Buscando el “Gen Rojo”: los experimentos interesados del doctor Vallejo-Nájera sobre los Brigadistas Internacionales de Cardeña / I

Buscando el “Gen Rojo”: los experimentos interesados del doctor Vallejo-Nájera sobre los Brigadistas Internacionales de Cardeña / I / Juan José Martín García / Marta Fernández Viejo

 

1. INTRODUCCIÓN

El objetivo de este artículo es analizar algunos aspectos de la vertiente histórica del centro de experimentación biopsicológica, creado por el doctor Antonio Vallejo-Nájera en el campo de concentración situado en el monasterio de San Pedro de Cardeña, cercano a la ciudad de Burgos1. En las siguientes líneas, aportaremos nuevos datos sobre su organización y estructura, aprobación e interés personal por parte del Caudillo, explotación de los brigadistas como mano de obra barata y su manipulación propagandística por parte de la denominada Nueva España.

Cuestiones que se unen a las ya conocidas derivadas represivas2 y de humillación psicológica, así como su conversión en moneda de cambio frente a presos nacionales de la zona republicana y de extorsión frente a sus gobiernos respectivos.

Vallejo-Nájera vendió como una bicoca ante Franco y su camarilla, la utilidad que reportaría el “descubrimiento” del “gen rojo” que, supuestamente, afectaba a todas aquellas personas de ideología marxista. Ello supondría enormes ventajas tras su reeducación, ya fuera para su reutilización en las filas del propio ejército franquista– algo que ocurrió principalmente con los presos españoles, no tanto con los internacionales – o aprovechándolos como fuerza de trabajo gratuita y dócil por parte de las estructuras socioeconómicas – públicas y privadas – dominantes en el nuevo Estado que se estaba gestando.

La favorable evolución de la guerra para los intereses franquistas, permitió el agrupamiento en Cardeña de cientos de soldados de las Brigadas Internacionales, pertenecientes a más de treinta nacionalidades. La coyuntura fue aprovechada por Vallejo-Nájera, en su condición de Director del Gabinete de Investigaciones Psicológicas, como una oportunidad única, al agrandarse el espectro humano y espacial de experimentación.

Las conclusiones de su trabajo “científico” achacaron a los brigadistas carencias intelectuales y tachas temperamentales, determinadas por una variedad insospechada de factores sociales.

Finalmente, el avezado psiquiatra concluía con la práctica imposibilidad de lograr los cambios necesarios que revirtiesen su ideología política3.

2. CARDEÑA, “LA TORRE DE BABEL”

Las cárceles burgalesas se vieron atestadas en las primeras semanas de la guerra, por lo que, para solventar las necesidades de espacio, los franquistas recurrieron a alojamientos variopintos. La ciudad de Burgos se convertirá – no inmediatamente, como erróneamente se pudiera suponer – 4, en una especie de “Nuremberg franquista”, recibiendo el significativo apelativo de “Capital de la Cruzada”5. La escasez de centros de reclusión, se recrudeció tras la toma del norte por el ejército franquista en la primavera y verano de 1937. Además de la cárcel provincial, situada en la antigua alhóndiga y la central, inaugurada por Victoria Kent como prisión modelo, se acudió a plazas de toros y a distintos edificios en Valdenoceda, Sedano, Hontoria de la Cantera o Lerma, entre otros, así como a gigantescos campos de concentración como los de Miranda de Ebro 6 y Aranda de Duero 7. Por su parte, Cardeña no solo se utilizó como campo, sino como almacén de municiones, aprovechando que los republicanos no bombardearían a sus propios presos. Con una capacidad teórica para 1.200 reclusos, superó con mucho esta cifra a mediados de ese año 8. Tras la ofensiva en Aragón, la prensa franquista publicaba una nota titulada, Una torre de babel, reconociendo la existencia de prisioneros extranjeros de la XV Brigada Internacional 9.

El 3 de abril de 1938, se firmaba por parte del teniente coronel Fusset, una disposición directa de Franco en la que se designaba a Cardeña como lugar, “donde deberán concentrarse todos los prisioneros de nacionalidad extranjera que han quedado en poder nuestro y en lo sucesivo sean en poder de las fuerzas Nacionales”10. La disposición también ordenaba el envío al antiguo monasterio burgalés de otros prisioneros internacionales que hubiera repartidos en diferentes campos. Durante los siguientes días, al menos 480 brigadistas llegaron a Cardeña, procedentes de Alcañiz, Medina de Rioseco, Bilbao, Logroño, etcétera11. Del mismo modo, se encargaba a la asesoría jurídica que se establecieran listas en las que se especificaría el nombre del preso, su nacionalidad, profesión, edad y domicilio. Por último, se debían recoger todos los datos “en los que aparezcan responsabilidades de tipo especificado, a fin de que sean juzgados por los Consejos de Guerra Permanentes”12.

El trato hacia los presos de Cardeña fue cruel en extremo, como demuestran varios testimonios de los brigadistas que sufrieron sus penosas condiciones13.

Gracias a estos relatos, conocemos un día a día rodeado de piojos, frío, hambre, escasez de agua potable, suciedad, miseria, enfermedades y un completo catálogo de vejaciones14.

