Proyecto Faq Dos pequeñas historias de la monarquía española

lunes, 29 de noviembre de 2021

Dos pequeñas historias de la monarquía española


Dos pequeñas historias de la monarquía española
Antonio Gascón Ricao

Las agendas ocultas

Tal como afirma el profesor Alfredo González-Ruibal en un reciente artículo

, para desgracia general, la agenda histórica en estos tiempos actuales la está marcando la derecha, aspecto que evidentemente forma parte de una estrategia premeditada.

Debe ser por ello que en estos últimos meses determinados propagandistas reaccionarios, casi nunca historiadores, están secuestrando la historia, difundiendo discursos desfasados, llenos de falsedades, o de medias verdades, y todo ello gracias a la capacidad de proyección que reciben en medios afines. Por otra parte, quienes nos dedicamos al estudio del pasado nos pasamos una y otra vez impugnando dichos discursos con un éxito muy limitado, al no tener unos medios idénticos a los que poseen nuestros antagonistas.

Por lo mismo se hace imprescindible que los que nos dedicamos a ardua tarea de investigar el pasado, recuperemos de nuevo la agenda de trabajo, no solo porque las historias que damos a conocer son más ajustadas a la realidad, sino porque son infinitamente más interesantes que la misma historia de siempre. La misma historia que se empeñan en vendernos los plumíferos a sueldo de siempre y sus interesados medios de difusión, que en muchos casos están mantenidos con dinero público, en llano, con el de todos.

El actual destape de la monarquía

Tal vez por ello, en estos últimos tiempos, en apariencia tan poco propicios para el rey emérito, estamos asistiendo a un supuesto “destape” de las miserias de la actual monarquía, de la que se trata de resaltar por un lado las virtudes del joven rey a costa de airear los “defectos” del rey antecesor, operación de aislamiento del emérito, en la que participan, de una manera u otra, todo tipo de medios, desde los escritos hasta los audiovisuales.

Los mismos medios que hasta hace cuatro días alababan sin empacho el talante campechano que tenía el mismo personaje, del que ahora se hacen de nuevas, cuando todos ellos sabían más o menos lo mismo que ahora se sabe, al haber sido públicos y notorios muchos de los tejemanejes que ahora asaltan de forma tan aparatosa a las primeras páginas de la prensa o de la televisión.

Operación que hace entrar en sospechas de que hay un determinado sector de prensa muy interesada en marcar de nuevo agenda, pero sin pasar antes por recordar ciertos antecedentes anteriores de tan egregia familia. Demostrando con ello lo falsa que resulta en ocasiones la memoria de algunos, al olvidar de forma muy interesada los antecedentes más cercanos de la misma familia, en este caso los del abuelo o los del bisabuelo del actual monarca, al haber sido ambos protagonistas en dos acontecimientos concretos de la historia de éste país, la abdicación de Alfonso XIII el 14 de abril, y el comportamiento del Conde de Barcelona durante toda la guerra civil española y a posteriori.

El 14 de abril visto por una persona sorda

De resumir de forma simple la caída de la monarquía, se produjo a la sorda y con nocturnidad. Así, sería sobre las 9 de la noche del 14 de abril de 1931, cuando un hombre salió presuroso del palacio real de Madrid por una puerta secreta que daba al Campo del Moro, la antesala de la Casa de Campo. Se trataba de un rey sin trono, que acababa de abandonar su cargo palaciego, aunque sin renunciar al título, porque tal como les había dicho a los pocos leales que se quedaron acompañándolo antes de dejar el palacio, él no podía renunciar a sus derechos dinásticos.

