Proyecto Faq ¿Los votantes de ultraderecha tienen razón?

domingo, 17 de mayo de 2020

¿Los votantes de ultraderecha tienen razón?

 
 Una crítica de ‘Nacionalpopulismo’, de Roger Eatwell y Matthew Goodwin
 
¿Los votantes de ultraderecha tienen razón? 
Steven Forti 

En los últimos años se han vertido ríos de tinta sobre el avance de los populismos y las extremas derechas. Tenemos ya un número relevante de publicaciones, también en el ámbito académico, que intentan mapear la situación a nivel global y explicar las razones de su éxito. Entre estas, merece especial atención Nacionalpopulismo. Por qué está triunfando y de qué forma es un reto para la democracia (Península, 2019), escrito por Roger Eatwell y Matthew Goodwin. Eatwell, profesor emérito en la Universidad de Bath, es uno de los mayores expertos internacionales del fascismo con obras ya clásicas como Fascism: A history. Quiero subrayar desde el principio que para los que estudian o quieren entender este fenómeno Nacionalpopulismo es un libro de obligada lectura que presenta, sin embargo, algunos problemas. Vayamos por partes.

Los que votan a Trump, Salvini o Le Pen no lo hacen solo en contra del sistema, sino porque comparten una visión del mundo y una serie de preocupaciones

Eatwell y Goodwin consideran el nacionalpopulismo una “ideología”, distinta del fascismo histórico, “basada en corrientes muy profundas y duraderas” (p. 11). Por eso, están convencidos de que, primero, debe examinarse como un todo por su carácter internacional y, segundo, que ha llegado para quedarse porque su avance depende de “cambios profundos y a largo plazo” (p. 41) en las sociedades occidentales. Añaden que el nacionalpopulismo no es de por sí un desafío antidemocrático: al contrario, plantea también interrogantes democráticos legítimos y sus partidarios “no son fascistas que quieren derribar nuestras principales instituciones políticas” (p. 13).

Desconfianza, destrucción, privación, desalineamiento

Según los autores, existen una serie de mitos populares o tópicos que se deben superar. En primer lugar, los votantes nacionalpopulistas no son solo “hombres mayores blancos y enfadados” (p. 43): Trump o el brexit han mostrado que se ha forjado una alianza amplia y flexible de socialconservadores de clase media y obreros donde lo que más pesa no es tanto la situación económica, sino la brecha educativa. En segundo lugar, no tienen para nada claro, como algunos de forma optimista sostienen, que en el futuro la sustitución de un electorado ya mayor por los milenial, generalmente más progresistas, puede cambiar la correlación de fuerzas: los milenial participan y votan menos, pueden volverse más conservadores con el paso de los años y, además, hay también una parte no desdeñable de jóvenes que apoyan ya a los nacionalpopulistas. En tercer lugar, la “teoría de protesta” (p. 64) no funciona: los que votan a Trump, Salvini o Le Pen no lo hacen solo en contra del sistema, sino porque comparten una visión del mundo y una serie de preocupaciones.

Aquí quizás se encuentra la parte más interesante del libro: Eatwell y Goodwin detectan cuatro “palabras clave” (p. 24) –desconfianza, destrucción, privación, desalineamiento–, es decir, cuatro transformaciones sociales profundas que preocupan a la ciudadanía de Occidente y que los nacionalpopulistas han cabalgado. Según los autores, la naturaleza elitista de la democracia liberal ha fomentado la desconfianza hacia los políticos y las instituciones hasta el punto de que muchos ciudadanos tienen la sensación de que no tienen voz. El aumento de la inmigración y el que definen como “hipercambio étnico” (p. 162) ha comportado unos temores sobre la destrucción de las comunidades y la identidad histórica de los grupos nacionales y los modos de vida establecidos. La globalización de la economía neoliberal ha avivado el sentimiento de “privación relativa” (p. 241) por el aumento de las desigualdades en los ingresos y la riqueza: muchas personas tienen la percepción subjetiva de que su estatus está empeorando en comparación con los demás. Finalmente, el debilitamiento de los lazos entre los partidos mayoritarios tradicionales y el pueblo ha favorecido la inestabilidad de los sistemas políticos ya que cada vez más personas están dispuestas a escuchar nuevas promesas.

¿Nacionalpopulismo o extrema derecha 2.0?

La propuesta de los dos politólogos británicos resulta cautivadora porque aporta unos datos sumamente interesantes –extraídos de numerosos estudios y encuestas– y porque no se centra solo en la última década, sino que ofrece una perspectiva histórica a largo plazo. Asimismo, parece muy acertado diferenciar el fascismo histórico de este nuevo fenómeno muy magmático y heterogéneo y también proponer un análisis donde se tienen en cuenta todos los factores –economía, cultura, inmigración, empleo, austeridad, nacionalismo– sin considerarlos excluyentes. Ahora bien, hay cuestiones problemáticas, afirmaciones que chirrían y otras que resultan bastante chocantes.

