Proyecto Faq Las derechas españolas nunca dijeron NO a Hitler

jueves, 1 de abril de 2021

Las derechas españolas nunca dijeron NO a Hitler

 
Las derechas españolas nunca dijeron NO a Hitler
Víctor Moreno

“La verdad difícil de aceptar para las propias víctimas pero que, con todo, debemos tener el valor de no cubrir con velos artificiales que los judíos fueron exterminados en el transcurso de un delirante y gigantesco holocausto, sino, literalmente, tal como Hitler había anunciado como piojos, es decir, como nula vida. La dimensión en que el exterminio tuvo lugar no es la religión ni el derecho, sino la biopolítica” (G. Agamben, Homo Sacer. El poder sobreaño y la nuda vida. Pretextos, 2006.).

La prensa de derechas de esta época habló desde la subida al poder de Hitler, en 1933, hasta los juicios de Nüremberg, 1945-1946, nunca habló de los campos de exterminio -cuando lo hagan, dirán “campos de internamiento”- y cámaras de gas. Más todavía. Utilizaron a los judíos como chivo expiatorio o pretexto fundamental para defender a Hitler y el nazismo, tarea a la que se entregaron con auténtica lujuria. Es verdad que el nazismo, como conglomerado político, fue objeto de valoraciones distintas por parte de las derechas, pero ¿condenarlo?, no tuvieron ese coraje.

Primero, Hitler contó con el apoyo de periodistas, legisladores, escritores, intelectuales, militares, sacerdotes y políticos españoles de un modo absoluto, hasta que algunos de ellos se cayeron del guindo de la ingenuidad, pero no por descubrir los campos de exterminio, las cámaras de gas y los depravados experimentos científicos, sino porque los nazis respetaron los intereses de los católicos alemanes.

Segundo, Hitler y el nazismo tuvieron a su favor el silencio de la Iglesia española que no dijo ni una palabra al respecto. Aún estoy por leer un documento público de su pontífice Pacelli, alias Pío XII, donde condenara el nazismo al igual que empapeló a los rojos de España y al comunismo por ser intrínsecamente perverso. ¿No lo era el nazismo?

Descubrir tal documento sería un contratiempo para las derechas de hoy. Si Pío XII no condenó el nazismo, ¿quiénes se creen Casado y compañía para condenarlo? ¿Acaso se creen más que el papa? Y si comunismo y nazismo son lo mismo, ¿por qué no los condenó al abismo su santidad papal? ¿No lo eran, acaso, en 1934?

Hitler nunca tuvo la culpa

Desde el primer momento, las violencias sistemáticas causadas contra los judíos se justificaron por la prensa española con falacias, tópicos y estereotipos que se venían vertiendo desde antiguo y que se recrudecieron en Europa a finales del siglo XIX-XX.

En un temprano artículo, que llevaba por título “Glosario. Judíos y Judíadas”, en su premisa se afirmaba que “con el fin de desaprobar toda violencia que no esté perfectamente justificada y sin aplaudir los atropellos”, hay que indicar que “la prensa alemana trae elementos de juicios sobrados para conocer el fundamento y alcance de las reales o supuestas arbitrariedades que en esta cuestión se atribuyen a Hitler”. Pero, en realidad, ¿qué iba a decir la prensa alemana sometida al dictum hitleriano y al del partido nazi?

Y estamos en abril de 1933, es decir, a tres meses de que Hitler fuera nombrado canciller. A pesar de ello, según este periodista español, que firmaba J. B., “la guerra declarada por el gobierno alemán a los contumaces hijos de Israel está ya dando sus resultados de reacción contra Hitler”.

Lo decía porque, no en Alemania, sino en Londres hasta en los automóviles se pedía un boicot contra Alemania. Lo mismo en Nueva York. Porque, a decir verdad, “en Alemania, las represalias antihebreas han comenzado. Las tiendas de los judíos se han cerrado. En algunas tiendas se ha colocado: “Cerrado hasta que la judería mundial cese en sus ataques contra el renacer de Alemania”. Los juristas judíos han abandonado y los abogados hebreos se han acogido al arresto preventivo. Hasta los mismos excombatientes judíos se han puesto del lado del Reich convencidos de que los males que ha sufrido el imperio tienen su origen en fuentes israelitas. La negra pesadilla judaica había sumergido la civilización contemporánea en un caso de organización política y social. El judaísmo en sus distintas manifestaciones de liberalismo económico y social, de socialismo, comunismo y bolchevismo era su enemigo natural y formidable”. Así, de una tacada. Todos los hijos del diablo metidos en el mismo saco ideológico.

Luego, proseguía: “Se pretende aprisionar cualesquiera torpezas del antijudío Hitler, sacando a plaza los más mínimos errores del Führer nacionalista. Pero ese movimiento de represalias judías era cosa natural y descontada. Usa la prensa y pronto el cinematógrafo presentándonos la figura de Hitler y sus adláteres como una cosa vitanda, contrahecha y hasta detestable. Lo importante será que estamos en plena guerra contra Israel. Ya era hora, porque desde hace veinte siglos Israel viene haciendo la guerra al mundo entero” (DN. 6.4.1933. “Los judíos”).

Pronto se sumarían más artículos a esta ceremonia de la persecución que conllevaba la defensa sin paliativos del nazismo y de Hitler. En ocasiones, querían dárselas de objetivos y comprensivos, como cuando afirmaban “censuramos las persecuciones arbitrarias que puedan sufrir los judíos”, pero ¿cómo podía haber censuras si tales persecuciones no existían y, si existían, estaban más que justificadas? Pues, según decían, “Hitler era incapaz de ordenar nada que no estuviese justificado”. Se lo prohibía su amor a Alemania. ¡Oh, el amor a la Patria! ¿Hay argumento más contundente para cometer cualquier crimen justificado? Sí, el amor a Dios, pero, por esta vez, dejémoslo tranquilo.

El analista anterior afirmaba que, si se perseguía a los judíos, era porque algo habrían hecho y, por tanto, se lo merecían. Pues no se puede “olvidar que el pueblo deicida se ha hecho aborrecible en todas las naciones por su avaricia insaciable, por su inadaptación y por su rebeldía. Por lo que se les haga ahora, está más que justificado. Y Hitler hará bien, porque, haga lo que haga, lo hace para defender a su país”. Actuaba en defensa propia. Así que la equis de la incógnita estaba más que despejada: los malos eran, en realidad, las víctimas, no sus verdugos.

Para colmo, como burdo tergiversador de la historia, este periodista, en un ejercicio hiperbólico de los datos del pasado, diría que “la cosa no era para alarmarse”, pues “los españoles bien sabemos mejor que los alemanes que los judíos se merecen cualquier tipo de persecución”. Y, si es así, para qué decir más. Bueno, sí, el artículo sostenía que a Hitler le estaba pasando lo mismo que les pasó a los Reyes Católicos: “Las maldades aribuídas a los judíos obligaron a los Reyes Católicos a expulsarlos de España en 1492 y a los monarcas navarros a desterrarlos del reino en 1498. Los expulsaron para pacificar los espíritus españoles tan perturbados por ellos por su presencia”.

¿Y que hicieron los respetados “angelitos hebreos” (sic) en aquella ocasión? Pues según el periodista, lo que estaban haciendo los judíos en Alemana, es decir, utilizar su prensa inmoral para desprestigiar a Hitler: “los judíos a través de su prensa sectaria desfiguraron por completo las intenciones de la orden de expulsión de España, porque lo que pretendían era vengarse haciéndose mercaderes, para robar; médicos y boticarios, para matar; clérigos para destruir el templo; y regidores del pueblo para arruinar a la nación española”. Así que, en esta situación, mira por dónde, los alemanes del siglo XX y los “españoles” del siglo XV se veían hermanados por una misma estrategia común. Luego, vendrán las derechas actuales condenando la utilización del pasado para justificar el presente. Como se ve, el invento lleva muchos años en uso por sus homólogos.

