Proyecto Faq Cómo de vivo sigue el legado del exilio republicano en México

lunes, 28 de junio de 2021

Cómo de vivo sigue el legado del exilio republicano en México

Cómo de vivo sigue el legado del exilio republicano en México / Julio Martínez:

Hace unos meses saltaba la noticia. Juan Ignacio del Cueto era nombrado director de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), una de las principales instituciones educativas de América Latina. Esta noticia fue especialmente celebrada entre la comunidad española radicada en la capital mexicana. Del Cueto es uno de los hijos del exilio republicano. De hecho, sigue estando muy implicado con este colectivo. Repasamos la vigencia del legado del exilio republicano en México, que contó con figuras tan destacadas como el poeta León Felipe y el filósofo José Gaos.

“Su dedicado trabajo en recuperar el legado de los arquitectos españoles en México trasciende el ámbito académico para posicionarse en un contexto social, necesario para recuperar la memoria histórica”, señalaban desde el Ateneo Español de México. Esta entidad fue creada en 1949 por los transterrados peninsulares como lugar de encuentro entre ellos. Y Juan Ignacio del Cueto fungió como vicepresidente de la entidad entre 2012 y 2016.

Una implicación que, como la de gran parte de exiliados, también ha revertido en México. Del Cueto cuenta con una amplia trayectoria como docente, investigador, autor de diversas publicaciones o como curador de exposiciones. También fue editor de la revista Bitácora-Arquitectura, llegando a ser reconocida su labor a través de la concesión de varios galardones.

Pero el legado de los republicanos españoles no finaliza con el trabajo de Juan Ignacio del Cueto. Hay muchos ejemplos que –aún hoy– revelan la importante herencia de estos intelectuales al otro lado del charco. Y para muestra, la figura de José María Espinasa, actual director de la Red de Museos de la Ciudad de México. El referido poeta, ensayista, periodista, editor y crítico –con una amplia obra a sus espaldas– continúa en primera línea de la producción cultural de México y España. Es una referencia de las letras en castellano.

Tampoco se puede olvidar la figura de Julia Tagueña Parga, directora adjunta del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) entre 2013 y 2018. Esta investigadora es doctora por la Universidad de Oxford e hija de Manuel Tagueña, un físico y médico que alcanzó el mando del XV Cuerpo, con el que participó en la Batalla del Ebro. Tras finalizar la Guerra Civil, tanto él como su esposa –Carmen Parga– y sus dos hijas –Julia y Carmen– conocieron diferentes exilios, hasta llegar –el 12 de octubre de 1955– a México, donde se establecieron definitivamente.

Otra figura destacada fue Tomás Segovia, nacido en Valencia en 1927 y fallecido hace diez años. Tras pasar por Francia y Marruecos, cruzó el Atlántico y estudió Filosofía y Letras en la UNAM, formándose –a su vez– como profesor de francés. Desarrolló el grueso de su trayectoria literaria en territorio mexicano. “No era un escritor de gabinete. Él salía a pasear todas las mañanas por los alrededores de donde vivía, para que le vinieran las reflexiones y estar así inmerso en la vida”, explica María Luisa Capella, directora de la Fundación que lleva el nombre del autor.

Por tanto, existe una gran presencia e importancia de estos transterrados –y de sus descendientes– en México. “El desenlace de la contienda española de 1936 trajo consigo el destierro de medio millón de ciudadanos, entre ellos la plana mayor de la intelectualidad del país. Las cifras hablan por sí solas: el exilio afectó a cerca de la mitad del profesorado universitario”, asegura la investigadora Jacqueline Alejandra Ramos.

Entre las personalidades que tuvieron que huir de España se hallaron científicos, filósofos, médicos, editores, físicos, sociólogos o juristas, entre los que destacó Mariano Ruiz-Funes. Por no hablar de Luis Buñuel, cuyo trabajo fue de gran importancia para el desarrollo de la cinematografía mexicana. “Aquellos intelectuales que durante décadas se habían entregado al proyecto regeneracionista, que aspiraba a rescatar a España del atraso y la pobreza, cruzaron la frontera, fueron fusilados o encarcelados, o padecieron el ostracismo del exilio interior”, recuerdan los historiadores.

