Proyecto Faq La memoria no se borra: historia de una herida transgeneracional

miércoles, 30 de junio de 2021

La memoria no se borra: historia de una herida transgeneracional


 Con el fin de la dictadura en España, la ley de memoria histórica trató de reconocer y ampliar los derechos de las víctimas, así como la reparación pensiones, indemnizaciones, etcétera. Sin embargo, nunca se contempló la idea de buscar y juzgar a los responsables.

La memoria no se borra: historia de una herida transgeneracional
David Martín de la Fuente
 
La impunidad no entiende de fronteras. Tampoco el miedo, la tristeza, la esperanza… Los familiares de las personas desaparecidas nos convertimos también en víctimas y, además de tener que cargar con ello, somos quienes nos hacemos responsables de su búsqueda. Así es la historia, ya sea en México o en España. Esta es también la historia de mi familia y que se ha vuelto parte de la mía, pues a pesar de los años, la desaparición forzada de mi bisabuelo nos dejó una profunda huella transgeneracional y, en cierto modo, marcó parte de mi vida, mi forma de pensar, mi ideología, los estudios que decidí cursar e, incluso, mi voluntariado en la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH).

Durante muchos años, aunque en mi familia se habló siempre de política, había temas que no nos gustaba tocar o que preferíamos evitar, como aquellos relacionados con la Guerra Civil y la dictadura. También existía una especie de acuerdo no escrito sobre algunas cuestiones ligadas al pasado familiar que no debían salir de casa. Muchas veces me pregunté por qué en plena democracia la gente todavía tenía miedo de expresar su malestar y buscar justicia por las víctimas desaparecidas en la Guerra Civil. A pesar de los años, existe aún miedo en la población española de sacar a la luz el malestar y criticar las atrocidades cometidas por la dictadura franquista. Esta idea se conserva especialmente en las personas mayores que durante años callaron por miedo a las represalias, como es (o quizás, fue) el caso de mi abuela materna, Paula de la Fuente Blanco.

Cuando mi abuela tenía cinco años, la Guardia Civil entró en su casa y sacó de la cama a su padre, enfermo de pulmonía. Leoncio de la Fuente Ramos, natural de Fresno el Viejo, Valladolid, España, de 36 años y tejero de profesión, era un líder sindical afín a la República que defendía los derechos de los trabajadores. Aún recuerdo las palabras de mi abuela cuando me contó la historia por primera vez: “lo denunciaron, porque era de izquierdas. Era socialista y llevaba todo lo del trabajo de los del pueblo. Algunos iban a trabajar y no les pagaban; mi padre los defendía”. Estas palabras estaban cargadas de sentimiento. Trataban de encontrar una respuesta al por qué, ¿por qué se lo llevaron?, ¿por qué no se lo devolvieron?, buscando cerrar aquella herida que durante años la acompañó y que, lamentablemente, tardaría mucho tiempo en cicatrizar.

Una de las pocas fotos que se conservan de Leoncio de la Fuente Ramos, junto a su esposa Elena, el día de su boda. Foto propiedad de la familia De la Fuente.

Al comenzar la Guerra Civil, Leoncio y otros compañeros hicieron frente a una camioneta de la Falange que llegaba al pueblo cargada con armamento. Días más tarde, lo delataron y lo apresaron. Su familia no volvió a verlo nunca más. En los años posteriores, aunado a la angustia de saber si volverían a verlo, se sumó el miedo, pues fueron señalados y acusados por estar en contra de la dictadura. La esposa de Leoncio y sus seis hijos, tres mujeres y tres varones, no sólo tuvieron que soportar la desaparición de un familiar, sino que también fueron objeto de burlas y fueron increpados por aquellos vecinos del pueblo afines al régimen franquista. Conforme fui creciendo, comprendí que el miedo y el dolor seguían en la familia y que era un hecho que, si bien no quería ser recordado, estaba muy presente en nuestras vidas.

Con el fin de la dictadura en España, la ley de memoria histórica trató de reconocer y ampliar los derechos de las víctimas, así como la reparación pensiones, indemnizaciones, etcétera. Sin embargo, nunca se contempló la idea de buscar y juzgar a los responsables. Igualmente, los diferentes partidos en turno decidieron mirar para otro lado y es por ello que hasta la fecha no existe un relato compartido, ni tampoco una historia oficial que reconozca las graves violaciones a derechos humanos durante la represión franquista. El Estado nunca tuvo la voluntad de buscar a las personas desaparecidas ni tampoco de reconocer lo que realmente ocurrió. La historia se manejó bajo la idea de que el tiempo todo lo cura y que las siguientes generaciones terminarían por borrar estos recuerdos de su memoria. Por suerte, no fue así en nuestro caso. Quien piensa que algo así se puede olvidar es porque no lo ha sufrido.

Tuvieron que pasar muchos años para que se retomara este capítulo familiar y que no cayera en el olvido. Todo comenzó cuando a mi prima, Beatriz Fernández Martín, una compañera del trabajo le habló de cómo ella y sus parientes habían logrado dar con el paradero de un familiar desaparecido, ya que al buscar su nombre en internet lo encontraron en un registro de fosas comunes en Sevilla, al sur del país. Este relato y las posibilidades de buscar más información a través de internet nos animaron a comenzar a investigar el paradero de nuestro bisabuelo.

