El franquismo fusiló a José Humberto Baena como asesino, la memoria lo reivindica como asesinado
El franquismo fusiló a José Humberto Baena como asesino, la memoria lo reivindica como asesinado / Lucía Parro Pantoja 
 
Cincuenta años después de su ejecución, el Estado declara nula la sentencia de un tribunal ilegítimo que lo condenó sin pruebas. Su hermana logra que conste que no fue un criminal, sino una víctima del último acto de violencia judicial del franquismo
 
Las últimas ejecuciones del franquismo
 

El 27 de septiembre de 1975 marcó un antes y un después en la historia de España. Fue el último acto de violencia judicial del franquismo: cinco fusilamientos que sacudieron al mundo. Mientras la dictadura se desmoronaba, Franco quiso dejar un mensaje de autoridad: el disenso se pagaba con la vida. Entre los ejecutados estaba un joven gallego de 24 años, José Humberto Baena Alonso, estudiante y trabajador de fundición, acusado sin pruebas de la muerte de un policía.

Su hermana, Flor Baena, ha pasado medio siglo defendiendo su memoria. Hoy habla de él con la misma serenidad con la que lleva cincuenta años cargando con una herida que no cierra:

“Yo seguí luchando por esto porque quedara en la historia no como un asesino, sino como un asesinado”, recuerda Flor.

La historia de Humberto es la de un muchacho común que acabó atrapado en la maquinaria represiva de una dictadura que, en sus estertores, buscaba aún sembrar miedo.

Juventud, universidad y las primeras detenciones

Humberto nació en Vigo en 1950, en una familia humilde pero unida. Era un chico alegre, curioso, sensible. Estudiaba Filosofía y Letras en la Universidad de Santiago de Compostela, donde empezó a moverse en un ambiente estudiantil efervescente. La universidad gallega era entonces un espacio de contestación política, de jóvenes que se atrevían a desafiar las imposiciones del régimen.

En ese contexto, Humberto conoció por primera vez la represión directa:

“Mi hermano tuvo el primer contacto con la policía cuando estaba en la Universidad de Santiago, año 1972 o 1973. Hicieron una manifestación los estudiantes, una sentada en las escaleras de la Universidad. Vino la policía, hizo una redada y detuvo a cerca de 200 chicos, entre ellos a mi hermano. Lo mandaron a la cárcel de Coruña. Para que saliera bajo fianza mi padre pagó 15.000 pesetas en aquellos tiempos. Dos meses después fue el juicio y salió absuelto, pero ni devolvieron la fianza porque dijeron que era dinero dado por el comunismo”, explica Flor Baena.

Aquella marca quedó grabada en su historial. Aunque fue absuelto, la sombra del franquismo se alargaba en los papeles oficiales. Humberto lo descubrió poco después, ya de regreso en Vigo, cuando buscaba empleo:

“Cuando acabó en la Universidad y fue a pedir empleo en Vigo, le pidieron el certificado de penales. Y se encontró con la sorpresa de que figuraba que había estado en la cárcel, y eso que había salido absuelto”, señala Flor.

El sistema estaba diseñado para eso: convertir a cualquier joven disidente en sospechoso eterno. La maquinaria de la dictadura no necesitaba condenas firmes; bastaba con un antecedente inventado para cerrarle las puertas.

Vigo: trabajo, militancia obrera y persecución

En Vigo, Humberto entró a trabajar como peón en una fundición. Eran años de gran conflictividad laboral: la ciudad era un epicentro del movimiento obrero gallego, con huelgas que paralizaban los astilleros y marchas que se enfrentaban a una represión implacable.

El 1 de mayo de 1975 fue un día decisivo. Humberto, que solía acudir a las manifestaciones, ese año se quedó en casa. La razón era personal, pero también reveladora de los peligros de aquella época:

“Ese año precisamente no fue, porque la novia tenía al padre en la Falange y lo había denunciado por ser rojo. Dijo: no voy a ir a la manifestación porque igual me detienen”, recuerda Flor Baena.

Pero la violencia estalló igual. En medio de la protesta, un policía de paisano disparó al aire y mató a un guardia de la empresa Fenosa. No era un manifestante; observaba desde una barandilla.

Humberto y un grupo de amigos reaccionaron con un gesto de humanidad.

“Eran en total 13. Hicieron una colecta para ponerle una corona y una esquela en Faro de Vigo. Ponían: ‘muerto por la represión policial’”, cuenta Flor.

Ese gesto de solidaridad se convirtió en su sentencia. A los dos días, la policía ya estaba buscándolo.

“Yo llegué a casa de mis padres y les dije: no sé qué pasa, pero vino la policía a detener a José Pablo, un amigo de Humberto. Y mi hermano dijo: entonces vienen a por mí. Nos contó que era por la esquela y la corona. Nosotros no sabíamos nada de eso”, relata Flor Baena.

Desde ese momento, comenzó la huida. Pasó unos días escondido en casa del cantautor gallego Suso Vaamonde, símbolo de la canción protesta, y después partió hacia Madrid. Allí entró en contacto con militantes del FRAP, que lo ayudaron a encontrar refugio.

El país estaba en plena agitación política. La guerra de Vietnam, el final del colonialismo español en el Sáhara, las huelgas y manifestaciones marcaban un tiempo convulso. En ese ambiente, la policía buscaba cabezas de turco.

Huida, detención en Madrid y la cárcel de Carabanchel

El 14 de julio de 1975 un policía fue asesinado en Madrid en una acción armada. Pocos días después, la televisión ya acusaba a Humberto. La familia se enteró por la pantalla:

“Nos enteramos por la televisión que lo acusaban de la muerte de un policía el día 14 de julio. Mi padre decía: imposible, el día 13 estuvo en Portugal con el chófer de la empresa. No le daba tiempo a llegar a Madrid con el coche que tenía. Además, no era de esas ideas. Era un chaval que veía un animal y lo cogía para curarlo”, recuerda Flor.

