Proyecto Faq Antifascismo y educación en Europa. A propósito del libro “Apóstoles de la razón”

martes, 14 de abril de 2020

Antifascismo y educación en Europa. A propósito del libro “Apóstoles de la razón”

Antifascismo y educación en Europa. A propósito del libro “Apóstoles de la razón”: 


Noticia de libros

Margarita Ibáñez Tarín Doctora en Historia Contemporáneay profesora en el IES Abastos de Valencia. Premio Catarata de Ensayo 2019.
RESUMEN: La represión política desencadenada por las dictaduras del sur de Europa contra los profesores antifascistas no se llevó a cabo de igual forma en Italia,  Portugal y en España. Los medios represivos fueron distintos, pero en los fines coincidieron. Mussolini, Salazar, Primo de Rivera y Franco eran conscientes del poderoso instrumento de socialización y nacionalización de la enseñanza y no quisieron dejar en manos de profesores antifascistas la formación de las futuras élites dirigentes. Los docentes italianos, portugueses e italianos, cuyas historias de vida se narran en este libro, formaban parte de un colectivo con conciencia de pertenecer a una misma cultura política antifascista, que conoció su edad de oro durante los años treinta en Europa, coincidiendo con la época de la guerra civil española.

Europa vivió en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial un enfrentamiento mortal entre dos familias ideológicas diferentes. De un lado, la Ilustración, el antifascismo; del otro, la anti-Ilustración, el fascismo. Una guerra irreductible entre dos visiones antagónicas del mundo, un combate cultural en el que se enfrentaron valores, visiones del mundo y concepciones de la cultura que estaban en discordia en toda Europa desde hacía mucho tiempo”.[1]

Con esta frase del historiador Enzo Traverso empieza el libro Apóstoles de la razón. La represión política en la educación, último premio de ensayo de la Editorial Catarata 2019. Una obra en la que se abordan los distintos mecanismos represivos de los que se valieron las dictaduras de Italia, Portugal y España para conseguir el control político-social sobre el profesorado en las décadas centrales del pasado siglo.

Los gobiernos de Mussolini, Salazar, Primo de Rivera y Franco —conscientes del poderoso instrumento de socialización y nacionalización que ha sido siempre la enseñanza— no quisieron dejar en manos de profesores antifascistas —los apóstoles de la razón, identificados con el ideario ilustrado del siglo XVIII— la formación de las futuras élites dirigentes. Los profesores laicos impulsores de la renovación pedagógica durante la I República en Portugal (1911-1926), así como Ferrer y Guardia y muchos profesores racionalistas vinculados al anarquismo en la España de las primeras décadas del siglo XX recibieron con frecuencia este apelativo de “apóstoles de la razón”, que en este libro se hace extensivo a todos los docentes italianos, portugueses y españoles que fueron disidentes y opositores en la época de emergencia de los fascismos.

Giovanni Gentile (derecha), con Mussolini en la sede del Instituto Tracconi (foto: resistenzatradita.it)

La Segunda Enseñanza era para las dictaduras del sur de Europa un ámbito privilegiado en cuanto espacio de formación de las clases dirigentes. Esas apreciadas futuras élites rectoras que se educaban en los liceos y en los institutos iban a propiciar el clima de consenso social y a garantizar la perdurabilidad de sus regímenes. Franquismo y salazarismo en este sentido siguieron el modelo creado en Italia por Giovanni Gentile, primer ministro de educación de Mussolini, y adoptaron políticas educativas muy similares para adoctrinar al “hombre nuevo”, con la impagable ayuda de la Iglesia católica. El Ministerio de Instrucción Pública —denominación tradicional que había tenido en los tres países desde su creación— pasó a llamarse Ministerio de Educación Nacional en 1923 con el citado ministro fascista Giovanni Gentile en Italia, en 1936 en Portugal, durante la etapa del ministro de la dictadura militar, Carneiro Pacheco, y en España en 1938, con la llegada del ministro Pedro Sainz Rodríguez al ministerio, cuando todavía no había terminado la guerra civil. La elección del nuevo nombre no era baladí, se ajustaba mejor al proyecto ideológico nacionalista que pretendían promover las tres dictaduras.

