Proyecto Faq Fascismo y antifascismo (I)

miércoles, 17 de junio de 2020

Fascismo y antifascismo (I)

 

Fascismo y antifascismo (I):
Alejandro Andreassi Cieri
 Profesor jubilado del Departamento de Historia Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona

La actual crisis estructural del capitalismo globalizado agravada desde 2008-2009 y acelerada por la pandemia del covid-19 ha favorecido el surgimiento de movimientos de extrema derecha, que representan una muy seria amenaza a la democracia y a los derechos humanos. Acompañando a las exigencias de respuestas políticas para detener la amenaza de una nueva tragedia se ha abierto un debate necesario sobre las similitudes o diferencias entre estos movimientos y los fascismos del período de entreguerras. En este texto se analizan las causas estructurales y coyunturales en el surgimiento de los fascismos del período de entreguerras, así como sus características como una aportación al mismo debate.

Históricamente el fascismo ha aparecido como consecuencia de una fase de crisis sistémica del capitalismo, concretamente las crisis abiertas por esa gran masacre industrializada que fue la Gran Guerra de 1914-1918 y la Gran Depresión iniciada en 1929. Sin embargo, estos acontecimientos sólo pueden ser considerados como catalizadores, como los contextos que favorecieron el surgimiento de los fascismos ya que no basta con un cambio brusco, por más intenso que sea, para que el fascismo aparezca, si no ha existido el proceso previo de transformación cultural de una sociedad determinada, entendiendo aquí cultura como materialidad, o sea la combinación de ethos y mores. Ello implica reconocer que los elementos que modularon su ideología y guiaron su praxis, primero como movimiento y luego como poderes dictatoriales, ya existían y se desarrollaban antes de 1914.

Los antecedentes del fascismo

Siguiendo a Max Horkheimer -quien decía que “es imposible hablar de fascismo sin hablar también de capitalismo”- nos referiremos al fascismo no sólo por su brutalidad represiva y  las consecuencias funestas que para la humanidad ha tenido su aparición, sino también por las consecuencias que ha tenido para los sistemas simbólicos que constituyen el discurso político, por qué y cómo ha surgido de una totalidad y cómo ha influido en esa totalidad. Por lo tanto, debemos referirnos a esa totalidad en la que se inscribe el fascismo; un primer paso es el de considerar que el capitalismo no es sólo un modo de producción y una forma de organización de la economía, sino que es un completo sistema civilizatorio, y por lo tanto un generador de una materialidad simbólica y física que lo legitima y lo mantiene como realidad autorreferencial y que se expresa elocuentemente hoy en día en el acrónimo TINA (There is no alternative) atribuido a Margaret Thatcher, y que constituye el fundamento de su poder hegemónico. El capitalismo no sólo genera plusvalía, aunque esta sea su primum movens y en el sentido de su ampliación y acumulación sea autotélico, sino valores, conceptos, anhelos y expectativas, que son compartidos tanto por quienes ejercen un rol dominante como por quienes son dominados por aquellos. Pero también, al tratarse de una realidad contradictoria, basada en la explotación y opresión de una clase por otra, la lucha de clases impone también una respuesta a ese universo simbólico e ideológico que representa el código que ordena su estabilidad y funcionamiento.

En este sentido las transformaciones producidas en las sociedades europeas, con motivo de las revoluciones burguesas durante el siglo XIX y que fueron conformando ese sistema de civilización, fueron la fuente de promesas de progreso, crecimiento y bienestar indefinido para toda la especie humana que pronto fueron traicionadas por la misma realidad que el despliegue capitalista producía en su andar cotidiano. El portentoso desarrollo técnico y científico, celebrado por las burguesías del continente europeo -en una especie de auto-homenaje a su innovación e iniciativa- mediante las exposiciones universales o la divulgación periodística y literaria de los avances científicos y tecnológicos, no se acompañó por la mejora de las condiciones sociales de toda la población. Por el contrario, las clases subalternas, tanto urbanas como campesinas, sufrieron un creciente deterioro de sus condiciones de vida y de trabajo, como reflejó brillantemente Friedrich Engels en su trabajo sobre la condición de la clase obrera en Gran Bretaña, mientras se ensanchaba y profundizaba el abismo de desigualdad entre unas y otras clases. Ante esta disociación entre realidad y promesas incumplidas fueron gestándose respuestas que podemos agrupar en dos grandes bloques. Una de ellas es el que configuró el movimiento emancipatorio, tanto de inspiración anarquista como socialista, que a su vez se consideraba heredero de las aspiraciones del cuarto estado surgido durante la gran Revolución francesa, y que situaba la causa de la distopía social en la propia naturaleza del capitalismo, proponiendo como medio de recuperar la sintonía entre promesas y realidad -las condiciones de posibilidad de la felicidad humana y la buena vida- el derrocamiento del sistema capitalista y el avance hacia una sociedad sin clases ni explotación. Esta reflexión de Charles Darwin, registrada en su libro El viaje del Beagle, refleja las dudas que asaltaban incluso a miembros de las clases bien estantes sobre el cumplimiento de las promesas de la modernidad decimonónica:

“Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza, sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado”.[1]

La Workouse, espacio de trabajo y disciplinamiento en el primer capitalismo (imagen: historic-uk.com)

El segundo bloque de respuestas abarca a todas las que analizaban la degradación de una parte de la sociedad y la conflictividad social no como el resultado del funcionamiento del capitalismo y de la explotación de los trabajadores, sino como la diferente calidad del material humano que componía cada una de las clases sociales; incluso se consideraba esa estratificación de la sociedad como el resultado de una divergencia, un sesgo que implicaba lo biológico, en el curso de la evolución humana. Pero mientras reconocía los beneficios que sintetizaba en lo conceptos de modernidad y progreso, también atribuía al nuevo mundo burgués que se desplegaba ante sus ojos una alteración no deseada del orden jerárquico tradicional, producto de las ideas de la Ilustración y la Revolución francesa. Esta tendencia sostenía el principio de que el orden jerárquico era producto de la natural desigualdad humana, la que devenía un axioma de este pensamiento. 

