Proyecto Faq El monumento que Franco se hizo construir con mano de obra esclava

domingo, 4 de julio de 2021

El monumento que Franco se hizo construir con mano de obra esclava

Los restos del patrimonio franquista se han ido desmantelando en España, pero el templo faraónico que Francisco Franco mandó construir con mano de obra esclava tras la Guerra Civil permaneció intocado hasta 2019, cuando los restos del dictador fueron exhumados. En 2021, un equipo de investigadores excavó los poblados penitenciarios donde vivieron los presos políticos que durante dos décadas levantaron el Valle de los Caídos.

El monumento que Franco se hizo construir con mano de obra esclava / María García Arenales:
 
Spain is different es un eslogan turístico que comenzó a utilizarse en la España franquista para promocionar el país en el mercado internacional, tres palabras con las que el régimen de Franco pretendía sacar pecho y tratar de cambiar la mala imagen del país en el extranjero. Lo cierto es que España sí era diferente. Era el país más atrasado de Europa, destrozado y arruinado por un golpe de Estado militar y tres años de guerra civil (1936-1939) que dieron paso a la miseria generalizada y a una dictadura que instauró el terror y persiguió cualquier ideología de izquierda y a todo aquel que fuera considerado una amenaza. El régimen de Franco duró 40 años, hasta su muerte, en 1975, y fue una de las dictaduras más largas de Europa en el siglo XX.

A lo largo de esos años la dictadura franquista se encargó de adulterar la realidad sobre lo ocurrido, y eso incluía demonizar y deslegitimar la Segunda República (1931-1936), a la que el régimen calificó como el período más caótico y convulso de la historia. Y, obviamente, fue un tiempo de gran agitación social —al igual que ocurrió en los procesos de modernización que atravesaron otros países europeos en el siglo XIX—, pues reemplazó a la monarquía de Alfonso XIII y quiso cambiar la sociedad española mediante grandes reformas, como la agraria y la militar, la separación entre Iglesia y Estado, una educación pública y gratuita y la igualdad de la mujer. Pese a sus imperfecciones y errores, la Segunda República fue un período de grandes avances sociales y fue, sobre todo, el primer gobierno realmente democrático en España.

“El franquismo quería esconder que uno de los principales objetivos era acabar con el liberalismo progresista de la Segunda República y la vincularon a un supuesto Estado soviético que nunca fue ni pretendió serlo”, explica a Lento Mirta Núñez, profesora de la Universidad Complutense de Madrid e investigadora especializada en la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo.

Ese relato lleno de falsedades y mitos que el franquismo construyó para justificar tanto el golpe de Estado como la guerra y la propia dictadura ha perdurado en gran medida a lo largo de la democracia. “Desde el principio la dictadura creó un relato distorsionado de lo que había sido su punto de partida, que fue un golpe de Estado militar con una fuerte red de apoyos en la oligarquía nacional e internacional; esa narrativa que creó el franquismo para llegar a la población sigue, en parte, presente hoy en día”, añade Núñez. “En España triunfó el fascismo por las armas y todo esto es el resultado de ese triunfo”, agrega.

Durante la transición democrática (1975-1979) el temor a un nuevo golpe de Estado limitó el espíritu transformador de este período e impidió romper con el franquismo de manera rotunda. La transición, considerada modélica y ejemplar por el establishment político español, “podía haber sido mucho más contundente con los restos de la dictadura y, sin embargo, no lo fue”, dice Núñez.

Al fin y al cabo, España sigue siendo different. En la actualidad, por ejemplo, la dictadura franquista en las aulas aún se estudia tarde y mal —de forma rápida y superficial— y todavía es objeto de debate político y discusión pública.

A diferencia de otros países europeos, como Alemania o Italia, donde sería impensable que hubiera monumentos a Adolf Hitler o Benito Mussolini, en España todavía quedan grandes vestigios que exaltan la dictadura, la victoria del bando nacional en la guerra. A pesar de que las estatuas y otros símbolos que enaltecían la figura de Franco han sido retirados, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, de 2007, todavía se pueden ver calles que mantienen la nomenclatura franquista en prácticamente todo el territorio.