¿Más madera? Por supuesto. Como quiera que “los judíos han seguido haciendo de las suyas a lo largo de la historia, pues su instinto asesino es hereditario”, el periodista, navarro por más señas, preguntará retórico: “¿No sería posible que Hitler haya descubierto nuevas judiadas del pueblo deicida y que lo que parece atropello no sea sino justa defensa de Alemania seriamente amenazada por los poderes ocultos del judaísmo ensoberbecido y que provocan dicha reacción?”. Sin dudarlo. Por lo que “merece estudiarse el caso antes de fallar. Una nación tan culta y progresiva como Alemania, no es posible que sea imitadora de la calumniada España del siglo XV al oponerse con entereza a las intolerables judíadas de los judíos. Y es que la Justicia del Tribunal de la Historia podrá sufrir retraso, pero se administra y ejecuta inexorablemente” (Juan P. Esteban. DN. 18.4.1933).

Veamos, pues, qué pasó cuando llegó esta Justicia del Tribunal a secas.

Juicios de Nüremberg

Como sabemos, en los juicios de Nüremberg, celebrados entre octubre de 1945 y que se prolongaron hasta finales de 1946, desfilaron por el estrado y con resultados finales distintos para los llamados “criminales de guerra”.

Esas sesiones pueden leerse en la prensa de la época. Se reproducirán, incluso, testimonios de quienes sobrevivieron a los campos y cámaras de gas. Pero lo que no leerán en las páginas de los periódicos será un artículo o un editorial condenando el genocidio y gritando al mundo “Nunca más”. Tampoco, toparemos con una alocución pastoral o circular episcopal clamando contra la masacre perpetrada por Hitler y sus secuaces.

Es que a estas derechas ni siquiera los Juicios de Nüremberg consiguieron ablandarles el corazón, ni arrancar de ellas un gesto de solidaridad con las víctimas; menos todavía, una condena de Hitler y de su nacionalsocialismo. Todo lo contrario, en el colmo del cinismo, algunos periódicos se dedicaron a publicar la correspondencia entre Hitler y Mussolini, para demostrar el brillo de su “talento especulativo”, que dijera Ramiro de Maeztu refiriéndose al primero.

En otro artículo, titulado “Vae victis” -¡Ay, de los vencidos!-, publicado nada más iniciarse los juicios, y firmado por un requeté, instigador y golpista navarro, se preguntará: “¿Quiénes son criminales de guerra? ¿Serán los que cometen crímenes en la guerra o lo que cometen crímenes de guerra? ¿O los que cometen crímenes por la guerra? Esto no está demasiado claro. Lo que no admite duda es que los criminales de guerra son los que han perdido la guerra” (DN. 3.10.19345).

Olvidaba este requeté llamado Eladio Esparza (en la imagen) que hay muchas maneras de hacer la guerra. Y la manera de hacer la guerra de los nazis nunca fue “limpia”. Los judíos que llevaron a las cámaras de gas nunca estuvieron en ningún frente de guerra. Ahora bien, si ganar o perder la guerra es el argumento definitivo para determinar quiénes son de verdad criminales, eso significa que el mundo ha estado gobernado por criminales y asesinos desde siempre. Hitler y Franco, a pesar de que el primero la perdió y el segundo la ganó, fueron en igual medida tan criminales el uno como el otro. El gesto del dictador español, al imponer un Estado como consecuencia de una guerra, provocada tras un golpe militar contra un gobierno democrático, solo confirma que fue un acto criminal y lo seguirá siendo, por muchos afeites terminológicos que ofrezca la Academia.

 

El requeté escritor, en contra de su propia argumentación, reprochará que “los soviets están cometiendo y han cometido actos como los que se imputan a los alemanes y a los japoneses y que, ahora, se juzgan como propios de criminales de guerra. Y hay más que sobradas razones para que a Stalin, autócrata de los Soviets, se le considere como criminal de guerra”. Pero si los rusos ganaron la guerra, ¿por qué llamarlos criminales de guerra y en la guerra? ¿Acaso Franco, que ganó la guerra, dejó de ser un criminal de guerra, en la guerra y después de la guerra?

¿Dónde quedaba en 1945 la condena ex profeso de Hitler y del nazismo? Si los nazis no hubieran perdido la guerra, eso habría significado que los millones de muertos de judíos y sujetos pertenecientes a razas inferiores, lo fue conforme a Derecho Internacional y, en consecuencia, Mengele y compañía podrían haber seguido con sus experimentos criminales hasta nuestros días y recibir el premio Nobel de Medicina. Tenían derecho a ello, pues habían ganado la guerra. Si Hitler hubiese ganado la guerra, las derechas, jamás habrían condenado aquel exterminio. Solo lo hubiesen lamentado las víctimas, que es lo que sucedió en España. Pero, si la Cruzada en España, como decían los obispos, fue contra el comunismo, y este, finalmente, según las derechas actuales, era/es idéntico al nazismo, ¿por qué lanzar su anatema solo contra el comunismo?

Desde que Europa tuvo conocimiento del trato inhumano y criminal del nazismo contra los judíos en ningún momento las derechas clamaron contra él, sino que lo justificaron, incluso después de la muerte de Hitler, acaecida en 1945.

Un dato relevante. Juan de la Cosa, detrás de cuyos significantes, se encontraba Carrero Blanco, en su charlas de Radio Nacional, no tuvo escrúpulo alguno para decir que el juicio de Nüremberg era “venganza” y “crimen”. Menos mal que, en primera instancia, llegó a reconocer la existencia de “las matanzas en masa”, “el exterminio metódico y sistemático de raza de los nazis”, pero, a continuación, afirmaba que “todo eso estaba al mismo nivel que “los crímenes de los rusos” , “de los rojos en España” o “la persecución en Francia de los colaboracionistas”. Igualico.

Tras la sentencia dictada, el 17 de octubre de 1946, el periódico ABC tan ladino como cínico, reprodujo una portada en la que cifraba cuál era su actitud ante Nüremberg. En ella, aparecían cuatro cuadros históricos sobre rendiciones: las de Granada, Breda y Bailén y la visita de Carlos I a Francisco I, en la cárcel. Los acompañaba un escueto titular: “Vencedores o vencidos”. La interpretación era obvia. Se hacía una contraposición entre la generosidad caballerosa del ejército español victorioso y la venganza de los aliados. En ningún momento, los “conspicuos nazis de ABC”, explicaban al lector cuál era la relación existente entre los nazaríes, los holandeses y los franceses presentes en los cuadros con los criminales nazis ejecutados.

LA Censura fue absoluta en relación con las imágenes del exterminio. Nunca se publicó una fotografía. Existe una referencia aparecida en el Nodo del 21 de mayo de 1945 sobre la liberación de Buchenwald. El relator va exponiendo que están saliendo a la luz pública “pruebas terribles de inconcebible vesanía y crueldad; de martirio y muerte” “miles de presos políticos”, “esqueletos vivientes entre miles de cadáveres”.

No asustarse. Todo ello causado por “el hambre y las epidemias”.

Boicot a los judíos

 

El tradicionalista carlista Claro Abánades fue vocal de la Junta Directiva del Círculo Tradicionalista de Madrid, presidido por Díaz Aguado Salaverry. En ocasiones, acompañó en los mítines de carácter mellista a Esteban Bilbao, al conde Rodezno, a Urraca Pastor y al citado Díaz Aguado. Fue redactor jefe de los diarios madrileños El Pensamiento Español, El Correo Español, y colaborador del integrista El siglo Futuro. En ocasiones, Diario de Navarra reprodujo sus artículos antijudíos. No consta que fuera corresponsal de ninguno de estos periódicos en Berlín. A su muerte, el franquismo se lo pagó concediéndole la chatarrería habitual: la Encomienda de Alfonso X el Sabio, la italiana de San Carlos Borromeo y la placa de Comendador de la Orden al Mérito Civil. Solo le faltó la Gran Cruz de Oro de la Orden del Mérito del Águila Alemana, pero esta estaba reservada para Franco.

