Proyecto Faq La II República, por Armando López Salinas

miércoles, 15 de abril de 2020

La II República, por Armando López Salinas


 La II República, por Armando López Salinas:
El proceso contra los sublevados de Jaca, en marzo de 1931, se convirtió en un juicio contra el Rey por incumplimiento de la Constitución. Las elecciones del 12 de abril, convocadas para paliar los desastres de la Monarquía, se transformaron en un verdadero plebiscito contra el Rey. Y así, el 14 de abril del 31 se proclamó la República y Alfonso XIII abandonaba España para marchar a Roma por el puerto de Cartagena. “No se ha ido, que lo hemos barrido”, cantaba alegre el pueblo de Madrid. El advenimiento de la República situó a España ante su destino global. El 14 de abril fue saludado con entusiasmo por la inmensa mayoría de los españoles y, a diferencia de en 1868, cuando el levantamiento militar contra Isabel II, ahora se producía una apoteosis cívica, un entusiástico apoyo popular al régimen que nacía sin derramar sangre alguna. La frase “que quieren ustedes que les diga de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano” pronunciada por el Almirante Aznar, Presidente del Consejo de Ministros, hizo fortuna el 13 de abril y quedó para la historia de España. Lo cierto es que para preparar la llegada de la República durante el verano del 30 se constituyó un Comité Revolucionario, el llamado Pacto de San Sebastián para combinar los esfuerzos de todas las fuerzas políticas que estaban a favor del cambio de régimen. Así, Lerroux por Alianza Republicana, Marcelino Domingo, Álvaro de Albornoz y Ángel Galarza por el Partido Radical Socialista; Manuel Azaña por Izquierda Republicana; Casares Quiroga por la Federación Republicana Gallega; Carrasco y Formiguera por Acción Catalana, Alcalá Zamora y Miguel Maura por la Derecha Liberal Republicana e  Indalecio Prieto y Fernández de los Ríos, ambos por su propia cuenta sin  la representación total del Partido Socialista. Al pacto de San Sebastián asistieron como invitados Ortega y Gasset y Sánchez Román. Y Marañón se adhirió a ese comité y a los acuerdos tomados.   

El 14 de abril aquellos que se encontraban en la clandestinidad tras los sucesos de Jaca se convirtieron en el Gobierno Provisional de la República, que fue presidido por Niceto Alcalá Zamora, con Azaña en el Ministerio de la Guerra, Prieto en Hacienda, Largo Caballero en Trabajo, y Alejandro Lerroux como  secretario de Estado. Se trataba, como puede verse, de una conjunción republicano-socialista que llevó a cabo las elecciones para Cortes Constituyentes que se celebraron en julio del mismo año. La primera ciudad en proclamar la República  fue Eibar,  que a las 7 de la mañana del 13 izó la bandera tricolor en su Ayuntamiento. Después, Valencia, Sevilla, Oviedo y Zaragoza, luego Barcelona. En Madrid, el General Sanjurjo, Jefe de la Guardia Civil que se sublevaría un año después en Sevilla contra la República, se puso a las órdenes de Miguel Maura y Alcalá Zamora en el domicilio del primero. Por la tarde del 14, a eso de las 6, Largo Caballero y Miguel Maura que tardaron más de dos horas en llegar desde Cibeles a la Puerta del Sol –tal era la multitud que salió a la calle a gritar “uno, dos y tres el Botas ya se fue”-,  izaron la bandera tricolor y proclamaron la República desde el balcón del entonces Ministerio de Gobernación y hoy Presidencia de la Comunidad de Madrid. Los soldados y la Guardia Civil se cuadraron cuando Maura les dijo: “Señores, paso al Gobierno de la República”. Todo el aparato de la Monarquía se había derrumbado en horas como un castillo de naipes. 

Y de aquel día del 14 de abril, en páginas luminosas Antonio Machado ha escrito: “aquellos días, Dios mío, tejidos todos ellos con el más puro lino de la esperanza, cuando unos pocos viejos republicanos izamos la bandera tricolor en el Ayuntamiento de Segovia. Recordemos, acerquemos otra vez aquellas horas a nuestro corazón. Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la primavera traía a nuestra República de la mano". La naturaleza y la historia parecían fundirse en una clara leyenda anticipada en un romance infantil: 

la primavera ha venido  
del brazo de un capitán,  
cantad niñas a coro,  
Viva Fermín Galán. 

