La lucha de clases no puede confinarse
La lucha de clases no puede confinarse  
Ernesto Martín, Miquel Díaz

El texto que viene a continuación es un adelanto de un trabajo más amplio y detallado. Nos hemos decidido a publicarlo ya ante la actualidad de primer orden que han tomado las medidas gubernamentales posibilitando la vuelta al trabajo en condiciones más que insuficientes de seguridad, y donde parece cada vez más claro que lo único del confinamiento que les interesa aplicar con rigor es el estado de alarma policial que impida la defensa obrera y popular que exige la situación. Ante ello, ¿exageramos si decimos que toca declararnos en verdadero estado de alarma obrera y sindical?

Hemos de reconocer que, desde que se decretara el estado de alarma, se nos llegó a inocular una actitud bastante acrítica con toda la cuestión del confinamiento. O como mínimo no ha sido suficiente cómo se ha abordado su problemática –y por tanto la crítica y la intervención revolucionaria exigidas– desde toda su complejidad. Podría decirse que ha habido un riesgo de congelación de la lucha de clases, con posturas que en muchas ocasiones se han limitado a pedir “un poco más” de las medidas que ya estaba llevando a cabo el gobierno, sin cuestionarse en profundidad la raíz de las mismas.

En anteriores escritos ha sido abordado ese “puertas adentro” en el que se ha venido materializando el confinamiento dictado por el gobierno, muy lejos de la planificación social y racional del mismo que desde el principio era requerido para poner a salvo a nuestro pueblo[1]. No vamos aquí a reiterar lo ya denunciado en esos textos, cuya lectura recomendamos fuertemente. Tan solo apostillemos que los comunicados oficiales mienten descaradamente en cuanto a la cifra de damnificados por la terrible coyuntura sanitaria y de abandono social que estamos viviendo: muertos por el coronavirus en sus casas pero que cínicamente no se cuentan como tales porque no han seguido un “protocolo de diagnóstico” por test… que se les ha negado; fallecidos también por otras enfermedades que se agravan en el aislamiento arbitrario dictado, al no permitirse el tratamiento debido; miles de contaminados sin diagnosticar “según protocolo” que extienden sin control la epidemia.

Solo esa situación estrictamente sanitaria que ha venido dándose desde hace semanas exigía no quedarse de brazos cruzados. Pero ¿qué decir ahora de los riesgos para la salud pública que se plantean de forma mucho más grave al enviar en el mayor de los desamparos a millones de obreros al tajo que, en la práctica, tan solo tendrán prohibido acercarse entre sí… si es para ejercer su derecho a la protesta? Laxo el Ministro de Sanidad en las “recomendaciones”, duro a más no poder el Ministro del Interior en las amenazas e imposiciones.

En realidad, desde un principio se nos planteaba la necesidad afrontar la cuestión represiva y de control social que ha comportado la instauración del estado de alarma. Hemos visto cómo el ejército y las fuerzas policiales patrullan las calles, batiendo récords internacionales de multas y detenciones, mientras, como hemos señalado, se mantiene a la gente en sus casas sin preocuparse de qué pasa de puertas adentro. Se nos ha ido instaurando lo más parecido a un estado policial en el que pueden multar o detener, metralleta en mano, por salir a dar un paseo, sin importar efectivamente –ahora se ve más claro aún– que la patronal mantenga a esos mismos trabajadores muy lejos de unos mínimos de seguridad.

Con todo esto, ¿acaso no se le impone al activismo social encender la alarma dentro de su sistema inmunitario de respuesta en lo que se refiere a la denuncia y la movilización necesarias? A menudo nos limitamos a hablar en términos de “cuando esto se acabe…”. Como si de un día para otro el Estado fuera a retirar todas las medidas autoritarias que ha puesto en marcha, como si estas no fueran mucho más allá de su finalidad “protectora” frente al virus. Se hace necesario, en fin, saber adelantarnos a los acontecimientos, porque ellos ya están moviendo ficha ante la gravísima degradación socio-laboral que se avecina. 


 

Unas líneas sobre la cuestión económica

En política tenemos que prepararnos para lo probable. Y lo que desde hace días venía siendo probable es que se iba a “desescalar” el confinamiento en su vertiente laboral. No en vano, al gobierno le llegaba ese tipo de “recomendación” que a nadie se le escapa que es más dictado que otra cosa. Nos referimos a la señora Ana Botín cuando sentenciaba: “Debemos planificar cuento antes la vuelta al trabajo […] ayudaremos a la economía a recuperarse, a las personas a volver a sus trabajos y a generar el rendimiento que impulsará nuestro negocio y generará retornos a nuestros accionistas”. Claro y conciso.

