Proyecto Faq James Connolly y la hiedra gaélica del republicanismo

sábado, 18 de abril de 2020

James Connolly y la hiedra gaélica del republicanismo

James Connolly y la hiedra gaélica del republicanismo
Albert Portillo 

Con motivo del 14 de abril, en el que el republicanismo catalán jugó un rol determinante en el cambio político y social, vale la pena reconsiderar la influencia del republicanismo irlandés. De hecho, el 24 de abril de 1916 es el día de la revuelta republicana protagonizada por obreros y sindicalistas como James Connolly. Por eso, adentrarnos en la doctrina del Nosotros Mismos, demasiadas veces interpretado como “Nosotros Solos”, nos abre las puertas a una de las mejores escuelas del republicanismo revolucionario, demasiadas veces arrinconado por la intelectualidad académica liberal.

Miseria y crisis del neorrepublicanismo académico

La proclamación de la República Catalana, así como de la República Española, coincide en este mes de abril con el aniversario de la proclamación de la primera República revolucionaria de toda Europa en el siglo XX. Se trata, ni más ni menos, que de la República irlandesa fruto de la Revuelta de Pascua de 1916.

Este evento, demasiadas veces obviado, cuando no directamente menospreciado, ha ido a la par de una marginación exhaustiva en medio del revival intelectual republicano de las últimas décadas. Algunos de estos autores, como Philip Pettit, Quentin Skinner o J. G. A. Pocock, han arrinconado completamente la tradición republicana irlandesa a causa de un sesgo declaradamente partidista por la derecha republicana de la guerra civil inglesa del s. XVII, cabe decir bien lejos también de los levellers o de los diggers, o por la derecha republicana estadounidense.

En el caso de Pettit, en su obra Republicanismo: una teoría sobre la libertad y el gobierno, al cabo de 392 páginas no se puede encontrar ninguna mención a la tradición republicana de Irlanda. En cambio, abundan las clásicas afirmaciones del republicanismo elitista demofóbico contra “la arbitrariedad del pueblo” (Pettit, 2017 [1997]: 236). También encontramos una crítica sistemática a la autodeterminación, tan propia del republicanismo plebeyo, por considerarla peligrosamente populista (Pettit, 2017 [1997]: 50).

Más sorprendente es que en uno de los mejores libros que se ha escrito sobre la teoría y la praxis del republicanismo revolucionario, El eclipse de la fraternidad de Antoni Domènech, tan sólo se comente la existencia del republicanismo irlandés en una nota a pie de página (Domènech, 2019 [2004]: 219).

A pesar de todo, las cosas han ido un poco diferentes en el ámbito político en el cual la atención ha aumentado a raíz del resurgimiento fulgurante del Sinn Féin. También ayuda que en Catalunya, Euskal Herria, pero cada vez más también en Galicia, Andalucía y en otros pueblos del Estado, el republicanismo sea una aspiración tangible, viva, con la que se identifica suficiente gente como para que podamos hablar de ello en términos de movimiento popular.

Todo ello ayuda a estar atentos a otras experiencias de cambio político, y social, y de su sentido. Una prueba respecto al caso irlandés queda en la web de Crític en la que Pablo Sánchez y Joan Esculies discutieron luego del 1 de Octubre der 2017: “¿Qué significaba hacer el irlandés?” A estas alturas harían bien de preguntárselo a Mary Lou McDonald y a Michelle O’Neill, las líderes del Sinn Féin en el conjunto de Irlanda.

En cualquier caso, no es la primera vez que se otea lo que ocurre en Irlanda. De hecho, como explicaba Josep Fontana, después de la revuelta de Pascua “el Sinn Féin irlandés nacionalista, en aquellos años veinte [se encontraba] profundamente popularizado en Catalunya” (1989: 356) y “bajo la influencia del nacionalismo irlandés, que en la lucha política y armada contra la Gran Bretaña conseguiría la independencia” se encontraba Francesc Macià (1989: 309).

¿Pero cuál era esta influencia que empapó Catalunya? Una aproximación a los hechos de Pascua y a sus profundas raíces históricas en el siglo XVIII creo que puede ayudar a comprender este interés constante en las luchas sociales y políticas de Irlanda.