Las elecciones a Cortes Constituyentes dieron la victoria a la fuerzas republicanas, siendo los socialistas la minoría mayoritaria. La Constitución republicana se aprobó con 368 votos a favor y 89 abstenciones. No hubo votos en contra. La abstención se debió a la cuestión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, cuestión que originó la retirada de Alcalá Zamora y de Miguel Maura del Gobierno Provisional. Entre el 14 de abril del 31 y el 19 de noviembre del 33 hay que situar lo que se ha llamado el bienio transformador. Podemos decir que ante todo existía en los medios republicanos el propósito de acabar con los pronunciamientos y golpes de estado militares como método  para solucionar las crisis políticas. El Gobierno de Azaña estimó que la democratización de las fuerzas armadas era decisiva para el afianzamiento de la democracia y de la República. El Decreto del 25 de abril  del 31 conocido como Ley Azaña, daba a los generales, jefes y oficiales, en un plazo de 30 días, la posibilidad de pasar a la reserva conservando sus sueldos. Casi la mitad de los mismos se acogieron a dicha Ley, pero como tantas veces se ha comentado fueron los oficiales más próximos a la República los que pasaron a la reserva, y los monárquicos quedaron al frente de las FF.AA. de nuestro país. El resultado fue que el Ejército, en vez de republicanizarse, se derechizó. Recuérdese que tras el desastre de Cuba el Ejercito contaba en aquel tiempo con 499 generales, 578 coroneles y 23.000 oficiales para una tropa que no excedía de los 80.000 hombres en toda España. Es decir, había un número brutal de jefes, oficiales y  generales que vivían de los Presupuestos Generales del Estado y a los que la Monarquía cuidaba con todo esmero.     

La primera intentona se produjo en agosto del 32: es lo que conocemos como “la  Sanjurjada”, el levantamiento militar en Sevilla de José Sanjurjo, ex director General de la Guardia Civil y Comandante en Jefe de las Tropas españolas de Marruecos en tiempos de Primo de Rivera. El golpe pudo pararse, y en ello jugó un importante papel la organización comunista sevillana, que sacó a la población a la calle. Sanjurjo fue condenado a muerte, pero se le conmutó la pena. Después, en el 33, salió de la cárcel bajo el gobierno de Alejandro Lerroux y ya no dejó de conspirar contra la República. (De hecho no hubo un solo día entre 1931 y 1936 en el que cesaran las conspiraciones y las maquinaciones en las FF.AA. contra el régimen republicano).

El segundo gran problema al que tuvo que hacer frente la República fue lograr la separación de la Iglesia y el Estado. La Iglesia se había comportado durante la Restauración como la fuerza legitimadora de los usos y abusos de la oligarquía y el caciquismo. La alianza entre el trono y el altar había sido total por lo que  el 24 de marzo de 1932 se confiscaron los bienes de los jesuitas y el 2 de junio de 1933, por la Ley de Congregaciones Religiosas, se determinaba el cese para octubre del mismo año de toda actividad eclesiástica en el terreno docente, problema, quizá, ante el que en que la administración republicana se precipitó, pues debía haber previsto antes cómo resolverlo ya que  no había aulas  ni lugares suficientes para sustituir los colegios religiosos que controlaban más del 50%  de los puestos escolares, sobre todo en la primera enseñanza. 