 

En uno de sus tempranos artículos, Abánades decía que, “según le ha llegado”, en Alemania se ha hecho boicot a los judíos”. El hombre no podía creérselo y acusaría de esta inculpación a “la prensa judaizante, masónica y marxista que trata de calumniar a unos gobernantes, atribuyéndoles cosas fantásticas, que, de ser ciertas, producirían la indignación en todo el pueblo honrado”. Como era habitual, este sujeto, que tan enterado se creía de lo sucedido en Berlín, no citaba ningún periódico judío.

No solo se haría eco de este supuesto y falso boicot, sino que denunciará que “se ha llegado a afirmar, con una desaprensión inaudita, que en Hamburgo han sido sacrificada 1400 personas, las cuales fueron ejecutadas por la sola condición de pertenecer a la raza judía. El Gobierno alemán lo ha desmentido rotundamente y nadie después de esto se ha atrevido a demostrar semejante monstruosidad. No ha habido un solo acto de violencia organizado La mayoría de los comerciantes judíos realiza su labor cuotidiana como siempre”.

Como argumento de autoridad definitivo, Abánades concitará la opinión de Von Papen, quien “ha salido al paso diciendo que la revolución nacional, cuya noble meta es la de librar a Alemania del peligro comunista y de depurar la administración pública de elementos nocivos e inferiores, se ha verificado en el mejor orden”. Luego, se preguntaba: “¿No es buena prueba de la alta cultura del pueblo alemán la revolución sin serios disturbios, sino con orden y disciplina ejemplar?” (DN. 3.5.1933). Estupenda, sin duda.

Este periodista era tan torpe en sus informaciones que ni siquiera reparaba que en el mismo periódico donde él escribía, otro redactor, S. de P., desde Colonia y en el mes de mayo y narrando hechos acaecidos en abril de este mismo año, afirmaba que “todos los escaparates judíos de Colonia estaban custodiados por nazi. Las lunas ostentaban letreros improvisados a mano de diversas formas y tamaño y pasquines impresos, con monigotes pintados con grandes narices, anunciadores del boicot que el pueblo alemán debe declarar a la raza judía. El boicot, dicen, es la respuesta a la “cruel propaganda internacional judía contra Alemania. El que entre en una de esas tiendas se le filmará para los efectos consiguientes. Nadie entra. Será tenido como traidor al pueblo alemán” (DN. 16.5.1933. “El boicot antijudío”).

Era tal el cúmulo de contradicciones en que incurrían estos cronistas que, al día siguiente de publicarse la anterior crónica, se decía: “Los comerciantes judíos siguen en sus negocios sin ser molestados. La vida comercial sigue normalmente”.

¿Qué es lo que ocurría para que ofrecieran tan burda y contradictoria información? Sencillamente, la culpa la tenía la prensa democrática, porque “los llamados demócratas, que no quieren o no quieren entender lo que es la verdadera democracia, no pueden ver con tranquilidad, que una inmensa, arrolladora e imponente mayoría del país alemán se ha manifestado en contra del comunismo y del marxismo y de los que lo defienden en nombre de una libertad averiada y deshecha. Lo demócrata es respetar la voluntad del pueblo, y el alemán ha elegido sus representantes, entre los cuales 441 diputados se han manifestado dispuestos a apoyar al actual gobierno contra 93 no conformes. Sería fácil refutar todas las calumnias proferidas contra el nuevo régimen, pero los propaladores de esas villanía, inventarán, seguramente, centenares de nuevos casos” (DN.17.5.1933).

Abundando en la contaminación propiciada por la prensa democrática, se añadía que la intoxicación propalada por esta se debía al dinero semita, responsable de mantener el periodismo mundial comunista “contra el nuevo régimen político germano, campaña de odio, de maldad y de rencores”. Así que se volverá a proclamar lo que era nada más que la verdad: “La revolución promovida por el racismo obtuvo la aprobación popular en las elecciones de Marzo, declarándose triunfante por una mayoría tan aplastante que nunca había sido conocida en aquel país” (DN. 17.5. 1933. S. de P.). Al menos, en esta ocasión, decía la verdad: Hitler era racista.

En el mes de julio, la prensa repetía las mismas consignas, abundando en el tópico de que el dinero de los judíos era quien movía los hilos contra Hitler, lo que era motivo de incertidumbre en el periodista, toda vez que ahora “cuando no ha muerto por causas políticas ni un solo judío, se aprovechan de sus relaciones internacionales para promover una propaganda incalificable de calumnias y mentiras. La campaña semita y masónica tiende a la perturbación y a la guerra. Toda persona conocedora de tan siniestros propósitos tendrá que reaccionar contra esa campaña embustes y de no comprimidos rencores” (DN. 15-7-9133). Firmaba este artículo el mellista Claro Abánades.

Los protocolos de los sabios de Sión

A pesar de que este libelo había pasado al letargo del silencio, ahora, en plena II República española, las derechas volverían a desempolvarlo con el fin de demostrar que el nazismo tenía razón al perseguir a los judíos, pues Alemania a lo que se estaba enfrentando de verdad era a un complot de los hebreros que maniobraban junto con los comunistas. No se tardaría mucho tiempo en dar con la fórmula del “complot judeo masónico y comunista”.

Los protocolos de los sabios de Sión es un libelo atribuido a unos judíos, donde se cuenta una fantástica conspiración para conquistar el mundo, utilizando para ello todo tipo de crímenes y maldades. El asunto no es nuevo. Quevedo escribió La isla de los Monopantos (1650), un relato antisemita incluido en la Hora de todos y la fortuna con seso, libelo, en principio, escrito contra el conde duque de Olivares, pero que terminó convirtiéndose en una obra contra los judíos.

Es de las primeras obras en las que aparece la teoría de la conspiración judía para dominar el mundo. Es probable que el libro de Quevedo lo conociera uno de los autores que plagiaron Los protocolos de los sabios de Sion. Fue escrito por un agente ruso en 1902 para justificar los pogromos que sufrían los judíos en la Rusia zarista. No importó que ya en 1921 se descubriera que era un monumental plagio de la obra de Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu o la política de Maquiavelo en el siglo XIX, escrita por Maurice Joly, autor satírico, junto con un engrudo bien formado a partir de la novela antisemita, Biarritz, de 1868, escrita por Goedsche.

 

Antes de la llegada de Hitler al poder, habían aparecido 33 ediciones alemanas. Fue publicado en 1903 por el editor ultraderechista, racista y antisemita Pavel Krushevan. Traducidos al inglés, por el corresponsal del Morning Post, Víctor E. Marsden, y al español por F. J. Y. En España, sería el sacerdote Juan Tusquets Terrats uno de sus principales propagandistas. Decía: “¿Queréis entender con mayor precisión el plan judaico? Leed los protocolos aprobados en 1897 y publicados en Rusia por Sergio Nilus en 1901 y archivados en el Britisch Museum desde 1906”.

Tusquets, junto con Onésimo Redondo, fue el gran difusor de los protocolos durante el período republicano con el objetivo de denunciar la poderosa organización judaica internacional obsesionada con destruir los estados cristianos y afianzar el gobierno de la República, mantenida por el lobby judío.

Una de las referencias al libro la protagonizó, en mayo de 1933, el inevitable carlista Abánades, quien reprodujo alguno de sus fragmentos. Inevitable dicho ademán, pues ya señaló Martin Blinkhorn que “los carlistas estaban totalmente convencidos de la existencia de una conspiración mundial dirigida por los judíos y de la autenticidad de los Protocolos de Sión” (Carlismo y Contrarrevolución en España 1931-1939, Editorial Crítica, 1979).