Pero si hay un monumento dedicado a la memoria de Franco que destaca ante cualquier otro es el mausoleo que él mismo ordenó construir tras la guerra: el Valle de los Caídos, un lugar que ha sido intocable durante 80 años, hasta que el 24 de octubre de 2019 los restos del dictador fueron exhumados y trasladados a un cementerio.

Tuvieron que pasar 44 años de democracia, pero al menos la exhumación fue un inicio para cerrar heridas y resignificar el Valle de los Caídos, donde permanecen enterradas unas 33.000 personas, en su mayoría soldados caídos en la Guerra Civil, tanto sublevados como republicanos.

Con esa idea de avanzar en materia de memoria histórica, el gobierno de Pedro Sánchez aprobó en marzo una subvención de 665.000 euros para llevar a cabo los procesos de exhumación e identificación de víctimas de la guerra y la dictadura enterradas en ese lugar. Los operarios podrán entrar en las criptas y proceder a la identificación de unas 60 personas que han sido reclamadas, hasta ahora, por sus familiares —la mayoría, víctimas republicanas—.

El Valle de los Caídos es un complejo monumental ubicado en medio de un gran bosque de pinos, rocas y arroyos sobre la sierra de Guadarrama, en la localidad de San Lorenzo del Escorial, a unos 50 kilómetros de Madrid, donde actualmente viven trabajadores de Patrimonio Nacional con sus familias. En primavera, cuando el sol aún no abrasa, el campo está bañado por una multitud de tonos verdes, margaritas, violetas y centellas amarillas.

En la finca de 1.377 hectáreas conocida como Cuelgamuros se encuentra una impresionante basílica subterránea excavada en el interior de la roca, una cruz de 150 metros de altura que se divisa a kilómetros de distancia y un monasterio rodeado de jardines.

Franco no quería algo discreto, sino una gran obra simbólica con pretensiones de eternidad en un lugar que ya fue elegido siglos atrás por Felipe II para levantar su célebre y cercano monasterio de El Escorial, tal y como recordaba el historiador Daniel Sueiro en su libro La verdadera historia del Valle de los Caídos. “El ritmo de urgencia que su creador quiere imprimirle a la obra del Valle de los Caídos se manifiesta desde el primer día, y no sólo en la letra de esa disposición legal que aparece el 1º de abril de 1940. Ese mismo día, primer aniversario del final de la guerra, o de la Victoria, como empieza a llamársele, Franco presenta solemnemente su idea a sus colaboradores más cercanos y a sus amigos”, escribe el autor. Pese a la urgencia del dictador, el monumento, con la cripta y las demás edificaciones, no se inauguraría hasta casi 20 años más tarde, el 1º de abril de 1959.

Su construcción no fue tarea sencilla. En la obra trabajaron como esclavos unos 20.000 presos políticos y, una vez que estuvo más avanzada, se incorporaron también trabajadores libres. Se calcula que entre 15 y 30 hombres perdieron la vida en accidentes laborales, pero se desconoce la cifra de todos aquellos que murieron afectados de silicosis tras años de inhalación de polvo de sílice.

Son las historias de esos mismos presos políticos y obreros las que está tratando de desentrañar un equipo de expertos del Instituto de Ciencias del Patrimonio, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que ha excavado en mayo los poblados penitenciarios donde vivieron esos trabajadores junto con sus familias a lo largo de casi dos décadas. Para realizar estos trabajos el gobierno destinó 12.000 euros.

Previamente, en marzo, hubo una primera fase en la que este equipo consultó diferentes archivos para reunir documentación sobre los trabajadores. Ahora, tras haber investigado las viviendas, se realizará un análisis de los datos recabados. El objetivo es construir un nuevo relato patrimonial de ese espacio.