Desde luego que urge denunciar de manera generalizada –es decir, más allá del ámbito sindical– que están llevando literalmente al matadero a millones de trabajadores. Una situación cuyas consecuencias van mucho más allá del centro de trabajo, empezando por el ámbito familiar obrero; sirva de botón de muestra lo acontecido en Bérgamo[2]. No hay que perder la ocasión para gritar, igual de claro y conciso, que el capital antepone la salud de su sistema putrefacto –de “nuestros accionistas”– al de la clase obrera y el pueblo en general.

Pero no vamos a poder quedarnos en el mero “quédate en casa” que implique “parar la economía”. Hay que dar pasos sostenidos en parar a quienes se la apropian y solo la activan para sus dividendos. Y en cualquier caso, hemos de partir de que no hay sociedad que pueda subsistir sin producir por un tiempo prolongado. “Cada niño sabe que cualquier nación moriría de hambre, y no digo en un año, sino en unas semanas, si dejara de trabajar”[3], escribía Marx a Kugelmann. En realidad, y sin entrar en mayores disquisiciones teóricas por el momento, la cantidad de dinero líquido existente –aparte del mero bluff que se esconde detrás de las emisiones crediticias– es muy pequeña en relación a lo que constituye la verdadera riqueza, y base del poder en manos de clase capitalista, que es el capital en forma de medios de producción[4].

Por lo demás, no debemos caer tampoco en comparaciones simplistas entre diferentes países, más aún cuando se hacen entre economías muy desregularizadas con economías con un cierto nivel de planificación. En el caso de China, buena parte del país pudo dedicarse a abastecer a una ciudad y una provincia que representan un porcentaje muy pequeño de la población total[5], una situación que dista mucho de la de nuestros países y el entorno de la UE.

Aquí habría que haber descontado desde el principio que el confinamiento, además de arbitrario e injusto, se iba a romper de la peor manera sacrificando a la clase trabajadora (con especial saña a sus sectores más precarizados) en el altar del beneficio del capital, buscado de forma desesperada y sin control alguno en tiempos de crisis. Pero, en realidad, ese desespero del capital le hace perder también enteros en términos de hegemonía propagandista en el conjunto de la población. Estos tiempos de crisis para todos –también para la dominación capitalista– constituyen una fuente de oportunidad para avanzar en el empoderamiento del movimiento obrero, dándole la vuelta a las situaciones que nos imponen; una oportunidad para acercar la perspectiva de que sea la clase que realmente crea la riqueza la que lidere la vuelta a la producción, aunando su propia salud con la de “toda la nación”, parafraseando a Marx.

Efectivamente, es cuestión de aprovechar la actual coyuntura de crisis para avanzar en posiciones de cuestionamiento del poder de la patronal y del Estado capitalista. El movimiento obrero y sindical tiene una oportunidad para ir mucho más allá de limitarse a exigir medidas gubernamentales y decretos que, además de ser muy limitados, luego ni se cumplen. No es tiempo ni de pasividad en la lucha ni de alimentar demagogias en el discurso oficial. Es tiempo de reforzar el control obrero en cada empresa y la defensa de la clase allí donde se encuentre. Es tiempo de disputar en lo concreto el confinamiento… y el desconfinamiento. Porque hay algo que nunca tenía que haberse confinado o paralizado: la lucha de clases en el tratamiento de la emergencia sanitaria y en la “gestión” de la gravísima tragedia sociolaboral en curso.


La situación real de amplias masas y cómo empujar desde ya para superarla realmente

Se ha hablado mucho estas semanas de los miles de ERTEs realizados en grandes y medianas empresas –muchos de los cuales, por cierto, ya se están convirtiendo en EREs–, pero no se ha mencionado tanto a todo ese proletariado, situado en la periferia del mercado laboral, que es sin duda quien más está sufriendo y sufrirá las consecuencias socio-económicas de esta crisis. Algunos de ellos tienen todavía la suerte de contar en las estadísticas oficiales, otros ni eso. Estos últimos, aun en caso de conservar aún algo de su trabajo, ni siquiera pueden acceder a un papel que enseñar a la policía para poder desplazarse por la calle.

Algunos datos hablan por sí solos. El 75% de los 834.00 empleos que se destruyeron en marzo corresponde a contratos temporales[6], en una economía en la que, contando temporales y parciales, la precariedad alcanza a más de 6 millones de trabajadores que viven en el alambre. Por no hablar de los falsos autónomos, o los verdaderos pequeños autónomos. O por supuesto del mercado en negro: son más de dos millones los proletarios que sobreviven en la economía sumergida[7], que a día de hoy se esparce por casi todos los sectores productivos –principalmente agricultura y servicios–, y que en este estado de reclusión social se encuentran en una situación límite.

No hace falta decir que las medidas anunciadas por el Gobierno como un escudo social dejan fuera a toda esta gran cantidad de población que ya estaba precarizada y que en estos momentos se encuentra en la exclusión casi total.