La primavera de la revuelta y la guerra de movimientos de Pascua

Al estallar la Primera Guerra Mundial sólo los republicanos irlandeses y escoceses se opusieron activamente a la guerra en Gran Bretaña. El líder obrero, y sindicalista, de los primeros, James Connolly, entendía que la única manera de detener esta guerra era con; “un gran alzamiento continental de la clase obrera” (Berresford, 2013 [1985]: 308).

Y mientras la socialdemocracia alemana votaba los presupuestos para ir a la guerra y el socialismo francés se empapaba de chovinismo bélico, tras el asesinato de Jean Jaurès, hasta el punto de entrar en un gobierno militarista de unidad nacional en nombre de la Union Sacrée, los laboristas ingleses acusaban de “chovinista” a James Connolly. Ya que éste plantea una alternativa consistente en oponerse a los “imperios [que tenían que ser] desarticulados mediante la lucha nacional de los pueblos sometidos” (Berresford, 2013 [1985]: 308).

Así pues, planteaba Connolly una táctica insurreccional, como ocurriría en Rusia y en muchos otros sitios de Europa al terminar la guerra, para llevar a cabo una guerra revolucionaria contra las monarquías con tal de “prender la antorcha de una conflagración europea que no se apagaría hasta que el último trono y las últimas cadenas capitalistas fueran reducidas a cenizas en la pira funeraria del último señor de la guerra” (Berresford, 2013 [1985]: 309).

Connolly, un realpolitiker de izquierdas consumado, sabía que para vertebrar una opción como esta en Irlanda había que buscar alianzas con otras fuerzas sociales y políticas. Por este motivo se entendió con el sector más izquierdista de la burguesía nacionalista para hacer un frente común. Con este espíritu se asociaría a Padraic Pearse y a su Irish Republican Brotherhood para organizar un cuerpo de milicias, el Irish Volunteers, que no solo sirviera como eventual fuerza defensiva sino sobre todo como alternativa al servicio militar obligatorio y a los alistamientos forzados del ejército británico. 


En 1915 ante los rumores de una leva de reclutamiento se empiezan a precipitar los eventos. El Consejo Sindical de Dublín, representativo de gran parte de los sindicatos de la ciudad, anima a los objetores al servicio militar a alistarse en las milicias del Citizen Army, la milicia obrera organizada también por Connolly, o en los Irish Volunteers, como respuesta a las presiones de los empresarios para obligar a los trabajadores a alistarse en el ejército británico.

Las sospechas del Estado Británico son cada vez mayores y en el domingo de ramos de 1916 el lugarteniente militar ingles para Irlanda ordena la detención de un centenar de líderes republicanos y sindicalistas. La descoordinación, las contraórdenes de una parte y la falta de preparación no echan atrás a Connolly, que decide jugarse el todo por el todo a pesar de los inconvenientes. El 24 de abril, lunes de Pascua, empezará la revuelta que durará una semana y que a pesar de todo proclamaría una República provisional con el espíritu de defender “no solo la libertad política, sino también la libertad económica” de todos los desposeídos (Berresford, 2013 [1985]: 329).

El ejército británico aplastará la revuelta tratando a Dublín como si fuera Verdún y entrando en la ciudad como si se tratara de pacificar una zona ocupada enemiga. En el momento de la represión, la patronal irlandesa apoyará virulentamente las autoridades militares inglesas. El odio visceral de la patronal irlandesa hacia Connolly llegará hasta el punto de animar a los periódicos de derechas a publicar portadas pidiendo su cabeza en bandeja. El 10 de mayo el Irish Independent publicará una fotografía de Connolly con el titular; “Señalemos al peor de los cabecillas y tratémoslo como se merece”. El 18 de mayo fusilarían a Connolly en el castillo de Dublín tras un largo derramamiento de ejecuciones de los presos en los días anteriores.

Los laboristas ingleses, presentes en el gobierno y en el gabinete de guerra, no hicieron nada para detener las ejecuciones ni las deportaciones de los y las presas políticas. En el mismo septiembre de 1916 el diario del Partido Laborista Independiente condenaba sin contemplaciones la rebelión irlandesa. Uno de los motivos por los cuales, en otro período, Eoin Ó Broin, sindicalista de inquilinos del actual Sinn Féin, dirá con razón que:

“Mientras que los sectores dominantes y marginales de la izquierda europea vuelven a los monótonos debates sobre su perpetua crisis y desaparición, están desarrollándose formas alternativas y reales de pensamiento y organización políticas ante sus propios ojos. Para el movimiento republicano irlandés, cuya experiencia está más cercana a la de Euskal Herria que a la izquierda metropolitana de Londres (…) las lecciones que podemos aprender de nuestros compañeros vascos resultan sumamente provechosas en una época en la que nuestra propia lucha marcha viento en popa.” (Ó Broin, 2015 [2004]: 34). 


