¿Necesitamos una Nueva Izquierda?
 
¿Necesitamos una Nueva Izquierda?
Adrián Juste

Los años que siguieron a la gran crisis financiera del año 2008 llevaron a una crítica feroz contra el sistema político, económico y social en el que vivimos en casi todo el mundo, muy especialmente en Europa y América, pero también en Asia.

La gente sufrió en sus carnes las contradicciones y fallos del sistema como no se sufría desde el crack de 1929. Pero no se quedó ahí.

Mientras que la solución a la depresión económica del 29 fue la adopción de políticas económicas intervencionistas auspiciadas por el llamado New Deal y que tuvo detrás al economista John Maynard Keynes (por lo que a su doctrina se le llama hoy en día keynesianismo), las medidas que se aplicaron para salir de la crisis de 2008 provenían de las escuelas del neoliberalismo: recortes presupuestarios, aumento de impuestos indirectos, privatización de servicios, reducción de prestaciones sociales, facilidades a las grandes empresas, inyecciones de dinero a los bancos…

Es decir, mientras que la respuesta a la debacle de los años 30 fue precisamente un cambio de rumbo, en la década de 2010 se intentó vender la idea de que lo que había provocado la crisis no era la desregulación, sino un excesivo gasto, cuando en realidad la receta aplicada era la misma que había conducido a la crisis.

La caída de Lemhan Brothers por la estafa de las hipotecas subprime no hubiera sido posible sin las políticas de desregulación financiera de Estados Unidos, tal y como concluyeron varios expertos. De la misma forma, la burbuja inmobiliaria en España, fruto de la especulación en el sector de la construcción, tuvo una de sus raíces en parte por la liberalización que trajo la Ley del Suelo de 1998 de José María Aznar y en parte por la concesión casi sin límite de créditos bancarios.

Por primera vez en mucho tiempo, un gran porcentaje de la gente se sintió estafada y engañada: mientras se culpaba a la ciudadanía de a pie de haber vivido por encima de sus posibilidades, se aprovechaba la crisis para implantar una agenda derechista. Agenda que, por cierto, solo benefició a las grandes fortunas, que aumentaron su capital más de un 20% mientras que la desigualdad creció enormemente.

La crisis también supuso la evidencia de que la izquierda clásica, representada en la socialdemocracia de partidos como el PSOE en España, el Partido Socialista en Francia o el Partido Laborista en Reino Unido (teóricamente cercanas al keynesianismo), se plegaba también a los intereses de las élites económicas de sus respectivos países, cerrando filas ante la receta neoliberal.

En España, por ejemplo, tanto el PSOE como el conservador Partido Popular (PP), adoptaron la subida del IVA, reformas laborales perjudiciales para los trabajadores, privatizaciones y recortes sociales.

Es decir, se evidenció que el bipartidismo imperante en tantísimos países del lado occidental al final se terminaban plegando a las presiones económicas ejercidas por las oligarquías, tanto estatales como de signo internacional, lo que popularmente se señaló como el Ibex 35 y “la troika” europea. Los grandes poderes económicos y políticos se pusieron de acuerdo en la adopción de políticas que perjudicaban a la mayoría y que justificaban mediante sus brazos mediáticos.

De la indignación a la alternativa política

Esto abrió un debate interesante que llevó a una parte de la población a asumir que era necesario adoptar medidas encaminadas a la igualdad y a la justicia social. “No somos mercancía en manos de políticos ni banqueros” o “Democracia real ya” fueron algunos de los lemas más coreados en España durante la gran oleada de protestas que se sucedieron entre 2011 y 2014, pero en otras partes del mundo se repitió un mantra similar. Y es que es normal. ¿Cómo iba un señor que cobraba en un mes lo que tú en un año a decirte que tenías que “apretarte el cinturón”?

Asamblea del Movimiento 15-M en la Puerta del Sol de Madrid. Autor: Carlos Delgado, 20/05/2011. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0.)

La socialdemocracia entró en una crisis política sin precedentes, llegando hasta casi desaparecer en algunos países, como en Grecia. En general, ese espacio político fue ocupado por fuerzas de diversas ideologías, pero abrió el camino a una nueva izquierda representada en SYRIZA (Grecia), el Partido de Izquierda (Francia) o Podemos (España).