La República puso también en vigor en enero de 1932 las leyes de matrimonio civil, divorcio y secularización de cementerios sin oposición popular alguna y sin que se produjera inmediatamente ninguno de los cataclismos sociales anunciados por los agoreros de la Iglesia española y sus acólitos. Se produjeron importantes crispaciones entre el Gobierno de la República española y la Jerarquía eclesiástica de nuestro país y el Vaticano. Crispaciones que llevaron tiempo después a que la Iglesia española y el Vaticano fueron los principales legitimadores del golpe militar del 36, al calificarlo y bendecirlo como Santa Cruzada, proporcionando a los sublevados una base social ideológica y de masas, sobre todo en determinadas zonas agrarias de nuestro país. No cabe olvidar que el clero bajo acogió con fuerte recelo al régimen republicano, acostumbrado como estaba a ir de la mano de los propietarios de la tierra y de las autoridades militares y de orden público, sobre todo de la Guardia Civil. Había entonces en nuestro país 35.000 curas, 36.000 frailes, 8.400 monjas, 2.900 conventos y 760 monasterios en números redondos que eran la garantía ideológica del poder eclesiástico en una España que contaba, en 1931, con 24.000.000 de habitantes. Para la jerarquía eclesiástica, salvo alguna excepción, la República llegaba a contrapelo de sus intereses. Para el Cardenal Herrera, por ejemplo, la República era “esa catástrofe”. También había que considerar que a la cabeza de la Iglesia se encontraba D. Pedro Segura, arzobispo de Toledo y Cardenal Primado quien había pedido a los creyentes en las elecciones de 1931 que “apoyaran a los candidatos que defendieran el orden social existente”, es decir, a los partidarios del antiguo Régimen. 

La Iglesia no sólo se enfrentó a las leyes republicanas sino que creó su propio Partido político. Ángel Herrera Oria, abogado del Estado, Presidente de Acción Católica y Director de El Debate, siguiendo instrucciones de la jerarquía eclesiástica encargó entonces al abogado José Maria Gil Robles la organización de un partido confesional de derechas. Nacía así Acción Popular, que más tarde se transformaría en el núcleo central de la CEDA, (partido de masas con características parafascistas), que a lo Dollfus, a lo ultradrecha austriaca, en el 34 y el 35 compartiría el poder con el partido radical de Lerroux a lo largo de lo que se llamó el “bienio negro”, preludio de la Guerra Civil Española. 

Si la Ley de Reforma Militar fue usada sobre todo por la oficialidad antirrepublicana, la Iglesia utilizó a fondo la legalidad vigente para organizar metódicamente su propia formación política. Los púlpitos se convirtieron en tribunas de mítines derechistas y los curas en agitadores de primera clase. 

Una tercera cuestión a la que la República quiso dar cauce político fue el tema de los estatutos de autonomía que se reclamaban desde el País Vasco, Cataluña y Galicia, aunque en esta última nacionalidad de forma más atenuada. Ya en el Pacto de San Sebastián se trató del asunto y se dio salida a dichas reivindicaciones. Sin embargo, una parte muy importante de las capas medias del resto del Estado y, sobre todo, el Ejército, recelaban  de una política a la que se consideraba separatista. El Estatuto de Cataluña se aprobó el 15 de septiembre del 32 en medio de bastantes dificultades, dificultades que sólo pudieron resolverse favorablemente tras el fracaso del golpe militar que se intentó en Sevilla llamado “la Sanjurjada”.  El Estatuto, en general, se cumplió de una manera satisfactoria. Puede decirse que Cataluña conoció entonces, durante el periodo republicano,  una estabilidad política mucho más sólida que en el resto de España.  

La cuestión vasca fue dilatándose en el tiempo, después de varios proyectos autonómicos que, inicialmente con el fallido Estatuto de Estella, comprendía a los navarros. Pero éstos prefirieron seguir su propio camino foral, y estalló la guerra civil sin que se hubiera proclamado el Estatuto de Euskadi, que vio la luz en octubre de 1936, con Alava y parte de Guipúzcoa ocupadas ya por las tropas de Franco. 

En otros aspectos, puede decirse que el problema de cómo resolver las demandas nacionalistas y regionalistas sin romper el Estado empezó a encontrar en la República una vía de solución original que se llamó el Estado Integral, ni federal ni unitario, en el que se pretendía compatibilizar las distintas autonomías de difierente techo competencial con un Estado que mantuviera las relaciones exteriores, la defensa y los principales resortes de política económica, social y cultural. 