Dicho y hecho, porque el pueblo de Irlanda reafirmaría democráticamente la República en las elecciones generales de 1918. Éamon de Valera, uno de los presos políticos de 1916, sería escogido presidente del Sinn Féin primero y luego de la misma Irlanda. En 1918 el Sinn Féin obtendría 73 escaños de 105 y la derecha irlandesa monárquica tan solo 7 respecto a los 80 que antes tenía.

Nosotros Mismos y la guerra de posiciones

Ahora bien, podría parecer, vista la experiencia de la revuelta de Pascua, que al final todo se reduce a un gaélico y machista echarle huevos, cuando se pone a Irlanda como referente. Nada más lejos de la realidad. Lo que expresa, al contrario, es una tenacidad transformadora de la que las izquierdas europeas abdicaron, con la notable excepción de la socialdemocracia rusa. Y, de hecho, al final de la guerra, y durante el período de entreguerras, las izquierdas de la Europa Central, sobre todo, recuperarían esta vitalidad republicana; la República de Baviera, la República Húngara…, serían sólo alguno de los ejemplos animados por la extraordinaria revolución rusa que fue precedida del intento revolucionario irlandés.

Por esta razón Lenin respondía a las críticas del Laborismo británico en los siguientes términos:

“Quien denomine putsch a una insurrección de esa naturaleza es un reaccionario de marca mayor o un doctrinario totalmente incapaz de imaginarse una revolución social como algo vivo. Imaginarse que la revolución social es concebible sin revueltas hechas por las pequeñas naciones en las colonias y en Europa (…) imaginar eso significa repudiar la revolución social.” (en Berresford, 2013 [1985]: 340)

Y es que para Lenin la derrota de Pascua no sería sino un revés, duro ciertamente, pero tan sólo un revés de una de las distintas primaveras de la revuelta. Trotsky mismo diría a propósito que “el papel histórico del proletariado irlandés no ha hecho más que empezar” (Berresford, 2013 [1985]: 339).

El núcleo fundamental de toda la experiencia política e histórica del republicanismo irlandés, el núcleo que lo diferencia tanto de la versión estadounidense, y que lo lleva a superar hasta las versiones más radicales del francés, no se encuentra en las formas de acción colectiva escogidas. Porque al fin y al cabo estas variaron enormemente desde las primeras insurrecciones armadas del s. XVII, a las huelgas de alquileres urbanos y agrícolas a lo largo del XIX y del XX, al boicot a los terratenientes irlandeses, a la lucha civil por el sufragio en los 60, pasando por el sindicalismo revolucionario y las huelgas generales de finales del XIX y principios del XX.

No es en todo eso, no es en todo este repertorio de distintos métodos de acción colectiva donde se encuentra la originalidad del republicanismo irlandés, sino en otra cosa distinta que Trotsky destacaría sin darse cuenta de su importancia:

“La joven clase obrera irlandesa, que nació en una atmósfera saturada de heroicas tradiciones de revueltas nacionales y chocó con el egoístamente limitado e imperialmente arrogante sindicalismo británico, ha oscilado de manera natural entre el sindicalismo y el nacionalismo, y siempre está dispuesta a unir estas dos concepciones en su conciencia revolucionaria.” (Berresford, 2013 [1985]: 338-339)

Esta oscilación virtuosa producía, efectivamente, una perspectiva emancipatoria de los excluidos de la vida civil, y política, por su condición de siervos, de campesinos, de pobres. Una perspectiva que reclamaba la garantía de las condiciones materiales de estos y su derecho a participar y a gobernar la vida pública haciendo frente a los privilegios que lo impidieran, fueran terratenientes o soldados británicos.

