El exterminio de una familia: un caso atroz de la represión franquista

Detallada reconstrucción de la persecución de una familia, homenaje con nombres y apellidos, cronología de la represión y la crueldad, reivindicación de la memoria olvidada. “Hay una intención moral, ética, en la recuperación del pasado y se ejerce no con los poderosos, sino con los desposeídos”.

El exterminio de una familia: un caso atroz de la represión franquista / José María Lama

Siempre debemos hacer el esfuerzo historiográfico de identificar la represión franquista individualizándola, poniéndole nombre. Tanta crueldad no merece el beneficio de la indefinición. Hay que reconstruir la historia de todas las víctimas. [1] Durante un tiempo, el afán fue más de números: saber cuántas hubo, cuántos murieron, cuándo…. Ese propósito, que sigue vigente, debe completarse con darles nombre, con saber quiénes fueron, con ponerles rostro. Muchos historiadores, muchas historiadoras, han trabajado siempre con esa perspectiva, pero es necesario seguir insistiendo, sacar del anonimato a todas las víctimas. No basta el número, hay que darle identidad a la represión.

El pasado 21 de marzo, la ARMHEX presentaba Tras las huellas de la memoria histórica de Extremadura, un libro coordinado por José M. Corbacho y Ángel Olmedo que conecta el pasado de la Guerra Civil con nuestro presente a través de la memoria de las víctimas y sus familiares.

Pero, ni solo números ni solo nombres. Debemos saber las circunstancias de la vida y de la muerte de cada hombre o mujer asesinado. En la crónica de la violencia, la peripecia de cada víctima —su recuperación para la historia— es, además de un ejercicio historiográfico esencial, un homenaje. Porque la función del historiador no es meramente factográfica. Hay una intención moral, ética, en la recuperación del pasado y se ejerce no con los poderosos, sino con los desposeídos. Y, entre estos, quienes más perdieron fueron aquellos que hasta perdieron la vida. Ellos merecen todo nuestro reconocimiento. En cualquier época, en cualquier conflicto.

Debemos saber las circunstancias de la vida y de la muerte de cada hombre o mujer asesinado. En la crónica de la violencia, la peripecia de cada víctima es, además de un ejercicio historiográfico esencial, un homenaje

El objetivo de identificar a las víctimas obliga a entrar en detalles. A practicar esa modalidad de la historia que suele motejarse de “microhistoria” y que quizá no sea más que la esencia de esta disciplina: desmenuzar lo concreto para, a partir de ahí, lograr categorías. Basta leer El Aleph para saber que en lo pequeño puede estar contenido el universo entero. Y basta conocer profundamente la historia de algunas víctimas de la represión franquista para comprender los engranajes completos de esa represión.

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Los González Vázquez eran una familia extremeña, avecindada en Zafra, aunque procedente de Los Santos de Maimona, situadas ambas localidades en el centro de la provincia de Badajoz y separadas por apenas cinco kilómetros. El padre era José González Pove[2],de 54 años en 1936; la madre, Dominga Vázquez Pachón, 52 años. Tenían seis hijos. El mayor era Lorenzo, de 29. Le seguía Manuel, de 24. Alrededor de 20 años debía tener Josefa y, tras ella, iban los más chicos: Rafael, de 15 años; Carmen, de 14, y Domitila, de 11.

Aunque el padre aparece en los registros oficiales como zapatero, tenía una finca con muchas vacas, posiblemente regentada junto a su hermano Santiago. La casa familiar estaba en el número 12 de la calle San Francisco. Era una familia comprometida políticamente. Unos eran socialistas y otros comunistas. El padre era militante de la Unión General de Trabajadores y todos estaban afiliados a un partido u otro, salvo la madre y las dos niñas pequeñas. La represión franquista se cebó en todos ellos de manera atroz. Cuatro fueron asesinados, y los cuatro sobrevivientes hubieron de exiliarse, tras sufrir en dos casos la cárcel. Y, además de la represión sufrida por la familia de origen, también las familias con quienes entroncaron los sobrevivientes fueron de represaliados. Al final, el árbol genealógico de los González Vázquez es un catálogo de muertes, torturas, cárceles y exilios.

