Resumen
En junio de 1937 el país se hallaba en plena guerra civil. Especialmente cruda era la lucha en el frente norte, donde el ejército nacional trataba de controlar Bizkaia, Santander y Asturias para disponer de los recursos necesarios que facilitasen el avance sobre Madrid y con su conquista la caída de la II República. En tal contexto, el dominio sobre el gran centro industrial de Bilbao resultaba indispensable. El día 11 el ejército sublevado centró su ofensiva contra el llamado “Cinturón de Hierro” que rodeaba la ciudad, pero este comenzó a romperse el 12, lo que provocó el repliegue progresivo del ejército vasco hacia las posiciones más seguras de la provincia de Santander.
El 15 de junio, el ejército nacional, tras ocupar Plencia y Algorta, llegaba a Las Arenas de Getxo al día siguiente, frente al mismo Portugalete, separado de aquella población por la ría del Nervión, ahora con mayores dificultades de comunicación debido a que el ejército vasco se había visto obligado a volar los cables del transbordador que unía ambas orillas para dificultar el avance de los batallones de “Flechas Negras” integrados por soldados nacionales bajo mando italiano, creándose un gran desconcierto pues todavía quedaban fuerzas republicanas del lado de Las Arenas, donde la lucha se había encarnizado. El control de Portugalete era del todo necesario por su posición estratégica en la boca del Nervión, desde donde se podía controlar el tráfico marítimo entre el Cantábrico y la capital Bilbao, razón por la que los estrategas nacionales vieron pronto la conveniencia de establecer el bloqueo naval de la costa. El día 19, el Ayuntamiento de Portugalete evacuó sus oficinas y se trasladó con su material a Loredo (Santander). El heterogéneo batallón “Disciplinario” abandonó también la villa tras incendiar el convento de las Clarisas [1]. Los dos días siguientes fueron de caos generalizado, sin corporación municipal, comercios clausurados y casas cerradas o destrozadas, incluyéndose deserciones en el bando “rojo”. Ese mismo día las tropas nacionales, superada la línea defensiva de Bilbao, entraron en la ciudad, que también había sido abandonada, y desde allí el día 22 la VI Brigada de Navarra, al mando del coronel Bartomeu, llegó por una de sus direcciones de marcha hasta San Salvador del Valle y por otra hasta Portugalete por Repélaga, pasando por Sestao. No necesitó hacer un solo disparo y allá se encontraría con algunos requetés y falangistas que habían pasado desde Las Arenas en botes y ya habían quitado la bandera republicana del Ayuntamiento. Por la tarde, en medio de un gran repique de campanas, llegó a Portugalete el grueso de las tropas al mando del teniente de requetés Miguel Leza, quien lo primero que hizo fue nombrar alcalde a Gumersindo Gurruchaga –que se citará más adelante- y acceder con él a la Casa Consistorial. La ocupación de Baracaldo fue el mismo día. Las partes en conflicto habían acordado salvar de la destrucción las fábricas de Altos Hornos y la Naval vizcaína [2]. De su protección se ocuparon batallones nacionalistas del PNV que incluso dispararon sobre algunas unidades republicanas que intentaron destruirlas, pero, ironías del destino, terminada la guerra sus integrantes pasarían a ser prisioneros del vencedor [3].
La Guerra Civil provocó en Portugalete el desplazamiento de numerosas personas y una sangría social importante, como revelan los datos aportados por Anastasio Munárriz Hernando [4]. Fueron 167 los niños de entre 2 y 17 años evacuados a zonas seguras, sin acompañamiento de familiares. Los adultos que fueron detenidos y encarcelados o que huyeron a la zona roja, mayormente hacia Santander (Cantabria), para reintegrarse al ejército republicano cuando las tropas nacionales ocuparon Portugalete, fueron 258; 102 vecinos fueron hechos presos en barcos y cárceles por su supuesta enemistad con la República; murieron en el frente 25 combatientes del ejército nacional y 62 milicianos y gudaris; 265 fueron encarcelados por la Dictadura. Hubo como en toda guerra, lamentablemente, violencias desatadas por ambos bandos, pues “era una lucha a muerte en la que la mayoría de los españoles habían perdido amigos o parientes en circunstancias aterradoras”, afirma Hugh Thomas [5].
