Proyecto Faq En las cunetas de la Guerra Civil no existe el olvido

jueves, 12 de marzo de 2020

En las cunetas de la Guerra Civil no existe el olvido

Sonia Santoveña, Toña Poladura y Carlos Martínez, familiares de les Candases ante el monolito de homenaje del Prau de Gervarsia, en Candás. Foto: Marta 
Más fosas comunes y personas fallecidas se añaden al censo asturiano que realiza la Universidad de Oviedo, una lucha por la memoria en la que familiares de represaliados también rompen el cerco de silencio 
 
En las cunetas de la Guerra Civil no existe el olvido 
Marta Rogia
 
La investigación de la titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo, Carmen García, ha actualizado, a fecha de finales de 2019, el registro con un total de unas 400 fosas comunes de la Guerra Civil en Asturias. La comunidad autónoma ocupa, según datos del Ministerio de Justicia, el tercer puesto nacional en concentración por metro cuadrado de estas sepulturas, por detrás de Aragón (598) y Andalucía (546). Sin embargo, a pesar de que la ley de memoria histórica de 2007 considera las labores de localización como un “fin de utilidad pública e interés social”, lo cierto es que alrededor de unas 250 fosas continúan sin emplazamiento en España; amén de las no intervenidas que alcanzan las 930. También la norma ordena a las Administraciones públicas la elaboración de mapas, accesibles a los ciudadanos, con las localizaciones y la información disponible. A través de convenios con entidades y mediante a subvenciones, se prevé avanzar en estas labores. Es más, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la sesión de control parlamentario de 12 de febrero de 2020, se comprometía a destinar recursos económicos y a modificar la regulación vigente para corregir las lagunas detectadas.

En todo caso, el proyecto asturiano fue pionero, ya que arranca en 2003, mientras que la ley de memoria democrática autonómica se aprobaba en marzo de 2019. Encima, el avance del estudio ha sido intermitente por problemas burocráticos y falta de fondos para sufragar sus gastos. El diálogo con el Gobierno regional se retomará en la primavera de 2020, con el objetivo de renovar otra financiación y la mejora de la web actual para consultar ubicaciones, fichas de fosas o datos personales disponibles. Durante este tiempo, gracias al impulso y la dedicación de García y su equipo se ha asentado la ingente cantidad de datos que han ido apareciendo. La información se pone al día a medida que aparecen más fuentes. De modo que la docente recomienda prudencia con los números, no solo porque se van añadiendo más hallazgos, sino porque a veces se sabe que hay una persona desaparecida, pero no dónde está y otras, se tiene localizado el sitio, pero se desconocen los nombres de los allí sepultados.

Una búsqueda en la base de datos ofrece un cómputo de 27.112 víctimas mortales como consecuencia de la contienda; asimismo, el cómputo de 1.941 y 3.999 paseados -que son los asesinados sin consejo de guerra- por los republicanos y los franquistas, respectivamente. La represión con procesos reglados está muy documentada, no así la irregular. La mortalidad en hombres es muy superior a la de féminas, pero además, entre ellas tiene unas características muy específicas, pues se contabiliza una suma de ejecutadas muy baja, pero gran cantidad de fallecidas civiles y de paseadas. Muchos de los cuerpos todavía hoy se reclaman porque se enterraron en lugares de paso o improvisados, que son estas fosas más pequeñas que ahora se referencian y que a menudo resultan difíciles de localizar. De todas formas, tampoco están inscritos todos los decesos. La explicación de la inexactitud proviene de las intrahistorias que se ocultan debajo. 

Lo mejor que podía pasarte era que no te relacionaran con un muerto republicano

Porque tal vez una buena pregunta es qué sucede después, cómo afrontan la posguerra las personas supervivientes, en su mayoría mujeres. García apunta que se represaliaba a muchas como venganza. Algunas viudas marginadas no registraban los fallecimientos de sus maridos, porque “lo mejor que podía pasarte era que no te relacionaran con ese muerto”, como sostiene Rubén Vega, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo. Pues aunque en la Guerra Civil existe violencia por todas partes, “el duelo posterior en cada uno de los bandos resulta muy desigual”. En el nacional los parientes no tuvieron trabas para sacar los restos de sus deudos y de inmediato, restituirles su nombre u obtener una pensión. Sin embargo, en el otro lado la realidad era muy distinta. Una de esas biografías crudas la encarna Belarmina Casanueva. Su nieto, Rubén Norniella, manifiesta que durante el régimen franquista ella estuvo muy señalada en Arriondas. Así que no fue hasta los años 80 cuando se decidió a inscribir en el Registro Civil la defunción de su esposo, Pelayo Norniella, militante de La Aurora Parraguesa, de la UGT, asesinado en 1937. Vega explica que esa actitud puede ser frecuente, porque “cuando llega la democracia a las familias aún les pesa el miedo, que es muy profundo por la dureza de lo padecido”. Muchos republicanos sufrieron toda su vida sin poder cerrar el desconsuelo de la pérdida.