Nota adjunta a la carta enviada por Josefa González Vázquez al diario L´Humanité para su remisión a Radio España Independiente en París

A finales de abril de 1963, una de las hijas, Josefa, escribió una carta a Radio España Independiente, “La Pirenaica”, emisora antifranquista que emitía desde París, contando la historia de su familia y de las desgracias sufridas por culpa del franquismo.

Josefa vivía en Francia, adonde se había exiliado en los años cincuenta. Era militante comunista y la misiva la envió a L'Humanité, el periódico del Partido Comunista Francés, para que desde ahí la enviaran a la emisora. La dictadura de Franco acababa de ejecutar a Julián Grimau, dirigente comunista, tras ser detenido en Madrid. El impacto del asesinato, el 20 de abril de 1963, fue enorme entre los exiliados y antifranquistas españoles desperdigados por Europa e impulsó a Josefa a hacer memoria y recordar lo ocurrido a su familia.
[3]

Este nuevo asesinato cometido por Franco y su camarilla del que ha sido víctima Julián ha venido a refrescar mi memoria [de] aquellos días tan horribles de 1936. Y aprovecho esta oportunidad para que publiquéis por nuestra Radio Pirenaica de la España libre lo que hicieron los franquistas con mi familia.

Zafra fue una de las primeras poblaciones de importancia en recibir la acometida de las tropas sublevadas en su avance desde Sevilla a Mérida, en la primera operación militar relevante en el sur de España tras el golpe de Estado. Después de una batalla de varias horas en la sierra de Los Santos, el 5 de agosto de 1936, que enfrentó a las columnas del Ejército de África con algunos centenares de campesinos mal armados y tibiamente apoyados por parte de la guarnición de Badajoz, los facciosos ocuparon Los Santos de Maimona y, mientras Asensio avanzaba por la carretera general hacia Almendralejo, el comandante Antonio Castejón retrocedía para ocupar Zafra, que fue invadida el 7 de agosto.

Los González Vázquez eran una familia extremeña, avecindada en Zafra, aunque procedente de Los Santos de Maimona, situadas ambas localidades en el centro de la provincia de Badajoz y separadas por apenas cinco kilómetros

Algunos disparos de batería dirigidos al núcleo ferroviario, a la Fábrica de la Luz y a la cercana sierra del Castellar, refugio de huidos, precedieron a la entrada de las tropas. Los jefes militares ocuparon el Ayuntamiento y nombraron una comisión gestora. Junto a los nuevos dirigentes locales confeccionaron una lista de medio centenar de personas que debían ser detenidas. Grupos de soldados, acompañados por falangistas y otros ultraderechistas, recorrieron las calles capturando a quienes estaban apuntados en la lista.

Como la mayoría del pueblo, los hombres de la familia González Vázquez huyeron. Las tres hijas se quedaron en Zafra, junto a la madre, en la creencia de que su condición de mujeres las dejaría a salvo de la violencia de los soldados y de sus partidarios locales. Pero, Dominga Vázquez Pachón fue inmediatamente detenida. Sería una de las personas cautivas que, atadas y vigiladas por regulares magrebíes, permaneció algunas horas en el centro de la Plaza Grande, hasta que a mediodía los invasores, que habían dejado a sus partidarios al mando del Ayuntamiento protegidos por un nutrido retén, abandonaron de nuevo la ciudad de vuelta a Los Santos de Maimona. Detrás de la comitiva, atados en grupos de siete u ocho, iban presos unos cincuenta hombres y varias mujeres. Cada cierto trecho, se apartaba de la columna a un grupo de los detenidos y se los fusilaba al lado de la carretera.

