Proyecto Faq Los ingenieros del terror franquista

lunes, 25 de octubre de 2021

Los ingenieros del terror franquista

Paul Preston biografía en “Arquitectos del Terror” (Debate) seis perfiles fundamentales en el camino hacia la Guerra Civil

Los ingenieros del terror franquista
Fèlix Badia
 
En ocasiones, el general Emilio Mola jugaba en su despacho con una ametralladora que le habían regalado y alguna vez había hecho rodar por el suelo una granada de imitación. Era aficionado a construir juguetes de madera e incluso llegó a publicar un manual de ajedrez, un juego que, por cierto, no dominaba. Pero de Mola, un hombre clave en la sublevación militar de 1936, también destaca “el entusiasmo con el que supervisó el asesinato de decenas de miles de civiles como jefe del Ejército del Norte”, según explica el hispanista Paul Preston en su último libro Arquitectos del Terror (Debate).

Los generales rebeldes Manuel Goded (segundo por la dcha.) y Fernández Burriel (tercero), juzgados en Barcelona por liderar la sublevación en la Ciudad Condal.

Este tipo de contrastes son comunes en las seis personas que Preston biografía en este libro y que fueron fundamentales en el camino hacia el levantamiento militar y la guerra. Fundamentales porque una parte de ellos armó el aparato intelectual, el argumentario y la propaganda contra la República, y en especial la célebre idea del contubernio judeomasónico bolchevique. Se trata del policía Julián Mauricio Carlavilla, espía y propagandista; el padre Juan Tusquets, autor propiamente de la tesis del contubernio; el poeta y dramaturgo José María Pemán; y el aristócrata Gonzalo de Aguilera, enlace de los sublevados con la prensa extranjera. Y otros despuntan, porque dirigieron ofensivas militares influenciados por la doctrina de algunos de los anteriores: Mola en el norte y Gonzalo Queipo de Llano, en el sur.

“No soy psiquiatra, pero se puede decir que no hay figura en el libro que estuviera en sus cabales”, afirma Preston

¿Qué unía a todos ellos? “No soy psiquiatra –explica Preston a La Vanguardia-, pero, quizás con la excepción de Pemán, se puede decir que no hay figura en este libro que estuviera en sus cabales”. En caso contrario, resulta difícil explicar por qué incluso ellos mismos creyeron su propaganda, basada, sobre todo, en el contubernio.

Según explica el historiador, “el contubernio, en realidad, no existía. Era una excusa para manchar lo que ya se odiaba de antemano”, es decir, la República y los cambios políticos y sociales que trajo consigo. “Intelectualmente, dicho entre comillas porque hay poco de intelectual en ello, quizás el origen se encuentra en la patraña de Los protocolos de los sabios de Sion inventada por la Rusia zarista, que defiende que los judíos controlan el mundo”, añade.

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El historiador británico Paul Preston  Xavier Cervera

A pesar de su falsedad, los Protocolos tuvieron una gran acogida en toda Europa, aunque en España la leyenda, al unirla a la conspiración masónica, adquirió unos tintes marcadamente autóctonos. “La presencia de judíos en España era mínima, unos 6.000, de los cuales la mitad eran refugiados alemanes; los masones no eran más de 8.000, desde luego muchos menos de los 80.000 contabilizados por el propagandista Juan Tusquets”.

Pero una parte de la población estaba ciertamente predispuesta a creer ese relato, porque tanto los libros de Mauricio Carlavilla como los de Tusquets, escritos en los años 30, vendieron decenas de miles de ejemplares que vistos desde hoy entran en el terreno de la paranoia. En realidad, el trabajo de Preston analiza el uso del lenguaje y cómo una determinada retórica sirvió para deshumanizar al adversario, paso previo para los crímenes perpetrados sobre la población civil. Ese uso del lenguaje, por cierto, preocupa al historiador también respecto a nuestros tiempos, cuando ve repetirse algunos gestos y discursos del pasado en un contexto de polarización que se está produciendo en todo Occidente.

