Proyecto Faq Guerrilleros en el olvido

jueves, 5 de agosto de 2021

Guerrilleros en el olvido

 
De los siete mil quinientos guerrilleros que lucharon contra Franco tras el final de la Guerra Civil viven algo más de cuarenta. En Francia o en Italia serían héroes nacionales pero en España figuran todavía en muchos documentos públicos como bandoleros. Desde el olvido de la historia oficial tratan de que se reconozca su defensa de la democracia. Su memoria es un patrimonio que no se debería perder.
 
Guerrilleros en el olvido
Emilio Silva

José Murillo pisó el suelo de una calle de Burgos y a su espalda se cerró la puerta de la cárcel. Se sentía extraño. Siendo un chaval se despidió de su madre y de sus hermanos para echarse al monte junto a su padre y evitar así una detención de la guardia civil que habría puesto sus vidas en peligro. Siendo un hombre recuperaba la libertad. Nueve años como guerrillero, catorce como preso político, dos condenas de muerte y cinco balas que nadie pudo extraerle del hombro derecho eran todo su patrimonio. La vida recomenzaba a los cuarenta años para el conocido como comandante Ríos.


La victoria de Franco en la Guerra Civil convirtió en ilegales a decenas de miles de españoles que habían luchado con el ejército republicano y simpatizado o pertenecido a partidos políticos de izquierda. Cerca de medio millón de personas huyeron del país para salvarse y poder seguir viviendo en libertad. Otros trataron de recomponer sus vidas ocultando su pasado, se adaptaron a la nueva realidad y sobrevivieron bajo la dictadura. Unos cuantos tuvieron que echarse al monte para salvar la vida. Una vez allí formaron pequeños grupos dispersos que a mediados de los años cuarenta se organizaron en agrupaciones de guerrilleros.

Había cumplido diecisiete años José Murillo cuando un familiar falangista avisó a su padre de que se escapara para salvar la vida. También le dijo que se llevara a su hijo mayor para que no tomaran represalias con él. La vida se había complicado para ellos en el Viso de los Pedroches, el pequeño pueblo cordobés donde la familia Murillo vivía de las labores del campo y la ganadería. “Nos despedimos de la familia y subimos a la sierra. Tuvimos suerte porque al día siguiente nos dio el alto un grupo de hombres. Nos preguntaron qué hacíamos por ahí y después de que mi padre les contara su historia nos permitieron unirnos a ellos”. Murillo recuerda su juventud guerrillera sin nostalgia, como un hecho que simplemente no pudo ser de otra manera. “A mi padre lo andaban persiguiendo porque había sido simpatizante de la UGT y visitaba la casa del pueblo durante la república. Si no nos avisan de que nos escapáramos no lo habríamos contado. Con esas cosas no se podía jugar porque no se andaban con chiquitas; a mi madre la encarcelaron cinco años con una niña de dos meses como represalia por no habernos capturado a nosotros”.

Corría el año 1941 y en los montes de Sierra Morena actuaban varios grupos de guerrilleros. “Al principio fue muy duro acostumbrarnos a aquella vida. Dedicábamos la mayor parte de tiempo a tratar de sobrevivir; obteniendo comida y esquivando las batidas de la guardia civil. Teníamos que cambiar nuestros campamentos constantemente para evitar ser descubiertos. Nos movíamos por la zona que delimita Córdoba y Badajoz. Pasábamos el invierno en grandes chozas, reunidos con otros grupos con los que teníamos cierta confianza. Nunca decíamos nuestros verdaderos nombres, ni de dónde veníamos, para proteger a nuestra familia”.

La vida de los guerrilleros era diferente dependiendo de las época y de las zonas de España donde actuaran. Para algunos su trabajo consistía meramente en resistir, conseguir alimentos y no caer en manos de la guardia civil. Había zonas donde realizaban labores de sabotaje. Por ejemplo en León, donde las minas de wolframio abastecnían al ejército alemán. La misión de impedir que el preciado metal de uso bélico llegara a manos de los nazis. Para ello asaltaban trenes o saboteaban puentes. En otras zonas realizaban atracos en los que a veces conseguían grandes cantidades de dinero para su causa. En 1946 en el Banco Español de Crédito de Puertollano, el Gafas y su banda se hicieron con 250.000 pesetas, una pequeña fortuna para la época.

