Proyecto Faq Žižek y la refundación del comunismo

sábado, 18 de abril de 2020

Žižek y la refundación del comunismo

  
Proponer un nuevo papel reforzado para los Estados-nación se contradice con la realidad. La Covid-19 y otros retos, como el cambio climático, muestran que las estructuras supranacionales federalistas son la única vía de respuesta
 
Žižek y la refundación del comunismo
Beatriz Silva / Lluís Rabell 

¿Es un comunismo refundado la salida a la crisis global que sucederá a la pandemia? Hace unas semanas el filósofo esloveno Slavoj Žižek puso esta provocadora idea sobre la mesa a la vez que anunciaba que en la segunda semana de confinamiento había escrito un libro de 120 páginas, ‘Pandemic!’, sobre el mundo que emergerá tras la Covid-19. El libro ha salido a la venta recientemente –previamente habían circulado fragmentos y Žižek había concedido bastantes entrevistas–. A partir de su lectura hemos identificado algunas ideas fuerza en las que nos gustaría profundizar. Una de ellas es si el comunismo sigue siendo un proyecto vigente que ofrece alternativas a un mundo inmerso en problemas de escala planetaria, como el cambio climático, la desigualdad o las migraciones. La segunda, es el papel de los Estados-nación en este nuevo orden mundial post crisis.

Jamás en la historia han existido tan numerosas y densas concentraciones de obreros industriales como hoy
 
Es llamativo que sea Žižek quien proponga un comunismo refundado en el actual contexto de emergencia sanitaria ya que ha sido una de las voces más críticas con los sistemas de socialismo de Estado, sobre todo con el que él vivió en primera persona en la antigua Yugoslavia. Durante dos décadas, a través de escritos, entrevistas y conferencias, se ha esforzado en demostrar el fracaso de un sistema en el que, con la perspectiva del tiempo, otros pensadores sí han sido capaces de ver un legado que debería ser puesto en valor en muchos aspectos. 

Hace dos años, en La vigencia del manifiesto comunista, Žižek planteó que la revolución que anunciaron Marx y Engels no era posible porque la clase obrera, tal y como la había concebido el marxismo clásico, había dejado de ser el motor fundamental de la producción y el elemento generador de valor. Nos señalaba entonces que, al no darse las condiciones de partida del diagnóstico, su posible realización se colocaba en un horizonte inalcanzable. 

Mirada global

En primer lugar, sin embargo, hay que considerar que el Manifiesto comunista fue escrito en un contexto totalmente distinto al del siglo XXI, donde las desigualdades apuntadas se producen con fórmulas más sofisticadas y a escala planetaria. De hecho, Marx y Engels constataron en vida que algunos aspectos habían quedado obsoletos en su obra. Por ejemplo, los partidos obreros que mencionaba el Manifiesto Comunista ya no existían unos años después. Sin embargo, tanto entonces como ahora, los grandes principios siguen vigentes. Como el hecho que los comunistas no defiendan intereses particulares distintos de los del conjunto de la clase trabajadora. Una idea que supone un rechazo del corporativismo y del sectarismo, y que contiene la semilla de todas las políticas unitarias de las izquierdas. El paradigma de la lucha de clases es igualmente actual, pero, justamente hay que leerlo en el marco de la economía-mundo, de la globalización. Y esto es algo que Žižek no consideró, así como tampoco otras cuestiones del Manifiesto comunista que se apresuró a dar por superadas, como la vigencia del patriarcado o el reconocimiento de los derechos de las minorías sexuales, que como demuestran los movimientos feminista y LGTBI, siguen plenamente vigentes.

Los críticos posmodernos del marxismo se han apresurado a declarar la “desaparición del proletariado” cuando, en realidad, jamás en la historia han existido tan numerosas y densas concentraciones de obreros industriales como hoy. Que el centro de gravedad de tales concentraciones se haya desplazado al continente asiático nos dice que la clase trabajadora ha cambiado de semblante. Pero sobre todo pone de relieve que su programa de tránsito al socialismo requiere una gobernanza transformadora supranacional. Žižek afirma que no es posible alcanzar la solidaridad entre los distintos grupos de explotados del siglo XXI. Pero creemos que justamente son las herramientas de la globalización las que pueden facilitarlo. Una prueba de ello es el movimiento feminista, que ha conseguido movilizarse a escala planetaria a pesar de las aparentes diferencias que puedan tener las reivindicaciones de las mujeres de Europa, América Latina o el subcontinente asiático.

¿De qué hablamos?