En ese mismo sentido se afirma Anna Minyarro, psicóloga clínica, analista y codirectora del único estudio en España sobre trauma psíquico y transmisión intergeneracional. Especifica que con frecuencia se recomendaba a la parentela que no se significasen, con lo cual estos se hacían invisibles a través del silencio que, a su vez, “se convirtió en la voz de los sin voz, como una metáfora de todos los horrores vividos por una sociedad secuestrada por el terror y rota por el dolor”. Pero el olvido no existe y los recuerdos traumáticos no se borran. Charo Alonso, nieta, sobrina e hija de represaliados, conserva a fuego en su memoria la última imagen de su padre: Erasmo se calzaba al borde de la cama con las fuerzas del orden esperándole antes de que desapareciera para siempre en 1948. Comenta que el miedo de expresarse en alto o meter ruido la acompaña de manera incesante. No obstante, a pesar del esfuerzo para verbalizar sus vivencias, después de sacarlas fuera se siente mejor.

El valor terapéutico de la palabra es incuestionable, pero las mujeres republicanas callaban para proteger a los suyos, según Minyarro, y la represión más feroz se cebó con ellas, ya que además pagaron por lo que habían hecho sus parientes. Ese profundo silencio interior que arrastran se vincula al trauma de lo que no se expresa, de lo indecible, que se transforma en lo innombrable en la segunda generación y se transfiere como impensable a la tercera. Están marcadas por un proceso frustrado de simbolización, una aflicción sin resolver que puede originar fobias, compulsiones, problemas de aprendizaje o, lo más frecuente, una honda melancolía. De ahí la necesidad de una actuación en salud mental, porque la ciudadanía ha estado sin atender y es imprescindible que puedan elaborar ese duelo para que no se convierta en patológico.

Además, Minyarro demanda que las instituciones refuercen a las víctimas y las rehabiliten, porque las heridas del pasado no han cicatrizado ni en las gentes, ni en el imaginario social. Yerba Segura, de la cuarta línea de familiares de la fosa común de Tiraña, trabajadora social y mediadora, considera fundamental dignificar esas localizaciones de los enterramientos y la elaboración de rituales, porque legitiman una posición largamente interiorizada y desencadenan la fuerza necesaria para romper el silencio. En esa fase se encuentra el grupo de seis familias de les Candases, que hace siete años empezaron a reclamar un homenaje oficial. Fruto de su labor, el Ayuntamiento de Candás erigió un monolito en recuerdo de las asesinadas y se ha comprometido a la inauguración de una plaza con su nombre. Sonia Santoveña y Toña Poladura acuden cada 14 de abril al monumento en el que reivindican, con música y poemas, a las bisabuelas María la Papona, Áurea y dos tías abuelas torturadas, asesinadas y arrojadas por el acantilado de cabo de Peñas en 1937 y cuyos restos no han podido recuperarse.

La violencia directa de este caso, como en otros tantos, coexistió durante décadas con la violencia cultural que, según explica Segura citando a Johan Galtung, legitima desde posiciones intelectuales lo sucedido o no lo reconoce de forma adecuada. A ellas se añade la violencia estructural, que impide o restringe el acceso a recursos básicos a unos grupos sociales frente a otros privilegiados. Los abusos indirectos son más difíciles de combatir por su invisibilidad, pero superar esas inercias también es posible. La solución pasa por entender la complejidad de los hechos, indica Segura, y lograr un acercamiento a través de los factibles o puntos donde es más sencillo un encuentro. Porque “desde la confrontación ideológica lo único que se consigue es polarizar el campo y reeditar el conflicto de identidades políticas. La clave está en poner el eje en fascismo frente a democracia, no en izquierda contra derecha”. Solo así se podrán curar las heridas abiertas, tomar decisiones conjuntas y convivir buscando las mejores respuestas como sociedad.


Fuente → pikaramagazine.com

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