Portugalete, hasta su caída en poder de las fuerzas nacionales, se había mantenido leal a la República. Situado en la margen izquierda de la ría, próximo a la cuenca minera del hierro y en el espacio fabril del gran Bilbao, su población, que se acercaba a los 11.000 habitantes, era ideológica y políticamente de izquierdas, aunque parte de la comunidad fuera conservadora, artesana y campesina, aquella concentrada en las estrechas calles de su casco viejo y esta distribuida por caseríos dispersos en franco contraste con las nuevas barriadas de obreros que como Aceta o Villa Nueva iban surgiendo en la periferia de Portugalete. La insurrección de octubre de 1934, instigada por socialistas y sindicalistas de la UGT para desafiar al radical Lerroux que se había apoyado en la CEDA de Gil Robles para gobernar el país [6], se hizo más fuerte en la cuenca minera asturiana pero también se dejó sentir en otros puntos de España como Cataluña y el País Vasco. En la zona minera de Bizkaia se declaró la huelga general el 5 de octubre y duró hasta el 12. En Portugalete la situación más trágica se vivió en la noche del 6 al 7. Más de 100 revolucionarios armados se enfrentaron a la Guardia Civil, murió el brigada Genaro Huici Rodrigo, e incendiaron la Torre de Salazar después de serios disturbios. Muchos revolucionarios huyeron y otros fueron procesados, pero la amnistía decretada por el Gobierno de Azaña el 21 de febrero de 1936, después de ganar las elecciones el Frente Popular, anuló los cargos.
Durante la República y hasta la Guerra Civil fue alcalde de Portugalete el socialista Cándido Busteros Orobengoa, ebanista de oficio, al que le sucedió Enrique Retuerto en la gestora formada entre 1934 y 36. La amnistía de 1936 repuso a Busteros al frente de la alcaldía de Portugalete, donde presidió también la Junta Municipal de Defensa, al tiempo que se desempeñaba como delegado gubernativo en el Puerto de Bilbao y vicepresidente del Comité Socialista de Euskadi.
Los días tensos que se vivieron en el lugar desde el 13 de junio al 9 de julio de 1937, en que Portugalete sufrió los bombardeos del ejército nacional que cercaba la población y el fuego de respuesta de los gudaris, han quedado reflejados en el diario de un médico del lugar, no movilizado por el ejército pues por entonces ya contaba 64 años de edad, que se llamó Juan Manuel Díez Gálligo, aunque el primer nombre no lo usara. Había nacido el 1 de agosto de 1873 en la localidad navarra de Funes, en donde su padre, que anteriormente había sido médico de Calatayud, ejercía su profesión entonces. Obtenido el título de Medicina en la Universidad de Zaragoza, don Manuel se estrenó como médico en la comarca zaragozana de Cinco Villas, con capital en Ejea de los Caballeros. Casado con Digna Castrillo de Cavia, nacida en Burgos el 12 de junio de 1880, el matrimonio se avecindó en Portugalete en 1906 donde él abrió consulta en el número 1, segundo piso, de la calle General Castaños –en un edificio ahora inexistente- anunciándose como médico cirujano especialista en partos y enfermedades de la mujer, también, según nos informan sus familiares, practicaba la medicina naturista [7]. Que fue persona socialmente reconocida lo demuestra el que en 1912 entrase a formar parte de la Junta Local de Sanidad y en 1917 nombrado juez de paz de la localidad. Además, el Ayuntamiento le obsequió con una gratificación de 250 pesetas en 1916 por la atención humanitaria que venía prestando a pobres de beneficencia, transeúntes lesionados, jornaleros y empleados del Municipio heridos en la vía pública. Ese mismo año ingresaba como médico al servicio del municipio hasta que doce años más tarde, con su salud quebrantada por una esclerosis de las arterias coronarias y más tarde por dos fracturas sufridas en el ejercicio activo de su profesión, se ve obligado a jubilarse, compensándole el Ayuntamiento por tal circunstancia con 1000 pesetas [8]. Ya jubilado trasladó su residencia a la localidad vizcaína de Igorre/Yurre. Falleció el Reproducimos a continuación dicho diario, que comentaremos posteriormente.
Intenso bombardeo por la aviación que derribó la casa de Alberdi en la calle de Santa María y otra casa en la calle de Coscojales (la del horno) [9].Nosotros como de costumbre aguantamos en el refugio de la Iglesia (exterior), aunque el bombardeo en la calle de Santa María me sorprendió en la travesía de la Iglesia al venir de casa, pues Digna [10] ya no salía del refugio sino por la noche para dormir en casa.