Mi madre —dice Josefa— fue la primera víctima el mismo día que tomaron los franquistas el pueblo, 7 de agosto de 1936. La mataron a 3 kilómetros del lugar en unión de 60 hombres y una mujer. A las dos mujeres las dejaron en el sitio durante varios días, donde fueron pasto de los perros y aves de rapiña, hasta que les regaron con gasolina y les prendieron fuego a lo que quedaba de las dos desgraciadas. Significo que mi madre no pertenecía a ningún partido.

Los cadáveres abandonados incrementarán el amedrentamiento de la población. Los fusilamientos continuarán durante los días y semanas siguientes, hasta diciembre de ese año. La muerte de Dominga consta en el Registro Civil de Zafra en fecha distinta, el 19 de septiembre de 1936, a la que señala su hija.[4] No es extraña la confusión porque la inscripción se hizo más de un año después. Se le atribuyó la misma fecha en que, como ahora veremos, murió su marido.

Los cadáveres abandonados incrementarán el amedrentamiento de la población. Los fusilamientos continuarán durante los días y semanas siguientes, hasta diciembre de ese año. La muerte de Dominga consta en el Registro Civil de Zafra en fecha distinta, el 19 de septiembre de 1936

La joven Josefa González Vázquez también fue detenida y liberada[5] a los pocos días:

Durante ese tiempo a mí también me tuvieron en la cárcel varios días con la idea de hacer conmigo como hicieron con mis padres y hermanos, pues me acusaban de ser la responsable del Partido Comunista local. No sé cómo me dejaron con vida. Cuando salí de la cárcel me encontré la casa saqueada. Lo que no se llevaron lo destruyeron y mis hermanas de 14 y 11 años estaban en casa de mi abuela.

El primogénito de la familia, Lorenzo González Vázquez, acabó a mediados de agosto en Badajoz. Se había inscrito como miembro de las milicias de Zafra y fue uno de los combatientes de la sierra de Los Santos del día 5 de agosto, replegados a la capital tras la derrota. Participaría en la defensa de Badajoz hasta la entrada de los sublevados el día 14 de agosto.

Le cogieron prisionero en Badajoz y lo mataron en la plaza de toros el mismo día que lo hicieron con el diputado socialista Nicolás de Pablo y demás republicanos. Este pertenecía a la Juventud Comunista.

Nicolás de Pablo no murió en la Plaza de Toros de Badajoz, como parece indicar Josefa, sino en un fusilamiento ceremonial, con banda de música y misa de campaña, en el foso de la muralla junto al antiguo Cuartel de la Bomba, en las traseras del actual Instituto Zurbarán de Badajoz. Fue el 20 de agosto de 1936. Pero, además de ese fusilamiento de personajes notorios, ese día y los restantes siguió asesinándose a otros republicanos e izquierdistas en otras partes de la ciudad, como la Plaza de Toros. Muchos de ellos, como Lorenzo González Vázquez, no fueron inscritos en el Registro Civil.

Mientras tanto, el padre, José González Pove, fuera ya de Zafra, se movería en la zona suroccidental de la provincia, por Burguillos del Cerro, Valencia del Ventoso, Jerez de los Caballeros o Fregenal de la Sierra… como ocurrió con miles de extremeños y extremeñas embolsados, acorralados entre la frontera portuguesa, las sierras de Huelva y la carretera general de Sevilla a Mérida, que habían utilizado los golpistas en su avance. A mediados de septiembre, cuando se supo que los militares sublevados ocupaban, desde Badajoz, desde Zafra y desde Fuente de Cantos y Monesterio, los pueblos de la bolsa del oeste de la provincia, aún en poder de los republicanos, se organizó desde Fregenal de la Sierra, Valencia del Ventoso y Bodonal de la Sierra la salida hacia la zona oriental. Es lo que ha pasado a la historia como la «columna de los ocho mil», aunque realmente fueron varias columnas agrupándose y desagrupándose según su desigual ritmo y su dispar procedencia. [6]