Pero lo cierto fue que Alfonso XIII se marchó de España en silencio y por la puerta de atrás, como los criados, y no por la puerta principal, como acostumbraban a hacer los señores. Por otra parte, en el que sería su último viaje por España lo acompañó el almirante José Rivera, recientemente nombrado ministro de Marina, que subió con él al coche que les tendría que trasladar a ambos a Cartagena, llevando como única escolta, otro coche ocupado por un sargento y cuatro números de la Guardia Civil que les seguía muy de cerca. Pocas horas más tarde, antes de que amaneciera, el rey sin corona embarcaba en el crucero Príncipe Alfonso, que le condujo hasta Marsella donde arribó el día 16. Desde allí, el rey marchará a Roma, donde transcurrirá su exilio definitivo. Con la salvedad de que nunca más volvería a pisar Madrid.

Tras aquella vergonzante y clandestina salida por la gatera del ex monarca, en parte obligada a causa de las defecciones que había sufrido el propio régimen, tras los adversos resultados electorales, no se debería perder de vista la presión que estaban ejerciendo en las calles de España miles de ciudadanos, que celebraban con gozo el nacimiento de un nuevo sistema político, en su caso la República.

A todo ello se unió la vergonzante defección de los adictos a la corona, ya que ninguno de ellos se atrevió a garantizar la propia seguridad del rey. Incluso el propio director general de la Guardia Civil, el orgulloso general Sanjurjo, declaró que no podía responder de los hombres que estaban bajo su mando. Solo un general fanfarrón, José Cavalcanti, que había apoyado el golpe de Primo de Rivera en septiembre de 1923, se ofreció a poner en pie a una parte del Ejército, que según él le seguía siendo leal, con la que oponerse a lo que ya parecía inevitable desde hacía meses, que el régimen monárquico ya estaba agotado.

Los testigos de aquella debacle monárquica afirmaron que el rey en los últimos momentos dejó caer algunas frases dignas de un epitafio, antes de marchar de España acuciado por sus propios ministros, una de las cuales que alcanzó la popularidad decía textual:“Por mí no se verterá una sola gota de sangre”.

Aserto que no era cierto, y menos aún si se pretendió con él justificar la supuesta generosidad real hacia sus “súbditos”, puesto que pocas horas antes, justo aquella misma mañana del 14 de abril, el mismo rey en persona había pedido al subsecretario de Gobernación que despejara con la fuerza pública la Puerta del Sol, al encontrarse la plaza literalmente ocupada por una multitud entusiasta que gritaba “¡Muera el rey!”. El subsecretario, en su caso con muy buen criterio de funcionario, disuadió al monarca de llevar acabo aquella carga contra multitud, argumentando que a buen seguro se producirían multitud de víctimas. Muestra de que al rey la sangre de sus súbditos no le importaba ni poco ni mucho.

Gracias a ello, cuando ya de madrugada, el gentío se dispersó pacíficamente de la explanada que existía ante el palacio real, el recuento de víctimas de aquel día arrojó la increíble cifra de: “cero” víctimas. Dándose además la feliz coincidencia de que por primera vez en España se había producido una revolución política sin victima alguna que lamentar, y a la par se había producido la caída de la odiada monarquía, que ante la alegría revolucionaria se había disuelto como un cubito de hielo expuesto al sol del verano.

El sordo que hizo de Guardia Cívico

Durante el tiempo que la multitud vociferaba ante por la calles y el rey se debatía si resistir o marchar al exilio, un sordomudo, casi anónimo, llamado Juan Marroquín Cabiedas (Madrid 1903, Gijón, 1987), que con los años alcanzaría a ser un respetado dirigente de su comunidad, al fundar en Madrid en 1936 la Federación Nacional de Sociedades de Sordomudos de España, antecedente de la actual Confederación Estatal de Personas Sordas (CNSE), tuvo la gran oportunidad de asistir en persona a la proclamación de la República el 14 de abril en el propio Madrid.

Historia que recogió en su diario personal. Lo que nos permitirá asistir a la misma historia, pero vista en su caso a través de los ojos de una persona sorda, aunque para su desgracia privada del sonido ambiente de aquella gloriosa jornada.