Esa idea de la desigualdad  es la que la expansión imperialista y colonial, acelerada en el último tercio del siglo XIX parecía confirmar a través del dominio europeo sobre los demás pueblos. Pero el eje fundamental de ese segundo bloque gira alrededor de la idea de que esa desigualdad -que dependía de las desiguales dotaciones de facultades de los miembros de la sociedad y que se manifestaba claramente en el orden burgués en forma de clases sociales dirigentes y subordinadas-, no era más que el reflejo de la división natural del trabajo en funciones superiores e inferiores que, coordinadas y armónicas,  garantizaban la eficiencia social y la potencia nacional, fundamento de la modernidad capitalista. Por lo tanto, esa desigualdad, que se expresa en la existencia de clases, es la garantía de una sociedad próspera. Si las expectativas y las promesas del progreso no se cumplían, era porque la sociedad burguesa había facilitado que las clases subalternas se rebelasen y pusiesen en cuestión el orden social, como nunca antes se había registrado, al utilizar para su propia emancipación las ideas revolucionarias procedentes del Iluminismo. La aparición de un movimiento obrero al que rápidamente vincularon con la herencia revolucionaria francesa y se manifiesta en los estallidos de 1830, 1848 y especialmente en la Comuna de Paris de 1871, al que consideraban como un producto negativo de la modernidad, fue considerado prueba de las razones de sus temores, así como del diagnóstico de degeneración y decadencia de las sociedades europeas.

27 de mayo de 1871, los últimos defensores de la Commune de Paris son fusilados en el cementerio de Père Lachaise (foto: Coll. Archives Larbor)

La solución a esta falla entre las promesas y las realidades de la modernidad, que se manifestaba funestamente a través de esa furiosa lucha de clases, la reparación de la línea de clivaje, la línea abisal, que se viene trazando entre 1830 y 1871, sólo podía solucionarse mediante la instauración de una centralización autoritaria, aunque a diferencia del antiguo régimen no se basase en los derechos hereditarios, sino en el dominio de la ciencia y de la técnica, de una nueva aristocracia surgida de las mismas entrañas de la modernidad capaz de restablecer el control jerárquico considerado garantía de la armonía social y del progreso, capaz de integrar a las diferentes clases en el lugar que la división social del trabajo les señala, y capaz de acabar con la lucha de clases.

 Esta vertiente penetrará las artes y el pensamiento filosófico, cuando la reflexión desde el punto de partida que unifica este segundo bloque crea encontrar en el concepto de «degeneración» la clave para entender la historia de la modernidad y sus efectos. Para ellos, la degradación y penuria de la clase obrera industrial o los sufrimientos de los jornaleros campesinos no eran más que los “síntomas” de esa degeneración, producto de su inaptitud, de su inferioridad biológica para adaptarse con éxito a la modernidad. Al “cada uno su rol social”, ya elaborado por el pensamiento que combatía a la Revolución francesa y a las ideas del ala izquierda de la Ilustración, como Edmund Burke, Hipólito Taine o Renan, se agregaban los argumentos, que, extraídos de las ciencias biológicas, pretendían “naturalizar” la división del trabajo y por consiguiente el orden clasista de la sociedad burguesa.

Al mismo tiempo se sugería que ese resultado del despliegue del capitalismo no sólo había puesto en evidencia la diferencia “natural y biológica” entre los miembros de una sociedad, sino que había impulsado una moral materialista, prosaica e individualista que había facilitado que aquellos que ocupaban los estratos más bajos de la sociedad se rebelasen e intentasen acceder a la plena igualdad política y social, a suprimir el orden dominante y a actuar como las clases superiores. De alguna manera este enfoque sugería que lo que cabía era impedir la tendencia a la entropía del capitalismo, su anárquico comportamiento, para salvar de este modo el que consideraban extraordinario beneficio que había aportado en riqueza material y progreso, pero ante todo en eficiencia productiva y potencia nacional. La idea general que terminaban compartiendo era que si se podía adjudicar a cada individuo el lugar que le corresponde, el rol social que la naturaleza había determinado para él, la sociedad se vería beneficiada. En cambio, cualquier intento de organizar la sociedad en base a la igualdad política y social de sus miembros sólo sería el fundamento de su destrucción y/o su degeneración como tal.

Deportación de polacos de Prusia Oriental, representada por Wojciech Kossak (1909)(foto: Wikimedia Commons)

Pero no será sólo en el terreno de las ideas donde se irán configurando los elementos para la reorganización de las sociedades europeas. Al compás del colonialismo y el imperialismo rampante en el último tercio del siglo XIX, algunas de las potencias que luego serían escenario de los fascismos, como Alemania e Italia, pretendían la anexión o al menos el sometimiento en condiciones coloniales de otras regiones europeas, que estas potencias consideraban pertenecientes a su área de influencia. Las deportaciones de polacos de cultura cristiana y judía de las provincias orientales de Prusia fueron ya practicadas bajo el gobierno de Bismarck entre 1883 y 1887, con el pretexto de “su necesidad para la seguridad del Estado” y “asegurar el progreso de la cultura alemana en esas regiones”; lo que fue además seguido por programas aprobados por el parlamento prusiano de establecimiento de colonos alemanes en dichas áreas, con una operatividad que se extendió entre 1886 y 1916.[2] Del mismo modo operó Italia respecto a los territorios africanos donde no sólo se trataba de dominar territorios coloniales y explotarlos económicamente sino que se intentaba transformarlos en territorios de colonización italiana, al modo en que también Francia actuaba respecto a Argelia, así como respecto a los Balcanes y el sudeste europeo.[3]

La construcción nacional en ambos países se apoyaba en la expansión territorial legitimada por una visión racista de los pueblos vecinos a los que se prensaba desplazar o dominar. El biodeterminismo comenzaba a jugar ese papel en estos movimientos, impulsando una deriva hacia una construcción nacional sin fin, siempre incompleta porque siempre había un territorio que ocupar y un pueblo que desplazar (y más adelante, que exterminar), cuestionando incluso los matrimonios entre germanos y eslavos.[4] Por ejemplo, para el partido pangermánico austríaco el Austria alemana debía incluir también Bohemia y Moravia, a pesar de la mayoría checa alcanzada en el período finisecular en ambas regiones. [5] La expansión al este era una mezcla resultante del racismo con que se consideraba a los pueblos eslavos como pueblos inferiores destinados a ser sometidos por los germanos sumado a las escasas posibilidades de construir un imperio ultramarino a la manera de Gran Bretaña, en la medida en que las potencias germánicas habían llegado tarde al reparto colonial.[6] La cuestión nacional de cada uno de estos países, la necesidad de su  “reformulación” mediante fronteras étnicas ocultaba el deseo de hegemonía política, militar y económica en el este europeo. Al mismo tiempo el expansionismo alemán e italiano en territorio del este europeo, bajo esas mismas pautas étnicas, presentaba esa expansión imperial como “recuperación” de territorios aduciendo “el carácter incompleto” de sus estados-nación en una expansión que nunca acababa de aclarar los límites.  En una perspectiva que luego se desarrollará durante la dictadura nazi, la Liga Pangermánica prefería la expansión alemana hacia el Este en lugar de un imperio ultramarino, donde las tesis del Lebensraum parecían más fácilmente asequibles. Incluso el liberalismo alemán en las figuras de Neumann y Max Weber, sostenía la importancia modernizadora de la constitución de Alemania en el eje de una Mitteleuropa o de su expansión al Este mediante la instalación de colonos alemanes sustituyendo a la aristocracia Junker en su papel de control y desarrollo de las fronteras orientales del Reich.

