Proyecto Faq Lección de un mitin republicano

domingo, 13 de octubre de 2019

Lección de un mitin republicano



Lección de un mitin republicano: Arturo del Villar | Escritor, poeta, editor y periodista. Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio 

El domingo 28 de setiembre de 1930 se celebró un grandioso mitin republicano en la plaza de toros de Madrid. Hasta el jefe del Gobierno de la conocida como dictablanda, el teniente general Dámaso Berenguer, conde de Xauen, admitió ante los periodistas aquella noche que el mitin fue multitudinario y ejemplar, porque en todo momento se preservó el orden público y no se produjo ningún incidente. Acudieron más de 15.000 personas, que ocupaban el graderío y 5.000 sillas colocadas en el ruedo. Del servicio de orden se encargaron 500 afiliados a los diversos partidos intervinientes. Comenzó el acto puntualmente a las diez de la mañana y terminó a las 13,30. Los alrededores de la vieja plaza de toros estaban patrullados por la Guardia Civil, que en ningún momento necesitó intervenir.

Alejandro Lerroux en un gesto característico.

Solamente hablaron líderes de los partidos republicanos del reino, y lo hicieron con tanta firmeza como mesura. El diario archimonárquico Abc alababa en la reseña publicada el día 30 “la discreción de los oradores republicanos (republicanos de siempre) y el tono, en general sereno, de crítica doctrinal y elevada, que dieron a sus discursos”.

Hay que discrepar en el calificativo de “republicanos de siempre”, ya que Niceto Alcalá—Zamora era un converso muy reciente. La verdad es que no se comprende por qué fue elegido por sus compañeros para ocupar los máximos cargos en el nuevo régimen, primero jefe del Gobierno provisional y después presidente de la República, puesto que era un terrateniente andaluz, fanático catolicorromano, y servidor en cargos oficiales de la monarquía hasta muy poco antes, tan poco que fundó el partido Derecha Liberal Republicana aquel mismo año de 1930. Además siempre demostró un desarreglo intelectual muy notorio. Al fin resultó forzoso despojarlo de la Presidencia en 1936, lo que demostró a todos el error de haberlo llevado hasta la cima del poder republicano. Fue una equivocación que debe hacernos meditar en el futuro, si aprendemos la lección.

Los oradores ocupaban la meseta del toril, ante un micrófono con seis altavoces. Todos fueron interrumpidos con aplausos en varios momentos de sus intervenciones, y al finalizarlas se repitieron, unidos a gritos de exaltación republicana, siempre dentro del mayor orden.

Voces de provincias

Intervinieron como lo que ahora llamamos teloneros delegados de partidos republicanos periféricos, conectados con los de Madrid. En primer lugar habló el gallego Gerardo Abad, miembro entonces del Partido Republicano Radical, que se perdió en un discurso localista. Criticó a la dictadura del general Primo por sus implicaciones en Galicia, y descalificó al gobernador de Lugo por la toma de decisiones en su opinión equivocadas.

También hizo un discurso localista Vicente Marco Miranda, por la Unión Republicana Autonomista de Valencia. Tras alabar la figura de Vicente Blasco Ibáñez por su tenaz denuncia durante buena parte de su vida a las actividades de Alfonso XIII, declaró que la dictadura militar no había terminado con el exilio el general Primo, sino que continuaba con otras personas pero con las mismas ideas, a las que era preciso expulsar.

Diego Martínez Barrio, al que en las crónicas periodísticas se le llama Barrios, habló en representación de los republicanos andaluces, para reclamar la proclamación de la República ya, puesto que la monarquía se había invalidado al propiciar el golpe de Estado palatino en 1923.

El otrora en el cantón de Cartagena durante la I República, Manuel Cárceles, de 80 años, reclamó la colaboración del Partido Socialista con los grupos republicanos, ya que su ideología era republicana, aunque se ocupara principalmente por cuestiones sociales en beneficio de los trabajadores. Llegó a comprobar que su consejo era atendido, y que la conjunción republicano—socialista triunfaba en las elecciones seis meses después.

Siguieron las intervenciones más esperadas, las de los líderes madrileños ocupados en difundir el mensaje republicano desde la capital a todo el reino decadente. Los cuatro habían intervenido en la firma pocos días antes, el 17 de agosto, del llamado Pacto de San Sebastián, con otras fuerzas antidinásticas, del que derivó el Gobierno provisional de la República.