Al plantear un comunismo refundado habría que definir también de qué hablamos exactamente. ¿De la antigua URSS? ¿De China? Está muy en boga hablar de “modelos” para radiografiar a sus regímenes. La expresión, sin embargo, es equívoca. Sugiere un diseño, una idea preconcebida, cuando en realidad, al hablar de tales experiencias, deberíamos entender que supusieron para sus propios actores un curso imprevisto de acontecimientos –sobre los que hubo ulteriores e interesadas mistificaciones–. Los propios bolcheviques nunca creyeron en la posibilidad de un desarrollo socialista en un solo país. Ni siquiera pensaron que su gobierno pudiera sobrevivir sin el concurso de la clase trabajadora alemana. Sin embargo, el aislamiento de la revolución rusa, el atraso secular del país y la devastación provocada por la intervención de las potencias y la guerra civil, determinaron el crecimiento imparable de una burocracia que tomó rápidamente conciencia de sus propios intereses, se adueñó del Estado y concibió una teoría destinada a legitimar su poder. La historia del siglo XX –y la del movimiento obrero internacional– han quedado profundamente marcadas por el destino de la URSS.

Los propios bolcheviques nunca creyeron en la posibilidad de un desarrollo socialista en un solo país
 
En cierto modo, la izquierda todavía no ha asimilado las múltiples enseñanzas de aquellos acontecimientos. Pero dos conclusiones parecen, cuando menos, irrefutables. Una es que el desarrollo mundial de las fuerzas productivas y la división internacional del trabajo hacen que, en el marco de un solo Estado, el socialismo apenas pueda dar sus primeros pasos, pero en modo alguno alcanzar su plenitud. La segunda es que no tiene sentido reivindicar como perspectiva emancipadora lo que fue un tremendo rodeo de la Historia, el episodio de un combate secular por la emancipación. Se trata de aprender del pasado para abordar los problemas del presente, no de idealizar el ayer en busca de atajos hacia un radiante mañana.

Estado-nación

Asistiremos sin duda en el próximo período a momentos de crispación y a tentativas de encerrar el conflicto social en el marco de los Estados-nación. Pero el retorno a las soberanías nacionales es un espejismo populista. La crisis de la globalización neoliberal resulta, en última instancia, de la rebelión de las fuerzas productivas contra las fronteras nacionales, cuando no han surgido aún instituciones superiores capaces de gobernar esas fuerzas y ponerlas al servicio del progreso de la humanidad. Marx no podía escribir el programa socialista del siglo XXI. Pero nos legó un pensamiento crítico que nos permite hacerlo concretamente. 

Proponer como hace Žižek un nuevo papel para los Estados-nación, reforzando su función, es una idea que se contradice en parte con sus planteamientos recientes pero también con la realidad de la globalización. La Covid-19 y otros retos, como el hambre o el cambio climático, dejan patente que las estructuras supranacionales que propone el federalismo son la única vía de respuesta a un mundo donde las fronteras y el Estado-nación son un obstáculo a las soluciones. Sólo mediante la cooperación y la superación de una estructura concebida para el siglo XIX podemos combatir estas cuestiones, al igual que otras igualmente importantes como el crimen organizado o el tráfico de capitales y personas.

Esta pandemia ha puesto de relieve la fragilidad de la globalización neoliberal. Una recesión de la economía mundial podría dislocarla por completo. Se habla ya de una fase de “desglobalización”. Es en ese contexto, y ante las incertidumbres que genera, en el que resurge la idea de un retorno a las soberanías nacionales. Cabe esperar que los movimientos populistas, que ya han enarbolado esa bandera en los últimos años, la agiten ahora con redoblado vigor. Pero, insistimos, se trata de un espejismo. Y, como tal, de una ilusión óptica que confiere apariencia de proximidad al reflejo de lejanas realidades. Lo que revela esta crisis es la contradicción entre la formidable internacionalización de la economía, la producción y el comercio… y la ausencia de una gobernanza a la altura de semejante potencial. Hace mucho tiempo que los Estados-nación se han visto rebasados por esa realidad. Y no hay marcha atrás posible. No obstante, hay dos razones, con una importante carga de verdad, que llevan a pensar lo contrario. La primera es que el impacto de la epidemia obliga en todas partes a la intervención de los Estados. La segunda, que se abre una etapa de redefinición geoestratégica. 

En efecto. Frente al declive del imperio americano y la desazón de Europa, grandes Estados como China y Rusia, pero también otras potencias regionales, pugnan por conquistar una nueva hegemonía mundial o ampliar su influencia. Pero no hay esperanza de progreso en el horizonte del Estado-nación. Es imposible desandar siglos de desarrollo histórico. Cualquier tentativa en ese sentido está condenada de antemano al fracaso. No cabe un repliegue nacional que no suponga una amenaza para la democracia. La imperiosa necesidad de comprimir los conflictos de clase comporta regresión social y degradación de las instituciones representativas. El sueño de una segunda juventud del Estado nación contiene la semilla del autoritarismo, e incluso del neofascismo y la guerra.