D’Annunzio con legionarios italianos tras ocupar Fiume (1919)(foto: Dominio público/La Vanguardia)

Otro aspecto también especialmente notable e incidente fue la profunda dislocación de la sociedad tradicional producto de la veloz industrialización que se produjo en ambos países, aunque con diferentes resultados, que condujo a la liquidación progresiva de los vínculos tradicionales de solidaridad en las clases subalternas como consecuencia del despliegue capitalista. Más intensa en Alemania que en Italia, en ambas naciones produjo un sentimiento de orfandad, pérdida de referentes, donde las culturas campesinas consideradas como el reservorio de la identidad nacional eran destruidas por la vorágine industrial que arrastraba a los campesinos -explotados por los terratenientes o acosados por la crisis agrícola finisecular- hacia las ciudades en busca de empleos industriales, como si fueran estos y no las condiciones sociales deterioradas del campesinado la causa de la presunta decadencia y degeneración.

La Gran Guerra y el fascismo

La Primera Guerra Mundial actuará como un catalizador de todas estas tendencias intensificando vectores que ya se habían puesto de manifiesto en la expansión colonial: la violencia extrema y la super-explotación de las poblaciones de los territorios ocupados. La violencia extrema como instrumento para conseguir objetivos concretos no sólo revelaba el desprecio de la vida humana sino también la cosificación del enemigo, la transformación de las operaciones militares en una gigantesca operación de masacre industrializada que buscaba no sólo derrotar a los ejércitos enemigos sino desmoralizar al frente interno, a la retaguardia. Esa masacre a gran escala exigía un gran aparato industrial y una economía perfectamente coordinada para mantener el esfuerzo bélico. La guerra, además, ofrecía la experiencia de una organización social alternativa al capitalismo liberal de preguerra, que se resume en la expresión “espíritu de 1914”, significando con ello una sociedad que organizada como un gigantesco organismo coordina todas sus fuerzas, bajo una jerarquía exigida por a eficiencia productiva y en combate, donde las clases sociales lejos de desaparecer se refuerzan con una función que deriva de su lugar y función en la pirámide social, donde las jerarquías y el principio de jefatura derivan de la eficiencia y no de la herencia. El capitán de empresa se equiparará al comandante en el campo de batalla y la fábrica se organiza “científicamente” del mismo modo que el combate en las trincheras. Obreros y soldados se integran en una comunidad jerárquica dominada por la capacidad de liderazgo y el dominio técnico con que la biología dota a empresarios y jefes militares, según los parámetros de un social darwinismo predominante. Como expresaba despectivamente Edgar Jung, destacado representante de la “revolución conservadora” alemana, corriente intelectual principal de la extrema derecha durante la República de Weimar y puente entre el “espíritu de 1914” y la constelación de grupos y movimientos de la derecha radical (que bajo el apelativo völkisch va a acabar confluyendo en el nazismo):

“En lugar de la igualdad proponemos los valores interiores, en lugar de la orientación social la apropiada integración en una sociedad jerárquica, en lugar de la elección mecánica el surgimiento orgánico de jefes auténticos, en lugar de la coerción burocrática la responsabilidad personal de una auténtica autodisciplina, en lugar de la felicidad de las masas el derecho de la comunidad del pueblo”.[7]

El «espíritu de 1914»: un regimiento con sede en Lubeck es aclamado al salir de la ciudad con destino al frente el 31 de julio de 1914 (foto: Vaterstädtische Blätter/Wikimedia Commons)

y Helmut Franke, futuro miembro de los Freikorps:

“Líder y hombre, uno para otro, permanente desde temprano uno tras otro dependiendo unos de otros y vinculados estrechamente, pueden demostrar mejor su hombría, que todas las teorías pacifistas e internacionalistas sobre la humanidad”.[8]

 Algo similar sucedía en Italia, donde la intervención en la guerra también había sido bien vista por los principales grupos del triángulo económico formado por Milán, Turín y Génova, como una solución a la recesión. Los principales dirigentes industriales pensaban que su participación en la guerra garantizaría la multiplicación de beneficios procedentes de los pedidos estatales de material de guerra, especialmente para las empresas del sector siderometalúrgico, lo que también hacía aceptable por esos grupos industriales una mayor intervención e implicación del estado en la producción. El encuentro entre empresarios y autoridad política se saldó con un intercambio de respaldos recíprocos, no con la subordinación de unos por otros. Ese apoyo gubernamental se concretaría en la prohibición absoluta de las huelgas sustituidas por arbitrajes obligatorios, a pesar del reconocimiento que los sindicatos habían logrado como partners subordinados de la relación laboral, y en la intervención directa de la policía en el mantenimiento de la disciplina laboral. A su vez la Mobilitazione Industriale italiana, dependiente del Ministerio de guerra, coordinaba a través de un comité central y comités regionales la actividad de las empresas comprometidas con el esfuerzo bélico, pero para evitar cualquier recelo en la intervención estatal en la economía de guerra, el gobierno italiano no dejó de implicar a los empresarios en el funcionamiento de esa maquinaria administrativa.