Historia en la que Marroquín relata, entre otras cosas, el momento mismo en el que de forma fortuita le tocó proteger el palacio real, al formar parte de la recién creada Guardia Cívica republicana, engrosando con su cuerpo una elemental barrera humana, que circunvaló el palacio, “armados” con un simple brazalete con los colores de la bandera republicana, en evitación de que las enfervorizadas masas populares lo asaltasen y se llegara a mayores. Palacio en el cual había quedado abandonada el resto de la familia real, al haber huido en solitario el rey, dejando en él a su suerte a su esposa y a su larga prole formada tres infantas y cuatro infantes.

Dicha Guardia tomo forma sobre las diez de la noche por orden del gobernador civil Eduardo Ortega y Gasset, y con ella se decidió acordonar el palacio a la altura de los jardines de la Plaza de Oriente, logrando que las multitudes no sobrepasaran las vallas del palacio, algún testigo relató después que la reina se asustó mucho, ante el ronco sonido de los fuertes golpes dados sobre las vallas del recinto por la multitud, recordándole posiblemente el destino corrido por la familia Románov en 1917.

El diario personal de Marroquín

Juan Luís Marroquín 1936. Procedencia Imagen, Archivo del autor

“Hoy, día 14 de abril de 1931, al salir del trabajo, me he encontrado con una avalancha de gente vitoreando a la República, que a la par que cantaba y bailaba, se encaminaba en dirección a la Puerta del Sol, donde, al estar ya la plaza rebosante de público, no cabía ni un alfiler.

El pueblo al llegar allí, directamente, y sin más protocolos o sin necesidad de una transmisión de poderes, ha decidido de forma unánime proclamar la II República Española. Pero habrá que reconocer que de la forma más pacífica y alegre que se recuerda en nuestro país. Mientras esto sucedía, el Consejo del gobierno monárquico en pleno se encontraba reunido en el Ministerio de la Gobernación, analizando aquellos acontecimientos.

Cuando han sido sorprendidos por los gritos de la multitud, los miembros del Consejo han optado, cobardemente, por huir por la puerta trasera, escabulléndose y marchando a sus casas, pasando totalmente desapercibidos y sin ser molestados por las masas revolucionarias. Antes habían cerrado todas las puertas del Ministerio, ante el temor de ser linchados por la multitud.

Otra multitud se ha dirigido a la Cárcel Modelo donde estaba recluido el Comité de la República. Que liberado, ha sido llevado en volandas hasta la Puerta del Sol, en cuyo balcón principal se ha procedido a izar una bandera, con los colores rojo, amarillo y morado: los republicanos.

De esta manera tan sencilla ha nacido la República. Sin sangre o sin alteraciones del orden público de ningún tipo.

El general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, se ha apresurado a reconocer y acatar al nuevo régimen. El rey, dicen, que se ha mostrado muy caballeroso, al no querer seguir los consejos que le daban, para que declarara de inmediato el Estado de Guerra en España o marchándose sin demora al destierro hoy mismo, aunque dejando cobardemente atrás a su familia.

Yo mismo he presenciado todos estos acontecimientos, mientras me encontraba encaramado en el techo de la estación del Metro – que está en el centro de la plaza- estando a punto de caer sobre las cabezas de los que estaban debajo, al amenazar la techumbre con venirse abajo por el peso de los que allí estábamos subidos. Los techos de los tranvías, los automóviles, los postes del alumbrado, los salientes de los edificios o los balcones, todo, rebosaban de gente.

Por las calles adyacentes han pretendido entrar en la plaza otra multitud de personas portando improvisadas banderas republicanas, siendo tal el ahogo y las apreturas que se han ocasionado, al no poder entrar y pugnar aquellas masas por hacerlo, que muchas personas han tenido que ser conducidas de urgencia a los hospitales en ambulancia, al quedar magulladas o pisoteadas por la multitud.

