Proyecto Faq La triste historia de los canadienses que lucharon contra el fascismo en España

miércoles, 24 de junio de 2020

La triste historia de los canadienses que lucharon contra el fascismo en España

 

Cerca de 1.500 brigadistas canadienses se enrolaron en el Batallón Mackenzie-Papineau para luchar contra Franco en la guerra civil española. De ellos, 400 nunca regresaron y los que lo hicieron se encontraron con el desprecio del gobierno de Canad

La triste historia de los canadienses que lucharon contra el fascismo en España / Juan Gavasa:
El periodista Michael Petrou escribió hace más de una década Renegades. Canadians in the Spanish Civil War, un libro que buscaba respuestas al extraño magnetismo que causó en un grupo de jóvenes canadienses la lejana guerra civil española. La desclasificación de los archivos soviéticos permitió entonces al periodista de la revista política McLeans –una de las más influyentes de Canadá-, profundizar con rigor en un acontecimiento histórico al que sólo se había acercado imbuido de romanticismo. Muchos canadienses descubrieron entonces que cientos de sus compatriotias habían participado en un conflicto armado lejano y doméstico que, en realidad, fue el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial que comenzaría a finales de 1939.

No era la primera vez que un libro exploraba desde Canadá la traumática experiencia de los voluntarios canadienses que se enrolaron en el Batallón Mackenzie-Papineau para defender la democracia frente al fascismo en la guerra española de 1936-39. En 1969 el investigador canadiense Victor Hoar ya había hecho una primera incursión con The Mackenzie-Papineau Battalion; Canadian Participation In The Spanish Civil War, un trabajo en el que el autor pudo contar con el testimonio de un buen número de brigadistas que todavía mantenían entonces la memoria fresca de su participación en la guerra española.

Brigadistas del MacKenzie-Papineau en el frente del Jarama (foto: Jarama Series. Canadians in the Lincoln Battalion. The Volunteer 15 junio 2016)

Casi 2.000 canadienses llegaron como voluntarios a España para luchar en las Brigadas Internacionales con su propio batallón: el Mackenzie-Papineau, denominación que tomaron de dos dirigentes nacionalistas del siglo XIX. En proporción a la población del país de origen, Canadá fue la segunda nación que más brigadistas aportó al bando republicano español después de Francia.

Hay dos razonamientos que explican el influjo que la Guerra Civil provocó en una parte de la sociedad canadiense de la época. El primero es dolorosamente prosaico: la crisis económica que vivía el país como consecuencia de la Gran Depresión arrastró a muchos jóvenes sin trabajo ni ataduras familiares a la aventura de la guerra. El segundo recompone los cristales rotos del ideario romántico: muchos de los brigadistas pertenecían al Partido Comunista de Canadá y fijaron en España el objetivo prioritario de su lucha contra el fascismo.

No deja de resultar sorprendente que en un país que nunca sufrió una guerra ni padeció las garras del fascio, se activara un relevante núcleo comunista con esa capacidad movilizadora. En los años 30 del pasado siglo Canadá todavía se estaba formando como nación y carecía probablemente de los resortes ideológicos e identitarios que caracterizaban a los países de la vieja Europa.


Boletín interno del Batallón Mackenzie Papineau.

Pero las cosas no fueron sencillas ni en España ni en su propio país para los brigadistas del Mackenzie-Papineau. Los testimonios describen la desoladora decepción de muchos de ellos al enfrentarse a la cruel cotidianeidad de la guerra. Las terribles experiencias del frente y la turbadora verdad de la retaguardia enfrentan con crudeza el estupor de la guerra con la liviana existencia de los ideales. El frío, la escasez de armas, el hambre y la incompetencia de demasiados oficiales llevaron a algunos canadienses a desertar. Otros aguantaron por la fortaleza de sus convicciones. Orwell ya contaba en Homenaje a Catalunya que un español será el mejor amigo posible y también el peor de los soldados.

Los canadienses se inventaban canciones para engañar a la realidad y exorcizar los demonios de la guerra:

«Oh. I wanna go home
I don’t wanna die
Machine guns they rattle
The cannons they roar
I don’t wanna go to the front anymore
Oh take me over the sea
Where Franco can’t get at me
Oh! My! I’m too young to die
I wanna go gome»

Unos 400 murieron en el campo de batalla. Los que sobrevivieron se encontraron a su regreso a Canadá con la hostilidad de sus autoridades, obsesionadas con anular el empuje comunista. Efectivamente, el macartismo se experimentó mucho antes en el vecino del norte. En 1937 se había aprobado la Foreign Enlistment Act, una ley que prohibía a los ciudadanos canadienses combatir en otras guerras. Por eso muchos de los brigadistas que lucharon en España pasaron a ser considerados como delincuentes en su país. Algunos de ellos regresaron a España muchos años después para recuperar el viejo estímulo de la juventud, el escenario en el que habían vivido las experiencias más intensa de sus vidas; otros recibieron en Canadá la visita de viejos amigos españoles.

