Proyecto Faq La Casa Real acorralada por el escándalo del emérito

martes, 28 de julio de 2020

La Casa Real acorralada por el escándalo del emérito

 

  • La total falta de control de la iniciativa de todo lo que se va conociendo dificulta planificar estrategias de defensa eficaces
  • La táctica de que Felipe VI y Letizia finjan mantener una agenda pública cercana a la ciudadanía y ajena a la crisis que padecen despierta serias dudas a los expertos

La Casa Real acorralada por el escándalo del emérito
José Miguel Contreras | Eva Baroja

Escándalo. Seguramente, es la palabra que mejor define todo lo que rodea a la sucesión de informaciones aparecidas en las últimas semanas en relación al rey emérito, Juan Carlos de Borbón. Su popularidad entre los españoles se ha derrumbado. Toda su trayectoria como regente se ha venido abajo. Hasta los monárquicos más convencidos muestran su profunda decepción y vergüenza por todo lo que se va conociendo.


En términos de comunicación política e institucional vale la pena plantear el caso como objeto de estudio. Estamos ante un ejemplo de libro de situación de crisis. Casi podríamos hablar de situación de emergencia para la Casa Real. Desde una perspectiva profesional, cabe plantearse si existe algún tipo de acción de comunicación que pudiera contribuir a paliar el irremediable daño reputacional que sufre no ya la desgastada figura de Juan Carlos I, sino que amenaza seriamente con extenderse a la propia vitalidad de la monarquía a partir de ahora.

Una imparable cascada de noticias sobrecogedoras

El 13 de marzo, el gobierno anuncia que va a declarar el estado de alarma para intentar frenar la pandemia provocada por el coronavirus. Lo hace efectivo al día siguiente. En España, apenas hay hueco para ningún otro asunto. Todos estamos concentrados en la emergencia sanitaria que nos asola. La atención mediática está focalizada en intentar explicar las implicaciones que el estado de alarma va a tener en la vida cotidiana.

El 14 de marzo, el diario británico The Telegraph publica una información en la que situaba al actual rey como beneficiario de dos fundaciones de su padre, en Suiza, investigadas por presuntos delitos de blanqueo de capitales. En la noticia, se revela una donación de 65 millones de euros al rey emérito procedente de Arabia Saudí. En la Casa Real decidieron actuar con la máxima celeridad. Desde el primer momento, los estrategas que han tomado las decisiones más relevantes han luchado por intentar aminorar en lo posible lo que sabían que iba a representar una convulsión nacional e internacional. Solo un día después, el 15 de marzo, emitían un comunicado sin precedentes. En él, Felipe VI renunciaba a la herencia de su padre y le retiraba la asignación fijada en los presupuestos oficiales. Seguramente, no cabía mejor día para conseguir el menor protagonismo posible en una información de semejante trascendencia. En otro momento, el país se hubiera paralizado en torno a una decisión de esta importancia histórica.

La información rompe los intentos de encubrimiento

La caja de los truenos se había abierto. Algunos importantes medios de comunicación decidieron a partir de ese momento colaborar activamente en el encubrimiento del escándalo. Sin embargo, nuevas revelaciones han ido apareciendo en una cascada inagotable a través de otros periódicos y televisiones. Juan Carlos, mientras tanto, ha optado por el hermetismo absoluto. Ha desaparecido por completo de la vida pública. No se sabe dónde está, ni lo que piensa. Mientras la opinión pública acrecienta su crítica contra sus comportamientos, su ocultamiento no hace más que contribuir a cimentar su imagen de manifiesta culpabilidad.

De puertas afuera, Felipe VI y Letizia siguen sonriendo y visitando estos días distintos lugares de nuestra geografía. La intención parece evidente. Se trata de aparentar una supuesta normalidad cerca de los ciudadanos de a pie. Se quiere evitar que les alcance la estrategia de huida de los focos del rey emérito. Saliendo a la calle, parece querer transmitirse la idea de que los reyes no tienen nada que ocultar y que se encuentran tranquilos y preocupados por otras cuestiones ajenas al embrollo al que se enfrentan.