Cartel del Comitato lombardo di mobilitazione industriale, 1917 (imagen: libreriaanomalia.org)

Por ello las autoridades italianas tuvieron un comportamiento político más afín con el talante autoritario de las Potencias Centrales, que la de sus aliados de la Entente Cordial. Su intervención en el control de la fuerza de trabajo y de las relaciones laborales en el ámbito industrial era muy parecido al desempeñado por el estado alemán. Para algunos autores esa combinación de participación estatal en la dirección de la actividad productiva y en la disciplina industrial creó un terreno favorable a la reorganización corporativista de las relaciones entre estado y sociedad civil que se produciría bajo la dictadura mussoliniana. [9] Lo más significativo es que tanto en las clases dominantes, como en los círculos políticos conservadores y en la derecha nacionalista, que adquiría una actitud cada vez más agresiva contra el movimiento obrero y socialista en la posguerra, había quedado arraigada la convicción de que la regulación y coordinación del estado con los intereses económicos había sido exitosa en términos bélicos, aunque no se consiguieran los objetivos  que habían impulsado a Italia a entrar en la guerra al lado de la Entente, y que la clave de ese éxito residía en la decidida política de represión y control de la fuerza de trabajo en la regulación de las relaciones laborales durante los tres años de conflicto.[10]

La Primera Guerra Mundial no alumbró una nueva época, más bien fue el acelerador o el catalizador de tendencias poderosas que estaban configurando el paisaje de la civilización del capitalismo, al menos desde el último tercio del siglo XIX. Pero su papel fue el de propinar el impulso más fuerte a esas transformaciones, no el de originarlas. Las impregnó de un componente que hasta el momento no se había experimentado plenamente, y en todo caso sólo había sido vislumbrado en los cálculos de algunos estrategas, políticos o intelectuales visionarios: la unificación de los fundamentos de la actividad colectiva  bélica con los de la paz, la industrialización de la guerra junto con la militarización de la economía, y en la medida en que la sociedad se vio implicada en los acontecimientos bélicos más allá de su condición combatiente, como un factor fundamental del esfuerzo bélico y no sólo como complicación accidental del enfrentamiento armado.[11] Además introdujo el concepto de movilización total de la sociedad donde la acción en la retaguardia tenía tanta importancia como en el frente de batalla y donde la militarización de las relaciones de producción no desplazaba el papel de los empresarios como capitanes de industria sino que reforzaba su poder como dirección política incuestionable en su ámbito. La movilización total sería más tarde uno de los rasgos característicos de las dictaduras fascistas 

La guerra de 1914 dejó como herencia indiscutible el carácter industrial de las acciones militares. Ese carácter no sólo fue brindado por el uso sin precedentes de medios mecánicos de destrucción, que dio contenido material a la expresión “maquinaria bélica”, sino también por la forma en que se elaboró la representación y relación con las “objetos” de la actividad bélica en el adiestramiento de los combatientes. Durante la guerra se había ido imponiendo el criterio que la victoria sobre el enemigo sólo podía ser alcanzada a través del mayor exterminio de oponentes. Por lo tanto, para consumarse el asesinato en masa eran necesarios no sólo los medios técnicos que lo permitían, sino también la despersonalización de la relación de los combatientes con sus víctimas para garantizar la indiferencia y el automatismo que eliminara en cada combatiente el vínculo emocional con la violencia desatada. Ambos aspectos conferían a la actividad militar rasgos similares al trabajo organizado por las tendencias industriales más avanzadas de la época según los métodos inventados por Taylor y sus epígonos y que se engloban bajo el común denominador de “organización científica del trabajo” (OCT), especialmente la rutina sistematizada y la distancia emocional en relación a la acción y sus consecuencias. La absoluta falta de compromiso emocional, de implicación y de control racional y afectivo sobre las operaciones y procedimientos  conducía en los combates a la muerte a miles de personas, a las que previamente se había transformado en sombras deshumanizadas en el curso del adiestramiento de los combatientes, y por lo tanto se las despojaba de la potencialidad para despertar la reflexión en quienes se transformaban en sus victimarios. Al potenciar la neutralidad del operador respecto a las consecuencias y razones de su actividad, al combatiente de la primera guerra mundial le sucedía lo mismo que al obrero taylorizado: acababa transformándose en un observador de sus propias acciones, que adquirían, al separarse del ejecutor, una vida propia, que escapaba de su control, y que, por el contrario, le daban la impresión de controlar su conducta.[12]

Primera guerra mundial: soldados alemanes con máscara antigás y ametralladora (foto coloreada: ddoughty. com/ww1-in-colour)

El resultado no podía ser otro que la alienación. La tecnología industrial potenciada en la preguerra era la condición necesaria. Pero la visualización del adversario como un objeto deshumanizado a abatir, también fue aportada por la experiencia de las guerras coloniales. La guerra mundial transformó definitivamente la muerte en el resultado de un proceso de trabajo, con sus estándares y rutinas, porque cosificó a sus víctimas al industrializar la masacre, despojando de cualquier connotación emocional o ética a quien lo realizaba o a quien ordenaba su ejecución. Constituyó durante cuatro años el universo posible de la civilización de Occidente, estimulando las principales tendencias que Europa y los Estados Unidos habían comenzado a desarrollar en la preguerra. Los mismos métodos establecidos para conseguir la definitiva subordinación del trabajador civil al dominio del capital en la preguerra, como la OCT, así como los avances científicos, sirvieron como precondición para que la propia contienda se transformara en una fábrica negativa, cuya producción no se medía en objetos sino en cadáveres. Un médico, Arthur Brock, opinaba en 1918 en una discusión sobre el shell-shock[13]:

“… ¿pero no son estos horrores de la guerra los términos con los que culmina una serie que se inicia en los infiernos de nuestras ciudades industriales? Pensad en la angustia mortal infligida a los familiares obligados a la lucha por la vida en esas cámaras de tortura de nuestro mundo competitivo durante la reciente era de ‘paz’ que ahora nos damos cuenta que no era tal sino de guerra latente”.[14]

Los Freikorps aplastan el levantamiento de enero de 1919 en Berlín (curiosamente, aparece un blindado británico Mark IV)(imagen: Bundesarchiv)

Esa experiencia de destrucción y masacre programadas en las que cada combatiente se alejaba de los resultados letales que producía (basta con ello recordar la acción de la ametralladora, la artillería pesada de larga distancia o el uso de los gases tóxicos, para objetivar esa atrofia moral en donde el combate se experimentaba como la destrucción de  “cosas” y no de seres humanos), fue el aprendizaje que abolió más tarde los reparos ante la guerra química llevada acabo por el fascismo italiano en Etiopía,  ante el genocidio judío y gitano cometido por el nazismo,  y abrió el camino a la violencia ejercida por las escuadras fascistas en Italia y por los Freikorps y las SA en Alemania, antes de la instauración de las respectivas dictaduras.

