los mayores caballos de batalla que ronda nuestras cabezas en estos días de confinamiento y vigilancia tecnológica.

La libertad es, desde luego, uno de los mayores caballos de batalla que ronda nuestras cabezas en estos días de confinamiento y vigilancia tecnológica. Encerrados, oímos el eco de ciertos análisis que nos advierten del peligro que entraña que la ciudadanía haya aceptado de manera acrítica la cesión de todas sus libertades a cambio de seguridad, e inclusive se nos plantea este momento como un tiempo que podría ser incompatible con el ejercicio de la democracia. Dóciles, hemos rechazado salir a pasear por el parque de enfrente de casa, disfrutar por la montaña en primavera, abrazar a nuestros seres queridos, quedar con nuestros amigos en la plazuela que vemos desde la ventana, darnos un baño en el mar o permitir que los niños salgan a correr. Nos preguntamos por la magnitud de la prohibición, exagerada y peligrosa para ciertos intelectuales, y más si observamos que en el espacio público no hay nadie, que está desierto, por lo que no llegamos a entender por qué no se me permite salir a mí cuando, al estar solo, es difícil que pueda perjudicar a alguien.

Es quizá humanamente inevitable que estos pensamientos se paseen, incluso con frecuencia, por nuestra mente en estos momentos. Sin embargo, debemos ser capaces de reconocer que en ellos anida la forma de libertad que acabamos de exponer, la libertad liberal, esa libertad que como decíamos, se fija en lo que uno quiere, se centra en el yo, y entiende al ser humano como un individuo solitario, aislado de los demás, como un átomo de interés, como un sujeto competitivo que no pertenece a ninguna comunidad ni establece vínculos con otros. Este sujeto que no entiende por qué no puede salir si afuera no hay nadie, está tan centrado en sí mismo que ni siquiera se da cuenta de que no hay nadie ahí fuera porque todos están encerrados en sus casas y que salir supondría volver a ver playas abarrotadas de personas, parques llenos de niños, bares llenos de abrazos o montañas plagadas de excursionistas, porque todos ellos, todos nosotros ―como tú también― deseamos salir.

Tanto en esa actitud, como en las críticas que nos advierten del peligro que entraña el haber cedido nuestras libertades, subyace una misma visión, una visión unidimensional de la libertad que cree que más allá del individuo la libertad se extingue. Empero, tal como nos recuerda Hannah Arendt en su obra, existe otra cara de la libertad, que también es soberana pero que va más allá del pellejo del yo: la libertad política que se alza como opuesta a la libertad liberal, pues en ningún caso se vincula ni con el individuo ni con sus deseos personales. La libertad política solo puede ejercerse en la participación colectiva de una ciudadanía plural implicada en un proyecto común, y cuyo objetivo son los intereses de todo el conjunto. Su voluntad es siempre la expresión de un nosotros interconectado que, activamente, recupera el sentido de una política participativa, y que es capaz de poner entre paréntesis la libertad personal poniéndose al servicio de los otros, de todos aquellos que no conocemos, de nuestros opositores, de los más vulnerables, así como de todos a los que amamos. Decía Hannah Arendt que la libertad política se presenta como “la capacidad para interrumpir una secuencia de eventos que hubieran seguido un curso a no ser por la iniciativa y la acción”. Eso estamos haciendo hoy toda una ciudadanía vinculada en un decreto. Alejándonos de la visión liberal que vería en el decreto un ataque, y acercándonos a una posición republicana como la que Jean-Jaques Rousseau muestra en El contrato social (1762), las leyes no constituyen la limitación de la libertad; por el contrario, en las leyes se ampara la voluntad general que protege a la sociedad civil y, a su vez, intensifica la libertad del ser humano elevándolo al rango de la ciudadanía.

La libertad política solo puede ejercerse en la participación colectiva de una ciudadanía plural implicada en un proyecto común, y cuyo objetivo son los intereses de todo el conjunto.

Ante una pandemia como la que estamos viviendo, la respuesta individualista no traerá una solución. La manida e interesada libertad liberal se ahoga ante la respuesta de una libertad republicana, colectiva, comprometida, solidaria. Mientras la pandemia amenaza, si bien hemos cedido nuestra libertad privada de manera dócil, hemos sido valientes al experimentar una libertad pública, comunitaria que es, por definición, antiliberal.

Una libertad que se acerca a un republicanismo cívico, para hacer frente a las posiciones liberales. Tales posiciones se acercan a peligrosos discursos de corte darwinista, en los que la desigualdad que impulsa la lucha por la supervivencia se acaba traduciendo en la aceptación global de una sociedad competitiva en la que se acepta que los menos adaptados mueran. Es el ejercicio de la libertad colectiva la que impide que esos supuestos inadaptados, o digamos mejor, todas aquellas personas que le sobran a la economía, sobrevivan, recordando que el derecho a la vida es anterior al deseo y a la libertad de elección privadamente interesada.

Es evidente que no vivimos bajo un orden político republicano, pero también lo es que por primera vez, nosotros, los contemporáneos, nos conectamos con una forma de libertad que es capaz de restablecer un espacio político participativo y comunitario, haciendo frente así al interés económico que se expresa en el individualismo moderno.

Desde la perspectiva arendtiana, decidir quedarse en casa es mucho más que un eslogan; es una práctica política de primer orden, que nos brinda la posibilidad de experimentar una libertad republicana. Y, aunque es cierto que estamos confinados y que la libertad individual no se despliega, esto no significa que no seamos libres. De hecho, atendiendo a la filosofía de Arendt cabe preguntarse si no somos, en este momento, más libres que nunca.
 

Fuente → elsaltodiario.com

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