El control de la iniciativa

Ante cualquier situación de crisis, los manuales de comunicación colocan siempre un primer objetivo: el control de la iniciativa. Cuando un boxeador recibe un golpe, sólo tiene dos opciones: o seguir recibiendo o pegar. Parece evidente que dedicarte sólo a intentar eludir más puñetazos es una mala estrategia porque tarde o temprano alguno especialmente fuerte te acabará impactando y llevándote a la lona. La otra amenaza es que a base de pequeños impactos, las fuerzas se vayan agotando y te acabes derrumbando. La única salida es la de recuperar la iniciativa y pasar a ser el que ataque. Mientras eres tú el que atacas, obligas al rival a defenderse y, sobre todo, deja de pegarte.

En términos de comunicación, este ejemplo pugilístico se traduce en que si los medios de comunicación publican información perjudicial para alguna persona o institución, no hay peor decisión que intentar escabullirse, esconderse y escapar. Aparecerás siempre como culpable y como cobarde y los medios seguirán hasta el final aportando más y más noticias. La única manera de detener este proceso es hacerle frente, lo que supone dar las necesarias explicaciones y aportar nuevos datos que aclaren los asuntos más confusos y cierren cualquier interpretación perniciosa.

Algunas acciones que podrían acometerse

La gran dificultad en todo lo que envuelve a Juan Carlos I es que no parece haber manera alguna de detener la hemorragia. Da la impresión de que el escándalo aún tiene mayor recorrido. Los medios presentan nuevos datos cada semana que aún empeoran más la situación que parecía haber llegado ya al límite de lo asumible. Además, la apertura de procesos judiciales abre un largo camino aún por recorrer. Ahora mismo, resulta muy complicado pensar qué podrían hacer el exmonarca o los actuales reyes para mejorar la aguda crisis que padecen.

Hemos pedido a diferentes especialistas en comunicación política e institucional, colaboradores habituales de este foro, que nos aporten sus ideas ante el supuesto de que a ellos les correspondiera decidir qué hacer si fueran los responsables de definir una estrategia: ¿Es esconderse la mejor solución para afrontar una crisis de esta magnitud? ¿Qué podría hacerse desde la perspectiva comunicación política para reducir su impacto? Estas son algunas de sus valoraciones más significativas:

Un embrollo endemoniado. Muchos de ellos, con buen humor, coinciden en la misma idea que expresa Toni Aira, profesor de Comunicación Política en la UPF Barcelona School of Management: "Si me llamasen lo primero que haría sería colgar el teléfono porque ahora mismo remontar esto puede ser el reto de una vida para un asesor de comunicación".

La complejidad de la institución: La Casa Real es muy singular y no funciona como una empresa, una administración o un partido político. A nivel comunicativo, siempre se ha caracterizado por el hermetismo, la opacidad y la falta de proactividad, por lo que en este caso, intentar llevar la iniciativa, tal y como explica el presidente de Asesores de Comunicación y columnista de infoLibre, Luis Arroyo, es muy complicado: "Tenemos que tener en cuenta que las decisiones no las puede tomar solo Felipe VI. Tiene que contar con el Gobierno y con el emérito, por eso en esta situación es tan complicado aplicar un único manual".

Falta de anticipación. Ignacio Martín Granados, politólogo y vicepresidente de ACOP, critica el que no se hubieran tomado medidas a sabiendas de lo que se les venía encima: "Echo en falta mayor rapidez y haber emitido algún comunicado preventivo para ocupar espacio y que los medios y la opinión pública no estén hablando de ti sin que tú participes y tomes la iniciativa. Un comunicado en el que avanzasen que van a colaborar para esclarecer los hechos porque si no, parece que no están haciendo nada".