A modo de ejemplo, la mañana del 13 de abril (primer día laborable de la “vuelta al trabajo no esencial”) salía un reportaje sobre la vida de cinco compañeros que viven en un piso del barrio de Sant Roc, en Badalona[8]. Tres de ellos manteros, los otros dos lo habían sido hasta conseguir unos papeles que tampoco han hecho que la actual situación de encierro sea más fácil. “No nos queda comida”, relata Assane, explicando cómo han tenido que buscarse la vida yendo a casa de amigos y gente cercana. Aunque también daba una buena noticia: ha conseguido un trabajo de soldador a partir de la semana que viene.

Esta historia y estas situaciones no son ningún caso aislado. Afectan sobre todo a la población migrante, a ese proletariado llegado de la periferia del sistema, pero no solo a ellos. Unas situaciones de desesperación que se expanden como una mancha de aceite, y que son imposibles de resolver con un simple “quédate en tu casa” que, además, la propia patronal sortea y neutraliza de facto de la peor manera, aprovechando la autorrepresión que conlleva la precarización y atomización de nuestra clase.

La brutal precarización existente, la amenaza más que real de caer en el abismo de la exclusión social, explica que haya muchísima gente desesperada por volver a trabajar y tener unos ingresos. Y frente a ello tenemos que huir de simplismos: nuestra crítica al gobierno no puede ser –o como mínimo no puede reducirse a– pedir más confinamiento; menos aún sin cuestionar la arbitrariedad del quédate en casa. Debemos huir de alimentar esa tendencia propia en cierta medida de gente con puestos de trabajo más o menos fijos que –al menos aún– no se está viendo en estas situaciones extremas.

Viene siendo hora de acabar con este estado de schock paralizante. La línea es clara. No es de recibo aceptar las condiciones gubernamentales y patronales (más bien patronales y gubernamentales) en que “desconfinan” la fuerza (mercantil) del trabajo. Y no es cuestión tampoco de aceptar sin rechistar un confinamiento arbitrario y lesivo que, cada vez más, busca tan solo sofocar la fuerza de lucha del trabajador.

Por lo pronto, de cara a nuestra empresa se hace necesario poner sobre la mesa el control obrero de las medidas de protección para la gente que en estos días vuelve a trabajar: imposición a las empresas de implementar las medidas suficientes de protección de la salud (test a trabajadores y sus familias, aislamiento de positivos, distancia mínima…) y la entrega de equipos de protección completos a todos los trabajadores y trabajadoras que acudan a sus centros de trabajo.

Pero eso no basta dado el grado de desestructuración del “mundo del trabajo”. Se impone poner en movimiento delegaciones de obreros y sindicalistas que vayan a supervisar las condiciones en las que se trabaja en todas partes donde está la clase, con especial atención a los sectores más precarizados e indefensos. Algo así como considerar todos los centros de trabajo como partes de una misma fábrica, con el derecho –en una coyuntura en que sería más favorable obtener un apoyo masivo de la población– del movimiento obrero y organizado para decidir dónde y cómo se puede trabajar. Y llegando, si es necesario, a plantear la cuestión de la ocupación de la empresa, mandando a que “se quede en casa” al patrón o a las directivas empresariales de turno.

Sabemos que no es fácil. En ese sentido, no podemos ir terminando sin insistir en lo que ya señalamos desde el subtítulo del presente texto. Progresivamente va a ir quedando al desnudo, con toda su crudeza, el elemento represivo en marcha. ¿Hay que sorprenderse de que esto ocurra, viendo el pánico que albergan los parásitos que infectan nuestra economía de que se den insurrecciones?[9] Con esto tenemos que contar: no va a haber desescalada represiva. Y aunque implique un riesgo, nuestra actividad militante ha de comenzar a imponer su propio criterio de desconfinamiento. No ha habido ni habrá línea revolucionaria a la que no le toque pasar por esto.

Debemos saber aprovechar, para aumentar nuestra fuerza, este progresivo desconfinamiento irracional que sobreviene de la contradicción de un capitalismo que no puede mantener parada la economía y que prioriza el lucro al respeto de la vida humana. Vivimos un momento de cierta debilidad propagandística del enemigo de clase, en el que su margen de maniobra es menor y en el que, aunque hasta el momento no se haya expresado de manera muy clara, los de arriba no pueden dominar como antes. Sobra decir cómo entre los de abajo se extiende el sentimiento de que no van a poder soportar lo que se avecina.

Es en las crisis de dominio y de debilidad de hegemonía del capital donde hay que aprovechar para recuperar posiciones perdidas por el movimiento obrero y avanzar al máximo en liberarse de la peor epidemia que nos afecta. La del parasitismo de capital inútil que nos lleva de crisis en crisis hasta la barbarie final… si es que no lo remediamos. Un remedio que hoy pasa, pues, por desconfinar cuanto antes la lucha de clases.


Fuente → redroja.net

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