Iniciamos la búsqueda revisando un listado de presos de la provincia de Valladolid, España, donde figuraba su nombre con algunos datos personales y la fecha de defunción. Esto nos llevó de una publicación a otra y, finalmente, la información recabada nos llevó al Fuerte de San Cristóbal, en Navarra, a 400 kilómetros de su pueblo, lugar en el que lo apresaron y se lo llevaron por la fuerza. En este Fuerte, el cual había funcionado como cárcel durante la dictadura, el 28 de mayo de 1938 se produjo una de las mayores huidas de la historia. De los casi 800 hombres fugados del penal, la mayoría fueron detenidos y llevados de vuelta al penal. Otros no corrieron con la misma “suerte” y fueron fusilados y enterrados en las inmediaciones. En mi familia nunca supimos realmente cuál podría haber sido el destino de mi bisabuelo y durante años sólo habíamos recibido información contradictoria. Incluso en algún momento llegamos a pensar que quizás había rehecho su vida en otro lugar, alejado de las posibles represalias que tendría si volviera a su pueblo natal.

En esta búsqueda nos encontramos con la Asociación Txinparta y con el investigador Fermín Ezkieta, quienes llevan años trabajando en la búsqueda de desaparecidos en Navarra. Nos confirmaron que nuestro bisabuelo había participado en la fuga del Fuerte de San Cristóbal y que, según sus registros, había sido fusilado, por lo que podíamos intuir que su cuerpo podría estar en una de las muchas fosas que hay en las inmediaciones. Esta información acotaba aún más la búsqueda, ya que en España aún existen cientos de fosas comunes con víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura.

Cuando le propusimos a nuestra abuela enviar una muestra de ADN a la asociación, se negó rotundamente. Quizás, y a pesar de muchos años, seguía con el miedo del qué dirán, o tal vez es que con el paso del tiempo la angustia crece y la esperanza merma, no lo sé. Sin embargo, después de pensarlo, decidió que esta era la única salida que teníamos y la última oportunidad de saber sobre el paradero de su padre. Entonces, enviamos las muestras. Sólo quedaba esperar.

Durante un tiempo todo volvió a ser como antes. No se volvió a hablar del tema. Tampoco recibimos ningún avance sobre el proceso. Parecía que después de toda la búsqueda y la información recibida no habría suerte. Casi habíamos perdido la esperanza de recibir más noticias. Sin embargo, una tarde del verano de 2020, tres años después de comenzar esta investigación, recibimos una de las mejores noticias que podíamos esperar: Paulina Lizoáin Pascal, una mujer natural de Larrasoaña, Navarra, municipio aledaño al ahora abandonado Fuerte de San Cristóbal, explicó a las autoridades que cuando tenía la edad de seis años vio como fusilaron y enterraron a cuatro hombres en las inmediaciones del cementerio de su pueblo. Este hecho, sin duda traumático para una niña, cambió la historia de nuestra familia.

Tras la excavación y posterior recuperación de los cuerpos, las muestras de ADN comparadas con las que nosotros enviamos demostraron que uno de esos hombres era nuestro bisabuelo. Lamentablemente, al día de hoy los otros tres cuerpos no han sido identificados todavía. Ojalá que pronto los familiares de estas personas puedan recuperarlos y darles un entierro digno.

El reciente anteproyecto de Ley de Memoria Democrática en España prevé, entre otras medidas, un plan de exhumaciones en el que la Administración General del Estado se hará responsable de la búsqueda de personas desaparecidas, la creación de un censo oficial de víctimas y un banco nacional de ADN, la nulidad de los juicios franquistas, así como la constitución de una Fiscalía para investigar los crímenes de la dictadura: ¿supondrá también investigar y juzgar a los responsables?

En estos meses he tratado de revivir los últimos días de mi bisabuelo, pensar en el sufrimiento y miedo que debió sentir y, sobre todo, en las ganas de volver con su familia que lo empujaron a luchar hasta las últimas consecuencias. Es bueno saber que aún hay gente que no olvida y que sigue su lucha buscando a sus familiares y seres queridos. Pero es triste pensar cómo la búsqueda de personas desaparecidas ha recaído durante todos estos años sólo en ellos, ya que en el caso de las desapariciones forzadas muchos países miran para otro lado en vez de impulsar una política de justicia y reparación.

La búsqueda y el feliz hallazgo de nuestro bisabuelo cierra una profunda herida que tuvo un alcance transgeneracional. Ahora Leoncio descansa en el cementerio de su pueblo, de donde se lo llevaron por la fuerza marcando la vida de toda una familia. También descansamos nosotros, sabiendo que hemos podido recuperarlo después de casi ochenta años. Animo a todos los familiares de las víctimas de la desaparición a que no cesen en la búsqueda, que luchen y que no tengan miedo a reclamar sus derechos. Sólo así llegaremos a sentir justicia por todo lo que hemos sufrido.

A la izquierda, Paula de la Fuente Blanco, la única hija de Leoncio que sigue con vida, portando la noticia del hallazgo de los restos de su padre. A su derecha, su nieta Beatriz, su hija Paula y su bisnieta Iria. Foto propiedad de la familia De la Fuente.


Fuente → animalpolitico.com

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