Proyecto Faq La batalla de la memoria no ha hecho más que comenzar

sábado, 13 de febrero de 2021

La batalla de la memoria no ha hecho más que comenzar

 
La batalla de la memoria no ha hecho más que comenzar
Pepe Gutiérrez-Álvarez

No creo que nadie dude y menos que nadie VOX y Cia, que la de la “memoria” es una batalla fundamental. No lo puede ser, de ninguna manera, ha necesitado décadas para tomar forma. El reino de España es el país de Europa con mayor número de “desaparecidos”, y la dictadura franquista ha sido una de las más corruptas y crueles de la historia. Que la derecha trate de “olvidar” esto por lo que le oca, y que la izquierda institucional juegue en su campo por la “responsabilidad e Estado” es algo que no se podía sostener, sobre todo cuando han cambiado las perspectivas, y han cambiando las expectativas…

Ninguna de las fuerzas políticas protagonista de la Transición tiene ya el mismo arraigo político, y no hay líderes que tengan su autoridad. Autoridad que conviene no olvidar, trataron de poner al servicio del “olvido” cuando en Argentina y Chile se levantó la memoria contra la impunidad. A todo esto, resulta singular que un intelectual orgánico del régimen de la Transición como Sanos Juliá se refiera a este movimiento como una muestra de “argentinización”, una palabra detrás de la cual se encuentra todo el movimiento de las madre y de las abuelas de la Plaza de Mayo, sin el cual Videla jamás se habría senado en el banquillo de los acusados.

Así pues, los hechos son tozudos, el franquismo no fue una opción más, una reacción contra el “extremismo” de izquierdas. Fue contrarrevolución militar-fascista inserta en el cuadro del ascenso del nazi-fascismo en los años treinta, y con vocación “exterminista”: la guerra se prolongó para llegar cortar “hasta la raíz” la “herejía” republicana, o sea de las ideas surgidas con la ilustración: desde la masonería hasta el comunismo libertario. Una contrarrevolución que se prolongó a lo largo e cuadro décadas con la complicidad de unas democracias occidentales que montaron la farsa de la no-intervención, farsa que luego reeditaron británicos y norteamericanos tras la II Guerra Mundial, y que culminaría con el padrinazgo del imperialismo norteamericano desde los año cincuenta.

Estas circunstancias excepcionales permitirían que el exterminismo que Franco aplicó durante y después de la guerra, marcara su ley hasta la muerte del dictador y dejara una huella indeleble en la memoria popular. El “gran terror” se instaló en la vida ciudadana porque –como dice muy bien un refrán turco-, el que ha sido mordido una serpiente tiene miedo de una cuerda que se mueve. Esto explica que personajes como Mola, Yagüe, Serrano Suñer o Queipo de Llano que habrían sido condenados con las leyes del proceso de Núremberg, hayan muerto sin haber pagado una multa el primero, y que se editen las memorias del segundo como sí hubiera sido un militar un poco “carca” con la complicidad abierta de uno de los historiadores más representativo de la “historia oficial” de la Transición: Juan Pablo Fusi.

La otra cara del drama de la memoria popular sería la prepotencia de una derecha atroz, la misma que se permite considerar una “provocación” la simple exhumación de las fosas de miles y miles de republicanos que yacen como perros en las cunetas sin recibir algo tan elemental y sagrado como un nombre y una sepultura, y a los que se suelen referir como “huesos”.