Nicolás de Pablo no murió en la Plaza de Toros de Badajoz, como parece indicar Josefa, sino en un fusilamiento ceremonial, con banda de música y misa de campaña, en el foso de la muralla junto al antiguo Cuartel de la Bomba

Desde esas localidades, partieron del 14 al 16 de septiembre miles de personas —hombres, mujeres, ancianos y niños— en dirección a Llerena y Fuente del Arco, atravesando de noche la carretera a la altura de Fuente de Cantos. Era imposible que tal masa de gente pasara desapercibida y desde el primer momento su marcha fue controlada por los militares facciosos. Hasta que, a la altura del cerro de «Alcornocosa», cerca de la mina de «La Jayona», militares al mando del capitán Gabriel Tassara los atacaron con ametralladoras provocando una desbandada tras la que fueron capturadas dos mil personas, mientras el resto lograba continuar su marcha hasta zona republicana. Los cautivos lo fueron primero en Fuente del Arco y después en Llerena, y muchos de ellos fueron trasladados a sus pueblos de origen. Eso ocurrió también con los de Zafra, entre los que se encontraba José González Pove.

El día 19 de septiembre una veintena de personas integrantes de esas columnas son conducidas a Zafra. El camión que los traslada atraviesa la ciudad ante la pesadumbre de muchos familiares. Y ese día y el siguiente son fusiladas.

El tercero, mi padre, salió del pueblo cuando tomaron los franquistas el pueblo y le cogieron el 18 de septiembre del mismo 36 en la célebre emboscada de Llerena, cuando intentaba pasar a la zona republicana, le trajeron al pueblo y al día siguiente lo mataron en compañía de 18 más entre ellos una mujer.

Los datos que aporta Josefa sobre la muerte cuadran en esta ocasión exactamente con los que conserva el Registro Civil de Zafra.[7] José González fue asesinado el mismo 19 de septiembre de 1936, en la primera tanda de fusilamientos que en dos días acabaría con otras veinte personas de Zafra, entre ellas una mujer, capturadas en Fuente del Arco.[8] Todos fueron enterrados, como otros muchos, en una fosa común en el primer patio del cementerio de Zafra.

José González Pove es el único miembro de la familia del que se sabe dónde están sus restos. La viuda de uno de los asesinados, María Berrocal Acosta, que había sido tesorera de la Sociedad Femenina de Oficios Varios de la Casa del Pueblo, logró permiso el 1 de marzo de 1942 para sacar de la fosa común y trasladar a un nicho los restos de su marido, el dirigente socialista Agustín Pérez Montaño, y de sus compañeros. Años después, Pablo Duque, hijo de otro represaliado y encargado por María del mantenimiento del nicho, colocó una lápida, aunque con la fecha equivocada.

El más pequeño de los hombres de la familia, Rafael González Vázquez, tampoco se salvó. Tenía 15 o 16 años en 1936. Seguramente huiría del pueblo al tiempo que el padre

El más pequeño de los hombres de la familia, Rafael González Vázquez, tampoco se salvó. Tenía 15 o 16 años en 1936. Seguramente huiría del pueblo al tiempo que el padre, y es posible que lo acompañara durante el mes y medio en que este estuvo deambulando por la zona occidental de la provincia. Pero José no estaría muy seguro de su salida hacia el este, en la «columna de los ocho mil», y le recomendaría que volviera al pueblo. O bien, aunque fuera junto a su padre en ese tortuoso trayecto, lograría escapar. El caso es que regresó a Zafra el 28 de septiembre y al día siguiente lo mataron:

El cuarto, mi hermano el pequeño, con 15 años, también salió huyendo y aconsejado por personas mayores, creyendo que no le ocurriría nada regresó al pueblo el 28 de septiembre de 36 y al día siguiente lo asesinaron. Este era joven socialista.