“Es importante tanto excavarlo como hacer otro tipo de intervenciones para que cambie el significado de Cuelgamuros. El Valle de los Caídos es el monumento por excelencia del franquismo y realmente no ha sido tocado de ninguna manera hasta la exhumación de Franco. Esta intervención arqueológica es una parte más del proceso de resignificación del lugar de acuerdo a los valores democráticos del siglo XXI”, dijo a Lento el arqueólogo Alfredo González-Ruibal, director de esta excavación, que se incluye en un programa más amplio impulsado por la Secretaría de Estado de Memoria Democrática.

Se trata de que “deje de ser una anomalía y se convierta en un espacio coherente con los valores dominantes de nuestra sociedad”, añade González-Ruibal, sentado en una de las gigantescas piedras que pueblan la finca. Es precisamente la arqueología la que puede contribuir a desplazar la mirada del monumento a los espacios relacionados con su construcción y dar a conocer, en definitiva, la historia social de los trabajadores que levantaron este espacio en condiciones muy duras. “Si bien en la documentación hay mucha información sobre la construcción del monumento y los aspectos políticos e histórico-artísticos, se sabe mucho menos de la historia social de los trabajadores”, afirma.

El trabajo más arduo e ingrato —la construcción de puentes y carreteras y la excavación de la cripta de la basílica— lo llevaron a cabo los presos políticos durante los años 40. A partir de los 50 empezaron a llegar trabajadores cualificados para terminar las últimas obras: esculturas, frisos y los aspectos que requerían un conocimiento experto.

En esas excavaciones de la vida cotidiana de los trabajadores se han encontrado los restos tanto de los barracones que aparecen en la documentación oficial como de otras casas más precarias levantadas por los propios presos a lo largo de los tres destacamentos penitenciarios de la finca: Banús, San Román y Molán —que es el nombre de constructoras que al día de hoy siguen existiendo—.

Se trata de construcciones precarias de unos nueve metros cuadrados donde a veces llegaban a vivir hasta cinco o seis miembros de una misma familia, incluyendo niños y niñas. En los restos hallados aún se pueden observar zonas manchadas de hollín donde se cocinaba con utensilios tan precarios como las propias viviendas. También se ve claramente por dónde se accedía a las casas y cuál era la zona de descanso.

El hecho de que todas tuvieran unas dimensiones similares y de que externamente fueran muy parecidas —construidas con descartes de cantera, techos vegetales y siempre al abrigo de grandes rocas— constata la existencia de un patrón, de normas no escritas que imponen límites muy claros. Las autoridades franquistas hacían la vista gorda tanto con estas construcciones como con la presencia de los familiares de los presos políticos.

“Aunque en los documentos aparecen los barracones y el listado de presos que entran y salen cada día, la vida de las mujeres y los hijos de los presos no figura en ningún documento. No hemos encontrado ni un solo plano en el que aparezcan las casas de los familiares, porque, aunque se permitieran, no eran oficiales”, explica Carlos Marín, profesor adjunto del Departamento de Ciencias Sociales y Humanas del Centro Universitario Regional del Este de la Universidad de la República, que formó parte del grupo de diez técnicos y cinco estudiantes de Arqueología de la Universidad Complutense de Madrid que ha llevado a cabo las excavaciones.

En la tierra los arqueólogos encontraron más de 3.000 objetos. Aparecieron suelas de zapatos, monedas, herramientas de cantería, latas reutilizadas para cocinar, ollas de metal oxidadas, molinillos de café y hasta dos botellas de vidrio que aún contenían líquido en su interior. De hecho, uno de los aspectos que más han sorprendido al equipo de González-Ruibal es la propia entidad de los restos, su buena conservación y el gran espacio que ocupan.

En el caso del destacamento de Banús, que era el encargado de construir la carretera y el viaducto de acceso al monumento, 60% del espacio lo ocupan chabolas y otro tipo de estructuras improvisadas de las cuales no hay ninguna referencia en la documentación consultada. “60% de la historia, como mínimo, ha quedado, por tanto, borrado de la historia documental. Nos sorprende porque estamos hablando de mediados del siglo XX y la estamos tratando como si fuera prehistoria, porque en realidad son los restos materiales los que fundamentalmente nos están permitiendo reconstruir lo que pasó aquí”, explica el arqueólogo.