Semejante actitud demuestra algo tenebroso. Aquello se ve, por citar un ejemplo conocido: en la película «Bajo el fuego»(Under fire, USA, 1983), que cuenta como la administración de Carter que apoyaba incondicionalmente la represión de la revolución sandinista, se va obligada a repensar su actitud cuando el que muere es un periodista norteamericano. Se podría hacer un juego tenebroso comparando los “huesos” de los republicanos asesinados en las cunetas o en las tapias de los cementerios con las víctimas de ETA…Todos no vale lo mismo que una de estas víctimas. Y eso que nadie busca nuestros Eichman ni nuestros Videla (tan bien recibido en la Zarzuela por cierto), que fueron largamente recompensados, y que todavía gozan de reconocimientos. Por ejemplo hay un Hospital general Yagüe, Queipo de Llano tiene un lugar de honor en la Iglesia de la Macarena en Sevilla, se publican libros “revisionistas” en los que aparecen como mandos militares de buena fe.

El caso es que, por todo esto, no se puede decir la Transición fuese borrón y cuenta nueva, ni mucho menos. No hay más que mirar las calles del Estado…Se dice que la Ley de Amnistía no tenía porque permitir lo que ha permitid, pero así ha sido como lo han aplicado sin que nuestra izquierda oficial dijera esta boca es mía. A título de curiosidad se puede contar que dicha Ley que aplicada también a los delitos económicos, de esta manera resultó que los sinvergüenzas que especularon con los terrenos de las llamadas “urbanizaciones”, se pudieron embolar millones y millones sin tener que pasar tan siquiera por las comisarías.

Tienen miedo a la memoria porque “remover los huesos” significa cuestionar muchas cosas de la “Sagrada Transición”, el “modelo” que se quiso exportar al mundo, en particular a Chile y Argentina. Para la derecha, la descomposición de la dictadura asediada por una movilización popular cada vez más extendida –con la que el pueblo trabajador conquistó grandes mejoras sociales y libertades irrenunciables-, se trataba de darle la vuelta al problema: si la dictadura se había convertido en un problema, en n factor de radicalización, se trataba de entrar por la nuestra –dichas conquistas- para salirse con la suya, o sea con una democracia a su medida. Esto no era posible sí los herederos de Franco eran señalados por todo lo que habían hecho, de manera que el “Pacto de silencio” devino una “condición sine qua non” para su proyecto. No se paría de nuevo, se partía desde lo que había, y por si no faltaba legitimidad, allí estaba la Iglesia reconfortada por el pacto con Reagan-Thatcher para realzar a sus “mártires”, sus “cristianos por el franquismo”. Fue una cruel burla que la Iglesia exaltará sin miramiento ni compasión sus presuntos mártires, sus siete mil víctimas situadas, entre las que sin duda había gente inocente pero confundida con una Iglesia que apoyó incondico9onalmente el campo golpistas.

Resulta curioso como los defensores del olvido del tipo Joaquín Leguina. Gente que tiene que buscar a tal o cual canalla republicano para componer una simetría imposible, una comparación que atenta contra la historia y ofende a las víctimas, ¿O es que hubo canallas entre los judíos exterminados por el nazismo?, ¿no los hubo entre los indios exterminados por los blancos en los Estados Unidos?

Este hilo nos lleva a la siguiente cuestión: la política del “olvido” corresponde sobre todo a los que hicieron de él una bandera. Este ha sido el caso de la izquierda institucional. La derecha no ha olvidado, si acaso se ha reciclado. Ya no puede defender la historia de “la Cruzada”, y busca su confluencia con la “tercera España” o sea con los representantes de la política de no.-intervención que luego dieron su apoyo al franquismo, y más tarde contribuyeron a que las libertades no atravesaran los límites conservadores. Esta es pues una batalla fundamental, la última y la que el pueblo no puede perder. De ahí por ejemplo la importancia de aportes tan sólidos como los coincidentes en los premios Goya del pasado 2010 con la presencia de películas como Mientras dure la guerra, La trinchera infinita, Intemperie, y especialmente El silencio de otros, el documental que dejó abierto otro tema sin parangón en la historia de la infamia: el robo de niños que persistió hasta los años noventa del siglo XX bajo el signo de la vía española de la impunidad. Un hito nacional sin parangón en cualquier otro país del mundo.


Fuente → kaosenlared.net

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