 

De la muerte de Rafael también hay constancia en el Registro Civil y también coinciden los datos con los que aporta su hermana.[9] Rafael fue la víctima más joven de los dos centenares que dejó el franquismo en Zafra.

Como dice Josefa, «a todos estos seres, tan queridos como inocentes, les asesinaron sin pasar por ningún tribunal ni decirles el por qué se les asesinaban». No hubo ningún proceso judicial, ningún expediente, sin que eso tampoco hubiera dado legalidad a los asesinatos. Todos forman parte de esa represión que fue mayoritaria en Extremadura, la que no se enmascaró bajo ropaje alguno de falsa justicia. Además, les robaron la finca y las vacas, que era el sustento familiar. Y los obligaron a emigrar.

Nada justifica esta atroz represión, aunque hay una excusa que la explica. Además del compromiso político con la izquierda de toda la familia, uno de los hermanos —Manuel González Vázquez—, que era comunista y tenía 24 años en 1936, había estado involucrado en varios altercados políticos y era uno de los más señalados activistas de la izquierda zafrense.

«A todos estos seres, tan queridos como inocentes, les asesinaron sin pasar por ningún tribunal ni decirles el por qué se les asesinaban». No hubo ningún proceso judicial, ningún expediente

«El Vaca», como era conocido quizá por apodo familiar, había sido uno de los izquierdistas que en la madrugada del 3 al 4 de junio de 1934 participó en Zafra en una pelea en la velá o verbena de «La Maraña», que se celebraba en los aledaños del Arco Jerez. Acababa de ser destituido el ayuntamiento socialista, uno más en el llamado «desmoche de ayuntamientos», impulsado por el ministro de la Gobernación, Rafael Salazar Alonso, para descabezar el movimiento obrero extremeño y neutralizar la huelga campesina prevista para el 5 de junio. Cuatro de los nuevos serenos, aún sin uniforme reglamentario, fueron zarandeados y agredidos por un grupo de izquierdistas. Uno de ellos acabó con tres puntos de sutura y el otro con la chaqueta rajada. Según la sentencia, todo se inició al mandar un concejal a uno de los serenos (Lucio Hernández) a disolver a un grupo en la verbena. Entonces, Manuel Vázquez, que estaba embriagado

con las manos en alto se acercó al Lucio diciéndole en son burlesco: «No temas, no te hago nada», frase que repetía aproximando las manos a la cara del sereno, y al indicarle este que se retirara se abalanzó violentamente sobre el mismo, y mientras acudían a las llamadas del Lucio sus compañeros, también serenos municipales, Eduardo Gordillo Muñoz, Ignacio Hernández y el Miguel Campos Pérez, llegaron allí en grupo numeroso los procesados Eloy José González, Esteban Muñoz, Sabino García, Felipe Martínez, José Segura, Elías Maraver, Enrique Marrón y otros más que no han podido determinarse capitaneados por el primero y a la voz del mismo “Vamos a ellos” se lanzaron sobre los cuatro serenos municipales de referencia enarbolando los palos y bastones con los que los maltrataron duramente, tomando parte en esta agresión el Manuel González

Inmediatamente detenidos, el juicio contra los inculpados no se celebró hasta el 19 de julio, en Badajoz. Los ocho fueron condenados por un delito de atentado a la autoridad. Seis de ellos a cuatro años, dos meses y un día de prisión menor y los dos restantes —Manuel González y Esteban Muñoz— a dos años, cuatro meses y un día, al apreciarles la atenuante de embriaguez. A cada uno de ellos se les multó, además, con 500 pesetas y se les aplicaron otras penas menores por lesiones y desobediencia.[10]

Fueron trasladados al llamado Reformatorio de Adultos de Alicante. En el grupo, además del destituido alcalde socialista de Zafra y varios guardias municipales anteriores, había militantes socialistas y comunistas. Entre estos últimos, José Segura y Manuel Vázquez.