El libro ofrece una aproximación a la historia contemporánea de los tres países desde una perspectiva comparada poco explorada en los estudios históricos. Se analizan las analogías y las diferencias en los mecanismos de represión política que aplicaron las tres dictaduras en el terreno de la educación y se mantiene una tesis: el franquismo fue, sin lugar a duda, el régimen que llegó más lejos en la limpieza política de la sociedad y de la enseñanza. En nuestro país la represión antifascista que desencadenó Franco después de la guerra fue más contundente y sistemática. De manera que los afectados fueron muchos más que en Italia y en Portugal y sufrieron unas consecuencias más trágicas. Los contextos históricos en los que emergieron las tres dictaduras explican estas diferencias. Mientras el salazarismo y el fascismo italiano se fueron instalando en la sociedad de manera progresiva, con una gradual demolición del Estado liberal desde comienzos de los años veinte, en España la piedra angular sobre la que se levantó el régimen franquista fue una terrible guerra civil. Después de 1939 nada volvió a ser igual. Franco nunca renunció a la utilización de la guerra como medio para hacer ver a los españoles la existencia de vencedores y vencidos y la imposibilidad de reconciliación. Los docentes antifascistas de los institutos se convirtieron en objetivo prioritario de limpieza política. Muchos fueron condenados a la separación forzosa, la jubilación, el traslado forzoso o la imposibilidad de acceder a puestos directivos. Otros sufrieron largas penas de cárcel, multas, expropiaciones y, en el mejor de los casos, el exilio en Francia o en México.

José María Pemán, presidente de la Comisión de Cultura y Enseñanza, en Roma, junto a Mussolini y Millán Astray (foto: La Voz del Sur)

Bajo el franquismo la selección del personal docente que se iba a encargar de poner en marcha los nuevos planes de adoctrinamiento y nacionalización fue sistemática. Todos los profesores —incluso los más derechistas— fueron sometidos a un proceso de depuración para demostrar su idoneidad ideológica, algo que nunca ocurrió de forma tan drástica en las otras dictaduras. En Italia se optó por el juramento de lealtad al régimen en el caso de los profesores universitarios, así como la obligación de afiliación al Partido Nacional Fascista (PNF) y al sindicato fascista en el caso de los profesores de Liceo. En Portugal, un decreto de 14 de septiembre de 1936 ––que estuvo vigente hasta el final de la dictadura en 1974–– obligaba a los funcionarios a jurar la aceptación del orden político-social establecido por la Constitución salazarista de 1933 y a mostrar expreso rechazo del comunismo y de cualquier otro movimiento subversivo.

El fenómeno europeo del antifascismo se configuró desde una pluralidad de opciones ideológicas y en ningún caso es aceptable la visión simplista que lo identifica de manera exclusiva con el comunismo. Buena parte de los profesores que en Portugal, Italia y España se afiliaron en los años veinte a partidos políticos y sindicatos de izquierdas padecieron en las décadas siguientes situaciones de depuración profesional, extorsión económica, cárcel y exilio. También los hubo que sufrieron consecuencias todavía más dramáticas con resultado de muerte, como fueron los casos de los italianos Carmelo Salanitro y Camilo Berneri, el español Matías Uribes y el portugués Alberto Araujo, que a continuación se muestran. Son solo cuatro retazos de las historias de vida que aparecen en el libro intercaladas con el análisis y la reflexión teórica acerca de por qué Mussolini, Salazar y Franco tuvieron tanto empeño en apartar de las aulas a los profesores antifascistas.

Redacción del periódico L’Espagne antifasciste en París (1936). Al fondo, Camilo Berneri.

Camilo Berneri (Lodi 1897- Barcelona 1937)

El italiano Camillo Berneri, profesor universitario de Filosofía en Florencia y uno de los intelectuales más brillantes del anarquismo europeo, se exilió en París en 1926, huyendo de las Leyes fascistísimas de Mussolini. Durante diez años, se convirtió en uno de los hombres más perseguidos por la policía fascista italiana, que consiguió que fuera expulsado de Francia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo en varias ocasiones. Llegó a España el 29 de julio de 1936 con el objetivo de poner en marcha la Columna italiana, un proyecto heterogéneo ideológicamente, que –aunque estuvo vinculado desde el principio a las milicias controladas por la CNT y se integró en la Columna Ascaso– contaba con la participación de voluntarios de diversas tendencias políticas: giellisti,[2] socialistas, liberales, republicanos y anarquistas.[3] La Columna italiana había sido creada en París, en el seno de la organización antifascista Giustizia e Libertà ––un movimiento político liberal-socialista fundado por Carlo Roselli en 1929–– que agrupaba a antifascistas de diversas tendencias, a excepción de comunistas. La organización llevó a cabo una eficaz oposición activa contra el fascismo a base de concienciar a los medios de comunicación internacionales sobre el peligroso laboratorio social en el que se estaba convirtiendo Italia. Camillo Bernieri, en el contexto de los “hechos de mayo” de 1937 en Barcelona, fue sacado de su casa por una patrulla del sindicato UGT y su cuerpo fue encontrado al día siguiente en la plaza de la Generalitat.