Esta salida hay que enmarcarla en la llegada del franquismo. “Los rebeldes fueron articulando un Estado fundado sobre una maquinaria militar y de represión sistemática de todo lo que consideraban la anti-España. En esa categoría difusa, definida desde una visión tradicionalista, antiliberal y antiilustrada, no sólo se cuestionaba la tarea reformista realizada por la II República, sino también parte del legado liberal del siglo XIX”, relata el investigador Jorge de Hoyos.

De esta forma, la élite cultural española se convirtió en uno de los objetivos principales de la persecución y represión por parte de Franco. “El hecho de que los intelectuales adictos a la República se convirtieran en objetivo prioritario para los golpistas facilitó que, desde el primer momento, se iniciase la salida progresiva de España de muchos de ellos”, confirma De Hoyos.

La llegada de los republicanos a México

Sin embargo, cuando se habla del exilio español se debe mencionar la política internacional que, en este aspecto, siguió el presidente mexicano Lázaro Cárdenas, que ocupó el poder entre 1934 y 1940. Desde un inicio, el ejecutivo federal se postuló a favor de la Segunda República, reconociéndola y mostrando su animadversión hacia el bando sublevado. Además, el gabinete cardenista realizó diversas gestiones diplomáticas para atraer a la intelectualidad perseguida por el franquismo.

Por ejemplo, Daniel Cosío Villegas, embajador mexicano en Lisboa, “tomó conciencia de la inevitable derrota republicana antes que muchos otros y buscó la manera de poner a salvo una parte del legado cultural de la República. En ese sentido, el 30 de septiembre de 1936 escribió al general Francisco Mújica, hombre cercano a Cárdenas, para proponerle que su gobierno invitase a distinguidos profesores españoles a trasladarse a México para desarrollar allí sus actividades”.

Gracias a esta política, el 13 de junio de 1939 el buque Sinaia atracaba en el puerto de Veracruz y desembarcaba la primera expedición de refugiados ibéricos. “La nave había sido fletada por el Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles (SERE), ante el avance de las tropas nacionalistas. Dos años antes, el presidente mexicano Lázaro Cárdenas había recibido a 500 infantes, que posteriormente se conocerían como los Niños de Morelia”, rememoran los investigadores.

Los transterrados que llegaron a América presentaron unos rasgos muy concretos. “Este grupo estuvo formado por individuos del sexo masculino, en edades de los 20 a los 50 años, casados y originarios de las principales capitales españolas. También fueron poseedores de diversos conocimientos y habilidades y, sobre todo, de una alta cualificación profesional”, explican los especialistas Saúl Armendáriz y María Magdalena Ordóñez. “Lázaro Cárdenas sabía que recibía un potencial muy valioso. Por ello, tuvo una actitud muy generosa hacia los republicanos, pero también muy sabia”, explica Carmen Tagueña, expresidenta del Ateneo Español de México.

Uno de los sectores que mayor implicación tuvo en el país latinoamericano fue el de los editores de libros. “La contribución al desarrollo de la actividad cultural que realizaron los transterrados españoles dentro de las artes gráficas y la bibliotecología ha sido de suma importancia. Cabe señalar que una de sus principales actividades fue la fundación de casas editoriales, concretamente imprentas, editoriales y librerías”, señalaban Armendáriz y Ordóñez.

Asimismo, tanto los sanitarios hispanos como los investigadores en medicina también se vieron muy afectados por la dictadura de Franco. “Los médicos constituían sin duda el grupo más numeroso dentro de esa categoría de científicos que tuvieron que abandonar España al finalizar la guerra. Esto era lógico si tenemos en cuenta que las ciencias biomédicas eran las que habían experimentado un mayor desarrollo en el país”, asegura el experto José María López.

También llegaron muchos profesores universitarios. Algunos de ellos se integraron en el Instituto Politécnico Nacional (IPN), recién fundado. Otros, en cambio, consiguieron una plaza en la UNAM, donde impulsaron el Instituto de Investigaciones Jurídicas, que sigue en funcionamiento. “El impacto inicial del exilio tuvo que ver con la educación”, asegura Carmen Tagüeña. De hecho, un gran número de republicanos se congregaron en torno a instituciones creadas ex profeso para ellos.

