¿El crecimiento del fascismo o el fascismo del crecimiento?


El verdadero autoritarismo del siglo XXI, el siglo del freno de emergencia o el siglo del desastre, no necesita tanto soldados como planes –teñidos del color que sea– basados en el incuestionable dogma de fe del crecimiento económico
 
¿El crecimiento del fascismo o el fascismo del crecimiento?
Juan Bordera

Todos los experimentos de la extrema derecha en el poder se han caracterizado por la expulsión de lo diferente y el expansionismo. Tanto de puertas para dentro como hacia afuera, en busca del espacio vital para los elegidos. Si pretendemos evitar sus ascensos debemos conocer bien sus debilidades, pero sobre todo sus fortalezas, esto es, en qué concretamente algunas personas perciben que están en lo cierto. Trazar una comparativa histórica puede ayudar a entender mejor cómo combatirla.

La correlación temporal entre los siglos XX y XXI, ejemplificada en los asesinatos de Rosa Luxemburgo (1919) y Berta Cáceres (2016), que aquí relacioné con los intentos frustrados de golpe de estado ocurridos unos pocos años después de ambos asesinatos – el Putsch de la Cervecería (1923) y el Putsch del Capitolio (2021)- es llamativa, pero no se queda ahí. Las coincidencias podrían proseguir si imaginamos que, tal y como comenta el epidemiólogo y sociólogo Nicholas Christakis, a la pandemia que nos asola, igual que ocurrió hace un siglo, le siguiera una época de “desenfreno sexual, grandes gastos, mayor tolerancia al riesgo y un abandono de la religiosidad”. Es decir, en cuanto recuperemos una cierta normalidad gracias a las vacunas, viviríamos nuestra particular versión de los felices años veinte. Viendo la expansión de algunas nuevas cepas y su mayor capacidad de contagio, desearíamos todos que tuviese razón, y rápido.

Desafortunadamente, unos pocos datos bastan para intuir que esa época en nuestro siglo no parece muy probable. Con la amenaza de la emergencia climática y la inaplazable transición energética, de ocurrir sería muy breve, y su precio muy caro por la pérdida de un tiempo que no tenemos. En cualquier caso, ahí queda el vaticinio ampliamente repetido en los medios de comunicación de masas, quizá buscando ser una suerte de profecía autocumplida. Tratar de volver al sinsentido consumista de presión sobre los ecosistemas que nos ha llevado hasta el borde del abismo ecológico, económico y sanitario es necesario para que el sistema prosiga su rumbo sin grandes sobresaltos, aunque sea indefectiblemente hacia el despeñadero.

Lo que sin duda sí se corresponde con lo ocurrido en los años 20 del siglo XX es el aumento de la desigualdad económica. En nuestro caso, exacerbado obscenamente por la pandemia. Y si recordamos, en la gestación del crac del 29 y la Gran Depresión, la desigualdad jugó un papel crucial. Hasta el FMI se ha dignado a recordarnos este paralelismo. Todo hace prever que el crac de este siglo podría llegar incluso antes de “nuestro 29”, pues ya para 2025 la conservadora Agencia Internacional de la Energía vaticina posibles caídas en la producción de petróleo de entre un 25 % y un 40 %, dependiendo de las inversiones realizadas. Eso supondría un shock nunca visto para una economía globalizada como la nuestra –y por tanto terriblemente energívora- que solo sabe subsistir mediante recetas de crecimiento constante, imposibles de sostener a perpetuidad, pero menos aún si mengua la energía disponible.

Por muchos avances en eficiencia y supuesta desmaterialización que se quieran enumerar, el verdadero motor del crecimiento es el aumento en el consumo de energía. Tal y como comentan Pablo Servigne y Raphaël Stevens en su superventas Colapsología: “De las once recesiones que tuvieron lugar a lo largo del siglo XX, diez habían estado precedidas por un fuerte incremento del precio del petróleo. Es decir, una crisis energética precede a una crisis económica grave”. No es en absoluto casualidad que el crac de 2008 se diera justo después del pico del petróleo convencional –el de mayor calidad-, que la propia Agencia Internacional de la Energía reconoció, cuatro años más tarde, que había tenido lugar en 2006. En su anuario de 2019, British Petroleum ya reconocía que ese año era el de la cima total de la demanda de petróleo. Eufemística manera de reconocer el definitivo y temido Peak Oil.

