Secretos de la Guerra Civil: Calumnia …. Que algo queda (I)

Secretos de la Guerra Civil: Calumnia …. Que algo queda (I) / Angel Viñas

El 20 de enero pasado un amable lector me escribió a la dirección que figura en este blog con una consulta. Recibo muchas y procuro contestar a todas, en particular cuando no llegan por Facebook que es un sistema que nunca he logrado dominar. En principio había pensado no dar su nombre, pero no ha tenido la menor dificultad en que lo haga y, además, me ha ayudado en la búsqueda de algunos artículos que me ha enviado por si pudieran ser de mi interés. Los dejo en reserva. Mi respuesta a Don Francisco Javier Pino no me ocupó más de dos renglones. Después he recapacitado y me he dicho que quizá conviniera ampliarla y dar a conocer mis resultados en este blog.

El texto de la consulta decía así:

Leo en un monográfico titulado » Secretos de la Guerra Civil» lo siguiente: «había pactado [D. Juan Negrín] con Stalin para instaurar una dictadura de partido único llamada «Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas». No sé si podrá decirme si es cierto o falso, pues es la primera noticia que tengo y apareciendo en un medio de divulgación me parece serio. Espero no robarle mucho de su preciado tiempo.

Más tarde me hizo llegar el contexto:

Caminó Negrín hacia la tribuna […]. Comenzó entonces un largo discurso para maquillar la trágica realidad de lo que ocurría […]. Aún así expresó su deseo de seguir combatiendo y hasta obtuvo el voto de confianza de los presentes. La verdad es que fue un acto de cierto cinismo, ya que había pactado con Stalin, tiempo atrás, la desaparición del sistema democrático para instaurar en España una dictadura de partido único a la que llamarían Unión de Repúblicas Ibéricas Soviéticas o Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas

El autor de tales afirmaciones referidas a Negrín es un periodista. Su nombre aparece en internet como licenciado en Historia por la UCM y master en periodismo. Se señala que, tras trabajar como arqueólogo algunos años, pasó a dedicarse a escribir sobre historia. He comprobado que varios de sus artículos de prensa se mencionan en la red. Ni lo conozco ni creo que su nombre venga al cuento.

En principio, debería contar con mi simpatía. Siquiera por la simple y sencilla razón de que mi hija también estudió Arqueología, que le gustaba mucho. Sin embargo, después de varios escarceos en trabajos de campo no tardó en ver que, fuera de la Universidad, tal ocupación tenía, allí donde ella vive que no es España, un futuro poco seguro. Así, pues, cambió de orientación. No son vidas paralelas porque mi hija, ciertamente, no se dedica ni al periodismo ni a lo que en algunas manifestaciones de esta actividad pasa por historia, como demostraré en el presente caso.

Tampoco puedo saber si el periodista objeto de este comentario aprendió bien o no los rudimentos del oficio. En la UCM (que es mi alma mater y de la que soy profe emérito) había y hay excelentes expertos en Historia Contemporánea (en tiempos ya lejanos hubo otros que estaban demasiado escorados hacia el filo-franquismo, pero es verosímil que no disfrutara de sus “enseñanzas”).

Ignoro, por último, si en el medio que habitualmente escribe le imponen anteojeras. O si, por el contrario, los encargados de montar nada menos que un especial sobre “Secretos de la guerra civil” las tienen. En cualquier caso, la denominación es contradictoria. Un secreto, por definición, no se conoce. Si se conoce, no es secreto.

Cabe fácilmente imaginar que de la guerra civil, de la anteguerra y de la posguerra existan todavía numerosos secretos. Es decir, aspectos, personajes, acontecimientos que los historiadores no hemos iluminado aun. Bien porque no hemos caído en ellos o bien porque no hay forma de documentar parcelas de un pasado que, por definición, ya no existe. Se ha esfumado. Lo que quedan son residuos, a veces palpables, a veces no, y representaciones.

El artículo en el que aparecen las afirmaciones que dan pie a este post no revela, en principio, absolutamente ningún secreto. Es una muy somera descripción de parte de un suceso bastante conocido: el discurso que pronunció ante las diezmadas Cortes de la República el presidente del Consejo de Ministros Juan Negrín en la última reunión que celebraron el 1º de febrero de 1939 en los sótanos del Castillo de Figueras. Es decir, poco antes de que se produjera el colapso total de lo que quedaba de la Cataluña republicana.

Existen varios testimonios al respecto (entre ellos alguno que dicho periodista no menciona: para ello hay que optar a nota) y, como es natural, numerosas interpretaciones. La reunión suele figurar en toda historia que se precie del final de la guerra civil. En los últimos años han aparecido varias. En cuanto al discurso en sí cualquier lector con un ordenador y un ratón puede descargarlo de internet. No se exige nada más que acudir en demanda de auxilio a Mr Google, quien para este tipo de cuestiones ofrece gratuitamente una ayuda inmediata e inestimable:

Fácilmente se observará que, como no podía menos de ocurrir, Negrín no hizo referencia en su discurso ni a Stalin ni a la Unión Soviética en ningún momento. Es el periodista que describe parte de la sesión de Cortes quien introduce, como de paso, la referencia. Es decir, en virtud de su muy libre albedrío. Y este es, precisamente, el punto que deseo destacar, dado que no viene a cuento, excepto como clarificación del supuesto papel de Negrín en la guerra civil que se le atribuye. Como veremos, con sinigual desparpajo.