A partir del 7 de agosto a Manuel González lo buscaron con ahínco los fascistas. Y, paradójicamente, fue el único de la familia que logró escapar. Huyó de Zafra, se incorporó al ejército republicano y, tras la guerra, según testimonios, salió de España exiliado e incluso acabó combatiendo en el ejército polaco contra los nazis

Cuando los presos de Alicante, encabezados por José González Barrero, volvieron a Zafra, tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, «El Vaca» volvió a involucrarse en peleas y altercados, hasta el punto en que el alcalde, José González Barrero, antiguo compañero suyo de prisión, mandó que lo detuviera en alguna ocasión en esos meses de marzo a julio de 1936. Según la documentación franquista y varios testimonios orales, formó parte de las llamadas partidas de la goma o escuadras de la noche, que en la primavera de 1936 se dedicaron a agredir a varios derechistas en Zafra. Al parecer, sus compañeros en esas andanzas fueron Tomás Aranda Piédrola, alias «Judío», y Vicente Escaso Jara, alias «Cano». El 22 de marzo hirieron al derechista Félix Soto de la Fuente, hermano del anterior alcalde lerrouxista. Y el 27 de junio se les atribuye una agresión a José Cordero Montaño. Le tiraron a la cara una goma, que terminaba en un alambre con forma de anzuelo, y le seccionaron el labio. Cordero reaccionó e hirió a uno de sus agresores, tras lanzarle una puñalada en el culo y protegerse este con la mano, cortándole un dedo.

Manuel González

A partir del 7 de agosto a Manuel González lo buscaron con ahínco los fascistas. Y, paradójicamente, fue el único de la familia que logró escapar. Huyó de Zafra, se incorporó al ejército republicano y, tras la guerra, según testimonios, salió de España exiliado e incluso acabó combatiendo en el ejército polaco contra los nazis. Hay quien afirma que fue coronel de ese ejército.[11] En 1963, según la carta de su hermana Josefa, vivía en Francia.

En Zafra quedaron otros miembros colaterales de la familia, como el hermano de José, Santiago González Pove, alias «Rarro», que fue uno de los «topos» del pueblo, esto es, uno de los perseguidos que se mantuvieron escondidos en sus casas durante meses y años.[12] Era afiliado al Partido Socialista, pero no estaba especialmente significado por sus ideas. Había abandonado Zafra como otros al entrar las tropas el 7 de agosto y aunque su familia regresó, él se mantuvo en fincas cercanas al pueblo otros seis meses, tras algún intento fallido de regresar a Zafra para esconderse en su casa. Ya se había enterado del asesinato de su hermano, de su cuñada y de sus sobrinos. También la familia de su mujer, Maximina Toro Pámpano, estaban sufriendo los zarpazos del fascismo. Dos de sus hermanos habían sido asesinados: Micaela,[13] a pesar de que les dijeron a sus captores que estaba embarazada de un crío, y Juan, muerto en Llerena.[14] Y aún faltaría José Toro Pámpano, quien en tiempos fuera carrero del Ayuntamiento, que sería fusilado en Carrascalejo en abril de 1938.[15]

“Mis lágrimas van a mi querida madre Josefa, encerrada en Zafra, que jamás vi llorar, a mi padre Vittorio, condenado a la pena de muerte, deportado a Canarias, que casi cada noche soñaba que venían a fusilarlo”

Buscando la protección de la familia, a principios de 1937 Santiago logró llegar a su casa sin que nadie lo viera. Al principio se escondía entre la paja del pesebre cuando llegaba alguien, pero por la noche dormía en su cama. Alguna requisa de paja realizada sin previo aviso por la Guardia Civil estuvo a punto de descubrirlo. Por eso cambió su escondite. En el suelo de la cocina hizo un agujero de poco más de un metro cuadrado de ancho donde en cuclillas esperaba escondido que terminaran las frecuentes pesquisas organizadas en su casa por la Guardia Civil, que de vez en cuando llevaban al cuartel a alguno de los hijos para intentar sonsacarle, con amenazas y palizas, acerca del paradero del padre. Fue uno de los médicos del pueblo, Manuel Martínez, que había tratado a Santiago en su escondite sin delatarlo, quien le recomendó que se entregara tras el final de la guerra. Así lo hizo el 26 de abril de 1939. Sometido a consejo de guerra, «Rarro» estuvo preso en la cárcel de Badajoz más de tres años y al salir regresó a Zafra, donde se mantuvo durante un tiempo en libertad vigilada.[16]