Varios teóricos del contubernio judío y masónico crearon el andamiaje intelectual para la represión

En la España de los años 20 y 30, entre esa parte de la población predispuesta se encontraban también muchos miembros de la cúpula militar, muchos de ellos curtidos en la extrema crueldad de la guerra de Marruecos y que en la academia habían oído repetidamente la idea de que la pérdida del imperio español se debía a una conspiración de la masonería británica. Entre los miembros del alto mando influenciables por ese corpus teórico se encontraba el mismo Franco.

Los réditos obtenidos por estas personas –salvo Mola, muerto en accidente de aviación en 1937- fueron en muchas ocasiones económicos, sea por los cuantiosos ingresos obtenidos a partir de las decenas de miles de libros vendidos o bien por la influencia y las corruptelas gracias a su acceso al poder. Respecto al legado, una buena parte de ellos, como el padre Tusquets o Pemán, habían intentado y en gran parte conseguido blanquear su pasado. En 1975, solo Franco y unos pocos ondeaban todavía la bandera del contubernio judeomasónico.

Lo que en los años 30 podía parecer más o menos lógico para algunos, en los 50 y los 60 ya no lo era tanto. Ni, por supuesto, lo es hoy. “Después de más de 50 años investigando este tema, no entiendo la cadena de causa y efecto, el mecanismo de pensamiento. Me cuesta creer que alguien lea todos esos libros y a continuación piense en que hay que masacrar al campesinado andaluz”.

Ficha de Mauricio Carlavilla del ministerio del Interior (1940)

Ficha de Mauricio Carlavilla del ministerio del Interior (1940) Archivo General del Ministerio del Interior

Seis nombres clave 1

Mauricio Carlavilla, policía y agitador. Julián Mauricio Carlavilla (1896-1982), que firmaba algunos de sus libros con el pseudónimo de Mauricio Karl, fue un policía, escritor y conspirador, que durante los años 20 y 30 se infiltró en organizaciones de izquierdas pero también en la Falange. Preston cuenta que sus obras, que se vendieron en tiradas de decenas de miles de ejemplares y que ejercieron una gran influencia en su momento, supuraban a partes iguales un ideario radicalmente ultraderechista y abiertamente conspiranoico, como cuando explicó que Miguel Primo de Rivera, que en realidad había muerto por causas naturales, había sido asesinado por un masón judío. De entre sus obras, una de las que tuvo más éxito, escrita ya en los años 50, fue Sodomitas, que explicaba la supuesta relación entre comunismo y sodomía. En aquella época redactó también informes para Carrero Blanco que probablemente llegaron al mismo Franco.

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Joan Tusquets, padre de la conspiranoia. El sacerdote Joan Tusquets (1901-1998), de familia catalanista conservadora y en su juventud también ferviente catalanista, se lanzó en los años 30 y sobre todo durante la guerra a un todavía más ferviente anticatalanismo. Sus libros, de los que en algunos casos llegaron a venderse 100.000 ejemplares, difundieron los Protocolos de los Sabios de Sion y se le considera el padre de la idea de que la República era fruto de un pacto entre judíos y masones que había que destruir a toda costa. Tusquets reunió un enorme fichero con los supuestos miembros de las logias masónicas que luego sería utilizado en la represión franquista. Preston señala que “hoy, en círculos conservadores, tiene buena fama como hombre religioso, como un buenazo, pero las cosas que hizo en la guerra fueron terribles. Consiguió blanquear su pasado y llegó a afirmar que ‘jo sempre he estat catalanista’”.