Algunos grupos sueltos se han encaminado al Palacio Real, pretendiendo entrar en él, sabiendo de antemano que el rey se encontraba dentro con toda su familia, con los aristócratas o con los ministros. La guardia real, prudentemente, se había retirado y no había prevista ninguna prevención policial.

Yo, que siempre he sido muy curioso, me he bajado de mis altares mezclándome con uno de aquellos grupos. Al poco rato, sin pedirlo ni pensarlo, me he encontrado investido de Guardián de la República, fuerza que se ha improvisado espontáneamente entre el público para intentar mantener a raya el orden.

Uno de aquellos jefes improvisados, me ha enrollado en el brazo izquierdo un brazalete con los colores republicanos. Después, hemos formado, con los brazos enlazados, un cordón de contención que ha detenido a las enfurecidas masas, en su intento por asaltar el Palacio Real. Queríamos que todo terminara como había empezado, en perfecto orden. Cosa que hemos conseguido al final, pero con mucho trabajo.”

…”Hoy me he enterado que también el mismo día de la proclamación de la República, un grupo de sordomudos unido a otro de oyentes, nuestra asociación está junto a la plaza, derribaron la estatua de Isabel II con unas cuerdas y la arrastraron por la calle Arenal hasta la Puerta del Sol, donde los guardias no les permitieron que continuasen. La maltratada estatua ha sido depositada en los almacenes de la Villa de Madrid.

Historia a anterior que tiene como testigo a una persona sorda, Marroquín, en la que se muestra a las claras la cobardía del rey Alfonso XIII al huir de noche de su palacio, dejando en manos del pueblo revolucionario el destino de su propia familia, o que los revolucionarios, y entre ellos el propio Marroquín, tuvieron a bien salvaguardar la piel de aquella familia, hasta la partida definitiva de la reina y todos los infantes, vía férrea y en dirección a Hendaya el día 15, embarcando todos ellos en el vagón real en la estación de El Escorial.

El caso del Conde de Barcelona

Juan de Borbón 1936. Procedencia imagen, Internet: Twitter, archivos de la historia.

Como no podía ser de otro modo, los borbones exiliados miraron con muy buenos ojos el alzamiento militar contra la República, que se produjo el 18 de julio de 1936. De hecho hacía tan solo cinco años que Alfonso XIII había tenido que publicar en ABC su carta de abdicación, con motivo de los adversos resultados electorales sufridos en las municipales del 14 de abril de 1931. Por lo mismo su apresurada salida por Cartagena había dejado hondas cicatrices en la familia real, por lo que vieron en aquel nuevo golpe de estado, uno más, su gran oportunidad para poder recobrar sus fueros, convencidos de que la corona les correspondía a su familia por derecho divino.

Para más inri, la juventud y el ímpetu de Juan de Borbón y Battenberg, el tercero de los hijos varones de Alfonso XIII, que contaba tan solo 23 años, hicieron que éste en 1936 no tuviera la paciencia necesaria para esperar el desenlace de la recién iniciada contienda y por ello decidió unirse al bando rebelde para luchar contra el gobierno democrático de la II República que les había mandado al exilio.

De hecho, desde el comienzo de la guerra, al igual que lo hizo su padre, Juan de Borbón venía demostrado grandes simpatías por los rebeldes. Gentes próximas afirman que el mismo 18 de julio, el infante ya andaba preguntando cómo poder entrar en España, pidiendo incluso permiso a su progenitor, en su caso el rey Alfonso XIII, para alistarse en el ejército golpista. Alfonso XIII, muy satisfecho por la decisión de su hijo, exclamó: «Me alegro de todo corazón. ¡Ve, hijo mío, y que Dios te ayude!».

