Proyecto Faq Las putas con Franco

domingo, 1 de noviembre de 2020

Las putas con Franco


Las putas con Franco
José Antonio Aranda García

El siglo XX comenzaba para España en la tranquilidad de la Restauración, que mantenía muy bien el orden haciendo sus trampillas en las elecciones. Aunque el país estaba un poco triste porque al perder Cuba se había dado cuenta de que el Imperio se había esfumado como una bolsa de patatas fritas, de una en una hasta que encuentras el fondo; y porque no sabían lo que se avecinaba en el siglo XX.

En temas de prostitución, como en muchas otras cosas, andábamos atrasadillos —que novedad— con una ley de 1845… para que luego digan que no somos aprovechados. Sin embargo, siguiendo las corrientes occidentales, empezaba a estar mal visto aprovecharse de las prostitutas, así que algunos —la izquierda, asociaciones abolicionistas femeninas, médicos preocupados por las venéreas — empiezan a quejarse del sistema reglamentario, que tenía contabilizadas a las prostitutas y organizadas, pero no colaboraba en la desaparición de la prostitución, y en pleno siglo XX ya teníamos que parecer gente avanzada.

Tanto insistir hizo que se creara en 1901 un Real Patronato para la trata de blancas y la lucha antivenérea. Pero, como suele pasar, fue un fracaso total por falta de financiación… Y porque las feministas, como Margarita Nelken y Clara Campoamor, se dieron cuenta de que aquello iba contra la prostitución pero ¡en favor de fomentar la mujer conservadora y familiar! Y hasta ahí podíamos llegar, no querían prostitutas pero tampoco monjas…

Bueno, en realidad lo que no querían es que explotaran sexualmente a las mujeres, sino que fueran libres para hacer lo que quisieran…

La II República, intentando arreglar las cosas

Como el dichoso Patronato tampoco era una buena idea, porque no servía para nada y además era «Real», la II República lo eliminó en 1931 y creó el Patronato de Protección de la Mujer, ahora sí, para evitar la explotación sexual investigando los casos, denunciándolos y protegiéndolas; pero, obviamente, no lo consiguieron. Además, se empiezan a contabilizar las muertes por sífilis —unas 900 en todo el periodo republicano—, que ya era hora, era excusa recurrente cuando había que pensar en meterle mano al tema pero no las tenían ni contadas.

Ante las nuevas corrientes reformistas republicanas en favor de la igualdad y de la libertad sexual, viendo que los intentos por controlar no servían para nada y que la prostitución reglamentada seguía aumentando, en 1935 la República cambia de estrategia. Se posiciona favor del abolicionismo —que es un poco como hacerse el tonto, ni lo prohíbes del todo ni, obviamente, lo regulas, te centras en impedir que se fomente y que se explote a la mujer de forma legal y en intentar sacarlas del mundillo— y espera que la gente deje de usar el servicio por su cuenta. Y lo cierto es que tuvo repercusiones positivas porque dejó de considerarse como una profesión regulada y a la mujer como un objeto de placer mediante pago, para pasar a considerar delictiva la explotación de mujeres, aunque no la prostitución en sí misma.

Y así llega la Guerra Civil, con la ley casi sin estrenar, descontrol absoluto y muchas necesidades por cubrir —tanto de soldados salidos, como de mujeres necesitadas de dinero—.

Con Franco las putas tenían el culo blanco

Si algo iba a destacar en el Franquismo con respecto al asuntillo de la prostitución iba a ser ¡tener una doble moral! —Otra novedad—. Como cabía esperar en el Franquismo, la prostitución era una cosa muy fea, un pecado muy gordo, pero que era necesario para que los jovenzuelos solteros no violasen a muchachas de bien, que es una cosa que al parecer pasa mucho en todas las sociedades. Así que podían desfogar con profesionales avaladas por el Estado. ¡La católica España, fomentando que los chavales se fueran de putas!

Las leyes de Franco, ahora sí, ahora no y luego… menos

La Guerra supuso el fin de las buenas intenciones de la República, en la nueva España las prostitutas eran necesarias, así que se vuelve a las normas de antes de la II República echando abajo la ley abolicionista republicana, según ellos porque se habían disparado las venéreas, estos rojos y sus vicios, así que ¡vuelta a abrir burdeles! Y vuelta también a la prostitución «tradicional», la se ejercía a lo largo del XIX y la Belle Époque por toda Europa, la que controlaba a las mujeres, las tenía censaditas y pasando revisiones... ¡iban a estar impolutas! Pobres infelices... más quisieran.