En 1944 los pequeños grupos guerrilleros comenzaron a organizarse en agrupaciones. Murillo fue nombrado jefe de su guerrilla con 22 años. Desde entonces comienzaron a llamarle comandante Ríos, por lo bien que cruzaba de orilla a orilla en las noches de marcha. Una vez que terminó la Segunda Guerra Mundial y el bando aliado no atacó a Franco la guerrilla cayó en el desencanto. Los que pudieron huyeron a Francia, pero ese no fue el caso de Murillo, que tuvo un duro encuentro nocturno con las fuerzas del orden. “Iba con el jefe de otro grupo y con un enlace y nos dieron el alto. Comenzó un tiroteo. Me dieron cinco disparos en el hombro. Tuve suerte de que la guardia llevara fusiles naranjeros, porque disparan balas en un mismo punto. Mis compañeros me vieron caer abatido y pensaron que había muerto”.

Cuando Murillo recuperó la consciencia todo había pasado. “Hice algunas de las señales que teníamos acordadas para reunirnos en la oscuridad, pero nadie contestó. Entonces me arrastré como pude y llegué a una carretera. Salí inmediatamente de ella para no dejar rastros de sangre. Con una manta que llevaba anudada me hice una especie de torniquete. Caminé por una montaña. Buscaba una cabaña donde recordaba que vivía la familia de un pastor. Al final caí en una maraña de zarzas y perdí el conocimiento”. El comandante Ríos tuvo suerte porque la familia del pastor no lo delató. Lo curaron y luego él cambió de identidad y se hizo pasar por pastor durante casi dos años, mientras se recuperaba de sus graves heridas. Pero fue delatado y entró en prisión en 1949.

José Murillo estuvo en las cárceles de Ocaña y Burgos durante catorce años. Cuando salió en libertad había cumplido los cuarenta. Poco después se casó con la hermana de un compañero que tenía identidad falsa. El comandante Ríos había fingido que la hermana de su compañero de celda era la suya. Con ella se había carteado durante cuatro años y al quedar él en libertad les unía una intensa experiencia que han compartido hasta hoy. En los veintitrés años que habían pasado desde que se echó al monte sólo había visto a su madre en una ocasión. “Me enteré de que mi madre había salido de la cárcel y bajé al pueblo. Pasé dos horas con ella y con mis hermanos. Mi padre en cambio fue herido en un enfrentamiento con la policía y detenido. Se ahorcó en su celda en 1944, aunque nunca me he creído la versión de su muerte”. José Murillo pertenece a una generación que lo dio todo soñando con la libertad. Él y su familia, como muchas otras, sufrieron la persecución de sus ideas. Sus años en el monte y en la cárcel le impidieron cotizar a la seguridad social y hoy sobrevive como puede con una pequeña pensión.

La mayoría de los grupos de guerrilleros recibían órdenes de las organizaciones políticas en el exilio; el PCE, el PSOE y la CNT orientaban sus pasos. También desde fuera se organizaron intentos por recuperar la democracia. Por ejemplo el ocurrido en el amanecer del 19 de octubre de 1944. Algo más de 12000 hombres armados, bajo el mando de Vicente López Tobar, entraron por distintos lugares de los Pirineos. La tercera parte de ellos ocupó el Valle de Aran. Su objetivo era provocar un alzamiento popular y vencer al fascismo. Pero principalmente buscaban atraer la atención internacional hacia el problema del franquismo. La operación no funcionó y los miles de hombres retrocedieron. Según los datos oficiales murieron 129 guerrilleros, 214 catorce fueron heridos y 218 hechos prisioneros, de los cuales a una buena parte les fue aplicada la pena de muerte.

Esperanza Martínez, Sole, viajaba a menudo en burro desde Villar del Saz hasta Cuenca. En el bolsillo de su vestido llevaba dinero y la lista de todo lo que tenía que comprar para los guerrilleros que frecuentemente visitaban su casa. “Mi padre era republicano. Recuerdo lo feliz que volvió con mi madre de votar en las elecciones de 1936, las que ganó el Frente Popular. Al terminar la guerra se convirtió en un punto de apoyo de la guerrilla, sin que nosotras lo supiéramos. Pero un día un hombre armado se refugió en nuestra casa y lo descubrimos. Poco a poco fuimos conociendo a más miembros de la guerrilla que nos contaban cómo sería España sin Franco, cómo se acabaría eso de que unos pocos lo tuvieran todo y muchos no tuvieran nada. Me dejaban algunos libros y yo iba aprendiendo cosas que me han marcado para siempre”.