De tratar de buscar una explicación racional a aquella aventura juvenil de Juan de Borbón, habrá que recordar que aunque el personaje con el tiempo se convertiría en heredero de la corona española en enero de 1941, en 1936 sus posibilidades de heredar eran mínimas, por no decir nulas, y por tanto en aquel entonces el personaje era lo que en aquel tiempo se calificaba de vulgar segundón. Hecho que da para poder imaginar que su interés en aquella aventura pudo ser el simple afán de destacar en algo, ante los ojos de su familia, visto el futuro anodino que el destino le deparaba.

Pero después, por renuncia de sus hermanos mayores -uno a causa de un matrimonio morganático y el otro por ser sordomudo- y con la abdicación de su padre harían de él un heredero que nunca llego llegaría a disfrutar de la corona de España, salvo el día en que fue enterrado en el Monasterio de El Escorial en 1993, en el panteón real y con honores de rey.

Según cuentan diversos autores, la entrada de Juan de Borbón en España tuvo lugar el 1 de agosto de 1936, pero eso sí, bajo el nombre supuesto de Juan López, personaje que alegó su intención de unirse al bando rebelde. Cruce de frontera que se produjo por el paso de Dantxarinea (Baztan), el único paso fronterizo abierto con Francia existente en aquel momento en la zona golpista. Al personaje le daban escolta un pequeño séquito de monárquicos, entre otros, Juan Claudio Güell y Churruca conde de Ruiseñada, un conocido empresario catalán que con el franquismo ocupara importantes cargos públicos y privados, y el infante José Eugenio de Baviera y Borbón, militar de carrera y profesor de la Escuela Politécnica de Madrid.

El compromiso con el bando sublevado del abuelo del actual rey, en aquel momento el supuesto Juan López, quedó patente cuando al llegar a Pamplona, se vistió con un vulgar mono azul adornado con un brazalete con los colores de la bandera roja y gualda. Mientras que en su pecho, lucía el símbolo de Falange; y en la cabeza, una boina carlista, símbolo último poco coherente con su naturaleza real, al lucir en la cabeza el distintivo de sus ancestrales enemigos los carlistas. Pero de creer a algunos testimonios Juan de Borbón parecía tener una especial debilidad por las ideas falangistas, partido hasta aquel momento conformado por muchos señoritos.

En aquellos momentos la idea que llevaba aquel insólito voluntario, era la de unirse a la columna del coronel García Escámez que luchaba en el puerto de Somosierra, y combatir en ella a sus súbditos republicanos. Pero no habían llegado a Burgos, él y los que le acompañaban, cuando llegó a los oídos del general Mola, jefe en el aquel momento de los sublevados, las noticias de sus belicosas intenciones.

Al momento, Mola mandó un destacamento en su búsqueda con la fulminante orden de devolverlo a la frontera por donde había entrado, «por las buenas o por las malas» (sic), bajo la amenaza de que si regresaba «sería fusilado con todos los honores que a su elevado rango corresponda» muestra del “cariño” que Mola sentía por el personaje. De paso Mola lanzó otro aviso para navegantes: «Díganle a esos imbéciles que han acompañado al príncipe que no les hice matar de milagro».

La carta a Franco de Juan de Borbón

Aquel fallido intento del padre del rey Juan Carlos de participar en la guerra civil no le hizo perder la idea de volver a intentarlo. Fue por ello que existió un segundo intento, en su caso mucho más formal que el anterior. Así el 7 de diciembre de 1937 Juan de Borbón mandó una carta al propio Franco solicitándole sentar plaza como marino en el Crucero Baleares, demostrado así el servilismo de la corona con Franco en una carta que decía así:

“Excmo. Sr. General

Don Francisco Franco.

Mí respetado General: En forma tal vez impremeditada, cuando la guerra de España tenía sólo el carácter de una lucha interna, he intentado tomar parte en ella. Aunque me impulsaban sentimientos bien ajenos a la política, comprendo y respeto las razones que entonces movieron a las autoridades militares a impedir mi incorporación a las tropas.