A las 4 nos despierta la chica [17] para decirnos que los militares estaban en Bilbao y ella marchaba a La Arboleda [18] con su hermana. A la media hora, 3 grandes detonaciones nos obligan a dejar la casa precipitadamente. Nos enteramos en la calle de que las milicias han hundido el puente Vizcaya y en efecto solo quedan las columnas; unos edificios arden en Las Arenas. Pasamos el día en el túnel y subimos a dormir a casa unas horas y preparamos algo para comer al día siguiente.
Al amanecer bajamos al túnel con silla, cestas, colchonetas y mantas. Cañoneo y ametralladoras, los militares ya se han instalado en Las Arenas. Pasamos muy mal día, pues aparte algunas personas conocidas, la mayor parte eran refugiados o indeseables. Creo que allí se hacen aguas menores y mayores. Por orden de la autoridad se ordena la evacuación urgente mandando mucha gente en autobuses hacia Santander. Nos suben dos cojines y dejamos una silla para subir a casa en medio de tiros a las diez de la noche, la [ascensión] por la escalera fue penosa y con peligro. Nos acostamos a las once veintidós.
Nos levantamos a las 3 con pocas fuerzas; preparamos comida y con el maletín y un cesto marchamos al túnel de Galdames [19] por saber que estaba la familia de Pedro [20]; con algún apuro llegamos al amanecer. Están bien instalados: se levantan de la cama y se acuesta Digna, a las 10 le sirvieron un caldo de gallina (a las 3 se había lavado el estómago [21]). Es acaso la mejor instalación del túnel. Estamos en una caseta de feria pero dormimos (en) la cama y formamos alrededor líneas [con] piedras. Denso tiroteo de cañón y ametralladora.
Este túnel está muy limpio, la gente sale a evacuar al campo por la boca opuesta, se barre y tiene luz eléctrica. Hay cerca un caserío con huerta y lavadero [22] yendo todos allí a asearse. Cerca de lo boca se hacen las comidas en hornillos y comemos caliente y bien. Hoy nos dan gallina como ayer. Encontramos muchos conocidos, Gur[r]uchaga (Gumerº) [Gumersindo], Arambarri, [Edecoana], las del Cartero y casi todos de Aceta [23]. Respiramos tranquilos, aunque el cañón resuena.
Continúa el cañoneo, el tiempo no puede ser más espléndido y paseamos por la boca del túnel sin separarnos mucho, pues se ven cruzar obuses. Nos dicen que al cruzar la carretera hacia Aceta, los cañones han matado 4 o 5 hombres, uno o dos en la bajada a la Iglesia, 3 en las canteras, es decir en los sitios más descubiertos. Por el cañoneo ha debido partirse algún cable y nos hemos quedado a oscuras. Es una complicación pues las velas escasean y estamos hacia (el) medio del túnel.
Continúa el buen tiempo y el cañoneo. Digna y yo hemos ido a beber agua y lavarnos en la fuente muy de mañana [24]. El día es hermoso y vemos cañonear la falda del Regato [25] y La Arboleda, pero de esta parte ya no contestan. Nos dijeron ayer que Aguirre [26] se había entregado y los gudaris cuidan del orden en Portugalete, pues algunas casas habían sido saqueadas. A las 6 de la tarde nos dicen (Gur[r]uchaga y Arambarri) que podemos salir por la carretera, pues ya no tirarán de Las Arenas. Después de cenar a las 7 subimos a nuestra casa, que [alcanzamos hacia mediodía]
Entran los militares, repican las campanas e instalan el Ayuntamiento en casa de Chapa, que había estado invadida por socialistas, comunistas y anarquistas [27]. Han nombrado alcalde a Gumer[sindo] Gur[r]uchaga. Han llegado muchos militares. Me lavo el cuerpo y afeito, Digna me corta el pelo; estamos rendidos. Varios milicianos se entregan en Portugalete.
Vamos descansando algo, pero tenemos que preparar alimentos y limpiar un poco las habitaciones que están llenas de polvo. Subo al camarote a buscar leña para astillar y encuentro un gran boquete en el tejado, producido al parecer por una gran piedra lanzada en la explosión de alguna bomba. Llueve desde ayer torrencialmente pero continúa llegando tropa.