Camilo Berneri con su familia y amigos en el exilio en París (Archivio Centrale dello Stato, Roma)

Carmelo Salanitro (Adrano 1894- Mauthausen 1945)

El antifascismo se configuró, como ya hemos dicho, desde una amalgama de opciones políticas, en ocasiones opuestas, pero que mantuvieron una unidad en la lucha contra el fascismo. El caso del profesor Carmelo Salanitro, un católico militante afiliado al Partito Popolare en sus inicios, que evolucionó hacia posiciones anticlericales a partir de los Pactos de Letrán entre Mussolini y la Santa Sede en 1929, puede ser representativo de una de esas múltiples caras que presenta la cultura política antifascista en los años treinta. Carmelo Salanitro fue siempre un ferviente antifascista, al mismo tiempo que nunca renunció a su fe católica.

Fotos de la ficha policial de Carmelo Salanitro en 1941 (Archivio Centrale dello Stato, Roma)

El irreductible inconformismo de Carmelo Salanitro le causó problemas desde los primeros momentos de su carrera profesional, que va paralela al nacimiento y ascenso del fascismo en Italia. En los primeros años del Biennio Rosso (1919-1920), inició un periplo por diferentes liceos clásicos de Sicilia y el sur de Italia. Su primer destino como profesor de Letras fue en Adrano, su localidad natal, en 1919. Desde allí fue trasladado a Nicosia, Taranto, Caltagirone, Enna, Acireale hasta llegar en 1937 al liceo Cutelli de Catania. Los traslados forzosos a propuesta de la inspección educativa se fundamentaban en informes que lo acusaban de excesiva severidad, de rigidez en el trato a los alumnos y de falta de colaboración en el ámbito de la escuela, pero las verdaderas razones que los motivaban eran políticas. Desde los primeros años, los enfrentamientos con otros profesores, antiguos correligionarios del Partito Popolare y fascistas, por la cuestión de las relaciones entre la Iglesia y el nuevo Estado o por su oposición a afiliarse al Partido Nacional Fascista (PNF) y sumarse a ceremonias fascistas, fueron una fuente constante de discordia que lo condujo a una situación insostenible.

Su llegada al liceo Cutelli de Catania en 1937 coincidió con la guerra civil española, una época en la que la Iglesia católica italiana y el régimen fascista italiano mostraron una absoluta identificación con la España franquista y desplegaron toda su propaganda para denunciar lo que llamaban la “conspiración bolchevique y masónica”. En esos años, la mayoría de los docentes italianos no se identificaba con las opciones políticas antifascistas. Frente al ascenso del fascismo muchos quedaron paralizados por el miedo y se sometieron dócilmente a las imposiciones del nuevo régimen. La mayoría sucumbieron y adoptaron sus consignas, carnés, uniformes, etc., bajo la influencia de la atmósfera eufórica de unidad que creaban las grandes ceremonias públicas, el magnetismo ejercido por la masa y, sobre todo, movidos por una mentalidad oportunista. Se celebraban desfiles a diario, conmemoraciones públicas, música militar de la mañana a la noche, homenajes a los héroes, bendición de banderas y la población se acostumbró a vitorear en medio de las multitudes exaltadas.  La sociedad era, en general, inmovilista y el mantra fascista de “Ciascuno al suo posto” (“cada uno a su puesto”) había calado hondo en los comportamientos de los ciudadanos.[4]

La escuela secundaria bajo el fascismo: inauguración del Liceo Scientifico Lorenzo Respighi en Piacenza (foto: ilpiacenza.it)