La conciencia nacional había adquirido una gran profundidad en Cataluña, y algo parecido estaba sucediendo en Euskadi. En Galicia comenzaba a suceder, y en Andalucía Blas Infante iba aglutinando fuerzas en favor de un cierto regionalismo de nuevo cuño. La derecha española, como ya se indicó, trataba de identificar todo ese proceso con el separatismo, y en el Ejército la mayoría de la oficialidad anti-republicana y centralista entendía el autonomismo como el principal de los desastres de España. El dirigente derechista Calvo Sotelo decía preferir una España roja a una España rota, aunque lo cierto es que ese político de la Dictadura tampoco estaba dispuesto a aceptar, como luego se vio en el 36, una España de izquierdas aunque ésta llegara por vía electoral.  

La reforma agraria

La República también trató de dar respuesta a uno de los problemas más importantes para la modernización de España. Tanto para esa modernización, como para paliar injusticias seculares, las zonas rurales latifundistas eran una rémora en el desarrollo de nuestro país y fuente permanente de injusticias y de desordenes públicos. La Reforma agraria era cuestión esencial para la República si quería tener el apoyo de las masas trabajadoras. Lo cierto es que la desamortización de Mendizábal en 1840, es decir la venta de los bienes de la Iglesia, había producido un vasto proletariado agrario en la España Occidental. El 14 de abril de 1931 España tenía tres millones de obreros agrícolas sin tierra que esperaban su redención  a través de la Reforma Agraria. Los gritos de “Tierra y Libertad” y ”la tierra para el que la trabaja” eran  el sueño de todos y lo han  sido hasta hace bien poco tiempo. Valgan unos datos: el 45% de la población era agraria  y 99 grandes de España poseían más de 600.000 Ha: los Medinaceli, los Peñaranda, los Vista Hermoso, los Alba.  

El 29 de abril de 1931 se discutió la prórroga automática de los contratos de arrendamiento, y en mayo se dio prioridad a la Agrupación de Obreros Agrícolas en el arrendamiento de las grandes fincas. El 1º de julio se estableció oficialmente la jornada de 8 horas que antes se había logrado para la industria, lo cual, en la práctica de entonces de jornadas de sol a sol, significaba un aumento de salario para los obreros del campo. También se subieron los salarios y se introdujeron jurados mixtos para evitar los conflictos. Se negociaron por primera vez convenios colectivos colectivos. Las facultades de contratación de los propietarios se vieron limitadas por el decreto llamado de “términos municipales”, que impedía la entrada de esquiroles para abaratar los salarios.  

También el 7 de Mayo se promulgó la Ley de laboreo forzoso de tierras para impedir que los grandes propietarios boicotearan a la República dejando de cultivar las tierras: “Si tenéis hambre, que os dé de comer la República”, decían los terratenientes. La Ley de Reforma Agraria se hizo esperar hasta el 9 de septiembre de 1932; ley que facilitaba la expropiación de fincas para los campesinos sin tierra en régimen de explotación privada o colectiva. Pero cuando dicha ley comenzaba a  tener consecuencias reales se produjo en el 33 el cambio de Gobierno (el de Lerroux y la CEDA) que paralizó su puesta en práctica. La Ley de agosto del 35 fue ya, con un Gobierno de la derecha, una verdadera contrarreforma agraria, lo cual excitó el animo de los jornaleros sobre todo en Andalucía y en Extremadura y provocó graves conflictos.

El Frente Popular

Una República que era gobernada por la derecha e incluso por algunas fuerzas que habían sido monárquicas poco tiempo antes. Las elecciones del 36, con la victoria del Frente Popular, supusieron el retorno a la Reforma Agraria. Sin embargo, al estallar la Guerra Civil las realizaciones eran mínimas. Además, la República no había tenido en cuenta el tema de los precios agrícolas: centenares de miles de cerealistas vieron cómo los precios del trigo caían, y se arruinaron en los años 32 y 33 por la recesión que llegó de los EE.UU. No es de extrañar que al comenzar la guerra civil, mientras los jornaleros de las zonas de latifundio se unían a la República, los campesinos de Castilla la Vieja y León se integraran masivamente en el bando franquista. 