Refundaciones

No es una casualidad que las “refundaciones” suelan tener un tono un tanto doctrinario. Como si ya hubiésemos dado con la poción mágica, pero –no se sabe muy bien por qué– hubiésemos extraviado la fórmula. Parece más riguroso y materialista considerar la experiencia del movimiento obrero, los partidos y sindicatos que ha levantado, sus gestas y sus fracasos, como etapas y tanteos de un proceso histórico. El capitalismo ha tardado siglos en alcanzar el desarrollo que hoy conocemos y subyugar al conjunto de la humanidad. Nada dice que el socialismo tenga que consumir el mismo tiempo. Pero, desde luego, no será de la noche a la mañana, ni sin requerir nuevos y grandiosos esfuerzos.

China y Rusia, pero también otras potencias regionales, pugnan por conquistar una nueva hegemonía mundial o ampliar su influencia
 
Una “rehabilitación del comunismo” confusa e inconcreta puede cruzarse, además, con un inquietante air du temps. Los métodos de gobierno de la autocracia de Pekín empiezan a fascinar a una parte de la opinión pública: los éxitos en la contención de la epidemia demostrarían la superioridad del autoritarismo asiático, con su avanzada tecnología de control de masas, sobre las democracias liberales occidentales. Pero hay trampa en esa aseveración. En realidad, a lo largo de las últimas décadas, el régimen chino no ha hecho sino facilitar el avance impetuoso del capitalismo. Un desarrollo que arrasa ecosistemas y propicia la aparición de nuevas epidemias que se propagan a escala planetaria. El régimen dictatorial de Xi Jinping se ha mostrado eficaz a la hora de movilizar los recursos del Estado ante una emergencia sanitaria. Bajo la férula de la burocracia, sin embargo, no prospera la crítica de la ecología política, ni son bien recibidos los tempranos avisos de los científicos. La disyuntiva que se nos plantea no es la de escoger entre eficientes dictaduras y torpes democracias. Porque no se trata tanto de gestionar catástrofes como de prevenirlas y evitarlas. Y eso exige una gobernanza compleja y participativa a todos los niveles, una movilización de la inteligencia colectiva y del potencial creativo de la sociedad al servicio del progreso general. 

La emancipación de la clase trabajadora será la obra de la misma clase trabajadora, del triunfo de su espíritu de cooperación. El horizonte socialista se confunde con el de una gobernanza democrática del enorme potencial material y cultural acumulado por la humanidad. Ante esa perspectiva, la idea misma de un “comunismo nacional” se antoja una sombría caricatura.

Pronósticos arriesgados

Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos. Sabemos qué cuestan las cosas pero no lo que valen. Era lo que nos recordaba Tony Judt en Algo va mal, un texto de 2010 en el que hacía una acérrima defensa de lo público, de aquello que sólo es posible gracias al esfuerzo colectivo y que está al servicio de toda la ciudadanía. La sanidad, la educación, el transporte público, cuestiones que permiten luchar contra la desigualdad y que todas las personas, más allá de sus ingresos individuales, tengan una vida digna. Alertaba sobre la creciente obsesión por la creación de riqueza pero también se preguntaba por qué nos mostrábamos tan seguros de que no se avecinaban “inundaciones”. Esta pandemia global es una de esas inundaciones, un reto inesperado que nos pone de nuevo frente al espejo: hemos dejado que el estilo de vida egoísta se imponga en vez de buscar el bienestar colectivo.

En estos momentos es arriesgado proponer fórmulas y hacer pronósticos, pero es probable que salgamos de la pandemia para adentrarnos en una recesión de la economía mundial. Será una fase de áspera lucha de clases, de convulsiones sociales y políticas. Una fase llena de bifurcaciones, de alternativas en disputa. Sería iluso pensar que alguna salida progresista pueda surgir automáticamente, sin un periodo de transición, como sugiere Pandemic!. Aunque coincidimos con Žižek en que en la búsqueda de la supervivencia, el ser humano no puede olvidarse de la necesidad del cambio y de imaginar un mundo mejor. Y en que renunciar a la lucha por salvar vidas, porque el virus se ha cebado en las personas mayores y más débiles, sería un equivalente a abandonarnos a la barbarie.

El marxismo no es, desde luego, un arte adivinatorio. El análisis permite identificar grandes tendencias. Pero difícilmente los ritmos o el orden de los acontecimientos. Tenemos una larga experiencia de pronósticos fallidos. La vida siempre acaba dibujando situaciones híbridas y más complejas de lo que es capaz de concebir nuestra imaginación. “La teoría es gris, pero el árbol de la vida permanece eternamente verde”, decía Goethe. Toca, pues, ser humildes en las previsiones. Aunque sí podemos intuir que lo que se nos viene encima puede ser un reto de grandes proporciones. Por eso se ha vuelto tan importante para la izquierda recuperar el debate sobre su horizonte estratégico que debería seguir teniendo como referencia la construcción de un proyecto universal de justicia social.


Fuente → ctxt.es

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