Proyecto Faq Los Pactos de La Moncloa: la «cosa»

lunes, 18 de mayo de 2020

Los Pactos de La Moncloa: la «cosa»

 

 La política ofensiva contra la clase trabajadora solo ha sido frenada con dos huelgas generales: 14D de 1988 y 25 de mayo de 2002.

Los Pactos de La Moncloa: la «cosa»
Sergio Gálvez Bisca

«No me seduce, teniendo en cuenta la experiencia de los Pactos de la Moncloa. Entonces, yo estaba en política, y se dijo desde el partido y la izquierda que si no se cumplían esos pactos nos echaríamos a la calle. No se cumplieron y no nos echamos a la calle. Aquellos pactos se pactaron por parte de la izquierda con la condición de que íbamos a un proceso democrático, pero también a un proceso con unas medidas de ajuste y hacia una economía y política social avanzada, tal y como indicaba la Constitución. Fue al contrario. Se salvaron determinadas empresas y todo siguió igual».

Julio Anguita, cuartopoder.es, 20 de abril de 2020.

En 1990 el gran Nanni Moretti rodó un documental sobre la lenta agonía del PCI. El todopoderoso Partido Comunista Italiano se encamina entonces hacía su desaparición. Un hecho que se consumó con su XX Congreso un año después. El cineasta italiano lo llamó la “cosa”. En España hemos tenido numerosos ejemplos de “cosas” en formato de organizaciones políticas. Desde el UCD, pasando por el CDS a UyP y vete a saber con Ciudadanos o Más País.

Cierto es que esto de la “cosa” es un concepto empleado de forma habitual. Sin ir más lejos por parte de Guillem Martínez para radiografiar el “process”. En este caso, no pretendemos hacer referencia a procesos vivos en nuestro presente sino a hechos históricos cerrados, mitificados a la par que cosificados, que se sacan del cajón de la historia cuando conviene y vuelven a guardarse cuando dejan de tener utilidad. Una especie de relicario de la abuela que se hereda y que por motivos sentimentales no se tira y que cuando viene la familia o algún invitado se saca a relucir.

Nuestro singular y excepcional modelo de transición, ahora en franco declive, ha dejado su particular rosario de “cosas” por el camino. Ejemplar, pacífico, extrapolable…. antiguos adjetivos con los que nos contaron aquel relato que rozó casi la perfección sobre la transición y que han pasado a ser no más que “cosas”. Pero curiosamente todavía perviven “cosas” que a la par que fascinan tienen una enorme capacidad de actuar como resortes de movilización. Es el caso de los Pactos de la Moncloa. Nuestra particular “cosa” sacada en este último mes del basurero de la historia.

Nuestro singular y excepcional modelo de transición, ahora en franco declive, ha dejado su particular rosario de “cosas” por el camino
 
¿Por qué sigue generando tanta seducción y capacidad de convocatoria? Probablemente es para hacérnoslo mirar. En concreto, por parte de los sectores sociales populares y el conjunto de la clase trabajadora.

Domingo 12 de abril de 2020. España se encuentra en pleno subidón de la curva del COVID19. El Gobierno empieza a reaccionar y a pensar en el día después. La derecha continúa con su estrategia de derribo del Ejecutivo con las peticiones de salida de Unidas Podemos del Gobierno, paso previo a una estrategia pro-golpista de bajo nivel.

Nueva comparecencia pública de Pedro Sánchez quien intenta marcar la futura agenda post-crisis y llama a un “pacto de reconstrucción económica y social” que podrían ser unos “nuevos Pactos de la Moncloa”. De izquierda a derecha, neoliberales ortodoxos, liberales de toda la vida, neokeynesianos reaparecidos, socialdemócratas reconvertidos a la nueva causa y marxistas de la vieja y nueva escuela generan en las siguientes semanas un amplio corpus documental y que, a buen seguro, se estudiará en los departamentos de Historia Contemporánea en su momento. No falta nadie a este festival.


Los Pactos de La Moncloa en El País.