Las revelaciones de miembros de la Cruz Roja, de diplomáticos y periodistas de países con nacionales encarcelados – Charles S. Bay, Willliam B. Carney, Jean D’Amman, la propia lady Chamberlain, etcétera – , a pesar de verse atemperadas por las simpatías que muchos de ellos mantenían con los sublevados, resultaron determinantes para destapar su lamentable situación. En países como Estados Unidos, noticias sobre estas atrocidades corrieron como la pólvora, escandalizando a la opinión pública, aunque se dulcificaban en gran manera al calificar como adecuados, comida, alojamiento y trato, quejándose únicamente algunos de ellos de que los presos tuvieran que pagar por escribir cartas. Estos intermediarios y negociadores participaron de una idea: para no tener problemas con la Iglesia y el gobierno franquista, era mejor mirar hacia otro lado. Los responsables del campo les mostraban a sus compatriotas como rebeldes, furibundos anticatólicos y antifranquistas, irrespetuosos con la bandera bicolor y contraventores de las normas. Estas autoridades militares no entendían como podían seguir manteniendo, “la naturaleza criminal de su ideología política”.

Sin embargo, cuando W. B. Carney vio a los presos, demacrados y mal vestidos, suspirando por un poco de tabaco, que debían pagar a precio de oro a los guardianes, y con dramáticos problemas de salud e higiene, publicó un artículo en el Times el 11 de julio de 1938, que supuso un aldabonazo y la actuación – si bien lenta e interesada – , del gobierno estadounidense. Las intermediaciones fueron prudentes en exceso, ya que los gobiernos se conformaron con que sus nacionales no fueran directamente eliminados, como sucedió con muchos brigadistas15.

En este sentido, se iniciaron negociaciones del Cuartel del Generalísimo con diferentes gobiernos de países que habían aportado miembros a las Brigadas Internacionales, al objeto de intercambiar presos de las dos zonas en conflicto. Sin embargo, cuando un grupo de presos norteamericanos difundió los maltratos y vejámenes padecidos, los intercambios fueron suspendidos hasta el fin de la guerra ya que, aunque el embajador norteamericano en España, Claude Bowers, negoció entre bambalinas durante largo tiempo la liberación de sus compatriotas, no fue hasta abril de 1939 cuando se liberó a 81 presos estadounidenses como “gesto de buena voluntad” por parte del gobierno de Franco, siendo 10 de ellos repatriados meses después16.

Los campos de concentración franquistas fueron vistos a posteriori como uno de los mejores ejemplos en los que, en palabras de Javier Rodrigo, la cosmovisión nostálgica de la dictadura relativizó los procesos de violencia política que se operaron contra la “anti – España”17. En los 188 campos contabilizados se calcula que hubo medio millón de internos, a los que se aplicaba una supuesta pátina de reeducación política e ideológica.

Sin embargo, verdaderamente se ocultaban razones más prosaicas, como la utilización masiva de mano de obra barata y la humillación y el castigo de los perdedores. Una represión física, moral, identitaria y cotidiana, que tuvo en Cardeña el paradigma de lo que supuso la aniquilación ideológica18.

En Cardeña, los internos fueron usados para excavar trincheras, recoger e inhumar cadáveres, empedrar carreteras, remozar el propio monasterio, etcétera. A los presos extranjeros se les trataba – si cabe esta afirmación – algo mejor que a los españoles, pensando en las posibles compensaciones, como canjes con presos italianos u otras medidas de política internacional.

Únicamente hubo una excepción por motivos obvios. A los brigadistas italianos y alemanes se les castigaba con mayor brutalidad, siendo normalmente entregados a sus gobiernos. Muchos de ellos fueron ejecutados 19.

Los brigadistas tenían prohibido relacionarse con el resto de prisioneros españoles, fundamentalmente vascos y asturianos. En cuanto pudieron se organizaron para paliar las precarias condiciones sanitarias y de alimentación, desarrollar actividades culturales y de ocio, como torneos de ajedrez, lectura, coro y teatro, o impartir clases de idiomas y matemáticas, e incluso publicar un periódico – The Jaily News – , en el que se burlaban de los análisis políticos de la prensa afín a los sublevados – Diario de Burgos, El Diario Vasco, etc – . Sobre la vida cotidiana en el campo existen aportaciones de enorme interés, como la del voluntario irlandés de la Columna Connolly, Bob Doyle, o la del norteamericano Max Parker 20.

Lo cierto es que las condiciones sanitarias eran deleznables. Las epidemias de pulgas, las diarreas a la par que el estreñimiento, el escorbuto, etcétera, fueron frecuentes en la “Torre de Babel”. No le fueron a la zaga los maltratos, humillaciones y ejecuciones. Al brigadista norteamericano Robert Steck, le golpearon inmisericordemente por no arrodillarse durante la celebración de la eucaristía. Se contabilizan 10 brigadistas que murieron por enfermedades y, al menos uno – Jimmy Rutherford – fue fusilado por evadirse del campo, aunque es probable que este número fuera aún mayor. En cuanto a los españoles, al menos 76 fueron fusilados y enterrados mediante el rito católico en el cementerio del monasterio 21.


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