Características del fascismo

Los fascismos articularon todos estos elementos seminales que se habían ido gestado al calor del desarrollo de la modernidad decimonónica, organizándolos en una cosmovisión, una Weltanschauung, que constituirá el núcleo, el numen de su cultura política. Lo que creo importante comprender es que la transformación de esa síntesis, en una ideología capaz de un seguimiento progresivamente masivo no habría sido posible si muchos de sus elementos componentes no hubiesen sido internalizados previamente pasando a formar parte de la cultura (y los prejuicios como parte de ella) de amplios sectores de las sociedades en las que se impuso, si no hubiesen sido utilizados para orientarse en la praxis cotidiana. Aquí empleo el concepto más amplio de cultura como objetivación del ethos más moral (mores). Del mismo modo que se considera que los procesos revolucionarios exigen un prolongado período previo en el que van sedimentando en la conciencia de las gentes que luego protagonizarán y/o apoyarán a dichos procesos; el mismo mecanismo puede ser considerado para los procesos contrarrevolucionarios, de los que el fascismo es su expresión culminante. ¿Qué produjo la eclosión del fascismo?

Esa lenta acumulación de elementos que hemos descrito y que fueron intensificados y agrupados por la Gran Guerra, se condensaron en un movimiento fascista que llegó al poder en un momento de crisis profunda del sistema sociopolítico en el que se producía. En los casos clásicos de Italia y Alemania, son respectivamente las crisis que se abatían sobre ambos países. En el caso de Italia fue la incapacidad del régimen liberal para resolver los problemas que generó la profunda crisis social, económica y política de la inmediata posguerra a favor de las clases dominantes y del partido socialista en resolverla a favor de las clases populares, clase obrera industrial y campesinado pobre. En el caso de Alemania, si bien la crisis de posguerra y la derrota condicionaron el nacimiento y primeros pasos de la República de Weimar, fue la crisis de 1929-30 la que generó las condiciones propicias para que los nazis llegaran al poder.

Miembros del Freikorps Rossbach saludan a Hitler y otros dirigentes nazis (foto: United States Holocaust Memorial Museum, courtesy of Dottie Bennett, fechada en 1921-1923)

En ambos casos se trata de una contrarrevolución preventiva, como Luigi Fabbri y Karl Radek designaban al fascismo. La instauración de los regímenes fascistas del periodo de entreguerras es un síntoma del fracaso evidente del capitalismo de matriz liberal para resolver sus propias contradicciones y su tendencia entrópica; pero también del movimiento obrero para afrontar esa profunda crisis desde una perspectiva de alianza de clases populares que permitiera resolver la crisis a favor de estas últimas. Justamente el éxito de los frentes populares en España y Francia son la contraprueba de cómo se podía enfrentar al fascismo desde la perspectiva de las clases subalternas. Como tal contrarrevolución el objetivo de los fascismos no era el restaurar el statu quo ante, sino el de fundar una nueva realidad sociológica que protegiera a la modernidad capitalista de su propia tendencia entrópica, de su propia tendencia anárquica, fundando no solo una nueva sociedad jerárquica, de clases, pero sin lucha de clases, sino un verdadero experimento de ingeniería antropológica para crear el individuo adaptado perfectamente a esa nueva sociedad, una evidente distopía. Ello impediría la decadencia del Estado-nación y permitiría la recuperación de Alemania e Italia como grandes potencias y la creación de esferas de influencia continental de las que serían el centro hegemónico, sin renunciar a la expansión colonial.

La construcción de esa nueva sociedad se basaba en tres vectores ideológicos fundamentales: 1) la negación de la posibilidad de la democracia, tanto si se trata de la práctica que conduce a la elección de representantes por la ciudadanía como entendida en su sentido más profundo y radical, el movimiento que verifica la autodeterminación de la mayoría del pueblo, sustituyéndola por la dictadura plebiscitaria; lo que no significa que los movimientos y partidos fascistas renunciaran a servirse de los procesos electorales para llegar al poder;  2) la negación de la igualdad y la unidad de la especie humana, intentando suprimir el fundamento ontológico de las ideas ilustradas propagadas por la Revolución francesa, que fueron sustituidas por el racismo y el darwinismo social como claves para la interpretación de los fenómenos sociales y políticos y como principios de acción en los que se fundaba la acción política de los fascismos, como principios de ingeniería social para la reorganización de la sociedad alemana e italiana. Por lo tanto, la negación de toda la tradición cultural inaugurada por la Ilustración y la Revolución Francesa: No debemos olvidar que Goebbels afirmó que el significado de la llegada al poder de los nazis era la “erradicación de 1789 de la historia universal”[15], y que Alfred Rosenberg consideraba que la derrota de Francia en junio de 1940 era “El fin de la Revolución francesa” (editorial del Völkischer Beobachter, 14/7/1940).[16] A estos hay que agregar un tercer vector: 3) el organicismo: mediante el cual consideraban metafóricamente a las sociedades como una estructura con un funcionamiento similar a los organismos vivientes superiores, de lo cual deducían que la desigualdad expresada en las clases o capas sociales eran el resultado de un determinismo natural que ordenaba a los individuos como detentadores inmodificables de funciones superiores o inferiores, pero complementarias en el logro de la máxima eficiencia económica y potencia militar como naciones. Por lo tanto, la desigualdad era para los fascistas beneficiosa para el adecuado funcionamiento social. Escribe Mussolini en 1932 como parte de su aportación a la entrada “fascismo” junto a Giovanni Gentile para la Enciclopedia Treccani, que,

“El fascismo niega que el número por el simple hecho de serlo, pueda dirigir la sociedad humana; niega que ese número pueda gobernar a través de una consulta periódica; afirma la desigualdad irremediable, fecunda y benéfica de los hombres que no se puede nivelar mediante un hecho mecánico y extrínseco como el sufragio universal”.[17]

Mussolini examina un ejemplar de la Enciclopedia Italiana en la sede del Istituto Treccani, en presencia de Giovanni Gentile, Calogero Tumminelli, Giovanni Treccani y otros, el 10 de enero de 1931 (imagen: http://senato.archivioluce.it/)

De forma similar definía Hitler al nacionalsocialismo en Mein Kampf,

«Una cosmovisión que pretende al rechazar la idea democrática de masas, dar esta tierra al mejor pueblo y, por lo tanto, a los mejores hombres, debe lógicamente obedecer también en el seno de ese pueblo al mismo principio aristocrático y asegurar que el liderazgo y la mayor influencia en ese pueblo corresponda a las mejores mentes. En consecuencia, ello se funda no en la idea de mayoría sino de personalidad”.[18] 