En la Segunda Enseñanza no fue obligatorio el juramento de lealtad al régimen fascista —sí que lo fue en la Universidad, donde solo lo rehusaron 12 de los 2.118 profesores universitarios que había en Italia en ese tiempo—, pero hubo muchas presiones para que los profesores de secundaria se afiliaran al PNF. Carmelo Salanitro, manifestando una vez más su inadaptación a los tiempos que corrían, se negó en redondo a afiliarse. Él estaba lejos de ser un revolucionario profesional o un subversivo peligroso, pero sí que era un contumaz opositor del régimen de Mussolini. Para sus compañeros hacía tiempo que se había convertido en una persona non grata con su comportamiento. Eran tiempos difíciles y el aterrador control político-social impuesto por el fascismo no dejaba pasar ni las más mínimas acciones de protesta. De manera que un hecho tan ingenuo como escribir pequeñas notas de carácter antibelicista, contrarias a Hitler y a Mussolini, y dejarlas “descuidadamente” al alcance de sus alumnos se convirtió para Carmelo Salanitro en su sentencia de muerte. El director del instituto de Catania, Rosario Verde, comunicó el hecho a la policía política, a la OVRA, que lo detuvo el 14 de noviembre de 1940 con uno de sus pequeños foglietti en la mano. El texto decía:

El fascismo ha desencadenado sin motivo una guerra criminal, donde nuestros hijos y hermanos encuentran la muerte. Sicilianos, no combatamos. El verdadero enemigo de Italia es el fascismo. Viva la paz. Viva la Libertad

Juicio contra el anarquista Angelo Sbardellotto en el Tribunale Speciale per la Difesa dello Stato, en 1932 (foto: Corriere della Sera)

Un pequeño alegato pacifista que tuvo para él consecuencias nefastas. El director del liceo lo denunció al Tribunale Speciale per la Difesa dello Stato —la cúspide del aparato represivo fascista—,   que lo condenó el día 25 de febrero de 1941 a 18 años de reclusión, a libertad vigilada y a inhabilitación perpetua para oficio público bajo la acusación de haber hecho labor derrotista, desprecio a la nación italiana y ofensas al Duce y al jefe del Estado alemán. Este hecho supuso el inicio de un calvario que le llevó por distintas cárceles italianas hasta que el armisticio italo-aliado del 8 de septiembre de 1943 le sorprendió en la cárcel de Civitavecchia y fue entregado por las autoridades italianas a los nazis. De Roma fue trasladado a los campos de concentración austriacos de Dachau, San Valentino y finalmente a Mauthausen, donde compartió destino con los más de 5.000 españoles antifascistas que allí fallecieron. La víspera de la liberación del campo, el 24 de abril de 1945, murió en la cámara de gas.[5]

Matías Uribes (La Roda 1908-Alicante 1943)

El español Matías Uribes era profesor de Educación Física en el instituto de Alcoi el 18 de julio, cuando se produjo el golpe de Estado. Unos días después, se integró en el Comité revolucionario popular que se formó en el pueblo. Cuando terminó la guerra, lo acusaron ––según consta en el sumario de su juicio militar–– de haber tenido una participación destacada en el asalto del día 3 de agosto de 1936 al cuartel de Infantería en Alcoi y de haber dirigido la columna de milicianos alcoyanos que marchó en agosto de 1936 al frente de Espejo (Córdoba).[6] El voluntario que inmortalizó Robert Capa en el cerro Muriano, en la foto “Muerte de un miliciano” ––hoy en día convertida en emblema de la guerra civil española, si bien su origen no está exento de controversia–– podría haber formado parte de esa columna, según algunas fuentes.

Matías Uribes (foto: La memoria recuperada. Represaliados del franquismo en la provincia de Alicante)

Al finalizar la guerra, Matías Uribes intentó sin suerte el camino del exilio desde Alicante, donde fue apresado por las tropas italianas de la división Littorio y conducido al Campo de los Almendros. Tres años más tarde, después de pasar por las cárceles de Zaragoza y Valencia, el 2 de febrero de 1943, murió frente a un pelotón de fusilamiento franquista en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Dos de sus hermanos, José Ángel y Miguel, afiliados como él al Partido Comunista, corrieron su misma suerte. El único que consiguió eludir la represión exiliándose en la URSS fue su hermano José Antonio —también maestro— que partió junto a Palmiro Togliatti y otros dirigentes comunistas del aeródromo de Totana hacia Orán. Había tenido un cargo importante como representante del PCE en el Comité Ejecutivo Popular de Valencia y había sido el organizador de las milicias que salieron hacia el frente durante la guerra. Una columna de las más conocidas, que actúo en el frente de Teruel, llevaba su nombre: la Eixea-Uribes.