Determinar el punto en el que nos encontramos. Xavier Peytibi, consultor de comunicación política en Ideograma, plantea que "lo primero que les aconsejaría es que analizasen en qué punto de la crisis están: en medio, al principio o al final. Adelantarse con una respuesta comunicativa cuando la crisis es mayor puede ser contraproducente". Luis Arroyo, por su parte, considera que ante la gravedad de las informaciones habría que reaccionar ya: "Todo lo que se conoce sobre el rey emérito ahora mismo es terrorífico y, si hay más, va a ser incluso más terrorífico. Lo mejor es cortar cuanto antes".

Contundencia y transparencia. Son las dos acciones que muchos ciudadanos esperábamos. Así lo afirma Diana Rubio, consultora y doctora en comunicación: "Desde mi punto de vista, lo que deberían hacer es haber sido igual de contundentes que en marzo cuando sacaron el comunicado solo 24 horas después de que saliese la noticia. Es necesaria más trasparencia y una comunicación más fluida con la ciudadanía que está demandando una decisión. Aunque todavía no la hayan tomado deberían comunicar que están en proceso de tomarla".

Protagonismo del emérito. Toni Aira, profesor de Comunicación Política en la UPF Barcelona School of Management, echa en falta que Juan Carlos de Borbón asuma su responsabilidad: "Quien tiene que protagonizar la reacción ante la crisis es el propio rey emérito en primera persona porque si lo hace Felipe VI se podría interpretar en clave de castigo de un hijo a un padre y eso puede transmitir poca empatía y credibilidad porque parece que toma esa decisión obligado y para salvarse el cuello".

El difícil rol de Felipe VI. Joan Navarro, sociólogo y vicepresidente de Llorente y Cuenca, resalta la difícil coyuntura en la que se encuentra el actual monarca. Por eso, aconseja que "la mejor posición en este momento es no sobreactuar, no anticiparse y estar siempre a disposición de la Justicia. Tienen que hacer un ejercicio de trasparencia, poner a disposición de la Fiscalía toda la información que requiera y comportarse con normalidad en su agenda institucional porque no está siendo juzgada la monarquía ni la Casa Real, sino unos hechos que ocurrieron en el pasado que afectan al rey emérito".

Generar un cortafuegos. Luis Arroyo plantea una iniciativa inmediata: "Ahora mismo hay que generar un cortafuegos total con el rey emérito. No basta solo con retirarle la asignación. Hay que tomar alguna otra decisión para demostrar que Juan Carlos I es una cosa y Felipe VI otra. Esto es muy difícil de hacer porque uno es heredero del otro, pero es la forma de sobrevivir".

Cuidar las apariciones públicas. Los expertos tienen dudas sobre la estrategia de sacar a pasear estos días a los monarcas, como si nada hubiera pasado. Para Diana Rubio, "contrasta mucho ver a los Reyes de viaje por España con esta situación de por medio, porque parece que le quitan importancia". Luis Arroyo es aún más crítico: "Intentar transmitir una imagen de cercanía y salir a sonreír a la calle como están haciendo no tiene sentido. Es demasiado arriesgado porque lo único que hace es generar más recuerdo del problema. Es momento de ser más discretos".

Ser más proactivos. Toni Aira cree que están fiando todo a que durante el verano salgan otras noticias que desplacen de la agenda mediática la información sobre el rey emérito, algo que, según él, es una mala estrategia: "Han estado acostumbrados a dar la callada por respuesta durante muchos años, pero ahora les aconsejaría proactividad y que dejasen de ir arrastrados por los acontecimientos".

Pensar en el final. Xavier Peytibi aconseja ir pensando en cómo cerrar toda la crisis cuando concluya y se puedan medir los daños causados: "Una vez haya pasado la crisis y se hayan publicado todas las informaciones, les recomendaría hacer un análisis estratégico: ver qué ha pasado, admitir lo sucedido, tomar decisiones, diferenciarse comunicativamente del rey emérito e incluso, llegado el caso, pedir disculpas".


Fuente → infolibre.es

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