Entre los nazis dará lugar a la Volksgemeinschaft (comunidad del pueblo), y entre los fascistas italianos al Estado total. Ambos jerárquicamente ordenados y orientados a la máxima eficiencia productiva, integradores de la clase obrera en la comunidad nacional en forma definitivamente subordinada y subalterna al poder empresarial (seguridad a cambio de sumisión obrera – servicios sociales a cargo de la empresa), que constituye el rasgo esencial del “socialismo” fascista. Se expresaba en el “espíritu de 1914” (según Johann Plenge) que sustituiría al “de 1789”, o sea la comunidad nacional jerárquicamente organizada y cohesionada al servicio de la potencia alemana que se sintetizaba en la declaración del Káiser Wilhelm II en 1914: «Yo no veo partidos políticos, sólo veo alemanes«.[19] En definitiva, lo que podríamos concebir como capitalismo organizado o militarizado en tiempo de paz, pero preparándose para la guerra, capitalismo armónico, sin conflicto de clases. Y estas características también pueden hallarse en el fascismo español desarrollado durante la dictadura franquista, aunque en este último caso sea fundamental la influencia del catolicismo en sus formulaciones.[20]

La organización clasista de la sociedad, producto del desarrollo histórico del capitalismo, era convertido en la propuesta fascista en el punto de llegada natural de la modernidad y en el fundamento de la eficiencia y la potencia. Era lo que había que preservar, organizar y disciplinar para evitar que los llamados a ser dirigidos volvieran a pensar que podían alcanzar en algún momento la autogestión de sus vidas, por ello el conflicto de clases debía ser radicalmente suprimido mediante la destrucción de las organizaciones del movimiento obrero y al mismo tiempo la clase obrera integrada en forma subalterna en la comunidad nacional restaurada como estructura jerárquica. La armonía de las clases provendría de la asunción por toda la sociedad del determinismo biológico que regía las desigualdades, al mismo tiempo sin desestimar la utilidad social de todos, tanto superiores como inferiores. Cito dos pasos que revelan el significado del concepto organicismo para el fascismo. El primero de Nicola Pende, médico y promotor del racismo biológico en Italia, muestra con claridad:

 “Biología política es la ciencia que basada en el estudio […] de los hombres considerados como células del gran organismo social debe en una época realista y naturalista como la nuestra, guiar a los miembros del gobierno […] En Italia el fundador y líder del régimen fascista, más que cualquier otro político antiguo o moderno, ha comprendido que la organización estatal no es más que un gran organismo de individuos-células, los que deben vivir según las leyes naturales de la biología […] El gran principio del régimen fascista, el de la libertad individual condicionada por la libertad y el interés colectivo, está profundamente arraigado en la biología”.[21]

Nicola Pende (foto: europeana.eu)

El segundo es de Fritz Lenz, médico especialista en genética y eugenesia, director del Departamento para la Higiene Racial de la Kaiser Wilhelm Gesellschaft, profesor en la Universidad de Berlín y miembro del partido nazi,

“Una posible coincidencia entre la aptitud heredada y la posición social no se alcanzará ni mediante férreas castas existentes [se refiere al caso de la India] ni mediante la exclusiva selección individual, sino mediante la existencia de clases, las cuales son suficientemente sólidas para posibilitar una selección de acuerdo a la dotación hereditaria de las familias a lo largo de las generaciones”.[22]

«En tanto que el nacionalsocialismo es más probablemente «ciencia aplicada» que el socialismo marxista, no aspira sólo a ser economía política aplicada, sino también, y principalmente, biología y teoría racial aplicadas”. [23]

Fritz Lenz. Archiv der Max-Planck-Gesellschaft, Berlin-Dahlem

Esa perspectiva organicista les permitía considerar a la estructura de clases de la sociedad como expresión de la división natural del trabajo, presente en los organismos vivientes y no como la consecuencia de relaciones de poder y dominación.[24] La estratificación social era reconocida no como un resultado de la evolución histórica del sistema capitalista, sino como la consecuencia de la diferente “calidad biológica y dotación hereditaria (genética)” de los miembros de una misma sociedad, de una misma comunidad nacional. [25] Lenz escribía, en un texto publicado en 1944, reafirmando los principios de determinismo biológico de la estructura social que había defendido a lo largo de toda su carrera, que esas diferencias serían la garantía del funcionamiento eficiente de la sociedad entendida como totalidad,

“No sería tampoco bueno que los camaradas del pueblo [Volksgenossen] tuviesen la misma dotación hereditaria. La moderna cultura exige la múltiple división del trabajo y una eficiencia [Leistungsfahigkeit] en diferentes ámbitos que no puede ser alcanzada mediante la adaptación individual. La educación, con toda la importancia que posee, tiene su límite y también sus diferentes posibilidades en la dotación hereditaria. Mientras unos han nacido para ser trabajadores manuales, otros lo son para ser empresarios, otros para campesinos, otros como comerciantes, o soldados o científicos. Si intentamos que todos los camaradas del pueblo aprendan todas las destrezas, sufrirá la eficiencia total de nuestra nación”.[26] 

Cabe señalar que esa perspectiva, que naturalizaba la organización de la sociedad de clases reivindicando su “óptima eficacia funcional”, coincidía con la difusión en Alemania y en Italia de los métodos preconizados por la OCT durante la década de 1920, con lo cual los fascismos podían presentarse como campeones de la modernización, poseedores de los secretos del futuro y no como simples reaccionarios, y por lo tanto aparecer ante los marginados y descolocados y desclasados por los resultados de la guerra y la crisis posbélica como movimientos revolucionarios que auguraban un nuevo comienzo. El fundamento biopolítico mencionado era también aplicado a la organización del trabajo y resumido por el principio “cada hombre en su justo puesto”, con el cual intentaban transmitir a la clase obrera que su situación en la pirámide jerárquica, que también era la empresa, no era producto de la arbitrariedad empresarial sino la lógica conclusión del respeto a las determinaciones naturales.[27] Este enfoque pretendía dos objetivos. El primero era convencer a los trabajadores que el régimen fascista no actuaba arbitrariamente como el régimen liberal previo y por lo tanto el lugar que cada trabajador ocupaba en la jerarquía empresarial, así como su remuneración, dependía de su rendimiento y su eficiencia, los que, a su vez, tenían relación estrecha con su dotación psicofisiológica, con lo cual los niveles en la jerarquía de las empresas estaban bio-determinados y por lo tanto tenían un fundamento científico. A este argumento se agregaba el de que la metodología de producción dependía de un conocimiento técnico-científico que la masa de los trabajadores desconocía y que en cambio dominaba la dirección de la empresa. Estos mismos argumentos eran los que otorgaban al empresario la máxima autoridad y el derecho “natural” a ocupar la cúspide jerárquica en la organización fascista del trabajo.

