
MANIFIESTO DE INTELIGENCIA REPUBLICANA
La actual descomposición del régimen, crudamente confesada por
la figura de más alto prestigio entre las fuerzas conservadoras, plantea hoy a
los hombres de izquierda, políticos y apolíticos, de Cataluña y de toda España,
una cuestión de la máxima gravedad.
Nadie sabe todavía cómo se cerrará el período constituyente
abierto con el golpe de Estado del 13 de septiembre. Pero la angustiosa
incógnita que planea sobre el pueblo, ha trascendido ya a la conciencia
internacional, y todos ven la absoluta impotencia de las medidas
gubernamentales ante la catastrófica traducción del hecho en la progresiva
depreciación de nuestra unidad monetaria.
He aquí el legado de la Dictadura: el desorden moral y el
desguace económico, indisolublemente aparejados.
En el actual estado de cosas, todo los medios que se intenten
poner en juego para prolongar la precaria supervivencia de aquello que todos
saben condenado a desaparecer –como exponente de un grado de evolución política
superado ya en el conjunto de los pueblos cultos- solo servirá para agravar la
crisis, más aguda a cada hora que pasa, y para acrecentar los peligros del
desenlace.
Solo hay un camino para incorporarnos a la normalidad: el
restablecimiento del orden jurídico, con la consagración definitiva de la
soberanía popular, y la exigencia de responsabilidades a sus conculcadores.
Los que no lo ven así, o no quieren verlo, basan su
sofisticada argumentación asignando al pueblo una trágica incapacidad histórica
y augurando todo tipo de convulsiones sangrientas y espantosas calamidades,
como si pudiese haber ninguna peor que el envilecimiento colectivo y la lenta
agonía de los resortes vitales del país.
Y bien, si no fuese suficiente el mismo hecho de la caída de
la Dictadura, anunciada ayer como el presagio de un cataclismo y vivida después
como el simple colapso de una ficción ridícula, nosotros, con la significación
que nos es conocida, nos dirigimos a la opinión de todos los hombres de ideas
honradas para desvanecer de una vez este agitado espantajo, esta pueril amenaza
de próximos peligros imaginarios con que se pretende en vano encubrir el mayor
peligro de la inestabilidad presente.
Ante la urgencia de definir las posiciones, por encima de los
partidos y de las organizaciones –convencidos, sin embargo, de no ser
desmentidos ni por los hechos ni por los hombres-, anteponemos hoy nuestra
condición de ciudadanos a toda otra adjetivación específica y con plena conciencia
del valor de nuestro compromiso, declaramos que estamos dispuestos a trabajar
previamente para asegurar un orden político que, instaurado sobre la condición
suprema de la justicia, impida definitivamente cualquier subversión de los
poderes y lleve al país por las vías jurídicas indispensables para el progreso
de los pueblos.
Este nuevo orden político, la República Federal, puede
definirse sintéticamente con los siguientes puntos básicos:
I.- Separación de poderes.
II.- Reconocimiento a todos los ciudadanos de la igualdad de
sus derechos individuales y sociales.
III.- Reconocimiento a los territorios federados, por su
expresa voluntad colectiva, la plena libertad en el uso de su idioma y el
desarrollo de su propia cultura.
IV.- Libertad de pensamiento y conciencia. Separación del
Estado y de la Iglesia.
V.- Reforma agraria con parcelación de latifundios.
VI.- Reformas sociales al nivel de los Estados capitalistas
más avanzados.
Que nadie vea en la solemne declaración de nuestra
coincidencia en estos puntos básicos ningún debilitamiento de nuestros ideales
particulares. Es la dura experiencia de estos últimos años la que nos dicta hoy
nuestro deber, como un imperativo avasallador, dolorosamente convencidos de la
inanidad de plantear todo programa máximo sin la previa incorporación de España
a la corriente de los pueblos libres, pues solo la nueva legalidad puede hacer
compatible el desarrollo civilizado de las luchas políticas con el constante
crecimiento de la cultura y la riqueza públicas.
Conscientes de nuestro deber histórico, hacemos, pues, un
fervoroso llamamiento a los hombres de buena voluntad de Cataluña y de toda
España para que confluyan en sus esfuerzos por la instauración de la República
Democrática.
Esta es ahora nuestra palabra, solo condicionada por la
urgencia de las circunstancias. Si nuestra voz no encuentra el eco cordial que
aspiramos a concitar, nos sentiremos desligados de nuestro compromiso. Pero la
responsabilidad de los acontecimientos futuros caería sobre otros.
Barcelona, marzo de 1930.
J. Aleu, J. Aiguader i Miró, Gabriel Alomar, J. Alsamora,
Amadeu Aragay, Martí Barrera, Domènec de Bellmunt, Amadeu Bernadó, E. B. de
Quirós, A. Borrás, Vicens Botella, R. Caballería, R. Campalans, Joan
Casanelles, Joan Casanoves, F. Cases i Sala, C. Comeron, P. Comes i Calvet,
Lluís Companys, Pere Foix, J. Fronjosà, Eladi Gardó, L. Gelabert, E.
Granier-Barrera, Conrad Guardiola, Ot Hurtado, Edmond Iglésies, J. Jover, E.
Layret, J. Lluhí i Vallescà, Marfull, L. Martínez, Josep María Massip, J.
Mateu, J. Mies, A. Moles i Caubet, A. Montaner, F. de Muntanyà, J. Murtra, J.
Mussoles, L. Nicolau D’Olwer, Joan Ors, J. Peiró, J. L. Pujol i Font, A. Roca,
Cosme Rofes, A. Rovira i Virgili, Ángel Samblancat, M. Serra i Moret, Carles
Soldevila, D. Trilles, T. Tusó, J. Valentí i Camp, Abel Velilla, J. Ventalló,
J. Viadiu, S. Vidal, J. Viladomat, A. Vilalta Vidal, Joan B. Vives y Josep
Xirau.
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