Proyecto Faq La tumba del dictador y un optimismo raro

martes, 1 de octubre de 2019

La tumba del dictador y un optimismo raro


La tumba del dictador y un optimismo raro:
El fascismo se nutre de cadáveres…
Max Aub

El dictador Franco Bahamonde murió el 20 de noviembre de 1975. Lleno de tubos por todo el cuerpo, esquelético ese cuerpo como una momia de tres mil años por lo menos, sin una sola pizca de nobleza. Poco después, al presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, se le rompió la voz cuando en la televisión dijo aquello de “Españoles, Franco ha muerto”. No sé si se le saltaron algunas lágrimas al Carnicero de Málaga. Igual sí. Los verdugos también tienen su almita, no vayamos a creer. Hasta el monstruo más grande tiene su corazoncito. Tengan ustedes en cuenta que todos llevamos un monstruo dentro. Todo eso se dice cuando se quiere justificar lo monstruoso y a quienes lo representan en la historia universal de la infamia. ¡Cómo se aprovechan aún hoy, algunos desalmados, de aquella banalidad del mal que describió Hannah Arendt cuando el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén! ¡Pobrecito Franco en esa imagen que rozaba sin tapujos la pornografía del dolor!

Después de su muerte, llegó la Transición. Hay diversas versiones sobre ese tiempo. Seguramente se hicieron cosas que se tuvieron que hacer. Pero con toda seguridad dejaron de hacerse otras que era necesario hacerlas. Entre la ruptura con el franquismo y su reforma, se eligió la reforma. Y en esa reforma no entraba cerrar las causas pendientes con la dictadura. Esas cuentas siempre se quedaron en punto muerto. Hasta ahora mismo, que todavía siguen donde estaban. La Ley de Amnistía de 1977 igualaba a las víctimas del franquismo y a sus verdugos. La Constitución cerraba una época y por arte de su articulado este país se convertía en una monarquía parlamentaria, una monarquía que hasta entonces –y para mucha gente también hasta ahora– era heredera directa de Franco. La Segunda República pasaba a ser pasto del olvido y del silencio. Durante la dictadura estaba prohibido nombrarla. Cuando llega la democracia no era conveniente nombrarla. La política es el arte de lo posible, eso dicen. Yo creo que la política es precisamente luchar cada día de nuestra vida por hacer posible lo imposible.

Pero la Transición se quedó en lo posible, sólo en eso. La historia se quedaba a medio contar. Más sombras que luces. Lo que no se cuenta es como si no hubiera existido. En el año 2001, Felipe González dijo en una entrevista: “Nosotros decidimos no hablar del pasado”. Se refería a cuando él era presidente del gobierno. Hasta 2007, ningún gobierno del PSOE y el PP le hincó el diente a eso que se llama Memoria Histórica y que a mí me gusta llamar Memoria Democrática, incluso Memoria Democrática y Antifascista. En 2007, con el Gobierno de Rodríguez Zapatero, se aprobó la Ley de Memoria. No contemplaba esa ley algo muy importante: la nulidad de los juicios franquistas. Sí que contemplaba la retirada de los símbolos de la dictadura y la dotación presupuestaria para el desarrollo de esa ley. Pero muchos de esos símbolos siguen en su sitio como el primer día. Y el mismo Rajoy, cuando era presidente del Gobierno, afirmó orgulloso en la televisión que él no daba un solo euro para el desarrollo de la ley.

¿Por qué si las leyes están para cumplirse, la de Memoria Histórica la cumple quien quiere?

El símbolo más visible del franquismo es el Valle de los Caídos, la tumba faraónica del dictador. Llegó la democracia y vimos cómo esa tumba se perpetuaba sin límite de tiempo. La inmensa cruz que presidía el Valle de Cuelgamuros y las tumbas de Franco y José Antonio Primo de Rivera era la palpable demostración del papel jugado por la Iglesia en la larga noche del franquismo, incluso antes, cuando la República, el golpe de Estado fascista y la guerra que vino luego, al fracasar ese golpe de Estado. Esos dos nombres ocultaban los de otros treinta y tres mil enterrados que eran los cimientos sobre los que se levantó ese violentísimo, insoportable, monumento a la crueldad y que las derechas llaman cínicamente monumento a la reconciliación. Después de tantos años, el Gobierno del PSOE empezó a hablar en 2018 de sacar a Franco de su tumba. Empezó entonces un ir y venir por los laberintos de una posibilidad que, cada vez, se demostraba más imposible.