Existía una guerrilla del llano, compuesta por hombres y mujeres que públicamente hacían una vida normal y en sus casas daban cobijo, información y todo tipo de ayuda a los escapados. Según los datos oficiales eran 20.000 las personas que apoyaban directamente a la guerrilla aunque su apoyo real podría ser muy superior. Los enlaces o puntos de apoyo sufrieron la misma represión que los guerrilleros. Su trabajo consistía en mantener a la guerrilla informada de los movimientos de tropas, Muchos de ellos fueron asesinados o sufrieron años de cárcel y de torturas. Las unidades especiales de la guardia civil les tendían trampas constantemente o les arrancaban confesiones bajo la amenaza de capturar a sus familias.

La relación de Esperanza con los guerrilleros que pasaban por su casa tenía una mezcla de ilusión y de aventura. Pero la cosas se complicaron cuando la guardia civil creó unidades especiales de lucha contra la guerrilla. “Comenzaron a detener a gente relacionada con los escapados y nos pusimos en alerta. La policía llamaba a nuestra casa por las noches o venían hombres a vernos disfrazados de mendigos que nos pedían que les ayudáramos a contactar con los guerrilleros, para ver si picábamos. Por suerte teníamos un perro que solamente ladraba cuando llegaba la guardia civil”.

Esperanza tenía 22 años recién cumplidos cuando con su padre y sus dos hermanas pequeñas tuvo que echarse al monte para evitar una detención inminente. “Presentíamos que estaban a punto de venir a por nosotros y nos escapamos. A mis dos hermanas les encontraron dos casas donde las acogieron como si fueran de la familia y yo me quedé con mi padre en el monte. Estuvimos dos años en la guerrilla. La vida que hacíamos era bastante tranquila, no buscábamos enfrentamientos, se trataba de sobrevivir y no ser capturados. Alguna vez pasó la guardia civil a pocos metros de nuestro campamento y no disparamos ni un tiro. Pasábamos el tiempo hablando de política y comentando las noticias que recibíamos a través de los enlaces. Se trataba de conseguir medios para sobrevivir y resistir”.

Eran momentos muy difíciles porque Franco había sobrevivido al final de la guerra mundial y los objetivos del movimiento guerrillero no estaban claros. “Había un profundo debate entre resistir y salir del país. Éramos gente soñadora y yo tenía toda la vida por delante. Así que decidí escaparme a Francia con mi amiga Reme”, recuerda Sole.

Aunque las cifras siempre son aproximadas se cree que murieron cerca de 2500 guerrilleros, entre los enfrentamientos armados y los ejecutados por condena. El resto fueron encarcelados y unos pocos pudieron cruzar la frontera y siguieron luchando en defensa de la democracia desde el exilio. A principios de los años cincuenta se disolvieron las agrupaciones aunque algunos individuos continuaron con su lucha hasta bien avanzada la dictadura. José Castro Veiga, Piloto, fue el último guerrillero que cayó tiroteado por la guardia civil en el año 1965, tres décadas después del final de la guerra.

Uno de los enlaces que colaboraban con el grupo de Esperanza preparó la fuga. En el punto kilométrico acordado y a la hora fijada la esperó un coche que la llevó por Barcelona y la dejó a unos kilómetros de la frontera francesa. Desde allí cruzó por el monte, algo a lo que estaba muy acostumbrada. Esperanza fue acogida por una familia francesa perteneciente al Partido Comunista. “Me había afiliado al PCE estando en la guerrilla. Cuando llegué a Francia, tras mis dos años de guerrilla por la Serranía de Cuenca, el partido me ofreció la posibilidad de seguir colaborando ayudando a otros compañeros escapados a salir de España. Acepté porque esa responsabilidad me parecía un honor”. Esperanza hizo su primer viaje, recogió a un grupo y cruzó la frontera por Navarra. En su segunda incursión fue detenida dentro de un tren en Miranda de Ebro. “Me delató el enlace que me había llevado hasta allí”. Después de pasar por duros interrogatorios (“llegué a desear la muerte”), fue encarcelada. Corría el año 1952. “Llegar a la cárcel supuso para mí una liberación, porque había sufrido muchas agresiones. Me cayeron 46 años de condena”.