Esta mañana ha estado Margarita [28] con sus hermanas pero se han marchado enseguida, pues subieron ropas a La Arboleda y ahora dicen las tienen que bajar, de modo que estamos sin servicio. Pedro nos ha traído un pedazo de pan blanco, que sus hijos han pasado de Las Arenas. Aquí no se ha hecho pan. Debe estar la carretera expedita, pues llegan muchos camiones, coches y caballerías cargadas. La animación es extraordinaria y más después de los días pasados, que todo el mundo estaba en los refugios.
Hoy me dice Bernardo, el cartero (que se ha reintegrado al cargo) [, que] “puede salir correspondencia para todos aquellos frentes ocupados por los militares” y con tal motivo escribimos a Ernesto (del que hace varios meses, no tenemos noticia) a Préjano y Cenicero [29].Todavía no se hace pan aunque ayer nos trajo Pedro un pan blanco de Las Arenas.
Se ha hecho pan blanco por vez primera, pero no hay leche, pues muchas vacas han debido ser trasladadas a Santander, sin embargo empiezan a repartir por la Intendencia comestibles a las tiendas y creo que mañana habrá despacho al público. Esta tarde empiezan a funcionar tranvías. La [chica] ha pasado a Las Arenas y trae la noticia de que los padres de Gilda fueron evacuados desde un túnel de Sestao donde se habían refugiado, a Santander, llueve le ha dicho una vecina.
Día tranquilo, pero la muchacha que ha ido a Las Arenas en busca de leche para Digna y ha regresado muy tarde con un cuartillo, ya no ha encontrado pan pues la gente ansiosa del blanco, se ha lanzado a comprarlo en abundancia.
Nos acostamos pronto, ¡estamos tan rendidos, de los días pasados! Próximamente a las diez llaman a la puerta y nos dicen si podemos permitir dormir, aunque sea en el suelo a cuatro requetés que llevan tres noches sin dormir. Muy gustosos les preparamos mi antiguo consultorio con dos buenos colchones y algunas mantas y se quedan a dormir.
Son nuestros huéspedes, Agustín Aguirrezábal, capitán de Requetés, y sargento del ejército, Gabriel Abalde, auxiliar suyo (delineante de la Diputación de Guipúzcoa), Carlos (carnicero de Azcoitia) y un muchacho de unos 17 años, que apenas se le ve por casa; todos educados y muy simpáticos los dos primeros.Hoy recibimos carta de Ernesto, fechada en Préjano el 21 Nobre. 1936. Ha venido de Buenos Aires por mediación del hijo de Aquilino Soto.
Sale la primera procesión del S[agrado] C[orazón] de J[esús], viéndose muy concurrida de fieles.
Estoy en Bilbao por vez primera. He encontrado en la Plaza Nueva a Higinio Ibáñez [30], que me comunica han suspendido en el Ayuntamiento a todos los empleados que han dejado de presentarse.En el Colegio Médico no pueden disponer de la cuenta para pagar a pensionistas y empleados.
Recibimos cartas de los hijos [31], dándonos cuenta del feliz alumbramiento de Gilda, que ha traído una hija al mundo, el 27 del pasado junio, a las 7 de la mañana [32]. ¡Ya somos abuelos! Acusan recibo de la nuestra y nos avisan piensan venir dentro de la semana. Están en Préjano. Mis hermanas a nombre de Asunción, me ponen un telegrama y Pilar escribe también en postal.
Recibo la visita de D[on] Luis Luzán, el sacerdote de Tudela.
Escribo a mis hermanas y la dirijo a Pilar.Visito al sacerdote D. Luis Luzán en Baracaldo, pues él [primero] estuvo a verme el otro día.
Hoy ha sido el día que recibí las cartas que digo en el día anterior y a mi regreso de Baracaldo.
Vuelvo a Bilbao y en el Colegio [33] no pueden disponer de fondos, pues al renovarse la Junta hay que cambiar las firmas de tesorero y presidente.
Al regreso me entero de que nuestros requetés han abandonado la casa; esta mañana oí llamaban temprano y alguien entraba en la habitación. Sin duda las tropas avanzan y la Intendencia tiene que seguirlas.
Me acuesto tarde por si viniesen los hijos, pues el tren correo de la Rioja ha llegado estos días a las 9 de la noche.
Estamos esperando a los hijos y considerando las dificultades que han de vencer con la nena, equipajes y trasbordo en Burceña [34] siento deseos de salir en su busca a Bilbao, pero el estado de mi vista me obliga a desistir [35]. ¡Tengamos paciencia! Pues además, desde la estancia en túneles tengo los ojos peor.