Por ejemplo, este dictum: “La política no tiene nada de común con la moral. El gobierno que se deja guiar por la moral, no es político y, por consiguiente, su poder es frágil. Aquel que quiera reinar debe recurrir a la astucia y a la hipocresía (…). Nuestros principios son tan poderosos como los medios que nos valemos para ejecutarlos. Triunfaremos y someteremos a todos los demás gobiernos al nuestro”.

A lo que añadía de su propio magín la siguiente constatación: “El gobierno alemán debe conocer bien los siniestros planes del judaísmo y de la masonería; sin que ello signifique que se proponga exterminar a judíos y masones, como se ha pretendido hacer ver por la prensa a sueldo de los que prosiguen las doctrinas de los deicidas”.

 

En efecto, Hitler conocía el libro y lo conceptuaba como “una ilustración de los designios ocultos de los judíos”. Una vez en el poder, decidió que su lectura se integrara en el currículum de la enseñanza escolar del III Reich para conocer mejor “la catadura inmoral del pueblo judío”.

Medida muy congruente con su pensamiento y con la razón de su llegada al poder. Pues la gran baza ideológica, por la que fue elegido en las urnas, consistió en repetir una y otra vez lo que hacen los demagogos en una situación de crisis económica del país: ofrecer a la sociedad un culpable, un chivo expiatorio, explicando la penosa situación en que se encontraba la sociedad alemana. Paradójicamente, la utilización del chivo expiatorio tuvo un amplio uso entre los judíos, tal y como se puede leer en la Biblia, pero no solo (R. Girard. El chivo expiatorio, Anagrama).

 

¡Qué curioso! Actuando al “modo judío”, Hitler consiguió dos objetivos fundamentales: echar la culpa de la bancarrota del sistema económico alemán a los judíos y, de modo simultáneo, atribuirles una identidad criminal -biopolítica, como dice Agamben-, como resultado de una dotación genética, no solo diferente, sino enemiga del ario.

Las derechas se creyeron como un dogma de fe semejante análisis, tan fatalista como falso del ADN judío, y se dedicaron a su cultivo y propagación con inusitado fervor. Se podrá creer o no, pero los escritores franquistas se entregarán como obsesos a salvaguardar el honor de Hitler y del nazismo, alabando su sistema político, social y económico, sin que en ningún momento pronuncien una sola palabra sobre/contra la masacre perpetrada contra los judíos y razas inferiores.

José María Pemán, Ramiro de Maeztu, Manuel Bueno, Mourlane Michelena, Eugenio Montes, Jorge Vigón, Antonio Bermúdez Cañete, Juan Beneyto, Giménez Caballero, Laín Entralgo formarán parte de ese equipo de señeros intelectuales que en las páginas de los periódicos ABC, Acción Española, El Debate, La Nación, El Siglo Futuro, Diario de Navarra, El Pensamiento Navarro, además de revistas como Águilas, Amanecer, FE (Falange española), Imperio, Jerarquía, Vértices, y distintos libros firmados por ellos mismos, cuyo fin será el mismo: la divinización Führer alemán como “baluarte de la civilización occidental y defensor del catolicismo frente al marxismo y del comunismo”.

Es cierto que algunos de estos nombres se caerán del guindo y experimentarán cierta decepción hacia el nazismo, sobre todo cuando en Alemania se dicten normas contra la religión católica, pero no nos desengañemos. Hitler saldrá incólume de esa crítica. Nunca recibió una palabra de más. Y Hitler era la encarnación del nazismo.

Lo más extraordinario de esta metamorfosis espiritual que se dio en algunos de estos intelectuales fue que, con el tiempo, se presentarían en la sociedad de los años 80 con el carnet de demócratas de toda la vida o “descargando su conciencia” de aquella manera.

Auto de fe: el bibliocausto de 1933

Merece la pena detenerse en este capítulo referido a la quema de libros ocurrida el 10 de mayo de 1933 en la Plaza de la Ópera de Berlín.

Quien dio temprana noticia de esta quema de libros fue el corresponsal de El Debate en Berlín, Antonio Bermúdez Cañete. Reproduzco su texto tal cual fue publicado: “Otro espectáculo aún más extraño para el desgraciado español de hoy. Acabo de presenciarlo ahora cuando cae la media noche. Lo más inteligente y culto de la juventud de Berlín acaba de desfilar entre el reflejo de sus uniformes bajo una procesión de antorchas por el Untenden Linden Al llegar frente a la Universidad e intercalados con discursos de Goebels se han quemado solemnemente cerca de 20000 obras rigurosamente pornográficas y sin valor bibliográfico ni artístico. O sea un auténtico auto de fe. Auto de fe no en 1300 sino en 1933, no en una ciudad apasionada o inquieta, sino ante la universidad más completa y famosa de la tierra. Lo que nos dice que el mundo evoluciona vertiginosamente hacia una Edad Media de jerarquías y de orden moral, Y que la ciencia que blasfema quiso alzarse en los días demoníacos frente a Dios, lo que se repliega para dar paso a los valores éticos a la verdadera cultura por la que tanto hizo España” (DN. 12.5. 1933).

Luego veremos una relación de esos autores que, al parecer, escribían obras pornográficas, degeneradas y sin valor artístico ni bibliográfico.

 

A pesar de que Antonio Bermúdez Cañete fue crítico con ciertos desmanes del nazismo, en especial a partir de 1934, debido a los atentados contra el Palacio Arzobispal de Munich donde residía el cardenal Faulhaber, la salida de von Papen del gobierno y los asesinatos de jefes de organizaciones deportivas católicas, como síntomas definitivos de la ruptura entre el Vaticano y el Partido Nacional Socialista-, lo cierto es que en sus artículos la figura de Hitler salió siempre inmaculada, presentándolo como un gran defensor de la cultura y la civilización cristiana. Bermúdez consideraba a Hitler un “completo cristiano y un convencido católico”. La verdad es que, repasando algunos de sus discursos, el teutón lo disimulaba muy bien.

No he localizado un artículo publicado en prensa durante esta época que condenase las cámaras de gas y los campos de exterminio. Encuentro lógica esta ausencia. En una cabeza, tan cristiana y tan católica como la de Hitler, no podía caber semejante ignominia. Según Bermúdez, los desmanes criminales del nazismo se llevaron a cabo sin que Hitler se enterara. Fueron obra de subjefes y caudillos locales. Lo mismo pasó con Franco que nuca se enteró de nada… y tampoco se metió en política.

César González Ruano era corresponsal de ABC en Berlín. Su actitud con relación al Auto de Fe primaveral fue parecida a la de Bermúdez. En un artículo monográfico, calificaba aquel bibliocausto como “un acto político, signo de la reacción de un pueblo ante los años weimerianos, donde se dio un abuso de educación sexual pervertida y fomento de odio antimilitarista”. A continuación señalaba que “lo que allí había ardido eran libros indignos e ideas abominables. Otros lamentarán que ardiera Remarque. Yo, no”.

Juan Beneyto calificaría la obra de Remarque Sin novedad en el frente como “un folletón con finalidad destructora del sentimiento nacional”. Al mismo tiempo señalaba la coincidencia entre el Auto de fe nazi de 1933 y el acto en el patio de la universidad madrileña donde se quemarían, además de la obra de Remarque, libros de Rousseau, Marx o Voltaire” (Amanecer, nº 55, 5-XII-1937).

 

La fijación con Eric Remarque no es extraña. Hay que recordar que la editorial España, fundada por los socialista Luis Araquistáin, Álvarez del Vayo y Juan Negrín, publicaron Sin novedad en el frente, en 1929. Fue un best-seller de la época llegando a vender 110.000 ejemplares, alcanzando nueve ediciones en un año. Eso no se podía consentir en pleno régimen militarista.

 

Eugenio Montes sustituyó como corresponsal a Ruano. Montes no presenció la hoguera, pero a lo largo de su estancia en Berlín, tuvo tiempo para comentar el hecho. A finales de 1933, en un artículo, desmentiría que se quemaran libros de Goethe: “gran patraña de las brutalidades nazis que campaba, en su opinión, por la prensa española republicana”. En cambio, los libros y autores que fueron condenados al ostracismo por antialemanes o por considerarlos “literatura degenera y decadente, a partir de aquel día ya no tenían lugar en el escaparate de la librería de la nueva cosmovisión nacionalista, antimarxista y antiliberal del Tercer Reich.”.