En aquellos años, evidentemente, todas las corrientes izquierdistas alejadas de la socialdemocracia tradicional buscaron aprovechar la coyuntura para reivindicar sus ideas. Argumentos de peso, desde luego, habían. De hecho, hoy en día, la mayor parte de la derecha europea, incluyendo la famosa “troika”, rechaza la receta neoliberal aplicada durante aquellos años, adoptándose diversas medidas de intervención económica para regular la actividad económica y financiera.

Pronto, esta nueva ola de progresismo que buscaba desafiar el poder de los mercados y de la enquistada clase política que le rendía cierta pleitesía se agrupó alrededor de dos posturas: reformistas y rupturistas. Al menos en España fue así, pero este mismo debate surgió en prácticamente toda la izquierda europea.

En España, los reformistas planteaban que del Movimiento 15-M surgiera un conjunto de propuestas mínimas que cambiasen el país y que fueran adoptadas por todos los partidos, propuestas que incluían medidas muy contundentes contra la corrupción, transparencia, fin de puertas giratorias, mecanismos para mejorar la democracia, renegociación de la deuda pública, mejorar los servicios públicos, poner fin a las reformas laborales de PP y PSOE… en definitiva, el reformismo aspiraba a una socialdemocracia realmente de izquierdas con un discurso consensuado y unitario.

Personalidades como Julio Anguita, en paz descanse, se sumaron a esto, y también Alberto Garzón, entonces militante de base de Izquierda Unida, así como entidades como ATTAC. De hecho, durante aquellos años, Izquierda Unida defendió un modelo económico muy keynesiano, aunque sin perder ciertos elementos rupturistas.

Por su lado, los rupturistas buscaban aprovechar la crisis para poner fin al sistema político y económico a través de la presión social en las calles. En general, y con excepciones, no tenían demasiada intención de participar en los debates alrededor de construir unas líneas programáticas, que siempre les parecían insuficientes, sino de iniciar un proceso constituyente desde la base de forma ajena a las instituciones públicas, adoptando el clásico discurso rupturista y/o revolucionario de la extrema izquierda.

Lo que pasó ya lo sabemos. No hubo un consenso ni una unidad que permitiera dirigir el movimiento en una dirección, así que surgieron cada vez más grupos activistas con el objetivo de luchar por causas específicas, como la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH) o las diferentes mareas, desde un punto de vista más bien reformista, aunque no por ello menos contundente.

Entre 2011 y 2015 surgieron varios partidos políticos que intentaron asumir la agenda política del 15M, adoptando tanto puntos de vista reformistas como rupturistas, renovando el discurso de la izquierda y asimilando el lenguaje del activismo del momento. Partido X, Movimiento RED, el Partido Pirata o Podemos fueron algunos ejemplos.

Tanto Podemos como la SYRIZA de Alexis Tsipras tuvieron éxito a la hora de reformular el discurso izquierdista y reivindicar las principales demandas de una sociedad que se sentía estafada y engañada.

De la confluencia política a la fragmentación de la nueva izquierda

Estos nuevos partidos trataron de convertirse en movimientos de masas, muy a pesar de que fueron creados por antiguos militantes de extrema izquierda y que en su génesis había elementos rupturistas, lo que en Podemos se veía en Anticapitalistas, o en SYRIZA en Izquierda Innovadora Comunista Ecologista (AKOA).

Miguel Urbán, Iñigo Errejón y Pablo Iglesias en presentación de Podemos, un partido que intenta representar a la izquierda alternativa. Autor: Podemos, 16/01/2014. Fuente: Youtube

Entre 2014 y más o menos hasta la actualidad, se hizo famoso el concepto de “confluencia”: la idea de que todo el progresismo alternativo, fuera reformista o fuera rupturista, debía ir de la mano para hacer frente a los crecientes problemas del país. Es decir, todos los grupos políticos que quisieran hacer frente a esta agenda neoliberal y transformar las instituciones, debían dejar a un lado sus diferencias y asumir un programa común.

Diez años después, sin embargo, la izquierda no hace más que desmoronarse. El avance de nuevos partidos progresistas y de movimientos sociales que podrían, por primera vez en décadas, disputar el poder hegemónico, ha provocado una reacción en contra desde los medios de comunicación y partidos de derechas que, sumado al descontento y la desmotivación de una izquierda que no ha sabido en muchas ocasiones estar a la altura y que ha caído en las mismas inercias que criticaba, junto a ciertos sucesos contextuales como la Crisis de refugiados de 2015 en Europa, ha conducido a un auge sin precedentes de la extrema derecha, al tiempo que la socialdemocracia clásica recupera las posiciones perdidas.