Las trincheras de la batalla quedan delimitadas con escasas primicias entre los ultras de la “cosa”, las posiciones intermedias preocupadas por el “orden” -que como bien recordó Vázquez Montalbán “no de izquierdas ni de derechas”- y las posiciones defensivas que con mucha pedagogía intentan hacer memoria de los Pactos de la Moncloa, pero que, ante todo, se detienen en los costes económicos, sociales y humanos que se derivaron para la clase obrera su estricta aplicación.

No tenemos todavía suficiente perspectiva pero parece detectarse una pequeña novedad histórica: por primera vez se plantea un debate político, con inclusión de los agentes sociales, con un calendario así como con unas líneas maestras -de lo que por ahora se denomina plan de “Reconstrucción Social y Económica”- sobre la política económica y social del país. Un debate que siempre se ha escamoteado al conjunto social. Sucedió con los propios Pactos de la Moncloa que, en realidad, fueron unos acuerdos por arriba y pactados en los pasillos del Congreso y en ciertos reservados no muy lejanos de la sede de la soberanía nacional. A los sindicatos se les puso el acuerdo encima sin posibilidad de negociar nada. Sucedió también con la ausencia de cualquier debate sobre el modelo de entrada en la entonces CEE a mediados de los ochenta o años más tarde con el Tratado de Maastricht. Y más recientemente con la salida de la crisis de 2008. En cualquier caso, veremos que nombre definitivo se le pone a la “cosa” y el grado real de debate público y político.

En este nuevo revival de la “cosa” hay una circunstancia única e inédita: la anulación de cualquier posibilidad de movilización en la calle para presionar al Gobierno. No parece, tampoco, que las masas vayan a salir en columnas para tomar el Congreso desde la calle Núñez de Balboa, 27. Ellos son más de externalizar estos asuntos a determinados sectores de las Fuerzas Armadas.

Portada de Diario 16 sobre los Pactos de La Moncloa.

A esto se suman dos realidades a las que no se las suele prestar la atención debida. Primero, es el elogio y el apoyo social mayoritario a una prácticamente inexistente “cultura del pacto” en España desde la Constitución. No digamos si se le añade la palabra “Estado”. Así lo han mostrado recientes encuestas. Evidenciándose, una vez más, cómo la inversión en mercadotecnia a largo plazo ofrece una alta rentabilidad. Un detallito: antes del anuncio del Presidente del Gobierno la prensa económica y de la derecha de toda la vida fue calentando el ambiente con sus particulares encuestas invocando la aparición de la “cosa”. El asunto como puede observase tiene ciertos aires religiosos. O, mejor dicho, místicos con una profunda carga de fe en la resurrección de la “cosa”.

Segundo, a los estructurales problemas políticos, sociales, culturales que tenemos con nuestra memoria e historia democráticas, junto con la imperturbable realidad de nuestro “Modelo Español de Impunidad”; se suma un bagaje tirando a escaso de “memoria obrera”. Memoria conservada y apenas transmitida por parte de un reducido grupo de dirigentes y militantes políticos y sindicales situados en los márgenes de la historia. Otro tanto sucede con aquellos que desde la academia, o desde sus entornos más cercanos, se niegan a aceptar el proclamado sentido común de la “cosa” y se revuelven contra el “marco global de […] [una] historia acomodaticia del presente” tal y como nos advirtió Josep Fontana en su último libro –Capitalismo y democracia, 1756-1848. Como empezó este engaño (Barcelona, 2019)-. Pedagogía y resistencia van aquí de la mano.

Porque a la “cosa” siempre se la envuelve con las mejores galas e intenciones de cara a su enésima presentación en público. Y como hay que renovar su puesta en escena con una mínima actualización no se escatiman costes en marketing. Ahí están los editoriales de cada uno de los medios de comunicación escritos y la práctica totalidad de los digitales, las proclamas de los tertulianos y, por descontado, los sesudos especialistas en la historia económica y social de nuestro pasado reciente a quienes no se les conoce en general aportación intelectual o académica al respecto. Expertos de los mass media que lo mismo te venden esta u otra “cosa”.

El Partido del Trabajo de España sería la principal fuerza de la izquierda extraparlamentaria, con varias alcaldías y algunos cientos de concejales, sobre todo en el sur de España.