La prostitución no estaba penada ni en el Código Penal ni en la Ley de vagos y maleantes, pero si se tenía en cuenta la trata de blancas o la perversión de menores, que permitían cierta regulación; hombre menos mal, por lo menos no se fomenta la esclavitud y la pederastia, al menos en teoría. Aunque la prostitución sí que estaba regulada por reglamentos de higiene, que sería una dictadura, pero «muy limpia», de hecho había una multa a las prostitutas que se saltaran el reglamento; pero no pensemos por higiene el lavado diario, sino que se trataba de tener un carnet que garantizaba que la chica estaba limpia de venéreas y que las llevaba a hospitalización forzosa en caso contrario; que lo último que queremos es llevar esas enfermedades tan feas a los hogares. Aunque de poco sirvió, porque desde que se reabrieron las casas de tolerancia las muertes por venéreas se volvieron a disparar, y eso que llegó la penicilina a España… pues ni por esas; durante los 9 años de la República murieron 600 personas de sífilis en toda España y solo en 1940 unas 2000. Ante este desastre ¿cuál fue la solución del franquismo? Obviamente, dejar de emitir estadísticas.

En 1956, en el católico Franquismo se plantea que aprovecharse de la prostitución es una cosa fea, así que se da un giro inesperado, se declara ilícita la prostitución y se prohíben las casas de mancebía. ¿¡Pero y este cambio!? Pues un lavado de cara frente el mundo después de haber tonteado con el fascismo, locuras de dictaduras jóvenes. En esta línea se mantiene la Dictadura y en el nuevo código penal ya tiene en cuenta algunos delitos como el proxenetismo, de cara a proteger a las prostitutas; aunque solo sirven para fomentar la semiclandestinidad.

Acabando el Franquismo la ley se endurece contra las prostitutas, que pasan a ser consideradas elementos peligrosos. Además, a este se suman los debates de nuevos elementos sexuales como la pornografía; y todo ello a las puertas de la Transición y el Destape. Aparecen entonces nuevas formas de prostitución favorecidas por el turismo y por los anticonceptivos, que se ven nutridas por chicas toxicómanas controladas por chulos, ya no en lupanares, sino en la calle… ¡nuestra pequeña España se vuelve una moderna!

Las medidas sirven de poco en realidad. A todo el mundo le interesa la prostitución y pocos son los interesados en su desaparición; la prostitución encaja a la perfección en el régimen: mantiene la varonía de los machotes y la pureza de las señoritas, ¡un dos por uno digno del Corte Inglés! Los proxenetas se hacen de oro. Los clientes se lo pasan bien a cambio de un poco de dinero.

El Estado, aunque ya no gana al no estar regulado, mantiene en los prostíbulos valiosas fuentes de información sobre el mundo de la noche. Y las prostitutas… bueno, son prostitutas, a nadie le importa lo que opinen.

Las prostitutas pobres y las pobres prostitutas

Sea como sea, la realidad es que había una enorme cantidad de prostitutas que habían llegado al mundillo de las más diversas formas. En buena medida, muchas mujeres en la inmediata posguerra se habían visto obligadas a ello por la situación de miseria y ejercían a cambio de un pedazo de pan y sin las mínimas condiciones de higiene o sanidad, trabajando en ocasiones en la propia casa familiar; si esto ya no es trágico, que venga Dios y lo vea. ¿Cuántas eran? Ni lo sabemos, no resulta sencillo de estudiar y las cifras varían enormemente… hasta 100 mil se contabilizan en Madrid o más de 800 en Jaén —con 55 mil habitantes, una por cada 60—, cifras desorbitadas que reflejan la miseria generalizada.

Existían diferentes tipos, para todos los bolsillos… desde las más baratas, las llamadas «pajilleras» que podían cobrar 2 pesetas o algo más si el trabajo era «con música» —llevando pulseras que hacían ruido con el movimiento—, que ejercían en la calle, hasta las de más categoría que ejercían en meublés —casas que alquilaban habitaciones por horas para parejas—, pasando por toda una gama que ejercían en la calle, en sus casas o en establecimientos de lo más variado, como bares, pero manteniendo siempre una cierta discreción, que hay que guardar las apariencias. Un lugar aparte tendrían las famosas «queridas», que más allá de ser prostitutas, se dedicaban a uno o varios selectos clientes que las mantenían y costeaban, a los escort de lujo.

Que estaban mal vistas parece claro, más aún porque ya en el Primer Franquismo se las empieza a re presentar alejadas de la idea romántica para empezar a mostrar su dura realidad. Pero es que además la Iglesia emprende una campaña contra ellas por inmorales y peligrosas frente a los roles del hogar y la reproducción a los que se debían las mujeres; a ver si viéndolas tan sueltas el resto de mujeres se iba a revolver contra la opresión. Tanto es así que hay varias instituciones a lo largo del Franquismo para controlar a las mujeres, que tienen «sección prostitución»: el Patronato de la Mujer, de corte católico, con «casas de recogidas» para apartarlas del vicio, que no eran más que centros de internamiento y reeducación forzosa; o la Liga Española Pro Moralidad, de tipo católico en favor de la defensa de la familia.