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Las tres hermanas González Vázquez dejaron Zafra en la posguerra. Tras pasar un tiempo en Barcelona, emigraron y pasaron a vivir en Francia. Todas ellas acabaron enlazadas con hombres que también habían sufrido el zarpazo de la represión.

Josefa González Vázquez se casó con un jornalero de Burguillos del Cerro, un pueblo extremeño cercano al suyo. En 1936 Vitorio Silva Coliner tenía 20 años y era militante de la Juventud Socialista. Había dejado el pueblo el 4 de agosto de ese año, junto a otros cuarenta voluntarios, para incorporarse a la defensa republicana del frente de Somosierra. Durante la guerra fue cabo de los guardias de Asalto, destinado en el penal de Ocaña, y terminada esta volvió a Burguillos a finales de abril de 1939, donde fue detenido el 24 de ese mes. [17]

El 15 de junio fue trasladado a Zafra y permaneció preso en el alcázar, convertido en cárcel para numerosos republicanos e izquierdistas de toda la zona. Sometido a juicio sumarísimo de urgencia, se airearon sus antecedentes. En mayo de 1932, en unos altercados que hubo en el pueblo, cortó los cables de teléfono y telégrafo, y fue condenado a tres meses y once días de arresto mayor. Volvió a cortar las comunicaciones en 1934, durante la intentona revolucionaria de octubre. También se le acusó de haber participado en peleas y palizas a personas de derecha a mediados de 1936, de ser uno de los llamados escopeteros que participaron en guardias y rondas tras el golpe de Estado, y de enfrentarse con las armas en la mano a los golpistas.

La falsa justicia franquista convertía en levantamiento en armas contra el ejército lo que realmente había sido defensa popular frente al levantamiento en armas del ejército. El consejo de guerra se celebró en el Ayuntamiento de Zafra el 26 de julio de 1939. El fiscal le acusó de «rebelión militar» con los agravantes de «peligrosidad, perversidad y trascendencia de los hechos» y pidió pena de muerte.[18] El tribunal militar le condenó a 20 años de reclusión y en abril de 1943 le fue conmutada la pena a 6 años de prisión menor, y se le permitió terminar de cumplirla en su casa, saliendo solo para ir a trabajar. Hasta agosto de 1945 no quedó complemente libre. En los años 50 pasó a Francia clandestinamente, junto a su mujer, Josefa González Vázquez.

La falsa justicia franquista convertía en levantamiento en armas contra el ejército lo que realmente había sido defensa popular frente al levantamiento en armas del ejército

Muchos años después, la hija de ambos, Josephine Silva, comentaba en redes sociales [19]:

Mis lágrimas van a mi querida madre Josefa, encerrada en Zafra, que jamás vi llorar, a mi padre Vittorio, condenado a la pena de muerte, deportado a Canarias, que casi cada noche soñaba que venían a fusilarlo.

Carmen González Vázquez también se casó a mediados de los años cuarenta con un vecino de Burguillos del Cerro, Manuel Salguero Rodríguez. Tuvieron tres hijos y el más pequeño, Julián, nació ya en Francia en 1957, adonde habían emigrado dos años antes. La familia de Manuel Salguero también había sufrido en Burguillos las atrocidades de la represión y de la guerra. Sus padres fueron Julián Salguero Fernández y María Rodríguez Morato. En 1936 tenía tres hermanos más: Miguel, de 20 años, María, de 19, y Modesto,[20] de 10. La familia vivía en el llamado Paseo, de Burguillos.