En 1967 Sole salió en libertad vigilada. A partir de entonces buscó un trabajo y trató de normalizar su vida sin abandonar su lucha. Fue la primera mujer que contrajo matrimonio civil en Zaragoza, la ciudad en la que vive. “La boda se celebró en la cárcel porque a mi marido le habían condenado a tres años por repartir propaganda de Comisiones Obreras”. En la actualidad conserva intacto su compromiso. Su padre murió el 4 de marzo de 1950, en un tiroteo. “Hace un año que averigüé el sitio exacto donde fue enterrado y el próximo verano quiero poner allí una placa en recuerdo del hombre que fue, luchador por la justicia y la libertad”.

Los guerrilleros españoles siguen metafóricamente echados al monte, en la cordillera del olvido. Habían sido los últimos luchadores antifranquistas y esperaban que la transición democrática reconociera sus méritos, como había pasado con los maquis franceses tras la liberación. Pero no ha sido así. Para René Pérez, responsable de la Unión de Excombatientes Franceses en España, se trata de una injusticia histórica. “A los guerrilleros franceses que lucharon contra el nazismo se les considera héroes nacionales; tienen una pensión especial, veranean en residencias militares, los mutilados reciben asistencia a domicilio y han sido condecorados en repetidas ocasiones”. Podría pensarse que ese reconocimiento está alimentado por el hecho de que en Francia se defendieron de la ocupación nazi y se añadía otro componente; la liberación de su país. Pero no es así. “El mismo reconocimiento y las mismas ventajas y derechos sociales los disfrutan los franceses que formaron parte de las Brigadas Internacionales contra Franco, defendiendo las libertades en otro país. La defensa de la democracia es algo incuestionable más allá de las diferencias políticas entre partidos” afirma este hombre que, con los miembros de su asociación, celebra todos los años en Madrid el aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial.

Francisco Martínez, Quico, es a sus 75 años uno de los guerrilleros más activos en la defensa de un colectivo casi olvidado. “Parece mentira que después de lo que luchamos y sufrimos todavía figuremos en muchos documentos públicos como bandoleros y asaltadores de caminos. Una de las pocas cosas que reivindicamos es que de una vez por todas se reconozca que fuimos defensores de la democracia de la que hoy podemos disfrutar todos los españoles”.

Quico comenzó su colaboración siendo enlace de la guerrilla. En 1947 descubrió a tiempo que estaba a punto de caer en una trampa. Sin pensárselo un segundo corrió hacia el monte antes de que fuera demasiado tarde. “Hasta que tuve que escaparme ayudaba en labores de información o consiguiendo material. Vivíamos en Cabañas Raras, un pueblo del Bierzo leonés y allí mi padre tenía mucha relación con los guerrilleros. Habitualmente venían a casa, cuando la cosa estaba tranquila, cenaban con nosotros y se quedaban a dormir”.

La vida de los guerrilleros en la comarca leonesa del Bierzo era relativamente confortable. “Nosotros dormíamos casi todas las noches bajo techo –recuerda Quico-. Había mucha gente que nos ayudaba y nos daba cobijo y alimento. Nos movíamos en un zona entre las provincias de León, Lugo y Orense. Nuestra labor consistía en mantener vivo el espíritu de la república, difundir nuestra causa y simbolizar para la gente la posibilidad de la esperanza en el fin del franquismo. Lo cierto es que tuvimos mucho apoyo popular, de no ser así no habríamos sobrevivido”.

Quico estuvo cuatro años en el grupo de Manuel Girón, el fundador de la primera Federación de Guerrillas, la de León-Galicia; un guerrillero mítico que fue asesinado por un infiltrado. “En 1951 el movimiento guerrillero estaba en retirada así que tras la muerte de Girón, otros dos compañeros y yo decidimos escapar a Francia. Un enlace nos compró tres buenos trajes y fuimos en taxi hacia la frontera. Un infiltrado en el Gobierno Militar de Valladolid nos proporcionó a Zapico, a Jalisco y a mí una documentación que nos acreditaba como personal sanitario del ejército”.