Las fundaciones del exilio

Una de ellas fue La Casa de España, aparecida por mandato presidencial el 1 de julio de 1938, con el fin de acoger en su seno a lo más granado de los transterrados españoles. Allí se congregaron nombres como Ramón Menéndez Pidal, Claudio Sánchez Albornoz, Dámaso Alonso, José Gaos –rector de la Universidad Central de Madrid–, Joaquín Xirau –decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona–, Pío del Río Ortega –director del Instituto de Cáncer de Madrid–, el crítico de arte Enrique Díez–Canedo, o los musicólogos Adolfo Salazar y Jesús Bal y Gay, además del reconocido escritor León Felipe.

Esta institución cambió de nombre el 8 de octubre de 1940, pasando a llamarse Colegio de México (Colmex), apelativo que conserva actualmente. Sin embargo, preservó la misma filosofía, que se basaba, “por un lado, en el mantenimiento de pautas de excelencia. Y, por otro, custodiaba una íntima relación espiritual entre mexicanos y españoles, que compartían preocupaciones y metas comunes. Estas limpias amistades intelectuales se dirigieron a la creación de una comunidad cultural que estuviera muy por encima de las preferencias y simpatías personales”, indican los investigadores Clara Lida y José Antonio Matesanz.

Fachada del Ateneo Español de México.

Gracias a esta perspectiva y a la trayectoria que ha mantenido la institución desde entonces, se ha convertido en un complejo académico de referencia a nivel continental. “Es, hoy por hoy, uno de los centros de educación superior y de investigación más importantes de México”, confirman los especialistas. Una muestra del impacto actual del exilio republicano…

Asimismo, otro de los organismos que actualmente siguen congregando el espíritu del exilio republicano es el Ateneo Español de México, fundado en 1949. “Ha encarnado un episodio brillante de la llegada de los mencionados intelectuales al país. Además, se ha constituido en el depositario de una parte de esa memoria de los transterrados en América”, señala José María López.

“El propósito fue crear un organismo que diera cabida a las manifestaciones culturales de la comunidad republicana afincada en tierras mexicanas, sin distinción de ideologías y militancias políticas”, se explica en Memoria del Ateneo Español de México. 1949–2012. “A diez años de la conclusión de la Guerra Civil, los exiliados tenían bastante claro que el regreso a España no sería inmediato y que el proceso –lento pero constante– de asimilación a la sociedad mexicana requería organismos dúctiles y capaces de conservar y fomentar los ideales del exilio”.

Este recorrido también ha permitido a dicha institución acumular un acervo documental muy importante, custodiado tanto en la biblioteca como en el archivo de la entidad. “La primera contiene una de las valiosas colecciones de impresos –revistas y libros– del exilio español. Y el segundo posee una de las fuentes documentales más importantes para el estudio del fenómeno de los transterrados, de su interacción con la cultura mexicana y de la evolución de sus intereses”, señalan los investigadores.

Otra vertiente cultural desarrollada en el Ateneo ha sido su catálogo pictórico, que se constituye como la mejor pinacoteca del exilio. “Gracias a esa colección se han podido organizar muestras y exposiciones retrospectivas, enriquecer homenajes y celebraciones, tanto en México como en España y en otros países”, se explica en Memoria del Ateneo Español de México. 1949–2012.

Por tanto, el compromiso de los exiliados republicanos españoles en el contexto cultural, científico y académico de México fue intensa. De hecho, lo sigue siendo hoy. Sólo hay que remitirse al nombramiento de Juan Ignacio del Cueto como director de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, o el paso de Julia Tagüeña como directora adjunta del Conacyt. Todo ello, sin olvidar la importante actividad que mantienen entidades como el Colmex o el Ateneo, y cuyos inicios estuvieron muy vinculados a los transterrados.

Así, el legado intelectual de este grupo de peninsulares sigue muy vigente en el país latinoamericano. Así lo cree Carmen Tagüeña, cuando asegura: “El México de hoy no sería igual sin la participación del exilio español, y no creo mentir que hoy es mejor gracias a él”. “La herencia ha sido extraordinaria”, confirma María Luisa Capella. Algo que, en nuestro país, se debería tener en cuenta y trabajar más intensamente en esta memoria histórica.


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