Esquema de la organización corporativa del estado fascista en Italia  (imagen: ildiscrimine.com)

Por lo tanto, en lugar de la lucha de clases se imponía la colaboración entre las mismas, ya que esa colaboración no significaba más que la objetivación de las leyes “naturales” que organizaban el trabajo humano. El segundo objetivo era el de internalizar en cada trabajador la convicción de que al aceptar el nivel que por “naturaleza” le correspondía contribuía con ello al éxito del conjunto social y por lo tanto a la potencia de la nación, por lo cual recibiría reconocimiento social y de sus superiores, mientras se mantenía la desigualdad estructural de una sociedad jerárquica.[28] Rechazar esta actitud por parte del trabajador era considerada similar a la acción de un ente extraño dentro de un organismo sano que amenaza su integridad, y por lo tanto objeto de castigo por el poder estatal. Las manifestaciones en este sentido se multiplicaban en los medios, tanto de la “revolución conservadora” alemana, corriente que nutría las fuertes ideológicas del nazismo, como en los círculos empresariales italianos. Reproduzco este paso de uno de los más conspicuos representantes de la “revolución conservadora” alemana, Oswald Spengler;

“En toda empresa existe una técnica de la dirección y otra de la ejecución; pero no menos evidente hay por naturaleza (sin cursiva en el original) hombres nacidos para el mando y otros nacidos para la obediencia, sujetos y objetos de la práctica política o económica. Esta es la forma fundamental de la vida humana que desde aquella transformación ha ido haciéndose cada vez más variada de aspecto. Y esa forma fundamental sólo con la vida misma podría eliminarse […] Existe al fin una diferencia natural de rango entre los hombres que han nacido para mandar y los hombres que han nacido para servir, entre los dirigentes y los dirigidos de la vida. Esa diferencia de rango existe absolutamente; y en las épocas y en los pueblos sanos es reconocida involuntariamente por todo el mundo como un hecho, aun cuando en los siglos de decadencia la mayoría se esfuerce por negarla o no verla”.[29]

En este paso Spengler planteaba que la estratificación era una exigencia incondicional para que la comunidad de empresa –Volksgemeinschaft en miniatura- funcionase, ya que confirmaba y reproducía las jerarquías con que se organizaba la Naturaleza. Por lo tanto, para Spengler el equilibrio y la verdadera justicia residía en que cada miembro ocupara el lugar, dominante o subalterno en función de sus méritos naturales, y que cumpliera su función en ellos. Y aquí los correspondientes a Italia;

Mussolini:

“… saltaba al primer plano de la economía el gestor de la empresa, el jefe de la industria, el creador de la riqueza. El empleo mismo de la terminología militar prueba que los industriales pueden ser considerados «los cuadros» en el terreno productivo del gran ejército de los trabajadores ”.[30]

Y escribía en marzo de 1926, cuando se aprobaba el proyecto de ley sobre disciplina jurídica de las relaciones colectivas de trabajo:

“Otro punto del sindicalismo fascista lo forma el reconocimiento de la función histórica del capital y del capitalismo. Aquí somos netamente antisocialistas. Según la doctrina socialista el capital es el monstruo, el capitalista el cómitre, el vampiro; según nuestra doctrina, todo esto es baja literatura, puesto que el capitalismo, con sus virtudes y sus defectos, tiene ante sí algunos siglos de existencia; tanto es así, que donde lo habían abolido incluso físicamente vuelven a adoptarlo […] Los capitalistas modernos son capitanes de industria, grandes organizadores, hombres que tienen y han de tener un elevadísimo sentido de la responsabilidad tanto civil como económica, hombres de quienes depende el destino, el salario y el bienestar de miles y miles de obreros”.[31]

Antonio Stefano Benni (presidente de Confindustria en 1923-1934), en 1936, como ministro de Comunicaciones, visitando la Fira Campionaria de Milán (Fondazione Fiera Milano)

Antonio Benni, presidente de la Confindustria[32], en marzo de 1926, declaraba que:

“…incluso la fábrica es un pequeño Estado en el cual deben aplicarse los mismos principios de autoridad que gobiernan un Estado. Permitidme decir que del mismo modo que el Estado parlamentario fracasó en alcanzar sus objetivos, lo mismo sucede con la fábrica constitucional. La interferencia con la autoridad no es posible, en la fábrica sólo puede haber la jerarquía técnica que exige el mismo orden productivo. Insistir sobre este concepto, y sobre su completa aplicación, se corresponde perfectamente con las necesidades de la industria, los de la Nación, con el concepto fascista”.[33]

Francesco Mauro[34], profesor del Politécnico de Milán, utilizará una metáfora organicista para definir esa condición:

“El patrono se sitúa en la empresa como en el orden natural, por lo tanto por encima y al frente de los miembros y reúne en sí las superiores facultades que impulsan, gradúan y ordenan acciones y reacciones”

Conceptos que quedaban comprendidos en la Carta del Lavoro, sancionada en 1926, que en su artículo VII establecía que:

“El estado corporativo considera a la iniciativa privada en el campo de la producción como la herramienta más efectiva y útil en el interés de la nación. Siendo la organización privada de la producción una función de interés nacional, el organizador de la empresa es responsable de la dirección de la producción frente al Estado. La colaboración de las fuerzas productivas da lugar a derechos y deberes recíprocos entre ellas. El trabajador, técnico, empleado y trabajador, es un colaborador activo de la empresa económica, cuya dirección es responsabilidad del empleador responsable de la misma”.[35]

No hay que desestimar la capacidad mesiánica del discurso de los fascismos que nutren estas declaraciones, que podían transformar la inseguridad, el resentimiento y la frustración de grandes colectivos sociales en la esperanza de un nuevo futuro, o al menos de un refugio a cambio del cual están dispuestos a sacrificar su libertad e independencia. Algo de esto también sucede hoy en día con la alt-right y la extrema derecha que campea por sus fueros en Europa y los EE. UU.
Notas
[1] Citado por Stephen Jay Gould, La falsa medida del hombre, Barcelona, Crítica, 22004.

[2] Vejas Gabriel Liulevicius, The German Myth of the East: 1800 to the Present (OUP Oxford, 2009), 102-4.

[3] Hamilton Fish Armstrong, «Italy in the Balkans», The North American Review 211, n.o 773 (1920): 472-82.