 

Giménez Caballero, llevado por esta fiebre pirómana, bajo la firma de El Gran Inquisidor, propugnaría llevar a la hoguera al filósofo José Ortega y Gasset, lo que daba la medida de su planicie cerebral y cretinez mental. (Falange Española (FE). El Gran Inquisidor, “Antifascistas en España: Don José́ Ortega y Gasset,” nº 1, 7.XII.1933).

Jorge Vigón, monárquico militar, se explayaría a gusto alabando las medidas adoptadas por Hitler. Entre osas mejoras, hablaba de la situación obrera y la vuelta de la mujer al “redil doméstico”, pues la política era cosa de especialistas y de hombres. Decía Vigón que Hitler de un plumazo había solucionada en dos días el paro de seis millones de alemanes, había apartado a socialistas y judíos de los mandos dirigentes de la sociedad -sin especificar cómo lo había logrado-, y confiscado las propiedades de los partidos de izquierdas y sindicatos obreros. Según este experto, el nacionasocialismo había descubierto que “no hay en el mundo otra política posible que la política para el pueblo”. La perspicacia de este militar le llevaría a sostener que la España republicana “no estaba preparada en aquellos momentos para recibir la lección que se está dictando ahora en Europa”. Y profetizaba: “solamente aquellos que hoy estaban siendo hostigados y perseguidos recibirían en el futuro los nuevos aires totalitarios que soplaban por la Alemania hitleriana”306.

Ramiro Ledesma Ramos fundó con Onésimo Redondo en 1931 las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS). Sería expulsado de Fe de las JONS en 1935. Nada más iniciarse la guerra civil fue detenido por milicianos republicano y lo asesinaron durante una saca.

Fundó la revista La Conquista del Estado, en marzo de 1931, a imitación de La Conquista dello Stato, dirigido por Curzio Malaparte. Propugnó desde el principio la defensa sin paliativos del Partido Nazi (NSDAP) a quien elevó a la “categoría más factible para poder alcanzar un fascismo español”. Desde su primer número, 14 de marzo de 1931, dejó clara su defensa del fascismo encarnado por Mussolini y Hitler. Su semanario fue de los primeros en publicar el programa del partido nazi y divulgar extractos del Mein Kampf. En su opinión, solo las “falanges hitlerianas habían sabido interpretar los nuevos tiempos de confrontación y violencia”. Al partido de Hitler lo definía como un “partido de revancha, exaltación nacionalista y propaganda antisemita”, destinado a la construcción de un Estado racista, antisemita y antiparlamentario.

Culpaba a los judíos de la crisis económica alemana del país, aunque respecto a la “conspiración judaica sobre los males de España”, no lo veía tan claro como su camarada Onésimo. Eso, sí, Hitler será presentado como un gran caudillo.

Como colofón, es bueno saber que el fascista Ledesma Ramos abogaba “por un régimen estatista, donde quedarían suprimidas las libertades democráticas, se erradicaría de cuajo del marxismo lo mismo que los separatismos periféricos, y se impondría el imperio de los valores hispánicos, entre otros principios”.

Recordarlo en estos tiempos no está de más, toda vez que el dirigente de VOX dice inspirarse en este fascista llamado Ledesma.

Ramón Rato Rodríguez, jurista y empresario, cobraría fama durante el franquismo por su imperio radiofónico -fundó Radio Nacional de España con Giménez Caballero, Ridruejo, de la Serna, Aparicio-, y emborronó dos libros sobre la juventud de su época -la II República-, donde, como era lo preceptivo aprovechó la ocasión para congraciarse con el nuevo gobierno alemán. Sus títulos: Vagabundo bajo la luna y Una generación a la intemperie. En el segundo, el protagonista elogiará sin tapujos “las políticas culturales” propiciadas por Goebbels. El razonamiento de Rato era que, hasta ahora, en los llamados estados liberales “la cultura siempre había dependido de la selección individual”, En cambio, la Alemania bajo los auspicios de Hitler era el Estado totalitario quien había asumido esa responsabilidad con unos resultados sorprendentes. La cultura para el nazismo, decía Rato, era, no solo un ingrediente espiritual clave de la comunidad, sino un un componente más de un “programa político-social cuyas medidas se emprendían con claridad, energía y a la luz del día”. A la luz del día.

 

Quién fuera a decir que Rodrigo Rato, el gran ministro de economía de Aznar y artífice de las tarjetas black, fuera hijo de una admirador de Hitler.

Víctor Ruiz Albéniz, médico de profesión y famoso por sus artículos publicados durante la guerra africanista y guerra civil con el seudónimo El Tebib Arrumil, sería de aquellos jóvenes que marcharon al tercer Reich para que contar lo que de verdad sucedía en Alemania y los lectores españoles no se hicieran falsas imágenes de la situación de la “Alemania de Hitler y lo que este significaba para Europa”. Durante septiembre y octubre de 1934, enviaría al periódico Informaciones sus artículos la mar de esclarecedores del nazismo y su líder. Los títulos “Bajo la Cruz Gamada. Viaje de estudio por la Alemania de hoy”. Uno, dedicado a la juventud y el otro titulado “Estómagos desfallecidos y ánimos alegres”.

El hombre se quedó encantado con lo que llamó “camaradería nacional”, “fraternidad racial”, “regeneración moral”, y ello, a pesar de que el país no atravesaba un buen momento económico. Según este corresponsal, los alemanes se pasaban el día cantando y riendo. No solo, en sus visitas a las fábricas era más que evidente la universal satisfacción que embargaba el corazón del obrero, pues “alejado de las tentaciones maxistas y de la lucha de clases solo se preocupaban del bien común de la nación”. ¿El artífice de este milagro? Por supuesto: Hitler, un hombre de Estado como pocos. ¿Para que seguir? ¡Ah bueno!

Se me olvidaba. Víctor Ruíz Albéniz era el abuelo del político de derechas Alberto Ruiz Gallardón.

Ramiro de Maeztu, fue de los escritores que aplaudió con mayor intensidad la fulgurante ascensión al poder de Hitler. No solo alabó sin freno las dotes oratorias y gesticulantes de este, sino que prestó su atención obnubilada al “milagro especulativo” que era Hitler, capaz de aunar nacionalismo y socialismo antimarxista de una tacada. Para Maeztu, el antisemitismo de Hitler no era mas que una sana reacción contra “el nefasto predominio alcanzado por los judíos en la Alemania de Weimar”.

Hay que señalar que el delirante entusiasmo de Maeztu por los nazis perderá vigor a partir desde 1934, no así su antisemitismo que se mantendrá incólume, lo mismo que su reconocimiento público a Hitler. Así, en 1935, en una disputa que mantuvo con Unamuno sostendrá que “la masonería esta al servicio de la raza de Israel” y, de paso, condenaría “la inmoralidad que difunde el cine norteamericano en manos de productoras judías”. Más adelante, la prensa condenaría a Charles Chaplin y enviaría su películas al ostracismo, paradójicamente, no por ser judío, sino por “estar divorciado y casado con otra mujer”

Juan Beneyto Pérez fue jurista y periodista alicantino. También visitó Alemania para estudiar la legislación alemana. Entre sus apuntes consignará que “ningún espíritu sensible puede permanecer en un país donde se está llevando a cabo una transformación tan honda como la que el nacionalsocialismo representa, sin darse cuenta de la marcha de esa labor”. Y que “la violencia, el ricino, los campos de internamiento del régimen nazi no constituían una referencia esencial del régimen nazi”. Lo que refleja que, a pesar de ser tan joven, el cinismo comenzaba a hacer estragos en su inteligencia.