La crisis económica, ya dije, llegó a España en aquellos campos en el año 29 y dificultó enormemente la solución de los problemas y las reformas proyectadas. El 20 de diciembre de 1932 se promulgó una ley progresiva,  la de la renta de las personas físicas. Y la Ley de Ordenación Bancaria representó un reforzamiento importante de la intervención del Estado en el Banco de España, cuyo Consejo de Administración era  el centro de la oligarquía financiera. “España es del Banco, no el Banco es de España”, se decía popularmente por entonces. La Ley de Contratos de Trabajo reguló el derecho de huelga y el lock-out.  El número de parados ascendía a 750.000, el 9% de la población existente. Había levantamientos campesinos, huelgas revolucionarias en determinadas zonas.  

Educar al pueblo

La Reforma de la enseñanza fue uno de los grandes logros de la República en un país que se acercaba al 40% de analfabetismo. Por vez primera en la historia de España el propósito de educar al pueblo se convertía en una directiva permanente. La España de cerrado y sacristía, la que ora y bosteza en palabras de Machado, iba a recibir un serio golpe. Tras el cierre de Universidades en el 30 decretado por el Gobierno Berenguer se creó la llamada Universidad Libre. En el 29 funcionaba ya la Editorial Zenit y se publicaba, por ejemplo, a Henry Barbusse, a John dos Passos, a Lenin, a Marx, a Sinclair, a Faulkner, etc. Y la Residencia de Estudiantes y la Institución Libre de Enseñanza funcionaba con gentes, como dije antes, como Buñuel, como Celaya, como Lorca, como Bello. En el 31, las misiones pedagógicas se lanzaron a culturizar nuestro país. Se crearon en tiempos de Marcelino Domingo multitud de nuevas escuelas, al tiempo que se ponían en marcha más de 5.000 bibliotecas ambulantes. Cine, teatro, pintura, libros, llegaron por primera vez a muchos rincones de España. Los intelectuales se volcaron entonces: Garcia Lorca llevó el teatro La Barraca por toda España, Max Aub hacía lo mismo con una compañía teatral que había creado la FUE. Consignas de Rafael Alberti, Espadas como labios de Vicente Aleixandre, Poeta en Nueva York y Bodas de Sangre de Lorca, La Voz a ti debida de Pedro Salinas. Arconada, Carranque de Rios, Benavides -los llamados treintistas- intentan novelar la realidad social de la época. El compromiso del intelectual hacía acto de presencia masiva en nuestro país. 

Bienio negro

Pero la lucha de clases se manifestaba en todos los terrenos, aparecían las primeras manifestaciones de la extrema derecha. La corriente fascista que recorría Europa llega a España con la Conquista del Estado de Jiménez Caballero, Ledesma Ramos y Juan Aparicio que si bien recordaban a Ramiro de Maeztu se dejaban llevar por Jose Antonio Primo de Rivera.  

La disolución de las Cortes Republicanas por la defección de Alcalá Zamora y Lerroux dio paso al llamado ”bienio negro”. La abstención de la CNT en las elecciones facilitó el triunfo de la derecha, y en ese tiempo Hitler había alcanzado ya el poder en Alemania. En octubre del 33, en el Teatro de la Comedia de Madrid, Ruiz de Alda, García Valdecasas y José Antonio Primo de Rivera fundan Falange Española. La derecha obtuvo entonces 386 diputados y la izquierda 98, entre ellos Bolívar, primer diputado comunista. El “bienio negro” duró del 33 a octubre del 35. 

Lerroux como Jefe de Gobierno trató de desmontar el reformismo de la primera etapa republicana, inició la contrarreforma agraria y expulsó a muchos braceros de la tierra que trabajaban. Paralizó las reformas militares y nombró a generales de clara filiación monárquica y anti-republicana. En el tiempo en que Gil Robles fue Ministro de la Guerra se creó el entramado militar golpista del 36. Volvieron con fuerza las tensiones políticas a Cataluña, donde se paralizó su experiencia autonómica. También se detuvo la negociación con gallegos y vascos, con lo que se dificultó la consolidación republicana en aquellas tierras. 