Azaña, por la República como obra nacional

Manuel Azaña habló por Acción Republicana, y pronunció un importante discurso, no el día 29, como se dice en el segundo volumen de sus Obras completas editadas por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, sino el domino 28. Empezó definiendo al mitin como una primera asamblea del pueblo, unas Cortes espontáneas de la revolución popular, en las que se expresaba el fallo irrevocable de la voluntad de los españoles. Aclaró que hay revolución si el pueblo se levanta contra los poderes del Estado y los destruye, pero también si los poderes del Estado se abalanzan contra el pueblo y lo esclavizan, y esta revolución afirmó que la estaba viviendo España desde el golpe de Estado de 1923. Se impuso entonces la tiranía para impedir las reivindicaciones del pueblo, soliviantado por los desastres de la guerra en África, para evitar que en las Cortes sonase la palabra acusatoria incontestable. Un régimen en el que la majeza y la majadería le disputaban el primer puesto a la inmoralidad. Afirmó que implantar la República era una obra nacional, porque la verdad política del presente consistía en la unión de todas las fuerzas organizadas, cualesquiera fuese su apellido, en cuanto admitieran la base común de la democracia republicana.

Explicó que la República le era tan necesaria al proletariado como a la burguesía liberal, que condujese a la proclamación de una República burguesa y parlamentaria. No debía ser el régimen de un partido, sino nacional, respetuosa con los estatutos regionales que sancionasen las Cortes para regular las autonomías locales. Todos cabemos en la República, enfatizó, a nadie se proscribe por sus ideas, pero la República será republicana, pensada y gobernada por los republicanos. Y concluyó declarando que la libertad no hace felices a los hombres, los hace simplemente hombres. Prometemos paz y libertad, justicia y buen gobierno, para que España deje ya de parecer, en el orden de la acción política, un corral poblado de gallinas, donde unas cuantas monas epilépticas remedan los ademanes de los hombres. Somos hombres decididos a conquistar el rango de ciudadanos o a perecer en el empeño. Y un día, concluyó entre los vítores de los asistentes, os alzaréis a este grito que resume mi pensamiento: “¡Abajo los tiranos!”

Marcelino Domingo, por la revolución


Marcelino Domingo intervino después en representación del Partido Radical Socialista. Recordó los acontecimientos de agosto de 1917, cuando él mismo estuvo ilegalmente preso, a pesar de ser diputado, con la asamblea de parlamentarios prohibida, y afirmó que en aquel momento los españoles se hallaban en el vértice del movimiento revolucionario. Aseguró que la revolución estaba justificada, porque era democrática, y no podía ser España una excepción autocrática en Europa por más tiempo.

Manifestó que el régimen monárquico vivía fuera de la ley, subvirtiendo las instituciones del Estado. Hay que aplicar la Justicia, exigió, entonces negada y desconocida, y sobre todo hay que salvar el presente y el porvenir de España. Explicó que el régimen no contaba con organizaciones políticas desde el golpe de Estado palatino del 13 de setiembre de 1923, pero en esos días volvía a llamarlas para intentar salvarse. Y concluyó diciendo a los oyentes que no sólo tenían el deber de derribarlo, sino de edificar un nuevo régimen, consolidarlo y defenderlo, para convertir aquella sociedad del siglo XVII en la que se hallaban en una plenamente del siglo XX.

Alcalá- Zamora, por el cambio


Niceto Alcalá—Zamora tomó la palabra en representación de la Derecha Liberal Republicana, para afirmar con su verbo florido que aquel mitin significaba la reivindicación del poder soberano por el pueblo, y un acto de gobierno de base democrática.

Aclaró que en Derecho sólo hay orden sobre el poder legítimo, pero el régimen que sufría España entonces era un poder que anulaba cuanto tocaba. Anunció que la próxima República sería radical, pero en el sentido del orden. Se refirió después a cuestiones personales, aludiendo a que algunos periodistas le recordaban su pasado monárquico. A éstos les diré, así lo dijo, una locución empleada por los ingleses, reveladora de la nobleza democrática de la raza: “Hay que hacer el juego claro.”

Continuó afirmando que el régimen monárquico tenía que entregarse sin condiciones ni regateos. Pasó la hora del interés dinástico, anunció, y había llegado la del cambio impuesto por el devenir de la historia. Y concluyó asegurando que los republicanos no querían la algarabía, sino orden y paz en todos los ámbitos del país.