En 1939, este Beneyto indicaba que el “perfil del Nuevo Estado” no podía permitirse “aquel Estado envenenador” -(republicano, entiéndase)- “donde volúmenes de la revolución rusa y francesa, propaganda contra la religión, la familia cristiana y la patria, literatura pornográfica, anarquista y antimilitarista, libros en catalán o sobre educación sexual, espiritismo y teosofismo, etc. (Imperio, Nº. 838, 6-VIII-1939).

 

Hay que recordar que este Beneyto fue el primer jefe de censura del Servicio Nacional de Propaganda, dentro del organigrama del Ministerio de Interior, creado por ley el 31 de enero de 1938. En marzo, por decreto, su jefatura pasaría al falangista Dionisio Ridruejo.

Ridruejo reconocía en sus Cuadernos de Rusia: Diario 1941-1942 (2013), que los judíos le daban “repulsión” y justificaba “la reacción antisemítica del Estado alemán”. Sin embargo, visto lo visto en Rusia, comenzó a recular. Aquellas matanzas de judíos que presenció en el frente, le parecía excesivo: “A nosotros -no ya a mí-, nos ofende en la sensibilidad esta crueldad fría, metódica, impersonal. En nuestra viva adhesión a Alemania estas son las pruebas, los escrúpulos más difíciles de salvar”. Y aun así, Hitler saldría indemne de sus críticas.

 

Agustín de Foxá, que en los años veinte era filosemita y escribía poemas laudatorios a los sefardíes, se convertiría en un antisemita de cuidado cuando lleguen los golpistas. Maldecirá a Rusia, calificándola como “sutil, negra y segura, judía y miserable”; saludará a los regulares que luchan contra los “sin Dios” y sus tanques doro judío”. En un articulo publicado en Arriba España (4.8.1937) no tendrá inconveniente en atacar a Salvador Madariaga recordándole “los atávicos fermentos judíos de su sangre”.

Eugenio d´Ors, (en la imagen) alias Xénius, en 1936, se congratularía del avance moral que la literatura alemana había experimentado tras este auto de fe, debido a la “erradicación de elementos marxistas y judíos en su elaboración”.

Pedía a las autoridades franquistas que “imitasen el modelo alemán”, siguiendo “el ideal purificador presente en la intelectualidad falangista”, puesto de manifiesto tras lo vivido en la Universidad Central, acto inquisitorial patrocinado por miembros del SEU (Águilas. Auto de fe. 15.12.1936, firmado por JOB Pinchar para ampliar).

Pero es obvio que estas declaraciones del falangista Xénius llovían sobre mojado, Desde el comienzos de la guerra civil, las autoridades militares y civiles se tomaron muy en serio aniquilar los fondos de las bibliotecas creadas durante la República, así́ como vigilar la producción, distribución y venta de literatura, principalmente, la calificada como pornográfica y marxista.

En la revista Águilas se reproducían las bases del nuevo Estado donde se afirmaba que “los libros inmorales y antipatrióticos serán retirados de las Bibliotecas” (Águilas, Cultura del nuevo Estado. Nº. 251, 22-IX-1937 Pinchar para ampliar). Firmaba la orden el militar Jordana.

Pedro Laín Entralgo, entonces jefe del departamento de Ediciones, intentaba en 1939, por encargo del régimen, lo que se denominó “nacionalización del mundo editorial español”, lo que dicho así, era una calcomanía de la política nazi con respecto al libro alemán. Resulta curioso constatar que en la lista de escritores de Laín, escritores capaces de llenar gratamente una librería, se obviara en ella a la mayoría de los autores alemanes represaliados. Ni siquiera citaba a autores cuya fama ya era mundial, caso de Sigmund Freud o de Stefan Zweig, cuyas obras fueron pasto de las llamas en los autos de fe nacionalsocialistas y franquistas en Madrid. (“Meditación ante el escaparate de librería”, Imperio, Nº. 838, 6-VIII-1939). Y Laín, desde luego, no era un indocumentado. Más bien, un cobarde.

Pedro Laín Entralgo y Franco

Pemán, en el Poema de la Bestia y el Ángel (1938) presentará a Dios encargando a la Iglesia española el mandato inexcusable de enfrentarse al Oriente rojo y semítico, porque el agente de la Bestia (de Satanás) en la tierra es el Sabio de Sión, imagen plagiada de los Protocolos. Pemán, en el poema, tendrá el desacierto de describir sabios en posesión de “narices ganchudas como picos de cuervo y barbas de chivo”. Una imagen estereotipada y tan gastada por muchísimos escritores españoles a lo largo del tiempo y que de tanto repetirla causaba náuseas.

Digamos para tener una idea más exacta de este filonazi llamado Pemán -también lo fue Benavente-, que no tuvo ninguna repugnancia en calificar a Margarita Nelken como “hebrea maldita, la del hijo sin padre y espíritu de hiena”.

Dejo de reseñar la posición de los militares golpistas, tanto en relación con el nazismo como con Hitler, haciendo una salvedad. Emilio Mola, en su libro titulado Memorias de mi paso por la Dirección General de Seguridad, afirmará que el triunfo de la República lo trajo “el odio de una raza, transmitido a través de una organización hábilmente manejada. Me refiero concretamente a los judíos y a la masonería”. Y, como era de esperar aplaudirá “la reacción nacionalista de Hitler con una España a las mismas puertas de la barbarie”.

Autores llevados a la hoguera

Bermúdez habló de 20000 libros quemados; otros, dieron la cifra de 25000. Da lo mismo. Aunque hubiera sido diez. Fue un crimen.

Actualmente, en dicha plaza se recuerda este bibliocausto con una placa que contiene una frase de un escritor “quemado”, Heine. Dice así: “Eso sólo fue un preludio, ahí donde se queman libros se terminan quemando personas”. Lo más irónico de la frase es que está en su obra teatral Almanzor, al describir una hoguera repleta de libros del Corán, en la España del siglo XVI. ¡Pobre Heine! En modo alguno iba a sospechar que una hoguera semejante ardería en su propia casa.

Fue el 24 de mayo de 1933, cuando el periodista Abánades comentaría a su modo lo sucedido en aquel Auto de fe.

Centrándose específicamente en la quema de los libros, dirá con incipiente sarcasmo, que la prensa habla de “un auto de fe de unos libros, de un atropello a la ciencia, de una barbarie organizada”. Pero, en su opinión, no era nada de eso: “En Berlín se han quemado hasta con solemnidad veinte mil obras de ese género indecente, vergüenza de los pueblos cultos, obras carentes de valor artístico y bibliográfico. En eso ha consistido el famoso Auto de Fe por el que se han escandalizado tanto los periódicos judaizante”.

Además de aplaudir la decisión de los gobernantes nazis, atribuirá que la autoría de esos libros eran judíos, así que no había qué lamentarlo. A fin de cuentas: “los gobernantes tenían razón más que suficiente para realizar ese auto de fe”. En realidad, toda Europa debería estar agradecida a Alemania, pues ese era el camino a seguir.

En fin, será el momento de nombrar a aquellos escritores degenerados, que escribían obras sin valor artístico ni bibliográfico, y cuyas obras fueron pasto de las llamas inquisitoriales: Walter Benjamin, Ernst Bloch, Bertolt Brecht, Max Brod, Alfred Döblin, Albert Einstein, Lions Feuchtwanger, Sigmund Freud Iwab Goll, George Grosz, Jaroslav Hasev Heinrich Heine, Frank Kafa, Erich Kästner, Alfred Kerr, Karl Kraus, Theodor Lessing, George Lukács, Rosa Lusemburg Heinrich Mann, Klaus Mann, Ludwig Marcuse, Karl Marx, Robert Musil, Carl von Ossietzky, Erich Maria Remarque, Joseph Roth, Nelly Sachs, Felix Salten, Anna Seghers, Arthur Schnitzler, Ernst Toller, Kurt Tucholsky, Jakob Wassermann, Franz Werfel, Arnold Zweig y Stefan Zweig.