Su fuga estuvo cargada de anécdotas y momentos difíciles. Una mañana, Zapico, uno de sus compañeros, se levantó de la cama en un hotel en Pamplona y fue a asearse. Entró en el baño con la pistola colgada del hombro y una toalla tapándola. Nada más abrir la puerta se encontró de frente con el uniforme de un coronel de la guardia civil que se estaba duchando. El mando policíal le invitó a quedarse en el baño pero Zapico se disculpó amablemente y los tres guerrilleros pusieron pies en polvorosa. En la frontera francesa fueron detenidos. Pensaron que eso les salvaría. “Cuando pensábamos que lo habíamos logrado pasamos el momento más crítico. Nos daban a elegir entre ser entregados a las autoridades franquistas o enviarnos a la legión extranjera. Las dos opciones eran bastante complicadas pero tuvimos la suerte de que un periodista denunció nuestro caso y finalmente decidieron acogernos. Los tres pudimos instalarnos en Francia y vivir libremente, aunque nunca dejamos de luchar por el regreso de la democracia a España”.

El pasado 27 de febrero la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados debatió a propuesta del PSOE un Proyecto No de Ley para reconocer públicamente a los guerrilleros antifranquistas. El Partido Popular se opuso a la medida por considerar que en los primeros años de la transición se dictaron numerosas leyes para rehabilitar a distintos grupos sociales de ambos bandos y ya no es tiempo de seguir tomando medidas de algo que se considera resuelto. Hasta ahora algunos parlamentos regionales han apoyado mociones en ese sentido: Aragón, Madrid, Cataluña, Extremadura, Valencia, Navarra y Euskadi. También lo han hecho numerosos ayuntamientos. Pero su empeño es que las altas instituciones del Estado democrático agradezcan su lucha.

El relato de sus vidas en pleno siglo veintiuno se asemeja al de cualquier guión cinematográfico. Esa es la razón por la que Montxo Armendáriz estrenará a finales del mes de abril Silencio roto, una película protagonizada por Juan Diego Botto y Lucía Jiménez que cuenta una historia de la guerrilla desde la perspectiva de una mujer. Los guerrilleros supervivientes confían en que esa sea una buena ocasión para difundir su causa y romper de una vez por todas las mordazas del olvido.

El comandante Ríos, Sole y Quico son el testimonio vivo de una lucha arriesgada por la libertad. Su deseo es pasar a la historia como defensores de la democracia. Después de tantos años y penalidades se enfrentan a una difícil batalla, derrotar al olvido. Y sólo tienen un arma, la memoria.

Fichas de cada uno de ellos

Fichas de cada uno de ellos para las fotografías:

Nombre: José Murillo, Comandante Ríos

Fecha y lugar de nacimiento: 9 de abril de 1924 en el Viso de los Pedroches, Córdoba.

Años en la guerrilla: entre 1941 y 1949.

Años de cárcel: 14

Zona guerrillera: Sierra Morena y zona del límite de las provincias de Córdoba y Badajoz.

Heridas: cinco balas que todavía tiene incrustadas en el hombro derecho.

Por qué causa se volvería a echar al monte: por liberar al tercer mundo de la explotación y la miseria.

Nombre: Esperanza Martínez, Sole

Fecha y lugar de nacimiento: 27 de abril de 1927 en Villar del Saz de Arcas, Cuenca.

Años en la guerrilla: 1949-1951

Años de cárcel: desde el 25 de marzo de 1952 hasta el 25 de febrero de 1967.

Zona guerrillera: Serranía de Cuenca, Levante y Aragón.

Por qué causa se volvería a echar al monte: para que se reparta la riqueza.

Nombre: Francisco Martínez, Quico

Fecha y lugar de nacimiento: 1 de octubre de 1925 en Cabaña Raras, León.

Años en la guerrilla: 1947-1951

Zona de guerrilla: El Bierzo, Orense y Lugo.

Heridas: un disparo en un brazo y un impacto en la cabeza.

Por qué causa se volvería a echar al monte: Para luchar contra el fascismo.

Una leyenda llamada Manuel Girón

El próximo 2 de mayo se conmemora el quincuagésimo aniversario de la muerte de Manuel Girón Bazán un guerrillero que se convirtió en mito para muchos habitantes del Bierzo leonés. Girón tuvo que echarse al monte con su hermano José el 20 de julio de 1936, a la edad de 26 años. Era miembro de la Unión General de Trabajadores y de haber sido detenido habría corrido posiblemente la suerte de muchos de sus compañeros del sindicato,que fueron fusilados.