Lerroux, ante España en ruinas

Alejando Lerroux cerró el turno de intervenciones, en nombre del Partido Republicano Radical que presidía. Trazó un panorama histórico desde la Gloriosa Revolución de 1868 hasta el reinado de Alfonso XIII, porque en España se afianzó el poder autocrático mientras los países más importantes, y citó a Italia, Japón y los Estados Unidos de América, se colocaban a la cabeza de la civilización por sus orientaciones democráticas. Eso es lo que aseguró, según las transcripciones periodísticas, aunque resulte sorprendente. En su opinión, sucumben los países sometidos a un poder personal, y se salvan los regidos por el poder soberano de un pueblo, sea de una orientación u otra, como en Italia y en Rusia, afirmó.

Centrándose en España la definió como un montón de ruinas, porque ya habían desaparecido su tradición, su poderío colonial, su clase media y su economía, en tanto se triplicaba su Deuda exterior. Ante esa situación había que elegir entre resignarse o rebelarse, ésa era la disyuntiva, y él se decantaba por implantar la República, por la Justicia, para rendir tributo a la ciencia y al trabajo, de modo que era preciso decir a los representantes del poder político: “No tenemos más que un camino. No somos profesionales de la revuelta. Hagan lo posible para que el último acto no se convierta en tragedia.” Y en este sentido terminó recomendando a los asistentes que se marchasen en orden, para demostrar a las clases temerosas que los republicanos garantizaban el orden público.

Enseñanzas de la historia

Los representantes de los cuatro principales partidos republicanos, con un superviviente de la I República, y tres delegados regionales, expusieron durante tres horas y media un plan para poner fin a la monarquía corrupta en su extrema degeneración coronada por el llamado Alfonso XIII de Borbón, aunque debiera apellidarse exactamente Puig Moltó, que fue su abuelo natural, uno de los incontables amantes de la impúdica Isabel II. Les escucharon más de quince mil vasallos del rey, ansiosos por convertirse en ciudadanos libres.

Actualmente, no podríamos hacer nada parecido. Los republicanos estamos divididos en grupúsculos enfrentados que abonan la permanencia de la dinastía, a pesar de los reiterados motivos que conocemos para exigir su fin, como en 1868. En las manifestaciones republicanas no se busca la integración, sino que cada grupo desfila con sus banderas particulares. Eso cuando no se organizan dos manifestaciones opuestas el mismo dia y a la misma hora en diferentes lugares de Madrid con el mismo motivo, pero con diferentes lemas. Como presidente de unos de esos grupúsculos he asistido a discusiones bizantinas a la hora de intentar redactar un manifiesto conjunto. Guardo un montón de manifiestos de los variados grupúsculos, incluidos los mios. Todos queremos lo mismo, implantar la República, y sin embargo, es imposible ponernos de acuerdo en el método. Me haría feliz poder integrar este Colectivo Republicano Tercer Milenio en un Partido Republicano poderoso, en el que confluyeran varios grupúsculos que ahora nada podemos hacer por separado.

Como presidente de este grupúsculo participé en la constitución de la Federación Republicana el 22 de junio de 2003, integrada por doce grupúsculos republicanos deseosos, al parecer, de conseguir el gran Partido Republicano que concurriera con posibilidades de éxito a las elecciones generales. Al año siguiente me tocó asistir a su disolución, sin haber hecho nada positivo, y dejando una cuenta pendiente en la imprenta que algunos fuimos pagando para que no se pudiera decir que estafamos a los trabajadores.

Es verdad que ahora no existen unas personalidades como Azaña y Marcelino Domingo, ni quiera como Alcalá—Zamora con sus muchos defectos, y desde luego es preferible que no se encuentre nada parecido al propagandista del estraperlo que lógicamente acabó enrolándose entre los militares monárquicos sublevados. No las hay ni las habrá porque no les permitimos consolidarse en un liderazgo aceptado.


Desde mi grupúsculo organizamos un homenaje en Madrid al último ministro de la República en el exilio con vida, Macrino Suárez. Al hacer el ofrecimiento en la cena que le ofrecimos el 22 de noviembre de 2005, le propuse como presidente de un Partido Republicano sin más apellidos, en el que nos integrásemos, si no todos, porque eso es imposible, algunos de los grupúsculos dispersos para formar un equipo sólido. A él le gustó la idea, aunque puso unos reparos lógicos. Hubiera sido el eslabón entre la II y la III repúblicas.

Allí mismo, comenzaron a escucharse las voces discrepantes. Hubo alguien, de cuyo nombre no quiero acordarme, que alabó como positiva la existencia de muchos partidos republicanos minoritarios, porque ello demostraba la extensión de la ideología republicana a diversos ámbitos. Y no pasamos de ahí, y dejamos que se muriese Macrino sin intentarlo siquiera, y así estamos y así seguiremos.


Fuente → cronicapopular.es

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