El texto del diario se ha escrito en los días a que alude el protagonista pero en una agenda que no es del año 1937 sino en otra anterior de 1933 titulada Calendario histórico médico de Warner, publicado en Barcelona por su representante en España el Laboratorio y Comercio Substancia, S.A. Warner era una compañía farmacéutica estadounidense que había adquirido por entonces dimensión internacional y estaba presente en los cinco continentes [36]. Se ve que el propietario de la agenda, el Dr. Manuel Díez Gálligo la reaprovechó para este fin, tomándola quizás apresuradamente, ya que su formato de 19,5 x 13,1 x 2,5 cm. la hacía fácilmente portable en un bolsillo o en la misma mano. Es de tapas verde oscuras y encuadernación rústica. En sus primeras páginas presenta unas anotaciones sobre los pagos realizados por un tal Gabino Gorostiza, de Baracaldo, por las visitas médicas que le realizó en los años 1930 a 1933, y el borrador de una carta dirigida a su amigo Urbina recordándole una pequeña deuda por la asistencia prestada al menor de sus hijos del 9 al 16 de junio de 1932 en Villa Nueva [37]. El libro no está paginado y al haberse pensado para el uso de un médico, se adorna con ilustraciones y documenta con informaciones de carácter profesional (tablas, equivalencias, consejos dietéticos, etc.) y pequeños textos alusivos a la historia de la medicina, que lo convierten en muy curioso y atractivo. El texto se ha escrito con pluma estilográfica y tinta negra sobre papel ahuesado. La letra empleada es cursiva, en ocasiones difícil de interpretar al haberse escrito parte de él sobre el texto impreso de la agenda y con escasa luz (probablemente en el interior del túnel donde él y su familia se protegían de los bombardeos o en su casa de noche a la luz de las velas), a lo que se añadían las dificultades de visión que el Dr. Díez Gálligo ya padecía por entonces al habérsele diagnosticado cataratas en sus ojos.
A través de las líneas del médico comprobamos las penalidades que tuvo que soportar la población sometida al peligro de los bombardeos, a la inseguridad que ofrecían las escasas viviendas aún en pie pero seriamente dañadas por las bombas, a la escasez de alimentos básicos, a elementos desconocidos mezclados con la población y a la incomunicación con otros familiares debido al bloqueo de las líneas del frente de lucha (la familia Díez Castrillo recibe una carta de su hijo Ernesto escrita en Préjano que tarda siete meses en recibirse y lo hace vía Buenos Aires por mediación de un amigo), en definitiva a las precarias condiciones para sobrevivir en ese ambiente bélico al albur de los ataques y contraataques de los bandos en liza, y a buen seguro bajo el miedo. Los túneles, abundantes en esta zona minera donde el transporte del mineral se hacía por vía férrea, son aprovechados por la población como refugio seguro ante los bombardeos.
En un principio se había habilitado en el pueblo un refugio junto a la iglesia parroquial de Santa María, pero la intensidad de los bombardeos de la aviación hizo más aconsejable acudir a los túneles del trazado del tren, bien al de Galdames, un poco más alejado, o al de la estación del mismo Portugalete, la de La Canilla. Este último, que es el túnel al que alude el Dr. Díez Gálligo, que le sirvió de refugio a él, a su familia y a otros portugalujos durante los bombardeos, se había inaugurado en 1925 y se emplazaba en el límite de Portugalete con Santurce (Santurtzi), una de cuyas bocas daba a la estación de La Canilla, del primer municipio citado, y la otra a la de Peñota, del segundo, que se convertiría en estación del metro de Bilbao en 2009. En la zona central de dicho túnel se había abierto en 1935 un ensanchamiento de unos 70 m de longitud con el fin de establecer una andén que sirviera como vía apartadero donde aparcar vagones y locomotoras, y es en este punto donde se debió acomodar el protagonista con su familia.