Su primer refugio fue la comarca de La Cabrera. En agosto de 1937 se desplazó junto a otros diez hombres hacia el frente de Asturias. Su hermano cayó gravemente herido y fue evacuado a Francia. Él aguantó hasta que las fuerzas nacionales derrotaron al Frente Norte. Manuel Girón regresó al Bierzo y se instaló en un lugar conocido como “La ciudad de la selva”. Su carisma personal reunió en torno suyo a numerosos hombres con los que fundó en 1942 la Federación de Guerrillas León-Galicia.

El nacimiento de su leyenda se produjo el 24 de febrero de 1949. El comandante de la guardia civil de Ponferrada, Miguel Arricivita Vidondo, había preparado una gran emboscada a la guerrilla gracias a la delación de un antiguo enlace. Dos de los maquis murieron y la policía requirió a Emilia Girón para que identificara los cadáveres. Ella aseguró que uno era su hermano. El comandante fue debidamente condecorado. La gente que admiraba a Girón se sintió apesadumbrada. Pero poco después, cuando se supo que el guerrillero permanecía vivo, comenzó su leyenda.

El 24 de febrero de 1951 un grupo de cinco guerrilleros encabezados por Girón fue cercado por doscientos guardias, a causa de la delación de un molinero. El intenso combate duró catorce horas en las que fueron incendiadas varias casas del pueblo de Corporales. Los guerrilleros lograron salir milagrosamente con vida utilizando una estrategia que había consistido en comunicar interiormente toda la manzana de casas para salir por la puerta más distante.

Así se fue construyendo su leyenda de guerrillero invencible. Girón era recibido en muchos pueblos con los brazos abiertos. Hasta que el 2 de mayo de 1951 murió a manos de un infiltrado de la guardia civil, José Rodríguez Cañueto. El cuerpo del legendario luchador fue expuesto en la puerta del cementerio del Carmen de Ponferrada como un trofeo de caza. La guardia civil quería acallar los rumores y demostrar que en esa ocasión se trataba del auténtico Manuel Girón Velasco. Su cuerpo fue enterrado extramuros del cementerio, en una fosa común. Posteriormente sus restos fueron recuperados por Alfonso Yáñez, un enlace de la guerrilla, quien los conservó hasta febrero de 1997 en que recibieron sepultura en el interior del cementerio.

LA MUJER EN LA GUERRILLA

Para Esperanza Martínez, una de las pocas guerrilleras que ha sobrevivido al siglo XX, “las mujeres somos las grandes olvidadas de la historia. En la guerrilla tuvimos un papel muy importante que todavía no ha sido investigado en profundidad”. Las mujeres desarrollaron un papel muy importante como enlaces y como guerrilleras.

Las razones por las que comenzaron a colaborar con la guerrilla eran diversas. La mayoría eran viudas de guerra o de los paseados en los meses siguientes a julio de 1936. Otras eran hijas o familiares de perseguidos y guerrilleros. Es muy difícil estimar el número de mujeres que pertenecieron a la guerrilla. Según el historiador Francisco Moreno el 2% de la guerrilla eran mujeres. Eso quiere decir que fueron unas 150 las guerrilleras que lucharon contra Franco. Su participación fue mucho más numerosa como enlaces. Sus biografías son un gran testimonio que se conserva a pesar del paso de los años.

BREVES BIOGRAFÍAS

Francisca Nieto Blanco “Paquina” (Ponferrada, 1913). Casada con el inspector de policía de Ponferrada Vicente Campillo, que murió en el frente asturiano en 1936. Responsable de la 1ª Compañía de Guerrillas del Llano, perteneciente a la 1ª Agrupación de Guerrillas que dirigía el asturiano César Ríos Rodríguez. Fue detenida y encarcelada en numerosas ocasiones entre 1936 y 1948. Finalmente escapó a Argentina y regresó a España varios años después. Actualmente vive en Ponferrada

Alpidia García Moral “Maruxa” (Sobrado, 1905). Su marido fue paseado en los primeros meses de la Guerra Civil. Tras esto comenzó a colaborar con la guerrilla. Su casa fue un importante punto de apoyo hasta que en 1943, una inspección rutinaria de la guardia civil, sorprendió en ella a un importante grupo de guerrilleros que lograron huir. Alpidia huyó con ellos. Permaneció en el monte durante casi seis años hasta que el 17 de marzo de 1949 su guerrilla fue cercada. Alpidia fue detenida con vida y asesinada posteriormente por un sargento de la guardia civil.