Alberto Emilio Araújo (Almada 1909- Lisboa 1955)

Alberto Araujo, profesor de Latín del liceo Pedro Nunes de Lisboa, se afilió a las Juventudes Comunistas portuguesas en 1933, siendo estudiante de Filología Clásica en la Universidad de Lisboa. Cuando Bento Gonçalves, secretario general del Partido Comunista Portugués (PCP), fue encarcelado en 1934; Alberto Araujo asumió las responsabilidades de prensa y propaganda y dirigió el periódico Avante, órgano del PCP. En esos años llevó una doble vida, impartiendo clases en el liceo y desarrollando labores políticas en la clandestinidad. En 1937, viajó a París con el objetivo de contactar con el movimiento internacional comunista. En la capital francesa fue seguido por un agente de la Policía de Vigilancia y Defensa del Estado (PVDE) portuguesa y a su vuelta, tras pasar por Madrid para mantener otros contactos, fue detenido. Los siguientes meses los pasó Alberto Araujo en las cárceles de Aljube, Caxias y Peniche hasta que finalmente el 20 de mayo de 1939 fue embarcado con destino al campo de concentración de Tarrafal en la isla de Cabo Verde, el llamado “campo de la muerte lenta”.[7]


En 1940, coincidiendo con la fecha de conmemoración de la fundación del reino de Portugal en 1140 y la independencia de España en 1640, Salazar concedió la llamada “Amnistía de los centenarios”, pero solo un grupo escogido de prisioneros salió de Tarrafal. Alberto Araujo permaneció en Cabo Verde hasta que el final de la Segunda Guerra Mundial propició ––gracias a las fuertes presiones internacionales–– que más de sesenta presos fueran amnistiados en octubre de 1945, entre ellos él, que se pudo beneficiar del Decreto de amnistía N.º 35041 y fue liberado. Consiguió entonces volver a Lisboa, pero llegó muy débil y enfermo y en 1955 murió prematuramente. Con el inicio de la Guerra fría y la intensificación del anticomunismo, Tarrafal volvió a acoger prisioneros hasta el 28 de febrero de 1954, fecha en que fue definitivamente clausurado.[8]

Los cuatro profesores, Camilo Berneri, Carmelo Salanitro, Matías Uribes y Alberto Araújo tenían conciencia de pertenecer a un mismo colectivo antifascista, salvando las fronteras nacionales y políticas. Todos ellos representan la figura del intelectual europeo comprometido en la lucha contra el fascismo, que conoció su edad de oro durante los años treinta, coincidiendo con la época de la guerra civil española (1936-1939). En ese momento, la Guerra de España adquirió una dimensión simbólica muy potente no sólo en Europa, también en Norteamérica. El antifascismo “se impuso como un ethos colectivo para todos aquellos que querían combatir las dictaduras de Mussolini, Hitler o Franco”, independientemente de sus filiaciones políticas. Fue un “contexto histórico excepcional y forzadamente transitorio”, que permitió mantener unidos a cristianos y comunistas ateos, liberales y anarquistas frente a un enemigo común: el fascismo.[9]

[1]  TRAVERSO, Enzo, A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945), València, PUV, 2009, p. 34.

[2] Giellisti fue el nombre que recibían los partisanos de la Resistencia italiana vinculados al movimiento político de Giustizia e Libertà.

[3] Archivio Centrale dello Stato (en adelante ACS), Casellario Politico Centrale (en adelante CPC), Roma, Camillo Berneri (1916-1941), busta 537.

[4] MANGIAMELI, Rosario, “Il lungo viaggio di Carmelo Salanitro attraverso il fascismo”, en SALANITRO, Carmelo, Pagine dal diario (28 ottobre 1931- 6 giugno 1932), Catania, Cooperativa Universitaria Editrice Catanese di Magisterio, 2005, p. 23.

[5] ACS, CPC, Carmelo Salanitro (1940-1943), busta 4.530, fascicolo 072992.

[6] Archivo General Histórico y de Defensa (en adelante AGHD), expediente de Matías Uribes Moreno, Alicante, sumario 565-1939, caja 16.029/19; Archivo General de la Administración (en adelante AGA), expediente de Matías Uribes Moreno (5)1.12 32/16789.

[7] Archivio Nacional Torre do Tombo (en adelante, ANTT), expedientes de Alberto Araújo, PIDE/DGS, F. Geral., PC 25/38 NT 4502 y PIDE/DGS SC, SPS 3198 NT 4366.

[8]  PCP, Alberto Araújo (1909-1955), Exposição do Centenário, Almada, 2009.

[9]  TRAVERSO, Enzo, A sangre y fuego…, op. cit., pp. 214-216.

Portada: carteles del Ministerio de Instrucción Pública de la Segunda República y de la Generalitat republicana.


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