El diario da comienzo el 13 de junio de 1937 con el informe de intensos bombardeos aéreos. Los días 11 y 12 la aviación aliada alemana e italiana había machacado el “Cinturón [38] de Hierro” de Bilbao y el frente defensivo se había roto en una extensión de unos 2 km entre los vértices Urrusti y Cantoibasos, al OE del Urkulu, por la que entró la 1ª Brigada Navarra al mando del coronel García Valiño la misma tarde del día 12. La ciudad comenzó a despoblarse y el éxodo de refugiados hacia el OE en dirección a los límites de Santander, donde quedó establecido el frente de guerra, no cesaba, en tanto los aviones Fiat italianos, tripulados por españoles, y los Stukas de la Legión Cóndor, posiblemente la que actuó sobre Portugalete, ametrallaban la carretera de Santander por donde circulaban los huidos, pero no bombardearon Las Arenas, hasta donde el frente de guerra había llegado, quizás, según Hugh Thomas, porque los nacionales habían aprendido “la lección de Guernica”, a fin de evitar un nuevo desprestigio internacional que aquél bombardeo había ocasionado al bando sublevado. Sí, en cambio, se recrudecieron en esta localidad los combates entre anarquistas y quintacolumnistas (los leales al bando golpista que se hallaban camuflados) y los primeros, como se ha dicho y queda reflejado en el diario el día 16, volaron el Puente Vizcaya sobre el Nervión para dificultar la llegada a Portugalete del enemigo [39].
Los datos antes aportados sobre la evacuación del frente de guerra de los niños del lugar emocionan sobremanera, pero no es menos cierto que duele saber cómo sobrevivían en esa crítica situación los mayores. El caso del matrimonio Díez Castrillo nos ayuda a imaginarlo: ella con una úlcera de estómago y él con visión reducida, ambos con salud precaria, sin mayor protección que aquella que se prestaban los que vivían en iguales condiciones en el interior del lóbrego túnel. Aún así se esforzaban por mantener unos hábitos ordenados, asearse, limpiar su habitáculo, delimitarlo, observar un horario, descansar si fuera posible, es decir, vivir con la mayor dignidad esos días que se imaginan largos y expuestos al continuo peligro.
En tal situación, las noticias vuelan y también los rumores infundados. Que si los nacionales han entrado en Bilbao, que si acaban de volar los milicianos el Puente Vizcaya, que si Aguirre se ha entregado, que si han caído tantos bajo las bombas… Las vistas ayudan a hacerse cargo de la situación: “… unos edificios arden en Las Arenas”. Los violentos ruidos estremecen: “…3 grandes detonaciones nos obligan a dejar la casa precipitadamente”, “denso tiroteo de cañón y ametralladora” o “tiros a las diez de la noche”. Se dan órdenes de evacuación. Con todo, hay momentos de relativa tranquilidad en la contienda y hasta pueden apreciar los refugiados por si mismos cómo son superiores las condiciones de habitabilidad del túnel de Galdames frente al de La Canilla. Una vez más se comprueba cómo los habitantes del campo suelen arreglarse mejor que los de la ciudad para sobrevivir en condiciones adversas, de suyo hasta en ciertos días los familiares del médico pueden comer gallina y acudir a un caserío cercano para lavar la ropa y asearse. Unos días son mejores que otros por el tiempo, la mayor parte de los días el sol les sonríe –es verano- pero en otros llueve con fuerza y aún así siguen llegando las columnas de soldados, imaginamos que en malas condiciones, mojados y agotados. Se trasluce con claridad la alegría por el acceso a los suministros, siquiera un poco de pan blanco y un cuartillo de leche, con la llegada de “nuestros requetés” convertidos en huéspedes por unos días, quienes instalan el Ayuntamiento en casa de Chapa, “que había estado invadida por socialistas, comunistas y anarquistas”. El matrimonio Díez Castrillo siente con alegría el repique de campanas que anuncia la llegada de los militares y se afana por limpiar la casa y con ello retomar la vida anterior pese al tejado destrozado por las explosiones del camarote. Ya se puede comunicar por carta con los familiares que viven en la zona liberada, así lo hacen con sus hijos Ernesto y Gilda, quien alumbra una niña convirtiendo a sus suegros “¡en abuelos!”.
Aunque al mismo tiempo que el fin de la ocupación permite el reencuentro de amigos separados por la guerra, se comprueba el caos que esta ha traído a la administración de los centros oficiales, parte de cuyo personal ha desaparecido o no se ha incorporado a las tareas normales (pensamos que por fuerza mayor o por depuración política).
El diario termina el 9 de julio con el ansiado reencuentro de los padres con sus hijos y su nieta.
La vida, gracias a Dios, seguía su curso.
Fuente → zubiaurcarreno.com







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