Dado que el historiador, como es notorio, al interrogar un documento selecciona lo que le parece más significativo del mismo, pretendo detenerme en lo que hay, o puede haber, detrás de tales afirmaciones que indudablemente para el autor que las hace no son gratuitas. Si no las hubiera introducido, el articulo descriptivo, que no analítico, de la reunión de Cortes no hubiera sufrido gran cosa. El que tan atrevido periodista incluyera sus apostillas induce a especular sobre las razones por las cuales lo hizo tal y como aparecen.

Todo estudiante de historia aprende, bien en la licenciatura (hoy grado) o en el más somero máster sobre técnicas de investigación, que cualquier documento (también un artículo) es susceptible de análisis. Este puede ser interno y/o externo. El primero examina la coherencia del texto. El segundo lo contextualiza. En el caso que aquí nos ocupa se impone un análisis del segundo tipo.

La cuestión, digámoslo de entrada, lo amerita. El periodista en cuestión afirma rotundamente que hubo un pacto entre Stalin (nada menos) y Negrín para crear un Estado de nuevo tipo en España. Salvo que las palabras no quieran decir lo que dicen es de suponer que hubiera sido un Estado parecido a la URSS (¿con o sin Portugal?). No se me ocurre otra interpretación, aunque naturalmente puedo equivocarme. Sin duda, aprovechando que el autor en cuestión escribe habitualmente en un medio de amplísima difusión podrá corregirme y responder, de paso, a algunas preguntas que le dirijo por este medio, que supongo leerá o le harán llegar. Siempre hay voluntarios.

Porque, ¿qué hace, en general, el historiador? En primer lugar, buscar pruebas, documentación, “papeles” o, al menos, identificar a otros autores que le permitan sustentar su relato. La que aquí nos ocupa tiene mucha, si no muchísima, enjundia. Se trata, nada menos, que de un pacto de carácter internacional para imponer en España, incluso a la gloriosa España, a la España que combatía por llegar a la VICTORIA, un régimen de tipo soviético. ¡Ahí es nada!

Así, pues, entre las preguntas mínimas que se imponen no pueden faltar las siguientes:

  1. ¿Dónde se encuentra plasmado dicho pacto? ¿Fue público o secreto?
  2. ¿Cómo se hizo? ¿Vino Stalin a España? ¿Fue Negrín a la URSS?
  3. Dado que tales viajes obviamente no ocurrieron, ¿quién lo firmó por parte soviética?, ¿quién por parte española?
  4. Podría suponerse que los soviéticos actuaron a través de algún plenipotenciario. ¿De quién se trató? ¿Fue el embajador o el encargado de Negocios? ¿Un agente especial enviado desde Moscú? ¿Rosita la pastelera? ¿Estuvieron autorizados formalmente o se pasaron, en los dos primeros casos, la autorización por montera, con los riesgos que ello implicaba en la época?
  5. ¿Cuándo, dónde y cómo lo firmó Negrín? ¿Hubo testigos? ¿Dejaron testimonios? ¿De qué naturaleza? ¿Dónde se encuentran?
  6. Dado que la afirmación aparece en un medio titulado “Secretos de la guerra civil”, es de suponer que se trató de un pacto “secreto”
  7. Si lo fue, ¿cómo se ha enterado de dicho pacto tan denodado periodista? ¿Lo ha buscado en archivos? ¿Cuáles? ¿Lo ha leído en algún libro o en algunos libros?
  8. Si fuera así, ¿Cuál o cuáles? ¿Escrito o escritos por qué autor o autores? ¿Dónde está o están publicados?

Naturalmente son preguntas modestas, prácticas, elementales. No hace falta, en realidad, ser historiador para plantearlas. Son de sentido común. Muchos lectores pensarán, sin duda, que de fácil respuesta. Permítanme, sin embargo, que lo ponga en duda. Quizá esté un poco atolondrado (cosas de la pandemia y del autoaislamiento, en mi caso muy rígido), pero lo cierto es que todas las que se me ocurren a dichas preguntas y otras parecidas no van en la dirección que cualquier historiador o cualquier periodista de investigación, por muy normalitos que sean, considerarían adecuada.

Ciertamente, hay ignorancias culpables. Otras no lo son. Si el periodista en cuestión tuviese la bondad de airear a todos los vientos sus fuentes, por ejemplo, en el periódico en que suele escribir, y presentar pruebas irrefutables de que no se trata de un exceso de imaginación propio o, ¡cielos!, del responsable de la publicación en que apareció el notición, no me quedaría más remedio que reconocer mi atolondramiento.

Si se tratara de fuentes a las que solo dicho autor ha tenido acceso por la gracia de su intuición, de sus esfuerzos y/o de la bendición divina y que todavía no ha publicado esperando escribir el SCOOP del siglo entre los secretos de la guerra civil, no me declararía culpable. Al contrario, le felicitaría efusivamente porque habría descubierto algo que hasta ahora nadie había documentado. Lógicamente, también una interpretación de la gestión de Juan Negrín que a ninguno de sus biógrafos (cito, de memoria, a Manuel Tuñón de Lara, Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos, Gabriel Jackson) se le había ocurrido tras todo el tiempo que dedicaron a investigar la trayectoria de dicho personaje ..

Esta pregunta, que ahora y aquí hago pública, podría tener efectos inmediatos. El presente post se publica el martes 1º de febrero. Le seguirá otro, una semana más tarde, en el que indicaré algunas de las hipótesis explicativas de que en diciembre de 2021 tal SCOOP, si lo es, haya aparecido, como de tapadillo, en un número de una revista dedicado precisamente a los “secretos de la guerra civil”.

(continuará)


Fuente → angelvinas.es

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