[4] Brigitte Hamann, Hitler’s Vienna: A Portrait of the Tyrant as a Young Man, Edición: Reprint (London: I.B. Tauris & Co. Ltd., 2011), 151-52.

[5] Liulevicius, The German Myth of the East, 110.

[6] Liulevicius, 121-23.

[7] Edgar Jung, citado por Anthony Phelan, El Dilema de Weimar. Los intelectuales en la República de Weimar, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim – Institució Valenciana d’Estudis i Investigació, 1990 (1ª edición en inglés 1985), p. 88.

[8] Helmut Franke (quien más tarde formó parte de los Freikorps), citado por Roger Woods, “The Conservative Revolution and the First World War: Literature as Evidence in Historical Explanation”, Modern Language Review, 85:1, 1990, p. 90.

[9] Mauricio Bettini, “Le «Relazioni Industriali» durante la Prima Guerra Mondiale”, op. cit., pp. 544-546. Ver también Nicola Tranfaglia, La Prima Guerra Mondiale e il Fascismo, Torino, UTET, 1995, pp. 76-77.

[10] Paul Corner, Giovanna Procacci, “The Italian experience of ‘total’ mobilization, 1915-1920”, op. cit., p. 235.

[11]  Daniel Pick, Daniel Pick, War Machine. The Rationalisation of Slaughter in the Modern Age, op. cit., pp. 195-204.

[12] Daniel Pick, War Machine. The Rationalisation of Slaughter in the Modern Age, op. cit., pp. 185-186.

[13] Era la denominación que recibía la llamada “neurosis de guerra”, un trastorno de estrés postraumático que afectó a muchos soldados.

[14] Arthur Brock, “The re-education of the adult”, p. 40; citado por Daniel Pick, War Machine. The Rationalisation of Slaughter in the Modern Age, op. cit., p. 195

[15] Mark Neocleus, Fascism, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1997, p. 1.

[16] Wolf Lepenies, La Seducción de la cultura en la historia alemana (Madrid: Akal, 2008), 131.

[17] «Il fascismo nega che il numero, per il semplice fatto di essere numero, possa dirigere le società umane; nega che questo numero possa governare attraverso una consultazione periodica; afferma la disuguaglianza irrimediabile e feconda e benefica degli uomini che non si possono livellare attraverso un fatto meccanico ed estrinseco com’è il suffragio universale» Benito Mussolini, Opera omnia di Benito Mussolini: Tutte le opere (L’Universale, 2019) Dottrina politica e sociale, Kindle.

[18] Adolf Hitler, Mein Kampf (München: Zentralverlag der N.S.D.A.P., 1936), 493.

[19]Wolf Lepenies, La Seducción De La Cultura En La Historia Alemana (Madrid: Akal, 2008), 35 y 118.

[20] Ferran Gallego, El evangelio fascista: La formación de la cultura política del franquismo (Barcelona: Editorial Crítica, 2014).

[21] N. Pende, Bonifica umana razionale e biologia politica, Bolonia 1933; cit. por Roberto Maiocchi, Scienza e fascismo (Roma: Carocci, 2004), 47.

[22] Erwin Baur, Eugen Fischer, y Fritz Lenz, Menschliche Erblichkeitslehre und Rassenhygiene. Menschliche Erblichkeitslehre von Erwin Bauer Eugen Fischer Fritz Lenz., vol. Band II (München: Lehmanns, 1932), 102.

[23] Fritz Lenz, Menschliche Auslese Und Rassenhygiene (Eugenik) (München: J. F. Lehmanns, 1931), p. 417.

[24] Estos autores compartían lo que Stefan Breuer denomina como “pseudo-holismo”, donde la sociedad concebida como “totalidad” en realidad estaría constituida por un orden jerárquicamente estratificado, pero estrictamente cohesionado por el poder del Estado. Stefan Breuer, Ordnungen der Ungleichheit. Die deutsche Rechte im Widerstreit ihrer Ideen 1871 – 1945. (Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 2001), 213-14.

[25] Una concepción que algunos autores han denominado como endoracismo, ver Gisela Bock, Zwangssterilisation im Nationalsozialismus: Studien zur Rassenpolitik und Geschlechterpolitik, Edición: 1., Aufl. (Monsenstein und Vannerdat, 2013).

[26] Fritz Lenz, «Gedanken zur Rassenhygiene (Eugenik)», Archiv für Rassen- und Gesellschaftsbiologie einschliesslich Rassen- und Gesellschaftshygiene 37, n. 2 (1944): 90.

[27] Maiocchi, Scienza e fascismo, 49-50.

[28] Michael Wildt y Marc Buggeln (Hrg.), Arbeit im Nationalsozialismus (De Gruyter Oldenbourg, 2014), 70. Para estos autores el nazismo proponía  «… la igualdad ideológica de todos, [pero cada uno] “en su lugar” en la desigualdad jerarquizada».

[29] Oswald Spengler, Der Mensch und die Technik. Beitrage zu einer Philosophie des Lebens (München: Beck´sche Verlagsbuchhandlung, 1931), 49-52.

[30] Benito Mussolini, Escritos y Discursos. VI desde el 1927 al 1928, op. cit., p. 239. 

[31] Benito Mussolini, Escritos y Discursos. V desde el 1925 al 1926, Barcelona, Editorial Bosch, 1935, p. 312.

[32] La Confederación General de la Industria Italiana (Confederazione Generale dell’Industria Italiana), conocida como Confindustria, es la principal organización representativa de las empresas manufactureras y de servicios italianas.

[33] Citado por Franklin Hugh Adler, Italian Industrialists from Liberalism to Fascism. The political development of the industrial bourgeoisie, 1906-1934, Cambridge, Cambridge University Press, 1995, p. 367.

[34] Francesco Mauro era profesor en el Politécnico de Milán y técnico de producción y organización, creó en 1934 del Curso para Dirigentes de Empresa, denominado Escuela Superior de Política y Organización de las Empresas, Giuliana Gemelli en Benito Brunelli, Giuliana Gemelli, All’origine dell’ingegneria gestionale in Italia. Materiali per un cantiere di ricerca, Biblioteca Centrale «G. P. Dore» Facoltà di Ingegneria Università degli Studi di Bologna, 1998, p. 48.

[35] Benito Mussolini, Lo Stato Corporativo, Firenze, Vallechi Editore, 1936, p. 65.

Fuente: EspaiMarx mayo 2020

Portada: Fotograma de la película El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, 1935), de Leni Riefenstahl


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