También había franceses chamuscados como André Gide, Romain Rolland y Henri Barbusse; americanos como Hemingway, Upton Sinclair, Jack London y John Dos Passos y muchos autores soviéticos, como Gorki, Bábel, Lenin, Trotsky, Mayakovski y Ehrenburg.

Y dejamos de lado aquellos que murieron en campos de concentración, perdieron la nacionalidad, macharon al exilio o quienes se suicidaron en el exilio, entre ellos, Walter Benjamín, Ernst Toller y Stefan Zweig.

Prosigue el estigma

La justificación de la persecución al judío por parte de Hitler y del nazismo no se anduvo jamás con tapujos. Los artículos que se escribieron en la prensa española apenas se esforzaban en ofrecer argumentos para justificar dicha persecución. Consideraban que era lo razonable y lo justo, toda vez que Hitler se limitó a recordar a los europeos el odio ancestral que todas las razas sentían hacia el judío. Haber olvidado este odio lo único que había traído a las naciones era su perdición en todos los órdenes. Hitler, que no había inventado el antisemitismo, hizo un favor a Europa al tratar de erradicarlo. Un favor que los gobiernos deberían agradecérselo.

Como señalaba un conspicuo periodista español: “En rigor no les faltaba a los alemanes motivos que justificasen hasta cierto punto ese odio, pues Hitler decía que antes de mi, Alemania era una colonia judía”. Y enumeraba cómo los judíos dominaban el comercio, la banca, las facultades de medicina y de derecho. Pero no solo. El articulista refería que “las estadísticas dicen que los judíos desempeñan un papel de primer orden en los robos internacionales y en el comercio de estupefacientes y trata de blancas”.

Nuevamente, el referente de los Reyes Católicos saldría a relucir. De este modo: “Los Reyes Católicos, a la vista de lo sucedido en Alemania, fueron unos políticos clarividentes que se adelantaron a las supercivilizadas naciones del Norte, y del propio Hitler”. No solo eso. Dirá que Hitler “ha venido a copiar su política (la de los Católicos) sin las razones que tuvieron para hacerlo y sin el tacto que presidió en su ejecución”. Lo que era toda una declaración explícita de que el nazismo no se estaba comportando del todo bien con los judíos. Más todavía: “Los reyes católicos no los consideró como una raza apestada e inferior, a la manera de los nazis, solo les exigió adaptación a nuestros usos y religión. inseparables entonces de nuestra nacionalidad”. Como no lo hicieron, se los expulsó. Y, en cambio, ¿qué han hecho los nazis? Lamentablemente, no lo decía. Lo que sí quedaba claro era que la lucha contra la República formaba parte de la obra antijudía de los Reyes Católicos. Lo que produjo un efecto colateral. La lucha sistemática contra los masones republicanos dejará paso a la incriminación de los comunistas, que se movían para hacer la revolución comunista en España, tejida y planeada por los Sabios de Sión.

Como conclusión, el articulista, escondido tras las siglas F.S., probablemente un sacerdote navarro, recordaba que “la Iglesia no puede admitir la lucha de razas, porque ella ha venido a salvar a todas las razas. Esto no obsta para que los pueblos se defiendan dentro de límites que como unas sanguijuelas absorven (sic) la riqueza de los pueblos donde fijan su asiento”. ¿Como los judíos? Sin duda alguna.

El final del artículo lo dejaba entrever muy bien: “Ahora parece que una parte de los judíos alemanes han venido a España y han elegido con preferencia Cataluña. Menos mal porque los catalanes serán los españoles que mejor sabrán defenderse de ellos por la mayor afinidad de unos y otros” (DN. 7.9.1935. F.S.).

En abril de 1936, terminada la guerra civil, los judíos siguieron sufriendo idéntico tratamiento criminal y psiquiátrico por parte de los “intelectuales” franquistas, carlistas y falangistas. La tesis principal defendida sostenía que “la intentona de la intoxicación del pueblo alemán con el virus comunista, lo fue gracias a sus portadores principales, que eran los inmigrantes judíos”. Olvidaba este intelectual lo que el propio Hitler había dicho: que Alemania, si era una colonia judía, eso significaba que su población judía era tan alemana como el propio Hitler. Al menos, a efectos de catastro.

Según su opinión : “La economía del país, al ser dirigida por judíos, estaba carente de las nociones de “probidad en el comercio y en la vida pública, pues fueron escarnecidas por prevaricadores en grande y por estafas de alto copete, como si todos los estafadores de este mundo fueran judíos”.

En consecuencia, la labor de Hitler contra los judíos -sin especificar en qué había consistido este “contra”-, había sido tan importante que el Führer tendría siempre la consideración de Salvador, pues, había “preservado al pueblo alemán de un lago de sangre y de miseria”. Lo suscribía un matón llamado Galo Egüés, que había formado parte, dirigiéndola, la Escuadra del Águila de Pamplona, famosa por sus asesinatos en Navarra.

En el artículo de marras, este Galo diría que “ los difamadores mundiales presentara a Hitler como un monstruo. ¡Pero con cuánto comedimiento iba procediendo al depurar en primer término la clase de funcionarios públicos! Una de esta disposiciones decía: “Funcionarios de origen no ario han de tomar su retiro; en tanto se trate de cargos honoríficos, deberán quedar separados de sus cargos. Los empleados judíos no fueron por tanto echados a la calle, sino que recibieron su retiro, es decir, percibieron desde entonces la misma pensión legalmente fijada a que tenían derecho al igual que otro funcionario cualquiera en estado de clase pasiva”.

En cuanto a la supuesta superioridad del judío, afirmaría que lo era “en cuanto a descaro en plantarse en primera fila, pues los judíos tienen un marcado egoísmo racial”.

Y, finalmente, refiriéndose a los judíos que lograron escaparse de Alemania en mayo de 1934, dirá: “Esta gente se ha fugado de Alemania porque habían intentado anegar el país en fuego y sangre, esforzándose en lanzarlo en la vorágine de la revolución y la guerra civil”.

Como conclusión, y en relación con la economía del país, sostendrá: “sería imposible hablar ya actualmente en Europa de una economía normal de no haber libertado Alemania a Europa del peligro de los judíos y del bolcheviquismo” (DN. 22.4.1936).

Exposición de prensa alemana

 

Entramos en el año 1941. Las relaciones entre Alemania y el régimen franquista siguen sin tambalearse lo más mínimo. En 1940, se sucedieron cantidad de celebraciones organizadas conjuntamente por Alemania y España: Exposición del libro alemán, Conferencia sobre el Quijote en Alemania y España a la feria de Lepzig. Como se ve, el franquismo no tuvo escrúpulo alguno en apropiarse, incluso, de la figura de El Quijote. Recordemos que Pemán llamaría a don Quijote “juglar de la Cruzada”. En fin.

En cada a una de estas efemérides, sus protagonistas festejarían los intensos lazos de amistad existentes entre el nazismo y el régimen franquista, entre Hitler y Franco.

La que se celebró en marzo de 1941, Exposición de prensa alemana, no podía ser menos. Autoridades alemanas y españolas se explayaría a gusto encomiando el amor recíproco que se tenían entre sí. El acto se celebró en el Círculo de Bellas Artes. El exterior del edificio se adornó con banderas nacionales y alemanas. Oficiaron como maestros de ceremonia el Ministro de asuntos exteriores alemán, el embajador del Reich, barón von Sthorer, el subsecretario de Prensa y Propaganda español, camarada Antonio Tovar (sic); jefe de prensa del ministerio de Negocios extranjeros de Alemania, doctor Schmidt; el director general de Prensa, camarada Jesús Ercilla; el agregado de Prensa de la Embajada Alemana, Joseph Hans Lazar y demás personalidades, entre ellas, la más notoria, R. Serrano Suñer.

En el centro de la exposición se colocó un busto de Franco y la bandera nacional.