Esta concepción social y política de la República tenía unas raíces profundas desde el primer movimiento republicano irlandés, la liga de los United Irishmen, dirigido por Theobald Wolfe Tone. Wolfe Ton sintetizaría así la oscilación que tendría que descubrir mucho más tarde Trotsky:

“Nuestra libertad debe ser tomada con todos los riesgos. Si los hombres con propiedades no nos ayudan, deberán caer; y nos liberaremos nosotros mismos con la ayuda de esa amplia y respetable clase de la comunidad que son los hombres sin propiedades.” (Berresford, 2013 [1985]: 112)

A finales del s. XVIII, la revolución estadounidense y la revolución francesa desencadenan, en Irlanda y en Gran Bretaña, una explosión republicana que exigiría otro artículo de análisis. De todas formas, trataré de resumirla porque para este momento define el norte político e intelectual del republicanismo irlandés.

Ya que junto a los United Irishmen nace en Escocia la importante liga de los United Scotsmen, dirigidos por el William Wallace republicano Thomas Muir, y en la misma Inglaterra la liga republicana de los United Inglishmen. Este bloque de movimientos republicanos llega a formular una concepción social muy radical y una concepción institucional, y estatal, que habría de iluminar un confederalismo republicano, como horizonte y como estrategia. Hasta el punto de firmar un acuerdo programático, auténtica savia, de este bloque histórico:

“Se llegó a un acuerdo entre los United Irishmen, los United Scotsmen y los United Englishmen por el que cada nación británica formaría una república distinta. Aunque los irlandeses y los escoceses tenían un programa de liberación nacional propio, todos los movimientos compartían el mismo programa de liberación social” (Berresford, 2013 [1985]: 110).

Un esfuerzo que buscaba soldarse con el empuje revolucionario del Club Jacobino de París con tal de abatir la monarquía y la aristocracia terrateniente británica.

Por otra parte, la polea irlandesa de este bloque al ser la más activa devino la correa de transmisión articuladora de este bloque histórico; enviando delegados a Escocia e Inglaterra para organizar los grupos republicanos de allí, participando así en sus actividades y mítines. En el caso escocés, el nacimiento de los United Scotsmen se debió en buena medida a esta ayuda militante irlandesa y aupó la misma revuelta de 1797 por la que se proclamó la República de Escocia.

Y cabe añadir que el radicalismo republicano irlandés llegó, incluso, a defender el sufragio universal masculino y femenino como parte de ese programa de liberación social (Berresford, 2013 [1985]: 109).

¿El espíritu del 16? ¡Connolly reloaded! 
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Este mismo espíritu republicano, estratégico en su formulación de todo un nuevo sentido común pero también audazmente comprometido, tiene un aire de familia en la misma actitud de Lluís Companys llegado el momento crítico del 14 de abril de 1931. Tal como muestra esta conversación entre un Cambó miedoso, y ultraconservador, y el mismo Companys:

“-Querría saber, Companys -dijo Cambó-, a dónde vais y qué os proponéis.

-Queremos hacer la revolución y proclamar la República -respondió Companys.

-¿Pero no veis que entonces se hundirá la peseta?

-Tant se me’n fot la pesseta. (En castellano: “Me cago en la peseta”.)” (Ossorio y Gallardo, 2010 [1943]: 114-115)

El biógrafo de Companys, Ángel Ossorio y Gallardo, retrataba así este espíritu sinnfeniano de Companys, tan semejante por otra parte al juicio de Lenin sobre Connolly, ya que:

“Aun siendo Companys un revolucionario constructivo, a la hora de actuar no había de pararse en la peseta ni en nada análogo. Una revolución fatalmente tiene que perturbar la economía. Quién se detiene ante la economía es que no tiene ganas de hacer la revolución.” (en Ossorio y Gallardo, 2010 [1943]: 115)

El mismo Macià experimentaría esa oscilación irlandesa comentada por Trotsky. Tal y como explica Joaquim Maurin al coincidir con Macià en una manifestación en Lleida en favor de la amnistía para los sindicalistas encarcelados durante la huelga revolucionaria de intenciones republicanas del 17:

“Esa manifestación, celebrada a fines del invierno de 1917-18, tuvo cierta significación histórica, pues figuraba en la presidencia, al lado de los representantes obreros y republicanos, Francesc Macià. Fue su primer contacto con el movimiento izquierdista, iniciando un giro importante en su carrera política. Desde ese instante, que vale la pena recordar, Macià se sintió atraído por los ideales e inquietudes de las masas populares, amplió sus perspectivas y se convirtió en un adalid de la causa democrática. Fue Francesc Macià más que nadie quién hizo inclinar el platillo de la balanza política, en abril de 1931, en favor de la República.” (Alba, 1975: 20)

Algo similar ocurría en Irlanda. La tarea hecha por James Connolly, y sus compañeros, primero como líderes sindicalistas y luego como dirigentes del republicanismo obrero, de acercarse a las clases medias y a los nacionalistas progresistas, llevó a muchos de estos a ser más conscientes de la precariedad laboral y a devenir feroces izquierdistas.

