Proyecto Faq La ciencia durante la II República: progresos y educación

martes, 20 de abril de 2021

La ciencia durante la II República: progresos y educación


La ciencia durante la II República: progresos y educación
Sofía Lorenzo González

Cuando hablamos de los avances culturales y políticos alcanzados durante la II República de España (proclamada el 14 de abril de 1931 y aniquilada brutalmente con la Guerra Civil, que inició la dictadura franquista), tendemos habitualmente a pasar por alto los progresos exitosos en diferentes ámbitos científicos, que resultan fundamentales para el desarrollo de la sociedad y que, al fin y al cabo, son un reflejo directo de la ideología dominante y de los intereses intelectuales de la mentalidad de una época. En este artículo realizaremos un breve repaso a algunos de estos importantes eventos, teniendo en cuenta que la ciencia es, como concepto, algo muy amplia y que abarca una gran variedad de saberes y disciplinas, muchas de las cuales, como es lógico , escapan de lo que podemos transmitir en este artículo. 

Para empezar, no debemos obviar la gran importancia que la República daba a la educación, imprescindible para la transmisión de conocimientos científicos, la formación de futuros y futuras profesionales y el despertar en las mentes más jóvenes de la curiosidad por las diversas ramas del saber humano. Se estableció una educación laica, mixta y obligatoria, llegando a alcanzar la escolarización de la mayoría de niños y niñas y adolescentes, siendo especialmente importante la incorporación de las niñas en las aulas, lugares hasta entonces reservados casi en exclusiva a los hombres. Durante el primer bienio republicano (que duró desde la proclamación de la República hasta la celebración de las elecciones generales de noviembre de 1933, que dieron paso al segundo bienio), se construyeron aproximadamente 10.000 escuelas (más que en el conjunto del reinado de Alfonso XIII), con la correspondiente contratación de una buena cantidad de profesionales de la enseñanza. Además, se potenció la alfabetización en las zonas rurales gracias a las Misiones Pedagógicas, que se encargaron de la edificación de bibliotecas, centros culturales, corazones y teatros y en las que llegaron a participar figuras culturales tan relevantes como el escritor Federico García Lorca.

 Una vez explicado el afán con el que se destinaban recursos a la alfabetización y la promoción del saber humano, no resulta extraño entender la gran importancia que se le otorgaba a la investigación y divulgación científica, heredera directa de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE). Esta institución fue creada en 1907 en el marco de la Institución Libre de Enseñanza (la ILE, fundada en 1876) para promover la investigación y la educación en las diversas ramas científicas. Fue presidida por Santiago Ramón y Cajal desde su fundación hasta el fallecimiento del médico en 1934, y se desmanteló en 1939, tras la derrota republicana en la Guerra Civil. El actual Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) es heredera de su estructura.

Durante la II República, la JAE continuó su ardua labor en el desarrollo de la actividad científica estatal a través de iniciativas como programas muy activos de intercambio de profesorado y alumnado y el establecimiento de becas para estudiar en el extranjero (pensionados). Manuel Azaña, segundo presidente republicano español (siguiendo a Niceto Alcalá Zamora), fue beneficiario de una de estas becas y disfrutó de una estancia en la parisina Universidad de la Sorbona. Aunque él se especializó en derecho, mantuvo una relación muy fructífera con las altas esferas científicas del Estado (entre sus amistades se encontraban personas como el químico José Giral o el entomólogo Cándido Bolívar Pieltain), fomentando sus actividades en aquellos lugares a los que llegó su influencia política incluso antes de asumir la jefatura del Estado, como en el Ateneo de Madrid, en el que ejerció como secretario entre 1913 y 1918. su firme convicción del papel fundamental que desempeñaba la Universidad como institución para la transmisión de conocimientos científicos le llevó a liderar en ella una profunda transformación, intentando instaurar como principios básicos la justicia, la libertad y el respeto a la cultura en los centros académicos superiores. Creía que todos los ámbitos del saber están relacionados, y con los diferentes proyectos llevados a cabo durante su mandato se fomentaba un continuo diálogo interdisciplinario.

Un buen ejemplo de esta esplendor científica y cultural fue la celebración del IX Congreso de la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada en Madrid entre el 5 y el 11 de abril de 1934, presidido por Obdulio Fernández y Rodríguez, un farmacéutico y médico, académico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y de la Real Academia Nacional de Medicina. En el congreso se reunieron prestigiosos químicos de la época y la ciudad se convirtió en el centro mundial de la investigación química durante esta semana. Fue el primer gran evento internacional de química celebrado después de la I Guerra Mundial y se consideró un gran éxito. Además, mientras se organizaba el congreso se inauguró oficialmente el Instituto Nacional de Física y Química en 1932, en el Edificio Rockefeller, por lo que en el Instituto se le conocía también popularmente como Instituto Rockefeller. Situado en el campus central de lo que ahora es el CSIC, el edificio se llama así porque su construcción y equipamiento fueron financiados por la Fundación Rockefeller.

Evidentemente, no podemos hablar del estado de la ciencia en la II República sin tener en cuenta la gran aportación que realizaron a ella las mujeres, hasta entonces alejadas a la fuerza de cualquier actividad intelectual por el yugo patriarcal contra el que continuamos luchando hoy en día. Ellas también se beneficiaron de los programas de la JAE, y de las 158 personas que trabajaban en el Edificio Rockefeller, 36 eran mujeres. Sus historias fueron recogidas en la obra Pioneras españolas de las ciencias. Las mujeres del Instituto Nacional de Física y Química, escrita por Carmen Magallón Portolés y publicada en 1999.

Un ejemplo de estas figuras femeninas fue la química Dorotea Barnés González, hija de Dorotea González y Francisco Barnés Salinas, el ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes que reformó la enseñanza primaria y secundaria haciéndolo completamente laico. Tras exiliarse en Francia durante la Guerra Civil, Dorotea volvió a España en 1940 y fue inhabilitada tanto para la enseñanza como para la investigación. Sus hermanas Adela y Petra, excelentes científicas como ella, estaban casadas con investigadores afines al gobierno de la República y al finalizar la Guerra Civil tuvieron que exiliarse en México. Adela Giral Barnés, hija de Petra, recogió, junto con las autoras María Teresa Márquez y Trinidad Martínez Tarragó, las biografías de estas familiares suyas en Frutos del exilio, publicada por la Universidad Autonóma Metropolitana en 2010.
 
Por su parte, la también química Jenaro Vicenta Arnal Yarza tenía un origen familiar mucho más humilde. Huérfana desde joven, trabajó como maestra y obtuvo una licenciatura y un doctorado en Química en la Universidad de Zaragoza, además de obtener dos becas de la JAE para continuar su carrera investigadora en otras universidades.

Como vemos, el período republicano fue muy prolífico para la actividad científica desarrollada en España. La perfecta comprensión que educación, ciencia y desarrollo social van de la mano y son inseparables llevó a unos años en los que, incluso con sus obstáculos y dificultades, se hizo un gran trabajo para el acercamiento de las disciplinas científicas a la sociedad y se realizaron grandes avances en muchas áreas del conocimiento humano de los que nos beneficiamos hoy en día. Nuestro objetivo no puede ser otro, pues, que seguir cultivando estos valores y utilizar todas las herramientas que tengamos a nuestra disposición para fomentar la curiosidad intelectual, la presencia de las ciencias en las aulas y en los medios de comunicación y, en general, el acercamiento del saber a todo el mundo. Colectivizar el conocimiento humano: es la única manera de avanzar como sociedad y hacer de este mundo un lugar más libre.



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