Actualmente, la lucha parece tomar, cada vez más, aspecto de una guerra contra enemigos exteriores, guerra en la que todos los buenos españoles de mi edad habrán podido hallar un puesto de combate. El deseo de hallarlo yo también, y en forma que aleje toda suspicacia, me mueve a someter a la benévola atención de V.E. mi aspiración.

Según noticias de prensa, se hallará pronto listo para hacerse a la mar el crucero Baleares, en el que podría prestar algún servicio útil, ya que he realizado mis estudios en la Escuela Naval Británica, he navegado dos años y medio en el crucero Enterprise de la cuarta Escuadra, he seguido luego un curso especial de artillería en el acorazado Iron Duke, y por último, antes de abandonar la Marina inglesa con la graduación de teniente de navío estuve tres meses en el destructor Winchester.

Yo me incorporaría directamente al buque, me abstendría en absoluto de desembarcar en puerto alguno español, y desde luego le empeño mi palabra de que no recibiría ni aun a mis amigos personales. Yo no sé, mi General, si al escribirle así infrinjo las normas protocolarias con que es normal dirigirse a un jefe de Estado. Le ruego, en todo caso, disculpe el que confíe a su corazón de soldado este anhelo mío de servir a España al lado de mis compañeros.

Con mis votos más fervientes porque Dios le ayude en la noble empresa de salvar a España, le ruego acepte el testimonio del respeto con que se reitera a sus órdenes y muy afectuosamente e.s.m., Rubricado: Juan de Borbón

La respuesta de Franco llegó tres semanas después: «No me es posible seguir los dictados de mi corazón de soldado aceptando vuestro ofrecimiento». Pero cosas del destino, de haber aceptado Franco aquel ofrecimiento de Juan de Borbón, posiblemente el voluntario real habría perdido la vida, al igual que la perdieron varios de sus compañeros de promoción, cuando la noche del 5 de marzo de 1938 el crucero Baleares fue hundido torpedeado por la armada republicana en la batalla de cabo de Palos, muriendo 786 tripulantes. Lo que hubiera significado que un infante había muerto “mártir” por la causa de Franco, y el rey Alfonso XIII, hubiera quedado falto de sucesores, al haber acontecido la historia tal como aconteció, con el apartamiento de la corona de los otros dos hermanos.

Después de aquel nuevo desplante, Juan de Borbón siguió manteniendo con Franco una línea de comunicación. Así el día 26 de enero de 1939, momento en que el ejército franquista ocupó Barcelona, al príncipe le falto el tiempo para felicitar a Franco mediante un telegrama: «Felicito de corazón a V.E. con el orgullo de ser español por el victorioso remate tan ejemplar que redime para España queridas provincias catalanas. Con la emoción que siento ante el heroísmo invencible ejército, Generales y Mando Supremo le saluda afectuosamente».

Similar actitud se repitió de nuevo al producirse el final de la guerra, en su caso favorable a los franquistas, momento que Juan de Borbón remitió otro nuevo telegrama muy expresivo: «Uno mi voz nuevamente a la de tantos españoles para felicitar entusiasta y emocionadamente a V.E. por la liberación de la capital de España. La sangre generosa derramada por su mejor juventud será prenda segura del glorioso porvenir de España, Una, Grande y Libre. ¡Arriba España!».

Por su parte Franco, esta vez sí respondió con un poco menos desinterés que en las ocasiones anteriores: «Al recibir vuestro emocionado telegrama por la gran victoria nacional, me es grato recordar que entre esa juventud admirable, tan pródiga en el sacrificio, habéis intentado formar, solicitando reiteradamente un puesto de soldado. Por ello será realidad la España Una, Grande y Libre que evocáis. ¡Arriba España!»

El servilismo continúa

Pero el ejemplo del príncipe, en sus halagos a Franco, no fue menor que el de su padre, ya que la alegría con la que la familia real española recibió el golpe de estado de Franco se alargó hasta los últimos días de la Guerra Civil. Por ello, El 9 de abril de 1939, Alfonso XIII envió un telegrama al “Caudillo” poniéndose a su disposición: “A sus órdenes, como siempre, para cooperar en lo que de mí dependa a esta difícil tarea, seguro de que triunfará y de que llevará a España hasta el final por el camino de la gloria y de la grandeza que todos anhelamos”.