Así, SYRIZA perdió el poder en Grecia dejándose 59 escaños en 2019; Podemos y sus confluencias han pasado de tener 72 diputados a quedarse en 35 en menos de cinco años; la Francia Insumisa de Jean-Luc Melénchon no termina de despegar tampoco; lo mismo con el Die Linke o el Partido Pirata en Alemania.

Y otra lectura que se suele hacer de estos sucesos es que la inmersión de parte del activismo social en la política institucional ha terminado por desactivar poco a poco los movimientos sociales, con excepciones. Este contexto es criticado duramente por los sectores más rupturistas, atacando lo que denominan “la izquierda posmoderna” o el “revisionismo” de la izquierda.

Incluso se ha llegado a señalar a Podemos o a SYRIZA como formaciones creadas y/o por el poder hegemónico para desmovilizar a la izquierda más rupturista, una lectura que no deja de ser curiosa. No obstante, también se argumenta que el cese del número movilizaciones es una tendencia social que se repite históricamente, ya que es muy difícil mantener a la gente permanentemente movilizada, máxime cuando ciertas circunstancias sociales y económicas han mejorado con respecto a los peores momentos de la crisis.

Por otro lado, desde 2014, se han visto excepciones en el movimiento feminista y el movimiento independentista catalán, que han tenido éxito a la hora de reivindicar y canalizar el descontento social.

Reflexiones para construir una nueva izquierda

Las únicas excepciones ha estas pérdidas de la izquierda alternativa más institucional son algunos partidos ecologistas de Europa, que están consiguiendo hacerle frente a la ultraderecha, el Movimiento 5 Estrellas de Italia que ha arrasado en las últimas elecciones, o el Movimiento de Regeneración Nacional de México (MORENA), que ostenta el gobierno de México, siendo la primera vez que lo logra un partido diferente al bipartidismo PRI-PAN.

Independientemente de las lecturas que se hagan, lo cierto es que la izquierda alternativa necesita necesita, como mínimo, sentarse a pensar.

1. El consenso de mínimos.

En primer lugar, si se quiere una confluencia o una unidad de las izquierdas que represente la realidad social y tenga la fuerza suficiente como para mejorar la vida de la gente, se debe tener un proyecto claro, un consenso de mínimos, volver a ese objetivo que demandaba el 15-M… pero que no ha inventado el 15-M.

Los Trece Puntos de Negrín del último gobierno de la Segunda República Española, las cinco estrellas del M5S italiano, el programa de diez puntos de Yasser Arafat… ejemplos hay de todos los colores y para todos los gustos.

Y estos puntos deberían de constituir un eje común para toda la izquierda europea. Incluso, a ser posible, a escala global, con readaptaciones según el contexto. El proyecto debe ser claro, conciso y obedecer a la realidad social, política y económica del país.

2. Construcción desde la base

En segundo lugar, ese proyecto debe construirse desde abajo, es decir, partir de los movimientos sociales y de la participación de la gente. Se perdió una gran oportunidad con el 15-M, ya que la organización de los nuevos partidos alternativos no supo aprovechar la fuerza del movimiento y prefirió dirigirlo todo desde Madrid a su imagen y semejanza.

Un proyecto político y social debe construirse desde los barrios, los puestos de trabajo y desde el foco mismo de los problemas. Desde el sindicalismo, las necesidades materiales más básicas y desde la atención a las principales demandas de la gente.

Un error común y clásico de la izquierda es que quienes se encargan de dirigir el proyecto de turno es una élite intelectual que, sí, tal vez sepa muchísimo de política y de cómo darle forma, pero a menudo existe una distancia entre el universitario de la politécnica y el trabajador que se levanta todos los días a las cinco de la mañana y está doce horas deslomándose para darle de comer a sus hijos.

Por supuesto, no hay que despreciar la formación, la experiencia y la inteligencia de quien se encuentra en esas posiciones, pero desde luego antes de hablar de procesos constituyentes y de regeneración democrática, convendría hablar de cómo vas a dar trabajo a unos cuantos millones de parados. Por ejemplo.

Manifestación feminista del 8 de marzo en Madrid. Autor: Consuelo Fernandez, 08/03/2019. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0.)

Y, por supuesto, construir un proyecto de mínimos desde la base no se hace convocando un gran congreso y presentando a votación dos o tres opciones limitadas cuyo resultado se sabe de antemano.