La confrontación en la calle era el pan nuestro de cada día. En las tertulias literarias ya no se hablaba de “flores naturales” sino de conflictos sociales e ideológicos. España olía ya a guerra civil.

Al día siguiente de llegar la CEDA al Gobierno en octubre del 34, después de la huelga de Extremadura y de Andalucía, tras la amnistía al General Sanjurjo, la UGT declaró la huelga general  y Lerroux el estado de guerra. En Asturias, como se sabe, el conflicto adquirió el carácter de insurrección armada. Sindicalistas de UGT y CNT, militantes comunistas y socialistas al grito de UHP tomaron Oviedo y las cuencas mineras. Entraron en la capital con los fusiles cogidos a la Guardia Civil, con las armas de la fábrica de Trubia. Los dirigían Belarmino Tomás y Leoncio Peña. En Madrid, algunos grupos socialistas y comunistas  trataron de ocupar el Ministerio de la Gobernación situado en la Puerta del Sol. En Barcelona, Companys declaró el Estado Catalán de la República Española, y el 8 de octubre la Legión y los Regulares desembarcaron en Asturias enviados desde Marruecos. Franco y Goded dirigieron la operación desde Madrid, y el General López  Ochoa, sobre  el terreno, con el Tercio.  

En las operaciones militares se empleó  artillería y aviación contra ciudades y cuencas mineras. El 18 de octubre de rindió lo que había sido la Primera Comuna española. Había habido violencia. La Prensa cita el fusilamiento de un cura en Turón y también la de un ingeniero  de minas, pero calla la represión gubernamental que daría más de 1.300 muertos y 30.000 detenidos en toda España. Las cárceles rebosaban, se conocían torturas, sevicias policiales de todo tipo. Asturias, los presos de Asturias, los muertos de Asturias iban a originar importantes movilizaciones sociales y de los partidos de izquierda. Indalecio Prieto tuvo que marchar al exilio y Largo Caballero fue encarcelado. 

Los falangistas desfilaban uniformados por las calles de Madrid, los carlistas lo hacían en Navarra. Estos últimos habían abierto una Academia militar para la formación de oficiales en Italia, y habían enviado a ese país 4.000 jóvenes a instruirse en la guerra moderna. Las luchas contra las condenas a muerte en Asturias movilizó al conjunto de la izquierda. El Gobierno retrocedió y la CEDA volvió al Gobierno, y entonces Gil Robles nombró a Franco Jefe del Estado Mayor central. Llegó la crisis del estraperlo, de Lerroux y del partido Radical.  Dimitió Gil Robles y Alcalá Zamora encargó a Portela Valladares, exministro de la Monarquía, la formación de un Gobierno que convocara elecciones generales. 

El 16 de febrero del 36 se celebraron dichas elecciones. La campaña electoral por parte de la derecha fue dominada por la CEDA de Gil Robles, que era apoyada por el Vaticano. El Cardenal Pizzar, entonces Nuncio de su Santidad, instaba a los nacionalistas vascos -que por mor del estatuto de autonomía apoyaban a la República- a que se unieran a la CEDA. Decía el cardenal Pizzar que las elecciones eran “entre Cristo y Lenin”. El Partido Nacionalista vasco hizo caso omiso al Cardenal a causa del antiautonomismo de la derecha española. La izquierda se agrupó en torno al Frente Popular a propuesta del PC, cuya fuerza comenzaba a ser significativa por haber jugado un papel importante en la crisis asturiana y, tras el viraje del 32, con la llegada de José Díaz y Dolores Ibárruri  a la máxima dirección de dicho partido.    

Por otra parte, Dimitrov ante el ascenso del fascismo en Alemania, en Italia y en Austria, había planteado la acción conjunta de social-demócratas, católicos de izquierda, comunistas y otros para hacer frente al fascismo. Y hay que decir que la C.N.T. y la F.A.I. pidieron el voto a favor del Frente Popular. El resultado fue 268 diputados para el Frente Popular, 205 para la derecha y el centro. Los comunistas alcanzaron 17 diputados. Conocidos los resultados, el General Franco instó a Portela Valladares a que declarase el estado de guerra, pero en toda España el entusiasmo popular no tenía límites: manifestaciones en la Puerta del Sol de Madrid por la amnistía; en Oviedo se abrían las puertas de las cárceles, salieron a la calle miles y miles y de personas. En abril, cesó Alcalá Zamora como Presidente de la República y tras un corto período presidido por Martínez Barrio alcanzó el puesto Manuel Azaña, siendo Jefe de Gobierno Casares Quiroga. El Gobierno sustituyó a Franco y a Goded, que fueron enviados a Canarias y a Baleares.  