El argumento no importaba. En un régimen sin garantías, bastaba la decisión de la policía para convertir a un inocente en culpable. Humberto fue detenido, incomunicado durante 15 días y trasladado a la prisión de Carabanchel.

Las visitas familiares eran casi una forma de tortura psicológica. Flor nunca olvidará aquel primer encuentro tras un cristal:

“Solo podíamos verlo los sábados, de doce a doce y veinte. La primera vez fuimos mi padre y yo, viajando toda la noche en tren. Lo vimos tras un cristal de metacrilato, con agujeros, y un policía con metralleta al lado. No podíamos ni tocarle la mano. Nos dijo: enteraros de cómo está mi novia, que la habían detenido. Y también nos dijo: ‘yo no soy culpable’. Mi padre le contestó: ya sé que no eres culpable, porque esas no son tus ideas”, relata Flor.

Aquel joven que escribía poesías para su madre, que compartía bocadillos con sus compañeros, estaba encerrado en una celda acusado de asesinato. El contraste era brutal.

El juicio sumarísimo y el fusilamiento

El proceso judicial fue una pantomima. Humberto, civil, fue juzgado por un tribunal militar bajo la Ley Antiterrorista, que ni siquiera estaba vigente cuando fue detenido.

“No dejaron declarar a los testigos presenciales, porque sus testimonios no coincidían. No admitieron pruebas de balística ni huellas dactilares. Tenían pruebas de que era inocente y no se las dejaron presentar. Sin una sola prueba lo condenaron a muerte”, cuenta con tristeza Flor.

Una mujer llegó a presentarse voluntaria para declarar en su favor. Había presenciado el atentado y aseguraba que Humberto no era el autor.

“Ella lo había visto todo desde la otra acera. Dijo que no coincidía para nada con él. Le respondieron: señora, váyase, están todos metidos en el mismo saco. Y el policía jugaba con un revólver en la mano”, recuerda Flor.

El 26 de septiembre de 1975, el Consejo de Ministros ratificó la condena. La familia fue avisada de que debía viajar a Madrid de inmediato si quería despedirse.

“Llegaron a Madrid a las seis de la mañana, justo a tiempo. Mi padre pudo abrazarlo. Le dijo: ‘Pite, si yo supiera que tú eras culpable aún estaría consolado’. Y mi hermano le contestó: ‘Papá, sabes que yo casi nunca miento, pero no puedo darte ese consuelo, porque yo no fui’. Eso lo dijo un cuarto de hora antes de que lo mataran” , rememora Flor.

Minutos después, en Hoyo de Manzanares, los disparos de los fusiles acabaron con su vida. Tenía 24 años.

El entierro, la lucha de la familia y el reconocimiento tardío

El régimen quiso borrar incluso la dignidad de la muerte. El cuerpo de Humberto fue trasladado a Vigo bajo custodia policial.

“Mi padre pagó el traslado y el embalsamamiento, 76.000 pesetas de la época. Pero cuando el coche fúnebre llegó a Galicia, la policía lo obligó a enterrarlo en Pereiró, en Vigo, sin velatorio. Mi padre siempre quedó con la duda de si allí estaba su hijo o si habían metido piedras en el ataúd”, relata Flor Baena.

Décadas después, Flor decidió comprobarlo con sus propios ojos:

“Fuimos mi hija y yo. Pedimos permiso los permisos al Ayuntamiento, pudimos abrir la lápida. Y era él. Estaba entero, con el jersey de ochos que le había hecho su novia en la cárcel y el pantalón verde de pana. Tenía las arenas en la frente, del golpe al caer, y seis tiros: cinco en el pecho y uno en el brazo. Sentí alivio, porque era él” recuerda.

La familia nunca dejó de pelear. Pasaron por tribunales militares, el Constitucional, Estrasburgo, la ONU. Nadie quiso mover un dedo. Solo la querella argentina contra los crímenes del franquismo abrió una puerta. Y, finalmente, casi cincuenta años después, llegó el reconocimiento oficial:

“Gran parte del mérito lo tiene Amnistía Internacional, que me ayudó mucho, y también mi hija, que mandaba todas las cartas al Gobierno. Yo ya lo daba por perdido. Pero recibí una carta certificada reconociendo la nulidad. Ahora dicen que el tribunal era ilegítimo y que lo mataron sin derecho, simplemente por tener otras ideas”. Afirma Flor.

Memoria viva

Flor quiere que su hermano sea recordado no solo como un asesinado por el franquismo, también, como la persona que fue. Un joven generoso, sensible, siempre dispuesto a ayudar.

“Era un niño tierno. Le gustaba escribir poesías, hacía redacciones preciosas. Con mi madre tenía un cariño especial: en sus cumpleaños le escribía poemas. Era un cielo de chaval”. Lo evoca Flor.

Sus compañeros de trabajo le contaron cómo compartía bocadillos con quienes no tenían para comer, o cómo regaló sus zapatos a un limpiabotas que tenía los pies empapados. Pequeños gestos que revelaban su carácter.

“Lo mataron con 24 años. Ahora, al menos, su nombre queda limpio. No era un asesino: fue un asesinado”. sentencia Flor Baena.

Cincuenta años después, en el cementerio de Pereiró aún aparecen flores y cartas. Personas anónimas escriben: “Querido compañero, querido amigo”. La memoria de Humberto sigue viva, sostenida por la voz incansable de su hermana.


Fuente → diario-red.com

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