Conseguir que los principales movimientos sociales y corrientes progresistas del país cierren filas alrededor de un mismo proyecto político es a partes iguales difícil y necesario, pero aún más difícil y necesario es congraciar las demandas de la llamada “sociedad organizada” con lo que se conoce como “mayoría silenciosa”.

Seguramente, los problemas que preocupan a quien milita en una organización ecologista o a quien participa activamente en un grupo feminista, no son los mismos que preocupan a un señor de 50 años que lo acaban de despedir.

La clave aquí es que todas las personas implicadas entiendan todas las problemáticas y las aborden en conjunto, un trabajo en el que la “izquierda posmoderna” lleva implicado a través de la inclusión de nuevos ejes de opresión más allá del eje de clase, tratando de aunar el feminismo, el ecologismo, el antirracismo y las demandas LGTB a través de la tesis de la interseccionalidad: todas las luchas son importantes porque comparten un mismo eje común. Es decir, aunque a priori el feminismo te sea ajeno, luchar por la igualdad entre mujeres y hombres a la larga te beneficiará también.

Congraciar estas posturas es tan terriblemente complejo que ha llevado a grandes cismas dentro de la propia izquierda, incluyendo la asunción de elementos reaccionarios entre algunos grupos, que reivindican la destrucción de esa nueva izquierda y la vuelta a posturas ya superadas, e incluso tildando ciertas reivindicaciones sociales de “posmodernismo”.

3. Estrategia de comunicación eficaz

En tercer lugar y, quizá lo más importante, es asumir una estrategia comunicativa común. La nueva derecha radical ha sabido adoptar esto a la perfección: con sus amplias redes e influencia, son capaces de organizarse y marcar una agenda social y política increíblemente cambiante de forma muy constante.

Por ejemplo, cuando los seguidores de Donald Trump asaltaron el Capitolio el 6 de enero de este año, toda la derecha y la ultraderecha en España se puso rápidamente de acuerdo para denunciar estos hechos y, al mismo tiempo, culpar a la izquierda y a Podemos. Incluso aquellas personas de la extrema derecha que optaron por apoyar el burdo intento de insurrección, fueron silenciadas rápidamente en favor de este relato.

Sin darnos cuenta, toda la izquierda estaba defendiéndose de un acto que había provocado la extrema derecha. En una clara aplicación del principio de transposición de Goebbels, el foco de un acto criminal provocado por la derecha radical estaba siendo la izquierda, cuando no tenía absolutamente nada que ver.

Por lo tanto, urge emprender una línea similar: elaborar un relato y un discurso que sepa convencer de que ese proyecto es el necesario para el país, es bueno para la mayoría de la población y hace frente al sinsentido de la ultraderecha.

Instrucciones para hacer frente a las fake news. Autor: IFLA, 03/02/2017. Fuente: Ifla.org (CC BY-SA 3.0.)

En ese discurso es vital que se sienta identificada la mayoría de la población o, al menos, un porcentaje importante. Que exista un orden de prioridades con el que la gente pueda identificarse. Renovar el vocabulario de la izquierda es vital en este sentido. Si la extrema derecha lo ha hecho y sabemos de sobra que, en el fondo, son lo mismo de siempre, ¿por qué no puede alejarse la izquierda del discurso purista y hablarle al obrero medio?

Y ojo, porque estoy hablando del discurso, no de renunciar a nada. Si lo que más le preocupa a la gente es la corrupción, el desempleo y las facturas de la luz (por ejemplo), no tiene sentido que los debates que se propongan desde la izquierda giren alrededor de otros problemas como la monarquía.

Tampoco quiere decir que no se deban mencionar todas las problemáticas existentes, promover debates sobre ellas y hacer una amplia pedagogía al respecto, pero por ello es importante apoyarse en los movimientos sociales de base, que son los que dedican su tiempo y su esfuerzo en causas muy específicas.

Por ejemplo, las “ideas fuerza” del Movimiento 5 Estrellas son: agua pública, transporte, desarrollo, conectividad y medio ambiente. ¿Quiere decir eso que deja de lado cuestiones como las condiciones laborales o la corrupción? Obviamente no.

La propia Izquierda Unida ha intentado algo similar con su lema de campaña “pan, casa, trabajo, libertad”. ¿Renuncia por ello IU a los problemas planteados por el feminismo? No.

Según el último barómetro del CIS, las principales preocupaciones de la ciudadanía española son las siguientes:

  1. El paro, marcado por casi el 60% de las personas encuestadas.
  2. La economía, por casi el 30%.
  3. La sanidad, por el 20%.
  4. La corrupción, por el 17%.
  5. Los políticos, por el 16%.