Consuelo Rodríguez López “Chelo” (Soulecín, Orense). Tres de sus hermanos, Rogelio, Sebastián y Domingo huyeron al monte en los años de la guerra, por lo que sus padres fueron asesinados en represalia por soldados del tercio en 1939. Tras esto los tres hermanos que quedaban, Antonia, Domingo y la propia Consuelo huyeron al monte donde ya estaban sus tres hermanos. Los cuatro hermanos varones murieron en la guerrilla, así como el compañero de Consuelo, el asturiano Arcadio Ríos Rodríguez. En 1949 Consuelo logró salir de España desde Madrid hacia Francia, donde se casó con otro guerrillero asturiano, Marino Montes Ferrero. Actualmente vive en el país vecino.

Alida González Arias “Penca” (Salas de Los Barrios, 1915). Su marido José Losada huyó al principio de la guerra. Alida fue desterrada a Cantalapiedra, Salamanca, donde supo de la muerte de su esposo en 1941. A su vuelta pasó a ser una de los enlaces más activos. En 1945 fue descubierta por la policía y tuvo que incorporarse a la guerrilla de Girón, que fue su compañero sentimental. Es la única testigo del asesinato de Girón en mayo de 1951. Actualmente vive en su pueblo natal.

Matilde Franco Canedo (Toral de Los Vados, 1921). Enlace de la guerrilla. Era la compañera de Abel Ares Pérez. Cuando eran novios él vivió escondido varios meses en un agujero. Ella salía a las afueras de su pueblo a pasear, se sentaba en medio del campo, ponía la mano en el borde del agujero para que Abel se la cogiera y le contaba las últimas novedades. Años después huyeron juntos a Francia a finales de 1948. Allí residieron hasta 1992, año en que regresaron a España. Actualmente vive en su pueblo natal.

SILENCIO ROTO, NUEVA PELÍCULA DE MONTXO ARMENDÁRIZ

El director de cine navarro, Montxo Armendáriz estrenará a finales del mes de abril su sexta película, Silencio roto, que supone su primer trabajo tras el éxito de Secretos del corazón, candidata española para el Oscar. La nueva película narra la vida de una joven que se ve obligada a madurar en un ambiente rural tenso y complicado por la presión del régimen franquista. Para Armendáriz este trabajo “es un intento por recobrar el pasado, algo que mucha gente piensa que siempre trae malos recuerdos. Narra una parte de nuestra historia que se ha tratado de silenciar y que nos puede ayudar a comprender el presente”. La protagonista, Lucía Giménez, llega a vivir a un pequeño pueblo y tiene una relación con un joven herrero, Juan Diego Boto, que se echa al monte con el maquis. La historia transcurre en tres estaciones diferentes: el otoño de 1944, el verano de 1946 y el invierno de 1948.


Para documentarse Montxo Armendáriz mantuvo entrevistas con algunos de los guerrilleros supervivientes y visitó con ellos alguno de los lugares emblemáticos para la guerrilla de los años cuarenta. El pasado mes de noviembre el equipo de la película, incluidos los actores protagonistas, asistió en Santa Cruz de Moya a un encuentro sobre la guerrilla.

Por otra parte, Javier Corcuera, director del documental La espalda del mundo, que ha cosechado numerosos éxitos dentro y fuera de nuestro país, está rodando un documental acerca de la guerrilla antifranquista. Corcuera ya ha grabado algunas entrevistas y acompañó a algunos guerrilleros en la caravana de la memoria, un autobús que recorrió España entre los meses de octubre y noviembre pasados, en el que iban además de guerrilleros: niños de la guerra, brigadistas internacionales y exiliados políticos. La labor de documentación previa al rodaje está siendo complicada porque muchos de los documentos acerca de la guerrilla no son públicos y continúan encerrados en los archivos de la Guerra Civil.


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Guerrilleros en el olvido Rating: 4.5 Diposkan Oleh: La Voz de la República
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