Otro hecho también evidente es que Juan de Borbón apoyó al régimen franquista desde sus primeros años, por otra parte un hecho muy coherente con sus convicciones políticas, pues durante la II República ya había mantenido estrechas relaciones con conocidos políticos de la derecha, en su caso con gente de Acción Española, uno de cuyos fundadores, Eugenio Vegas, fue su consejero durante muchos años. Conocido conspirador antirrepublicano llegó a afirmar que “la violencia es consecuencia forzosa de toda creencia firme”

Por otra parte aquella identificación de Juan de Borbón con los vencedores volvió a poner de manifiesto en enero de 1941, al aparecer con motivo de la aceptación de la corona tras la abdicación de su padre el rey en una ceremonia celebrada en Roma, en la que el Conde de Barcelona hizo referencia a la guerra civil como “ésta Gran Cruzada Nacional” referencia que volvió a repetirse durante el acto religioso celebrado también en Roma el 1 de marzo de 1942 con motivo de la conmemoración del primer aniversario de la muerte de su padre Alfonso XIII, durante el cual pronunció un discurso muy cercano a los principios políticos e ideológicos del franquismo .

Por si quedaban dudas sobre sus simpatías por el fascismo, a principios de 1941 el mismo Juan de Borbón, sin ningún tipo de escrúpulo buscó el apoyo de la Alemania nazi para conseguir la restauración de la monarquía en España. En abril de aquel mismo año un representante suyo viajó a Berlín con la intención de establecer un enlace directo con el ministerio de asuntos exteriores alemán, pero el representante alemán le contestó que Alemania no estaba interesada en aquella propuesta.

A pesar de aquel rotundo fracaso, los contactos de Juan de Borbón con la Alemania nazi prosiguieron en los siguientes meses después, momento en que el embajador alemán en Madrid informó a su gobierno que Juan de Borbón “se ha declarado categóricamente a favor de Alemania” y que “sean cuales sean las circunstancias, no consentirá en acceder al trono con la ayuda de los ingleses”, es decir, que para los nazis era uno más de los suyos.

Juego político por ambas partes

Por otra parte durante los años siguientes Juan de Borbón mantuvo una abundante correspondencia con Franco, pero que al final no condujo a nada. De ahí que el conde de Barcelona acabara por romper con el régimen franquista, por mediación del llamado Manifiesto de Lausanne en 1945, en el cual denunciaba la naturaleza totalitaria del franquismo y pedía que se diese paso a una restauración monárquica en España.

Franco le devolvió la jugada haciendo pública La Ley de Sucesión a la jefatura del Estado que fue promulgada en 1947, en la cual proclamaba el reino de España y dejaba claro que sería él mismo quien nombraría al monarca «cuando lo considere conveniente». Antes de su publicación, don Juan ya había sido informado por mediación de Carrero Blanco, ministro y redactor de la Ley, que sería ´Rey de España, “pero de la España del Movimiento Nacional, católica, anticomunista y antiliberal´.

Don Juan denunció, a través del llamado Manifiesto de Estoril, la ilegalidad de la Ley de Sucesión, que según su criterio se proponía alterar la naturaleza de la monarquía sin haber consultado antes con el heredero del trono. Y entre estos tiras y aflojas no fue hasta 1948, que no tuvo lugar la primera entrevista personal entre Juan de Borbón y Franco. Reunión que tuvo lugar a bordo del yate Azor.