Al final ya era una especie de extraño cachondeo. Se fijaba una fecha para la exhumación. Se cambiaba esa fecha y se anunciaba otra. Luego se cambiaba esa otra y así hasta hace unos días en que el Tribunal Supremo ha dado luz verde para la retirada de Franco del Valle de los Caídos. Los nietos del dictador recurrirán esa sentencia “para preservar la dignidad y el honor” de su abuelo. La dignidad y el honor, dicen. Y se quedan tan anchos. Recuerdo una canción de Joaquín Sabina, una de las que a mí más me han gustado siempre, aunque a lo mejor poca gente la recuerda. Es de los tiempos de La Mandrágora y se titula Adivina, adivinanza. Cuenta el entierro de Franco en clave irónica. Una estrofa habla bien claro de esa dignidad y ese honor que reclaman para el dictador los nietos de Franco: “Nunca enterrador alguno / conoció tan alto honor / dar sepultura a quien era / sepulturero mayor”. Más de ciento cuarenta mil cadáveres de gente de izquierdas están todavía en las cunetas y en las fosas comunes de los cementerios. ¿Dónde su dignidad y su honor? ¿Cómo puede una democracia asumir esa burla, ese sarcasmo, cuando hay todavía tanto daño en las entrañas de las casas, con la memoria astillada de la represión haciendo estragos en ellas sin fecha de caducidad?

El fallo del Supremo ha disparado un optimismo que no acabo de entender. La primera sorpresa es lo que ha dicho la vicepresidenta del gobierno en funciones, Carmen Calvo: “Salimos de una manera tan brillante de una dictadura a la democracia, sin un solo roce de violencia salvo ETA”. Me pregunto dónde vivía esta mujer desde 1975 a 1982, por poner sólo dos fechas que ilustran perfectamente el tiempo que ella dice. El número de muertes que citan las sucesivas investigaciones ronda más o menos el millar.  Y son bastantes más las acciones violentas de que hablan esas investigaciones. Cito sólo los libros de Mariano Sánchez Soler (La Transición sangrienta) y Sophie Baby (El mito de la Transición pacífica). Claro que estaba ETA, claro que estaba. Pero también los policías que se juntaban, para asesinar a militantes de izquierdas, con los grupos paramilitares de extrema derecha. Y los GAL. Y el Batallón Vasco Español. Y los torturadores franquistas que siguieron ascendiendo en el escalafón policial ya con los gobiernos socialistas. Y estaba Montejurra. Y los asesinatos de Atocha y Vitoria. Y los de los tres jóvenes del Caso Almería, ya en 1981. ¿Dónde vivía la vicepresidenta del gobierno en funciones mientras toda esa violencia se desataba en las calles y las casas de la democracia, dónde vivía esa mujer?

Y también están estos días –bajo la ola creciente de optimismo que llega con la sentencia de exhumación del Supremo– las declaraciones del presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. He anotado dos de esas declaraciones, a cuál de las dos más estrambótica. En la primera decía que “se cierra el círculo democrático” con esa exhumación. ¿Se cierra, qué se cierra? Las cunetas llenas de cadáveres, las fosas comunes en los cementerios, la devolución del robo patrimonial perpetrado por los vencedores de la guerra, el juicio de los crímenes y a los criminales franquistas, la reparación de todo el daño causado durante tantos años de impunidad… ¿Eso no forma parte del círculo de cuentas pendientes que la Transición no cerró y que más de cuarenta años después de la muerte del dictador siguen sin cerrarse? Y la otra declaración de Sánchez me parece un delirio surrealista: “Es bueno que empecemos a reivindicar la España republicana. Sus valores fueron recuperados por la Constitución de 1978 y la Monarquía Parlamentaria”. ¡Uuufff, qué difícil resulta encajar ese golpe a la pleura tan castigada ya de la memoria republicana! No sé si el presidente en funciones se ha leído la Constitución de 1931. Igual sí que la ha leído, pero no se acuerda. Y más aún: ahora resulta que según sus palabras la forma de Estado que tenemos aquí es una Monarquía Republicana. ¿Hay quien entienda ese galimatías lingüístico y político?

Para acabar: ojalá la exhumación del dictador se lleve pronto a cabo y ojalá que no se ubiquen sus restos en un espacio público que sigamos pagando los contribuyentes. Ojalá, también, que los más de treinta mil cadáveres enterrados bajo su losa reciban al fin el tratamiento de dignidad y honor que hasta ahora se les ha negado. Y sobre todo: a ver si también lo más pronto posible se cierra para siempre el círculo de violencia que la dictadura franquista provocó y que lleva más de cuarenta años de democracia sin cerrarse.
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Alfons Cervera es escritor. Su último libro publicado es 'La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona' (Piel de Zapa, 2018).

Fuente →  infolibre.es

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