En primer lugar, y aunque se intenta ofrecer una visión global, no cabe duda de que el análisis está muy centrado en los casos de Estados Unidos y del Reino Unido: a veces, el esquema que proponen no funciona del todo en países como España, Portugal, Irlanda o Grecia. Así, no faltan imprecisiones que sirven, consciente o inconscientemente, para reforzar su tesis sobre cómo explicar el voto a favor del Movimiento 5 Estrellas (M5E) y la Liga en las elecciones italianas de marzo de 2018 casi únicamente por el euroescepticismo o considerar que en el caso del M5E no se ha vinculado la economía con la inmigración. Sin contar un error garrafal cuando hablan del PSOE como el socio de minoría de un gobierno de coalición en España.

En segundo lugar, no convence la utilización del concepto de nacionalpopulismo. Comparto con Eatwell y Goodwin la utilidad de una macrocategoría para hablar de partidos y movimientos que tienen puntos en común, pero también no pocas divergencias, además de la idea de que el fenómeno actual es distinto al fascismo de entreguerras y al neofascismo de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, por un lado, no creo que el nacionalpopulismo sea una ideología: no es nada más que un nacionalismo, o ultranacionalismo, adaptado al que Rogers Brubaker ha llamado el “momento populista”. En el amplio debate, más que por las tesis de Cas Mudde, que definió el populismo como una “ideología delgada”, me decanto por la tesis que lo considera un estilo, una estrategia y/o un lenguaje que se puede adaptar a cualquier ideología. Se ha definido con acierto el de Macron, por ejemplo, populismo de extremo-centro. Por otro lado, me parece que si llamamos nacionalpopulismo a fenómenos como la Liga de Matteo Salvini, el trumpismo, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, el Partido de la Libertad austriaco o Alternativa para Alemania sencillamente los estamos blanqueando: se trata, más sencillamente, de una nueva extrema derecha, o extrema derecha 2.0, que utiliza un lenguaje y un estilo populistas, se ha transformado sustituyendo el tema racial con la batalla cultural –gracias a la relectura que Alain De Benoist hizo de Gramsci– y ha adoptado unos rasgos provocadores y antisistema gracias también a la capacidad de modular la propaganda a través de las nuevas tecnologías.

¿Alabar a las masas o educar a la ciudadanía?

En tercer lugar, la voluntad de los autores de “comprender mejor a los votantes nacionalpopulistas” (p. 111), si bien es necesaria y loable, parece a veces acabar justificando las opiniones, percepciones o paranoias de una parte de estos votantes. Por un lado, se le concede demasiada importancia al tema de la inmigración en el apoyo electoral a los nacionalpopulistas, llegando a utilizar un concepto de dudosa cientificidad como el de “hipercambio étnico”, que, en la formulación más cristalina de “sustitución étnica”, es uno de los caballos de batalla de los ultras. Por el otro, no se tiene en cuenta para nada cómo los Trump, Salvini y Bolsonaro orientan las elecciones y el debate público o cómo los medios de comunicación tratan estos temas, sin contar el papel jugado por las redes sociales.

Así, llama la atención que los autores consideren que la visión del político derechista británico Enoch Powell –autor en 1968 del famoso discurso de los “ríos de sangre”– “contaba con un amplio apoyo”: parece casi que les sepa mal que Powell “cayó en el ostracismo y su carrera política no llegó a recuperarse” (p. 168). Según esta lógica, y más allá de la fiabilidad de la encuesta de Gallup citada, según la cual el 74% de la clase trabajadora estaba de acuerdo con él, la política no debería tener una función educativa, sino solamente alabar a las masas. Es la visión hipopolítica aplicada ya en los noventa por un populista en toda regla como Silvio Berlusconi. Una cosa es escuchar las demandas y preocupaciones de la ciudadanía, otra bien distinta es repetirlas, legitimándolas. El político que dice lo que la gente corriente piensa, aunque se trate de sandeces, tendría pues razón: en el fondo se acaban justificando las peores pulsiones existentes.