Ejemplificando este proceso en la misma persona de Éamon de Valera, quien sería luego líder del Sinn Féin y primer presidente de la República de Irlanda, el cual desde su conocimiento como amigo de Connolly siempre diría, y así se expresaría en 1931 en el parlamento de la República de Irlanda, que:

“Si me preguntan qué tipo de política irlandesa es más acorde a mis ideales y por qué seres humanos deberíamos luchar, me posicionaría codo con codo con James Connolly” (Berresford, 2013 [1985]: 397].

Este mismo espíritu rebrotaría de nuevo en los años 60 en diferentes movimientos de lucha por el derecho a la vivienda, contra el paro, por el sufragio universal y los derechos civiles en Irlanda del Norte. La expresión armada sólo aparecería como autodefensa ante los tiros disparados al movimiento por los derechos civiles y ante el desembarco de miles de soldados británicos que trataban Irlanda del Norte como una zona bajo ocupación militar.

Por eso diría que el artículo publicado en Catarsi: “Irlanda 2020: La derrota del bipartidisme de dretes” de Eudald Vilamajó, explica perfectamente en qué consiste hacer el irlandés y por qué el Sinn Féin ha vuelto a tener un rol crucial en la política irlandesa y británica. Una dinámica perfectamente extrapolable a Catalunya, como señalaba David Fernández acerca de la huella de un Connolly reloaded, en los tiempos actuales:

“Sobre todo desde la perspectiva según la cual, como constante histórica, cuando más ha avanzado este país social y nacionalmente, ha sido cuando el movimiento obrero, el catalanismo popular, ha irrumpido en la solución y resolución de las crisis que sufría. Desde una persistente y sólida voluntad de complicidad -de clase- con el resto de los pueblos del Estado español, en clave democratizadora, solidaria y de mutuo respeto”.

Un sentido muy similar al explicado por Gerry Adams al decir que en Irlanda “el ser genuinamente de izquierdas supone ser un republicano acérrimo” (2003 [1991]: 174). Planteamiento que fácilmente podríamos trasladar también a Catalunya y al conjunto de España si es que queremos una revolución democrática coherente con este legado irlandés:

“Connolly sostenía que los aspectos políticos y económicos son las dos fases de una reorganización democrática de la sociedad, conllevando cada una cambios económicos cuya promoción es función del cambio político” (Adams, 2003 [1991]: 176).

A semejanza de las luchas llevadas a cabo en Irlanda por el sindicalismo civil a la conquista del derecho al aborto y del matrimonio igualitario y el sindicalismo social para la remunicipalización del agua y contra los alquileres abusivos. Consiguiendo así encender de nuevo formas de acción directa que han prendido en una nueva primavera de la revuelta incluso en este momento de confinamiento.

República Catalana y República Irlandesa pueden ser vistas, pues, como dos eventos latiendo con un mismo impulso bien vital y bien comprometido con el porvenir y con la liberación de este nosotros mismos que tenían en la cabeza revolucionarios republicanos como Wolfe Tone y James Connolly. catarsimagazin.cat

Bibliografía
Adams, Gerry. “Republicanismo y socialismo” en Hacia la libertad de Irlanda, Txalaparta, Nafarroa, 2003 [1991].
Berresford, Peter. Historia de la clase obrera irlandesa, Hiru, Guipúzcoa, 2013 [1985].
Domènech, Antoni. El eclipse de la fraternidad. Akal, Madrid, 2019 [2004].
Fontana, Josep. La fi de l’antic règim i la industrialització a Historia de Catalunya, Vol. V, direcció Pierre Vilar y coordinación Josep Termes, Edicions 62, Barcelona, 1989.
Pettit, Philip. Republicanismo: una teoría sobre la libertad y el gobierno, Paidós, Barcelona, 2017 [1997].
Ó Broin, Eoin. Matxinada: historia del movimiento juvenil radical vasco, Txalaparta, Nafarroa, 2015 [2004].
Ossorio y Gallardo, Ángel. Vida y sacrificio de Companys, Memorial Democràtic de la Generalitat de Catalunya, Barcelona, 2010 [1943].


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