Manuel Álvarez (derecha), junto a Jim Higgins (en el centro), el día que se reencontraron en Canadá 41 años después de que éste le salvara la vida cuando estaba a punto de morir ahogado después de un bombardeo en la localidad catalana de Corbera d’Ebre. Foto: El Independiente

El caso de Jim Higgins es quizá el más emocionante. En 1938 salvó en Corbera d’Ebre a un niño herido que era arrastrado por el agua de un depósito bombardeado. Cuando le rescató sólo acertó a decirle para tranquilizarle: “Soy canadiense, me llamo Jim”. A finales de los años 70 ese niño, que adulto había emigrado precisamente a Canadá y se había convertido en un próspero vendedor de coches, localizó a su salvador en Peterborough, Ontario. Llevaba toda la vida intentando encontrarle. Ese niño se llamaba Manuel Álvarez y fue el protagonista también de una de las fotos más icónicas de la Guerra Civil, tomada cuando se encontraba convaleciente tras el bombardeo en un hospital de campaña en el frente del Ebro.

Años después Álvarez narró en el libro El soldado alto su dramática experiencia durante la Guerra Civil y la peripecia que vivió durante décadas para dar con aquel soldado larguirucho que le había rescatado de la corriente mortal. En el epílogo de su libro, Manuel Álvarez destacaba la amargura de aquellos ex soldados ignorados por sus gobernantes. El español se sentía muy agradecido a Canadá por abrirle sus puertas, “pero esta gratitud no disminuye mi repulsión a la actitud de los sucesivos gobiernos canadienses con respecto al batallón Mackenzie-Papineau”, señalaba en el libro, que hoy se encuentra descatalogado.

Portadas de los tres libros que tratan desde diferentes ángulos la participación de los brigadistas canadienses en la guerra civil española.

Mucho tiempo después, en 2012, el entonces cónsul de España en Toronto entregó en un acto oficial la ciudadanía honoraria española a Jules Paivio. Era el último superviviente del Mackenzie-Papineu; tenía  94 años. El anciano canadiense había solicitado tiempo atrás la nacionalidad española, esa que Juan Negrín les había prometido en octubre de 1938 para cuando terminara la guerra… “He estado esperando para disfrutarlo”, dijo. “España es ahora un país al que realmente quiero pertenecer”.

Paivio expresó entonces su gratitud y su orgullo por la concesión de la nacionalidad: “Luché junto con el pueblo español contra Hitler, Mussolini y Franco”. Cuando se enroló como brigadista para luchar con los republicanos españoles tenía 19 años. Un niño. Su padre, el poeta fino-canadiense Aku Paivio, le escribió un largo poema, To my Son in Spain, en el que le alentaba a destruir al fascismo, “ese envilecedor del pueblo”.

Jules Paivio, el último superviviente canadiense de las Brigadasa McKenzie-Papineau, en la ceremonia celebrada en 2012 y en la que recibió la ciudadanía española. Foto: Julio César Rivas

Jules participó en las batallas del Jarama y Brunete y estuvo a punto de morir. En abril de 1938 fue capturado por soldados italianos pero cuando iba a ser fusilado junto con otros 15 republicanos, un oficial decidió detener la ejecución para canjearlos por prisioneros italianos. Paivio estuvo encarcelado hasta el final de la guerra en 1939. Cuando los brigadistas regresaron a casa fueron tratados como héroes  por la opinión pública pero el Gobierno canadiense los despreció y persiguió por sus simpatías comunistas. La Policía Montada canadiense los espió durante décadas.

El legado de los Mac-Paps, como se les conocía popularmente, y la propia guerra civil española han sido un asunto controvertido en Canadá durante mucho tiempo. Como nunca formaron parte del ejército canadiense, su contribución no fue reconocida por el gobierno del país. Nunca recibieron los beneficios de los veteranos y no formaron parte de las ceremonias del Día del Recuerdo, de gran relevancia en el país.

Pancarta de los Veteranos del Batallón MacKenzie Papineau de la Columbia Britanica en la manifestación del Primero de mayo de 1946 (foto del libro de Ronald Liversedge: Mac-Pap- Memoir of a Canadian in the Spanish Civil War)

Pero a finales del pasado siglo un grupo conocido como Veteranos y Amigos del Batallón Mackenzie-Papineau obtuvo el permiso del gobierno canadiense para instalar tres monumentos que recordaran a los viejos brigadistas. El primer monumento fue erigido en Toronto el 4 de junio de 1995 en Queen’s Park. Es una gran roca transportada desde el campo de batalla de Gandesa, en la provincia española de Tarragona. Unida a la roca hay una placa conmemorativa del Batallón Mackenzie-Papineau. Otro monumento fue instalado el 12 de febrero de 2000 en Victoria, Columbia Británica.

El más importante, no obstante, es el que se erigió en Ottawa en 2001 en Green Island Park. El monumento reproduce los nombres de los 1,546 voluntarios canadienses que sirvieron en España. Este número incluye a todos los que integraron el batallón Mac-Pap; el cuerpo médico, de comunicaciones, transporte y traducción; y los que estuvieron otras brigadas. El monumento fue diseñado por el arquitecto Oryst Sawchuck de Sudbury tras ganar un concurso convocado por los Veteranos y Amigos del Batallón Mackenzie-Papineau.

Monumento dedicado a los brigadistas canadienses en Victoria (BC), muy cerca del edificio del parlamento provincial (foto: Lattin Magazine)

La entonces gobernadora general de Canadá, Adrienne Clarkson, que fue una de las impulsoras de este reconocimiento, señaló que “es apropiado que reconozcamos ahora el momento histórico por el cual estos hombres y mujeres fueron a luchar en una guerra extranjera, una guerra que no era la suya, una guerra en la que Canadá no estuvo involucrada como nación”. Desde ese día pasaron a formar parte con todos los honores de la historia de Canadá en el siglo XX. Palvio, el último brigadista superviviente, murió en 2013, canadiense y español.



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