Momento en que el heredero monárquico propuso a Franco que sus hijos Alfonso y Juan Carlos fueran educados en España. Franco aceptó y tres meses después Juan Carlos pisó por primera vez tierra española siendo informado de que su educación estaría a cargo de un grupo de profesores de firme lealtad al Movimiento, entre ellos el abad mitrado del Valles de los Caídos, Justo Pérez de Urbel. En otoño de 1950 le seguirá su hermano Alfonso, que fallecerá de forma fortuita en Estoril en 1956, al jugar con un revolver junto con su hermano Juan Carlos, en una historia todavía poco aclarada.

El final del franquismo

En éste punto concreto renunciamos a seguir relatando el resto de una historia harto conocida, desde el momento mismo en que el 12 de julio de 1969, Franco comunicó a Juan Carlos su decisión de nombrarle su sucesor, haciéndole llegar a Juan de Borbón una sucinta carta en la que le informaba de sus intenciones, El día 23, el joven príncipe, en ceremonia solemne, juró ante las Cortes franquistas la Ley de Principios del Movimiento Nacional y las Leyes Fundamentales del Reino, lo que representaba que la corona daba carta de naturaleza al andamiaje jurídico del franquismo.

A raíz de tales acontecimientos, padre e hijo estarían distanciados durante algunos años, pues Juan de Borbón, se sentía traicionado por su propio hijo, y por ello se negaba a cederle los derechos dinásticos que le había entregado su padre Alfonso XIII, cesión que no se producirá hasta mayo de 1977.

Y para entonces, Juan Carlos ya había sido proclamado Juan Carlos I, rey de España, según lo dispuesto por el general Franco, dado que Juan Carlos ya reinaba como sucesor del dictador desde el 22 de noviembre de 1975, con la conveniente y necesaria bendición de las Cortes franquistas, y después nos extrañamos del 23 F.

Conclusión

A la vista de la trayectoria tanto de Alfonso XIII, que se cerró con el abandono de su propia familia en el palacio real, dejándola expuesta a la voluntad de las masas, como de la de Juan de Borbón, en su caso más escandaloso que el de su progenitor, dado que todas sus iniciativas estuvieron encaminadas a perjudicar al pueblo, como fueron el quererse apuntar como voluntario para luchar contra los propios españoles en el que después sería el bando franquista, en aquellos días una banda de militares traidores a su juramento, enfrentados con las armas al pueblo español, mayoritariamente republicano.

Más tarde, el mismo personaje, resultó ser un ferviente seguidor de las “glorias” bélicas de Franco, al que felicitó reiteradamente por sus victorias sobre el martirizado pueblo español, su propio pueblo en versión monárquica, gracias a la ayuda de las bombas fascistas italianas o alemanas, potencias fascistas ambas a las que el pretendiente nunca denunció por sus crímenes de lesa humanidad en su propia España.

Sin olvidar que además, en su desmedido afán por recuperar la corona española, pidió al propio Hitler su apoyo, mientras que miles de españoles luchaban junto a la resistencia francesa o morían de forma miserable, primero en los campos franceses de refugiados y después en los campos de exterminio nazis.

Ensalzador impertérrito de los principios del Movimiento Nacional franquista en las esferas internacionales, y a su vez padre amoroso que no dudó en entregar a sus propios hijos a manos del último dictador fascista de Europa, con tal de conseguir su objetivo. Antecedentes todos ellos que en ambos casos son un buen ejemplo de las viejas raíces de las que se nutre la monarquía que dice representar a todos los españoles, pero sin haber pedido nunca permiso a sus hipotéticos súbditos, para poder ostentar de forma legítima dicha representación.

Alfredo González- Ruibal, El secuestro de la historia, Público 26-10-2021.

Miguel Maura, Así cayó Alfonso XIII… México, 1962, p.177-178

A. Gascón Ricao (2004), Memorias de Juan Luis Marroquín, la lucha por el derecho de los sordos, Madrid, Editorial universitaria Ramón Areces, Colección «Por más señas», p.53-55.

La carta en cuestión se conserva en la Fundación Francisco Franco.


Fuente → serhistorico.net

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