Conectado con esto, choca también la propuesta que Eatwell y Goodwin hacen para contrarrestar el nacionalpopulismo: una política de fronteras más cerradas y de limitación de la inmigración que sería, además, “compatible con una política progresista” (p. 308). “Parece realmente increíble”, afirman, “que los socialdemócratas logren recuperar a los trabajadores, a menos que estén dispuestos a modificar su postura culturalmente liberal sobre la inmigración” (p. 290). Además de no tener en cuenta las experiencias de Syriza, Podemos, las confluencias municipalistas o también los Verdes alemanes, deja como mínimo anonadado leer que los partidos progresistas deberían comprar parte de las políticas nacionalpopulistas para ganar unas elecciones. En realidad, esto significaría allanarle el camino a la ultraderecha porque, ya se sabe, la gente prefiere el original a la copia, además de ser una rendición cultural, moral y política. Para más inri, resulta contradictorio con lo que los dos autores sostienen unas páginas antes, donde responsabilizan –con razón– a Clinton, Blair y Schröeder del aumento de la desconfianza, privación y desalineamiento en nuestras sociedades justamente por haber comprado, con la llamada tercera vía, parte del argumentario neoliberal. ¿Y ahora la socialdemocracia debería hacer más de lo mismo, comprando parte del argumentario –además el más chovinista– de los nacionalpopulistas?

Los autores responsabilizan a Clinton, Blair y Schröeder del aumento de la desconfianza, privación y desalineamiento por haber comprado parte del argumentario neoliberal

Finalmente, choca en parte también con lo que los dos politólogoso británicos sostienen en las conclusiones del volumen donde muestran cómo los sistemas políticos europeos se han derechizado en los últimos años justamente por la entrada en escena de la extrema derecha 2.0. El caso británico es sintomático: tras el brexit, el UKIP ha desaparecido del mapa, pero los tories se han ukipizado. Boris Johnson es la prueba fehaciente de ello. Por esto, Eatwell y Goodwin hablan de la posibilidad en el futuro de un “nacionalpopulismo ligero” (p. 310) con unos partidos conservadores que miran más a la derecha que al centro. El PP de Casado es un buen ejemplo, así como los populares austriacos de Kurz. No parece que la solución para contrarrestar la ola ultraderechista deba de ser una socialdemocracia que cierra fronteras o unos populares aún más escorados hacia la ultraderecha.

Si no son fascistas, ¿entonces no darán un giro autoritario?

Hay más cosas que chirrían. Según los autores, para hacer funcionar mejor nuestras democracias y reconstruir los lazos de confianza se deberían dar más competencias de la UE a los Estados nación (p. 159). Una vez más, deberíamos comprar el euroescepticismo para pararle los pies a los ultraderechistas, vaciando aún más las instituciones comunitarias de sus escasas competencias. Es justo lo contrario de lo que se debería hacer: por un lado, reforzar las competencias de la UE y, eso sí, democratizarlas más, eliminando en muchos ámbitos los derechos de veto de los Estados nacionales que han impedido hasta ahora una real integración política europea y una mayor solidaridad. Por el otro, se debería impulsar una verdadera participación ciudadana desde abajo, reforzando no tanto los Estados nación, sino más bien los ayuntamientos y los niveles políticos que tienen una relación más cercana y cotidiana con la ciudadanía.

Eatwell y Goodwin nos dicen también que los votantes nacionalpopulistas no son de por sí unos fascistas. Y es cierto, aunque hay una parte no desdeñable que lo es o se parece mucho. Sin embargo, ¿eran todos racistas y antisemitas los que votaron por Hitler en el ocaso de la república de Weimar? Seguramente no, como tampoco eran todos defensores de la porra y el aceite de ricino los italianos que votaron por Mussolini en 1924. Asimismo, si bien es indudable que el nacionalpopulismo plantea algunos interrogantes legítimos, lo mismo puede decirse de los fascismos de entreguerras. Esto no significa que los líderes de los partidos ultraderechistas no quieran, tarde o temprano, dar un giro autoritario convirtiendo nuestras democracias en cáscaras vacías. ¿No lo hicieron ya los mismos Mussolini e Hitler que llegaron el poder, no se olvide, tras haber ganado unas elecciones, aunque utilizaron al mismo tiempo la violencia callejera para amedrentar a los adversarios? El caso de la Hungría de Viktor Orbán es un ejemplo fehaciente y extremadamente preocupante de ello. Ahí tenemos la prueba de que el concepto de “democracia iliberal”, acuñado por el primer ministro húngaro en 2014, no era un significante vacío, sino un proyecto político bien definido que ha aprovechado la emergencia del coronavirus para convertir el país de Lajos Kossuth en el primer régimen autoritario en el corazón de la UE.

Nacionalpopulismo es un libro que ofrece muchos datos útiles para la comprensión de este fenómeno y que detecta algunas de las razones de fondo que explican el avance de las nuevas extremas derechas. Sin embargo, tiene importantes debilidades y algunos puntos críticos, como un cierto anglocentrismo, una subestimación de la voluntad de los líderes ultraderechistas para asfixiar a las democracias liberales y una ambigua justificación de las “pasiones tristes” de los votantes nacionalpopulistas, que, al fin y al cabo, niega cualquier posible valor educativo a la política.


Fuente → ctxt.es

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