En cuanto a las enfermedades venéreas controladas por la famosa cartilla, las prostitutas eran auténticas víctimas de las mismas, más si cabe por la gran cantidad de clandestinas, así, por ejemplo, el Patronato informa en 1943 de que el 80% de las prostitutas de Córdoba están infectadas y todas las de Jaén.

Además, tenemos que destacar que las prostitutas sufren abusos constantes, no solo por parte del proxeneta, sino también por parte del Estado en la figura de la policía, y por parte del cliente que abusa de ellas. En particular los abusos policiales destacan a lo largo de todo el Franquismo. En la época regulada eran los encargados de dar las licencias que firmaba el gobernador civil y, además, podían encarcelar a las prostitutas durante 15 días por contravenir las órdenes de horas y lugares que regulaban las actividades públicas —si consideraban que las prostitutas estaban donde no debían estar o que no eran horas de sexo de pago, o sea, cuando a ellos le diera la gana—. Cuando se pasa al abolicionismo, de igual manera, como la prostitución queda en una suerte de limbo, la policía entra en los locales para conseguir información o hacer redadas, de forma indiscriminada. Y cuando se endurece y son consideradas peligrosas… pues barra libre de abusos.

Los hombres que hacen la calle

La prostitución masculina también existía, claro, y obviamente era clandestina porque existía el riesgo de ser acusados de atentar contra el decoro, ser molidos a palos por la policía y acabar en la cárcel… y es que la mayoría se daba entre varones y no estaba muy bien vista la homosexualidad. Además, resulta curioso que a ojos de la policía, lo mismo daba ser una cosa que la otra, prostitución masculina y homosexualidad eran la misma cosa. Lo último que hubieran pensado es que alguien pueda ser homosexual por amor, o que una mujer pueda hacer uso de prostitución... ¡menudas locuras!

Se daba en la calle y otros lugares públicos, pero no en los mismos que las mujeres, que la prostitución es muy territorial y muy ordenadita; y tenía ciertas ventajas sobre la femenina, como la no existencia de proxenetas que los explotaran o la mayor facilidad de los hombres frente a las mujeres para pasar desapercibidos en la calle. Lo cierto es que venía dándose desde siempre, y particularmente desde el XIX existía gran cantidad de prostitutos en ciudades como Madrid o Barcelona, que solían ser camareros que complementaban su trabajo con prostitución, aunque aumentaron avanzado el Franquismo, eso sí, según el régimen, por influencia de las costumbres extranjeras que traían los turistas, ¡que España es muy decente! Solían ser chicos gays que huían de sus pueblos y ante la necesidad, y amparados por el anonimato de la ciudad, usaban la prostitución como modo de subsistencia, normalmente de forma discontinua; muchos provenían de hogares desestructurados y tenían problemas de drogas y formación.

En todo caso, existían formas diferentes de prostitución masculina, que venían definiéndose desde la I Guerra Mundial, cuando decidieron que los hombres machotes no podían hacer guarradas con otros hombres… Antes de eso, las ideas eran más difusas y algunos jóvenes podían ejercer trabajos sexuales sin perder su rol masculino. Podemos destacar cuatro tipos de prostitución masculina:

  • De iniciación, un jovencito que se saca unas pelillas con las que cubre un poco la vergüenza por estar con otro hombre.

  • Militar, de una parte homosexuales que lejos de casa durante la mili se desatan, y de otra soldados machotes que ponen «mirando a cuenca» a clientes ricos a los que les pone los uniformes.

  • Delincuente, los que ejercían sin poder demostrar otro trabajo con el que pagar sus compras.

  • Pijo-aparte, aquellos prostitutos que buscaban ascenso social usando “sus encantos” con hombres poderosos.

La España que no avanza

En resumidas cuentas, como la Historia misma de España, la prostitución se tambaleó entre las ganas por evolucionar y el lastre del conservadurismo más rancio. El reglamentarismo del XIX avanzó hacia el abolicionismo en la República, pero la Guerra lo paralizó todo y el franquismo volvió a las ideas reglamentaristas antiguas hasta que las presiones internacionales les obligó a dar un paso hacia el abolicionismo en los 50s que se endureció al final del régimen complicando la situación de las prostitutas con políticas prohibicionistas que pasaron a señalarlas como delincuentes.

La Transición, como en algunas otras cosas, mirará para otro lado, que no era momento para menudencias. Ya cuando se pueda arreglaremos el asunto. Así que, 40 años después, las prostitutas siguen en un limbo, con cierto estigma, pero amplia clientela, que bebe en parte de aquellos años oscuros en los que irse de putas era lo mejor que se podía hacer para pasar la tarde.


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