También se ha podido documentar que todas esas viviendas precarias fueron destruidas intencionalmente a partir de los años 50 porque afeaban el paisaje, lo cual es interesante desde un punto de vista arqueológico, afirma González-Ruibal, porque “eso las selló y ha permitido que se conserven bien”.

Cientos de miles de presos políticos abarrotaban las cárceles franquistas. Estaban presos por oponerse a la dictadura, por pertenecer a un partido político o por militar en un sindicato.

El franquismo creó el Sistema de Redención de Penas por el Trabajo para solucionar, justamente, los problemas de hacinamiento de las prisiones y disponer de mano de obra barata para hacer grandes obras públicas, como redes de ferrocarriles o carreteras. Las condiciones en las cárceles eran durísimas, no sólo por el espacio que llegaban a compartir hasta una decena de presos en una celda de dos, sino porque morían de enfermedades y hambre o eran directamente fusilados. Si bien las condiciones en los batallones de trabajo como el del Valle de los Caídos eran menos duras, también allí los presos seguían viviendo de forma miserable, explotados laboralmente y soportando intensos meses de frío. “Si las prisiones eran el infierno, esto era el purgatorio”, resume González-Ruibal.

A través del trabajo los presos reducían hasta una tercera parte de su condena y obtenían pequeños ingresos. “Por el tiempo que redimían los presos cada año que pasaban en el Valle de los Caídos se puede calcular cuánto tiempo estuvieron viviendo en las chabolas, pero es más complicado con los familiares, ya que dependía de las circunstancias de cada miembro. Si eran de Madrid a veces sólo venían el fin de semana o en época de vacaciones, y si venían de más lejos se quedarían más tiempo”, cuenta el arqueólogo. Hubo gente que llegó a vivir en esas casas precarias hasta tres y cuatro años.

Se trataba de un negocio redondo para el Estado franquista y las grandes constructoras que trabajaron para el régimen. La mayor parte del salario se la quedaba el Estado y el preso sólo recibía 50 céntimos diarios, cantidad que aumentaba si estaba casado por la Iglesia y tenía hijos.

“A las empresas constructoras les salía barato el trabajo esclavo. El Estado, por su parte, también ganaba dinero e iba construyendo obras públicas de gran envergadura mientras que los presos políticos sufrían”, señala Marín, quien recuerda que también se hicieron de esta forma otras muchas infraestructuras en España, como los canales de riego del Guadalquivir, las repoblaciones de eucalipto de Doñana, pantanos, carreteras, minas o embalses. “La reconstrucción de España en los años 40 se hizo básicamente con mano de obra esclava”, añade.

A lo largo de varias generaciones en España, muchos colegios han llevado a su alumnado de excursión al Valle de los Caídos. A esos escolares no les contaban la historia completa y simplemente les decían que se trataba de un monumento erigido en honor a la reconciliación entre los españoles. Nunca les contaron quiénes fueron los obreros que construyeron ese mausoleo ni las duras condiciones que padecieron.

A González-Ruibal, uno de esos alumnos que en el pasado fueron de excursión al Valle de los Caídos, le gustaría que después de estas excavaciones el lugar se convirtiera en un espacio patrimonial y se musealizara, para que el púbico y las nuevas generaciones pudieran visitarlo de otra manera, con los destacamentos penales y las casas de los obreros en un lugar prominente en esa resignificación. De ese modo España sí empezaría a ser different.

Las imágenes históricas pertenecen a la revista del Patronato de Redención de Penas por el Trabajo, una publicación del régimen franquista para hacer propaganda del buen trato que se les daba a los presos. Los textos que las acompañan son también de esa publicación, de ediciones de 1946 y 1947.


Fuente → ladiaria.com.uy

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