La joven María Salguero Rodríguez trabajaba con su madre en el taller de costura y tras el golpe de Estado y la llegada a Burguillos del Cerro de milicianos republicanos heridos colaboró como enfermera en un improvisado hospital. A mediados de septiembre, cuando los sublevados ocuparon la localidad, fue apresada y trasladada a Fregenal de la Sierra, donde concentraron a numerosos detenidos de la zona. Su padre, Julián Salguero Fernández, alias «Vinagre», fue a Fregenal a ver a su hija, acompañado del pequeño Antonio Modesto, que muchos años después contó lo que recordaba de aquel día:

Cuando preguntamos por mi hermana, nos dijeron que ya había sido trasladada para Burguillos. Así que nos vinimos otra vez para Burguillos. Cuando llegamos a la altura del pueblo de Valuengo, mi padre me dijo que me quedara allí que iba a estar más seguro.

Camino de Burguillos, mi padre se encontró a unas personas que huían del pueblo a la altura de la finca “La Parrilla”, le dijeron que se quedara con ellos a pasar la noche y así lo hizo; pero por la mañana en una batida de los falangistas de Fregenal, fueron descubiertos y detenidos. Se lo llevaron a Fregenal…[21]

No me matan por “puta”, no me matan por robar, no me matan porque haya matado; me matan por defender una idea, y esa idea la llevaré siempre en mi cabeza y en mi corazón

Mientras tanto, su hija María, trasladada a Burguillos, era asesinada en la madrugada del 8 de octubre de 1936 en el cementerio. Manuel Lima, autor del libro Del dolor y la memoria. Nombres y testimonios de la Guerra Civil en Burguillos del Cerro (1931-1939), recoge el testimonio de una mujer que oyó esa noche las voces de María:

En el silencio de la noche, a las cinco o seis de la madrugada, pude escuchar desde mi casa que estaba muy cerca del cementerio, la voz de María Salguero, la apodaban “Vinagre”, le decía a sus ejecutores lo siguiente: Todo el mundo tiene derecho a hablar en sus últimos momentos, y yo quiero decir; que no me matan por “puta”, no me matan por robar, no me matan porque haya matado; me matan por defender una idea, y esa idea la llevaré siempre en mi cabeza y en mi corazón.[22]

Según su hermano Modesto, los captores abusaron de María e incluso intentaron violarla. Dice que por el camino gritaba ¡padre, que me llevan! ¡padre, que me llevan!

En la ejecución participaron muchos falangistas. Como era tan guapa y tenía una enorme valía, todos la deseaban. Al parecer hubo intento de violación de la cual mi hermana se defendió. Una vez muerta, siguieron los intentos por parte de aquellos criminales. Mi hermana antes de morir, lo tuvo que pasar muy mal el tiempo que estuvo detenida… no lo quiero ni pensar.[23]

Al día siguiente, el 9 de octubre, en Fregenal de la Sierra, fue asesinado su padre, Julián Salguero, junto a otros:

Al mucho tiempo un hombre que venía al pueblo vendiendo quesos y era natural de Fregenal, me confirmó que mi padre estaba enterrado en Fregenal de la Sierra. [24]

Quedaban la madre y los tres hijos varones, pero el mayor de ellos, Miguel Salguero Rodríguez, fue reclutado forzoso para luchar con las tropas de Franco y falleció en combate en Aravaca a comienzos de enero de 1937 bajo las balas de sus compañeros de ideas.

Mi hermano murió en Aravaca (Madrid), reclutado forzoso para luchar con las tropas de Franco. Fue alistado en la 5ª Bandera. Un paisano, el sargento Casillas, que estaba en su misma compañía, reconoció el cadáver de mi hermano Miguel. Millán Astray nos mandó a la familia una carta muy respetuosa informándonos de su muerte.[25]

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