Serrano Suñer recorrió la exposición acompañado por Hans Lazar, quien le fue explicando los pormenores de los aparatos técnicos expuestos y la evolución que la prensa alemana había experimentado a lo largo del tiempo.

En los recíprocos halagos, la parte alemana reconocería que “la prensa es uno de los elementos mas importantes en la formación de la opinión y voluntad de los pueblos; lo cual de por sí implica la ineludible necesidad de que la actuación de sus elementos directivos esté guiada por los altos principios morales”. Por lo que nadie podía dudar de que “las potencias totalitarias han sido las primeras en reconocer esta necesidad y atenderla. Sustrayéndola de elementos irresponsables poniéndolas al inmediato servicio de la nación”.

Sin duda, Goebbels era un bendito y no aquel "enano cojo y diabólico", como lo definió su camarada Goering.

Ramón Serrano Suñer, como ministro de Asuntos exteriores, asumió el Patronato de esta exposición. Según sus palabras, la exposición “la concebía como signo de la importancia que le concede a la prensa, sino también de su amistad para la Prensa alemana”.

Luego, se reafirmaría en lo que era un secreto a voces: “De nuevo, alemanes y españoles acudimos a una fiesta del espíritu. No hace muchos meses fue en torno al libro alemán; hace pocas al arte religioso católico. La prensa, esa gran sexta potencia en frase de Bismarck la que entre nosotros se llamó cuarto poder en épocas en que por existir poderes no había en realidad ninguno fuerte y con decoro”.

Por si no hubiese quedado claro, repetiría que “los periodistas españoles y alemanes han trabajado en la más perfecta compenetración, bajo unos ideales nacionales. Un trabajo en común con la palabra militar y revolucionaria de camaradería”.

Y Serrano Suñer hablaba, no por boca de ganso, sino por propia experiencia: “Tres años he tenido la responsabilidad de la prensa española y con seguridad de lo que digo puedo afirmar que si alguien dudase de la inconmovible firmeza de nuestros sentimientos de amistad con Alemania, yo podría exhibir como prueba documental, las colecciones de nuestros periódicos desde que la guerra actual comenzó. ¿En qué país se me podrán mostrar otros que han servido como los nuestros -sin vacilación y con apasionada fidelidad- esta amistad que tiene para nosotros sus bases en la consecuencia y el honor? Ello es así verdad de tal manera que vuestro Führer -y lo señalo con orgullo- hubo de agradecérnoslo personalmente”.

Serrano reconocería que la amistad entre Alemania y España nació tras el golpe de Estado del 18 de julio. Y que la amistad nació espontáneamente. Claro. Así no debe extrañar que “la prensa española no ha hecho sino reflejar la vibración de un sentimiento del pueblo español, la misma que hizo tremolar las alas de la Legión Cóndor y de las águilas de Roma sobre el cielo de España cuando estuvo empeñada la lucha por su existencia. En los últimos de Julio de 1936 en aquel trance de peligro y de muerte no fuimos nosotros los que elegimos nuestros amigos y nuestros enemigos, sino que libre y espontáneamente a impulsos de sus ideas, de sus sentimientos o de sus rencores, cerraron los pueblos las filas de la amistad”.

Como remate a su emocionante intervención, el cuñadísimo diría: “Celebro esta colaboración feliz de nuestras prensas y expreso mi ferviente deseo de que cada día se haga más estrecha para el mejor conocimiento recíproco de nuestros pueblos. Aunque durante siglos vivieran separados esa lejanía ha sido trocada en proximidad por la prueba de sangre y de heroísmo al servicio de una causa común el destino de una nueva Europa. Alemania y España tienen el mismo sentimiento de dos grandes historias tratadas injustamente en su patrimonio natural y en su honor por los detentadores del poder internacional”.

Así que: “Saludamos alborozados el propósito victorioso del pueblo alemán de organizar una Europa más justa y más conforme con el pasado y el presente de honor y de gloria de dos pueblos que, como Alemania y España, tienen derecho a la plenitud geográfica y moral de su grandeza y de su libertad. ¡Arriba España! ¡Viva Hitler!” (DN. 13.1.1941).

Conclusión: Nazismo = Franquismo

Las derechas de este país, lo mismo que la Iglesia jerárquica episcopal, no han cesado de perorar sobre la identidad criminal entre eutanasia y nazismo, dando a entender con esta repulsa que su actitud en el pasado con respecto al nazismo fue de frontal oposición y, de modo simultáneo, que su condena de los campos de exterminio y cámaras de gas fue taxativa desde el primer momento en que tuvieron conocimiento de dicha atrocidad.

Como se ha podido ver, ninguno de estos hechos tuvieron lugar.

Busquen, si no, un documento de los obispos españoles de esta época y de cualquier gerifalte franquista condenando dicho genocidio y, si lo encuentran, entonces, admitiremos que hubo excepciones brillantes que pusieron a prueba la regla.

Ni el régimen, ni las derechas española, agrupadas en torno a la pollera del dictador, nunca condenaron a Hitler, ni El nazismo, en primera instancia. Todo lo contrario. Hicieron todos los regates dialécticos posibles para obviar el holocausto. Y, lo más evidente, para justificar su permanente defensa de Hitler y su política, utilizando como argumento fundamental la persecución del comunismo y la de los judíos, dos términos, comunismo y judíos, que terminarían por identificarse, motivo por el que las derechas, si fuera conceptualmente congruentes, también deberían condenar al “pueblo deicida”. Al fin y al cabo, judaísmo y comunismo fueron parte del complot más famoso de la historia, mucho más que conjuración de Catilina.

El negacionismo histórico del que hacen gala una y otra vez en la actualidad con respecto a las víctimas de la guerra civil ya lo venían practicando aplicándolo al nazismo y al exterminio de judíos y razas inferiores. Las derechas españolas, activas durante la república, golpistas durante la guerra civil y dirigentes del aparato del régimen franquista, nunca repudiaron las prácticas criminales de Josef Mengele y compañía. Si, ahora, las derechas herederas ideológicas de falangistas, carlistas y franquistas y demás ralea, identifican nazismo y eutanasia, y condenan ambos, es que están lanzando piedras contra su propio tejado ideológico.

Si rechazan y condenan el nazismo, deberían, por el mismo precio, arremeter contra los judíos, pues si alguien representó el mal para Hitler fueron los judíos. Si comunismo y nazismo eran, -lo siguen siendo-, idéntica mermelada criminal, ¿cómo explicar la eterna lucha de los comunistas contra el nazismo y, viceversa, del nazismo contra el comunismo? Siendo lo mismo, tendrían que haber terminado formando una Federación Internacional para exterminar de raíz al pueblo deicida. ¿Y cómo explicar la permisividad ideológica de los liberales europeos con respecto al nazismo y su permanente animadversión contra los comunistas? Si ambas eran la misma cosa detestable, ¿por qué Churchill y sus aliados no lucharon al unísono democrático contra ambos? Y, en definitiva, ¿qué sentido tenía montar aquella tan incomprensible como inútil División Azul para luchar contra los comunistas?

Si comunismo y nazismo eran siameses ideológicos de los nazis, ¿cómo fue posible que Serrano Suñer defendiera con tan saña el exterminio del comunismo? ¿Acaso no recuerdan su proclama? Pues repitámosla una vez más:

“Camaradas: no es hora de discursos. Pero sí de que la Falange dicte en estos momentos su sentencia condenatoria: ¡Rusia es culpable! Culpable de la muerte de José Antonio, nuestro fundador. Y de la muerte de tantos camaradas y tantos soldados caídos en aquella guerra por la agresión del comunismo ruso. El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa”.

Si la División Azul se unió al nazismo para luchar contra el comunismo, ¿cómo se puede tener la caradura de decir que eran lo mismo?


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Las derechas españolas nunca dijeron NO a Hitler Rating: 4.5 Diposkan Oleh: La Voz de la República
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