Podríamos desde aquí rellenar el resto del artículo explicando concienzudamente que fueron los Pactos de la Moncloa. Poco o nula utilidad tendría esta tarea, en tanto, no pocos colegas lo han explicado de forma magnifica en numerosos artículos, o, nosotros mismos de forma bastante más humilde en más de una ocasión. Nos interesa aquí, más bien, para qué sirvieron aquellos tan celebrados Pactos.

Los Pactos de la Moncloa fueron un “modelo de éxito” desde la perspectiva liberal. Firmados un 25 de octubre de 1977 su principal utilidad residió en asegurar la reestructuración del sistema capitalista español en un momento de profunda crisis económica, pero sobre todo de falta de legitimidad del proyecto de transición que apenas había comenzado a andar. El negocio, básicamente, consistió en lo siguiente: sin poder ofrecer garantía ninguna por adelantado se diseñó un potencial itinerario con el objeto de avanzar en la construcción de las libertades democráticas, pero cerrando cualquier posible tipo de debate sobre el modelo el socioeconómico procedente de la dictadura. La mejor muestra de voluntad de los principales interesados fue como nunca se reunió su comisión de seguimiento. Un clásico en este tipo de acuerdos.

Diez días antes del momento fundacional de la “cosa” se publicó en el BOE la Ley 46/1977, de 15 de octubre, de Amnistía. El embrionario Estado social y democrático de Derecho empezaba a quedar estrechamente encajonado.

En buena medida fuimos unos adelantados a nuestro tiempo. El equipo de economistas en torno a Enrique Fuentes Quintana -Vicepresidente Segundo del Gobierno y Ministro de Economía entre el 5 de julio de 1977 al 28 de febrero de 1978- diseñaron nuestro particular TINA –“There is no alternative”- mucho antes de la llegada de Reagan o Thatcher. Con la “cosa” todavía recién bautizada y apadrinada se impuso la defensa de un liberalismo cada vez más radicalizado como la única política posible. NHA (Síndrome de “No Hay Alternativa”) lo bautizaron los astutos soportes del socialismo español.

El equipo de economistas en torno a Enrique Fuentes Quintana diseñó nuestro particular TINA –“There is no alternative”- mucho antes de la llegada de Reagan o Thatcher
 
Desde entonces la obsesión anti-inflacionista dominó la política macroeconómica de España hasta la entrada en el Euro (1999). E, igualmente, gracias a la “cosa” se pusieron en marcha las cuñas flexibilizadoras presentes desde la Ley de Relaciones Laborales de 1976 y que pronto darían forma y contenido al Modelo Español de Temporalidad y que, en buena medida, se consagró con la aprobación del Estatuto de los Trabajadores tres años después.

Con razón se interpretó la “cosa” como una derrota para buena parte de la clase obrera y un movimiento obrero sindical de clase recién legalizado y que se encontraba en plena reorganización de sus estructuras. Probablemente fueron aquellos años -en concreto, hasta 1979- cuando el movimiento obrero fue el protagonista sociopolítico central de nuestro país: conflictos obreros, huelgas, negociaciones a la ofensiva… Todo un peligro. No tanto para la estabilización democrática o social del país, sino por el potencial cuestionamiento público y político de la posición de clase de la élite económica dominante. Clase cuya acumulación de capital tenía en muchos casos su punto de origen en el trabajo esclavo de los presos políticos republicanos. En juego estaba en el reequilibrio de las relaciones Capital-Trabajo y la construcción de un marco de relaciones laborales democrático.

En este sentido, la “cosa” tuvo una funcionalidad fundamental a la hora sacar el conflicto de las fábricas y las calles y trasladarlo a los despachos. Nos referimos a la conocida tesis de desmovilización por arriba tal y como hace años señaló Robert M. Fishman. De la misma forma, la “cosa” se empleó con inteligencia con otros fines: dividir al movimiento obrero y aislar al sindicato del antifranquismo -las Comisiones Obreras como el único actor que podía garantizar o no la paz social- poniéndose en marcha las primeras tentativas de lo que se denominó el “Modelo de Concertación Social”. Otro modelo de éxito desde el prisma liberal.

La recién reconstruida CNT sería una de las pocas organizaciones sindicales opuestas a los pactos.