En un momento crucial como este, de encrucijada civilizatoria, que esa sea la receta de las élites hace pensar que o no hay nadie al volante, o peor, los que conducen rayan la psicopatía

Quizá para anticiparse al crac, es en nuestra década en la que se ha empezado a hablar y a tratar de poner en práctica las recetas de “New Deals” teñidos de verde –unos más fieles como el que propone Varoufakis, otros solo disfrazados para ir a la moda y quedar bien en la foto- adelantándonos una década al siglo pasado. Apelar al New Deal de Roosevelt en los años treinta del siglo pasado busca recordar un triunfo de los de abajo, apelan sus defensores, cuando se impuso un tipo máximo del IRPF a las rentas altas del 90%, para hacer frente a la hemorragia social provocada por esas mismas élites extractivas.

Parecería que algo hemos aprendido, ¿no? No. La intención –cara a la galería- de estas recetas es clara: generar la colaboración público-privada necesaria para cumplir con las transiciones ecológica y energética, para las que ya llegamos tarde. Sin embargo, mirando más de cerca la fórmula que plantean estos planes como el de la Unión Europea y Blackrock, o los fondos de recuperación para rescatar a las economías del shock pandémico, son sobre todo otro método más de extracción de recursos públicos para salvaguardar los intereses de lo privado. Un ejemplo más del clásico neoliberal: privatizar los beneficios, socializar las pérdidas, del que ya deberíamos habernos hartado. Y además estos planes –salvo el de Varoufakis- son incapaces de salirse del dogma del crecimiento, ni siquiera teóricamente. En un momento crucial como este, de encrucijada civilizatoria, que esa sea la receta de las élites hace pensar que o no hay nadie al volante, o peor, los que conducen rayan la psicopatía. Por no mencionar que en tiempos de paraísos fiscales y youtubers que se fugan a Andorra, esos tipos máximos se antojan una quimera.

Las transiciones propuestas no son capaces de salir de los esquemas que nos han conducido al desastre: la competición, la fe en el mito del progreso y la incuestionabilidad del eterno crecimiento. Usar las mismas fórmulas que te han llevado a generar un problema jamás resolverán el problema inicial. Es increíble que haya tan poco debate en los grandes medios, tan pocos economistas, antropólogos, filósofos, que digan alto y claro que no se va a poder seguir creciendo y que empeñarse en hacerlo es el camino hacia el desastre. En realidad haberlos haylos, pero en los medios de masas y en los grandes partidos políticos este debate está amputado, en el mejor de los casos por miedo, en el peor por interés.

Necesitamos un cambio cultural valiente que preceda y alimente al ineludible cambio real. Decía Walter Benjamin sobre el ascenso del nazismo en el siglo XX: “Nada ha corrompido tanto a los obreros alemanes como la opinión de que estaban nadando con la corriente. El desarrollo técnico era para ellos la pendiente de la corriente a favor de la cual pensaron que nadaban”. Hoy la técnica nos vende llegar a Marte cuando –o precisamente debido a que- ni siquiera la vida en la tierra está asegurada.

No creo que haga falta unir muchas más piezas: si en un planeta que ya ha sobrepasado puntos de no retorno para su equilibrio ecológico, y su civilización comenzado la pendiente de descenso energético, seguimos pretendiendo crecer, estamos caminando hacia la repetición de lo ocurrido tras las recetas keynesianas de los años treinta, que acabaron dándose de bruces contra el expansionismo insaciable de los proyectos del exterminismo, que en nuestro tiempo ya emergen. Si desde las posiciones de poder se sigue apostando por la competición y el crecimiento, es inevitable un choque frontal entre bloques y contra los límites de un planeta que cada vez de más formas nos recuerda su finitud. Cooperación, redistribución de la riqueza y recetas de postcrecimiento, o barbarie.

El filósofo Bruno Latour habla de un Lebensraum o “espacio vital atmosférico” refiriéndose a que, aunque la expansión física parezca haberse detenido en un mundo afortunadamente sin grandes guerras militares, hoy la conquista del espacio vital de las naciones se hace sobre todo atmosféricamente. En cuanto espacio común ya repleto, somos capaces de colonizar con nuestras emisiones per cápita, o cuántos recursos ajenos pueden usar nuestras multinacionales. El verdadero autoritarismo del siglo XXI, el siglo del freno de emergencia o el siglo del desastre, no necesita tanto soldados como planes –teñidos del color que sea– basados en el incuestionable dogma de fe del crecimiento económico. Y cualquier receta antifascista que pretenda combatirlo deberá tenerlo en cuenta.


Fuente →  ctxt.es 

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