En marzo se entregaron tierras a 75.000 jornaleros en Extremadura, y los grandes financieros como Coca, March y otros  comenzaron a evadir capitales para hacer caer el valor de la peseta. Falange y otros grupos,  como las JONS de Valladolid y las Juventudes de Acción Popular, se iban fascistizando disparando desde vehículos  por las calle de Madrid. Los sindicatos y los partidos de izquierda, socialistas y comunistas, respondieron creando sus grupos armados. El PSOE se radicaliza a través de Largo Caballero, al que se le llamaba entonces el Lenin español, y se enfrentó a las tesis de Prieto y de Besteiro, centro y derecha del Partido Socialista en esa época. El PC, con 17 diputados y ya con una gran sólida organización, editaba periódicos y revistas. Y de febrero a marzo del 36, pasó de 30.000 a 50.000 militantes. En junio alcanzaba los 84.000 y en julio, antes de la sublevación militar, los 100.000 militantes. 

En el Congreso el papel de Gil Robles lo cubre, radicalizado, Calvo Sotelo, el antiguo ministro de la Monarquía, que llamaba al Ejército a imponerse por la fuerza. El 1º de abril del 36 las juventudes socialistas y comunistas se unificaron constituyendo las Juventudes Socialistas Unificadas que llegó a alcanzar medio millón de militantes. La JSO era  la organización más importante de la juventud en toda Europa. Banqueros, falangistas, carlistas, generales y sectores de la Iglesia conspiraban abiertamente contra la República. El General Mola aparecía en el centro de la conspiración. Desde Pamplona, contacta con otras regiones militares; Fal Conde y otros carlistas tejían también la trama civil y eclesial. Sanjurjo, desde Lisboa, participaba abiertamente en contactos con los servicios secretos de Hitler. Atentados falangistas contra Jiménez de Asua, redactor de La Ilustración, asesinato del juez Pedregal. En un solo día, 15 de abril mueren violentamente 15 personas, entre ellas Sáenz de Heredia, primo de Jose Antonio Primo de Rivera. El 12 de julio es asesinado el Teniente Castillo a manos de 4 falangistas. En respuesta, Condes, capitán de la Guardia Civil amigo de Castillo y hombre de izquierdas, mata al Jefe de Renovación Española Calvo Sotelo, diputado cuyo cadáver fue encontrado en la carretera del Este. La guerra civil ya estaba servida, el destino de la República ya estaba echado.

"Mueran las caenas"

Militares felones, con el concurso del fascismo alemán, italiano y portugués y con la ayuda vaticana, se alzan en armas contra la República. República de oberos y campesinos. República de intelectuales. República de las Brigadas Internacionales, de Zalka, de Malraux, de Fox, de Nicolás Guillén. República de D. Antonio Machado, que ofrece sus brazos al 5º Regimiento para defender Madrid. República de Alberti, de Herrera Petere, de Miguel Hernández, de Vicente Aleixandre. República de “la Marsellesa”, del Himno de Riego, de “la Varsoviana”, de “la Internacional”, del “Eusko Gudariak”, del Batallón del Talento donde se encontraban escritores, investigadores como Faustino Cordón, el biólogo recientemente fallecido y al que se le rindió no hace demasiado un homenaje. Sí, derrota republicana, medio millón de españoles marcharon al exilio. Medio millón en cárceles y campos de concentración. La noche oscura del fascimo iba a durar casi 40 años. Cortes de pelo al cero, torturas, sevicias policiales, aceite de ricino, fusilamientos en cunetas y tapias de cementerios, hasta 1.975. 

Armando López Salinas
República, intelectuales y lucha de clases


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