De hecho, la “cosa” tuvo un impacto considerable en la credibilidad política y sindical tanto del PCE como de CCOO -principal aunque no únicamente- como corresponsables de haber firmado o apoyado los Pactos de la Moncloa, respectivamente: las perdidas salariales, el alto desempleo o las primeras formas de temporalidad de entrada. El conjunto de experiencias y costumbres en común -en los términos definidos por E. P. Thompson- que fueron forjándose en la lucha contra el régimen desde dentro de los trabajos, junto con unas altas expectativas de cambio, se empezaron a cortar en seco con la “cosa”. La credibilidad de las organizaciones políticas y obreras que se la habían jugado todo en la lucha contra el franquismo quedaron entredicho. Lo anterior, pronto tendría su correlato en las urnas.

Esta política ofensiva de recortes contra la clase trabajadora tan solo se ha visto frenada con dos huelgas generales: 14 de diciembre de 1988 y 25 de mayo de 2002
 
Con la “cosa” crecidita y en marcha se lanzó un mensaje para nada inocente desde el Gobierno, determinadas instituciones o la mayor parte de los principales partidos políticos: había que confiar en el Sistema en formación. En las nuevas reglas de juego que se estaban construyendo. En otras palabras: hubo un llamamiento suave pero directo a la desmovilización, precisamente, cuando más se necesita la presión en la calle.

En este cambio de correlación de fuerzas y sinergias en poco o nada ayudó la huida hacia delante de Santiago Carrillo y su equipo -lo que supondría el inicio del destroce del legado acumulado por parte del PCE en las décadas anteriores- en ser coparticipes del nuevo régimen sin contraprestación ninguna en tareas gubernamentales. Le invitaron a la “fiesta de la democracia” pero la música la pusieron los de siempre.

Pegatina de la Liga Comunista Revolucionaria gallega.

Desde entonces la “cosa”, cual varita mágica, se ha sacado a pasear con cada crisis económica en las últimas cuatro décadas. Y han sido unas cuantas. Por cierto, nunca se menciona en tiempo de bonanza. Sorprendería a no pocos leer sus repetidas alusiones a lo largo de la primera mitad de la década los años ochenta. Incluso en tiempos de la mayoría absoluta de Felipe González y en donde Miguel Boyer también aportó su particular “cosa” a través de Plan Económico a Medio Plazo (1983-1986).

En España se ha pactado poco, tarde y mal: ABI, AMI, ANE, AES, ASE… y otras tantas siglas más configuran el pobre legado de la “cultura del pacto” en el terreno de los acuerdos económicos y sociales. Su objeto no ha variado con el tiempo: ajuste, recortes y reparto injusto de los costes de cada una de las muchas crisis que han marcado la economía española y que nos dibujan la debilidad estructural de su modelo productivo.

Una característica común a todos y cada uno de estos acuerdos es que nunca las masas obreras, sus dirigentes y menos sus afiliados o militantes han salido a calle para celebrar ningún acuerdo. Al contrario, con demasiada resignación interna se ha llevado. Lo excepcional es que cada vez que se ha nombrado a la “cosa” no haya explotado una sensación de miedo y angustia o, inclusive, se hayan desatado movilizaciones para frenar este tipo de acuerdos.

Esta política ofensiva de recortes de derechos políticos, sociales, económicos… contra la clase trabajadora tan solo se ha visto frenada, y de forma excepcional y parcial, con dos huelgas generales: el 14 de diciembre de 1988 y la huelga general del 25 de mayo de 2002. No es que el resto de las huelgas fueran un fracaso organizativo y movilizador -al contrario, los sindicatos en España saben bien organizar las huelgas otra cuestión es su capacidad negociadora- pero fuera con ejecutivos del PSOE o del PP las reformas laborales, de las pensiones o la que tocara en aquel momento siguieron su marcha.

Volvemos a la casilla de partida. Cuando el 12 de abril de 2020 Pedro Sánchez se adelantó al resto de sus oponentes, e inclusive a sus compañeros de la coalición progresista, y habló de unos “nuevos Pactos de la Moncloa”, no solo pretendía marcar la agenda política venidera sino que lanzaba un mensaje claro y directo: la “cosa” no se saca a pasear porque sí sino para ajustar partidas presupuestarias y lo que haga falta.


Fuente → nortes.me

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