Gonzalo de Aguilera, en Talavera en 1936

Gonzalo de Aguilera, en Talavera en 1936 © Archivo Histórico de la Universidad de Salamanca

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Gonzalo de Aguilera, excesos verbales en el frente. Cuenta Preston que, en una ocasión, el aristócrata Gonzalo de Aguilera (1886-1965) se jactó ante unos extranjeros de que el día en que estalló la Guerra Civil había hecho que los trabajadores de sus tierras se pusieran en fila, eligió a seis de ellos y los mató para escarmiento de los demás. Seguramente la anécdota no era cierta, pero sí muestra el espíritu de Aguilera, cuya misión durante el conflicto fue, ni más ni menos, que ejercer como enlace con los corresponsales de la prensa extranjera, pese a lo cual no perdía ocasión para incorporarse a los combates. Conocido por sus excesos verbales, su crueldad y por haber amenazado a algún periodista con fusilarlo, el historiador destaca que una de sus tesis favoritas era que el alcantarillado moderno era la causa de la guerra, porque había permitido mejores condiciones para las clases populares, un incremento de su esperanza de vida y un aumento de su peso demográfico. Falleció en un sanatorio mental donde había sido ingresado tras asesinar a sus hijos.

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José María Pemán, poeta y teórico de la ultraderecha. “El caso más flagrante de blanqueo de su pasado es el de José María Pemán (1897-1981)”, señala Preston, que añade que “todo el mundo ve en él un moderado monárquico, pero, en realidad esa imagen es falsa”. En su opinión, “sus discursos y escritos entre mediados de los años veinte y mediados de los treinta contribuyeron enormemente a la ruptura de la convivencia política que fue el preludio de la contienda bélica. Sus virulentas campañas de propaganda durante la guerra alentaron y justificaron la salvaje represión desatada por las fuerzas franquistas”. Padre del concepto de la “anti-España”, que luego fue utilizado para justificar la guerra, defendía el lema de “votemos para dejar de votar algún día”. En un discurso pronunciado después del alzamiento se alegró del fracaso del golpe militar, porque habría sido una forma demasiado fácil de salvar España. Décadas después había limpiado su pasado: en 1970 defendía públicamente la lengua catalana, lejos de su anticatalanismo de cuatro décadas antes.

El general Emilio Mola,

El general Emilio Mola, "el Director" de la conspiración, hacia 1930. Dominio público

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Emilio Mola, el militar que pudo haber hecho sombra a Franco. Según Preston, Emilio Mola (1887-1937) es responsable del asesinato de 40.000 civiles en la zona que controló durante la guerra. Muy influido por las tesis conspiracionistas de los autores de ultraderecha, la mezcla de estas ideas con los años de extrema crueldad de la guerra de Marruecos hizo que importara esa forma de violencia a la contienda española. Mola fue el arquitecto de la estrategia del golpe de julio de 1936 señalando en sus instrucciones que “la acción ha de ser en extremo violenta”; su primera decisión fue ejecutar a su propio chófer, de ideas izquierdistas. La carnicería promovida por él fue tal que se calcula que en Navarra una de cada diez personas que habían votado al Frente Popular fueron ejecutadas. “Su estupidez –explica Preston- fue tal que cuando los nacionales estaban a punto de tomar el País Vasco y, por tanto, podrían disponer de su industria, Mola se empeñó en destruirla”. Murió en accidente de aviación en 1937, lo que dejó el camino libre a Franco.

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Gonzalo Queipo de Llano, violencia oral y real. Gonzalo Queipo de Llano (1875-1951) es conocido por sus arengas radiofónicas nocturnas y porque “bajo su autoridad, más de 45.000 personas fueron asesinadas en el sur de España”, escribe Preston. Sus locuciones eran un relato de las escalofriantes atrocidades que supuestamente ocurrían en zona republicana y constituyen lo que se ha calificado como “pornografía de la violencia”. Pero, según el historiador, eran totalmente inversosímiles, “más reveladoras de su propia psicopatología que de cualquier realidad”. Sin embargo, estos discursos habrían tenido un gran impacto en la violencia desencadenada contra los izquierdistas que se encontraban en la zona nacional y la represión que se producía a medida que las tropas nacionales iban conquistando más territorio. Su relación con Franco fue complicada hasta el punto que este no se presentó en su funeral.


Fuente → lavanguardia.com

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