Por lo tanto, un discurso que gane apoyo popular debería, como mínimo, introducir estos elementos.

También hay que tener en cuenta que los medios de comunicación, a menudo escorados a la derecha o, en todo caso, partidarios del statu quo, se centran en las partes más impopulares del discurso que no les interesa y lo magnifican al extremo. Cuando la portavoz Irene Montero usó la palabra “portavoza” durante una intervención en el Congreso, el asunto estuvo de moda durante días, promovido por la derecha. Hacer de la anécdota un problema grave es algo muy típico de la extrema derecha, presente también en los principios de Goebbels.

Por lo tanto, es necesario “hilar muy fino” con lo que se dice y cómo se dice, porque cuando se trata de cambiar las cosas y romper moldes, te granjeas enemigos que aprovechan lo mínimo para cargar en tu contra.

Por último, es necesario articular cuanto antes herramientas y mecanismos para desactivar los bulos y las fake news, que tanto están usadas por la extrema derecha y tanto daño están haciendo al derecho a una información veraz y de calidad y al periodismo en líneas generales.

Aprender a responder, neutralizar y desmontar todo el aparato mediático de la ultraderecha requiere de la construcción de un espacio abierto, participativo y democrático, con un grado de compromiso alto por parte de una gran mayoría de sectores sociales, que exijan medidas para contrarrestar la desinformación y que esta no quede impune. Eso es tan esencial que no debería ser tarea únicamente de la izquierda.

4. Coherencia interna

Y con esto vamos al cuarto y último punto, que es la coherencia interna del proyecto. Esto significa que las personas encargadas de organizar el proyecto y el proyecto en sí mismo deben de guardar una coherencia y una congruencia con aquello que se predica. “Predicar con el ejemplo”, como bien decía Julio Anguita.

Si quieres regenerar la democracia en el país, por ejemplo, no puedes organizar el proyecto de manera autoritaria. Si quieres identificarte con las clases más humildes, lo ideal es que ni tú ni quienes dirigen el proyecto sean personas con muchos recursos económicos. Si quieres luchar contra la corrupción, tu proyecto debe ser transparente, abierto, participativo e inclusivo.

Evidentemente, todo el mundo tiene contradicciones. Pero parte de la estrategia de la extrema derecha (y de la derecha en general) es señalarte y decir “eh, estos van de diferentes pero al final son lo mismo”.

Es por eso que señalan una y otra vez el “casoplón” de Pablo Iglesias, el hecho de que su mujer Irene Montero sea la portavoz del grupo parlamentario, el pago en negro del asistente social de Pablo Echenique o las innumerables trifulcas por el poder interno de Podemos. Cuando presentas un proyecto como renovador, fresco, rompedor, innovador… no puedes permitirte estos lujos. Por desgracia.

En estos cuatro puntos, a menudo parece que la izquierda va dando bandazos: ni hay un proyecto con unos mínimos y un recorrido a seguir, ni se cierra filas alrededor de él, ni se construye desde la base, ni existe una estrategia comunicativa clara, ni se evitan las contradicciones y los sapos que hay que tragarse.

He puesto de ejemplo a Podemos porque es uno de los más conocidos, pero esto mismo ha pasado también con otros partidos, dentro y fuera de España. Bajo mi punto de vista es, insisto, un problema de la izquierda alternativa en general, a nivel global.

También es cierto que he hablado únicamente de las cuestiones más prácticas, pero hay más problemas de fondo, como la falta de dirección y de definición teórica de la izquierda moderna. ¿Qué modelo buscamos?¿Seguir profundizando en la economía mixta y las conquistas sociales, o adoptamos una línea más rupturista, aunque sea a largo plazo? Y, si se plantean alternativas al capitalismo, ¿cómo van a ser?

Con esto no pretendo reinventar la rueda. Estos debates se están dando actualmente y hay multitud de opiniones. Y siempre se han dado en realidad. Sin embargo, teniendo en cuenta la situación actual, prima lo urgente por encima de lo importante: dar la batalla cultural a la nueva derecha radical y presentar un proyecto político y social que sume mayorías y demuestre que la izquierda puede mejorar la vida de la gente.

Los debates teóricos prácticamente restringidos al academicismo propio del intelectualismo progresista y el énfasis en la pedagogía izquierdista, por el momento, pueden esperar.


Fuente → aldescubierto.org

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