La matanza de Atocha: el día de la bestia que no termina
 

La matanza de Atocha: el día de la bestia que no termina: En la estación de Calasparra -hoy clausurada para dejar sin servicio ferroviario a más de cien mil personas después de gastar cientos de millones en su acondicionamiento- me despedí de mis padres y hermanos y cogí el borreguero, tren nocturno en el que viajábamos estudiantes, soldados de reemplazo y buscavidas de mil colores. Le llamaban así porque salvo en el vagón de primera, todos viajábamos amontonados en camarotes y pasillos, a veces culo con culo, mejilla con mejilla. El tren tenía hora de salida y de llegada, pero era algo aproximado, para dar ánimo, normalmente ni una ni otra tenían nada que ver con la realidad y las esperas se hacían infinitas. Recuerdo la entrada a Madrid desde Getafe. Estábamos en plena crisis del petróleo y aquello se parecía mucho más a Vietnán que al extrarradio de una capital europea. Miles y miles de chabolas, fuegos encendidos en viejos bidones de gasóleo, cientos de naves industriales abandonadas, hundidas y muchedumbres de personas sin amparo que caminaban de un lado para otro. Era joven, muy joven, y al ver aquello en el trayecto final de mi viaje pensé en regresar al pueblo, volver en el primer tren que saliera con rumbo a Calasparra. No podía ser y entré en la gran ciudad pensando en las advertencias que me había hecho mi padre al explicarme la situación política. Mi padre era un lector compulsivo que dedicaba a esa tarea buena parte del día, quitándole muchas horas al sueño. En mi casa entraban todas las semanas Triunfo, Por Favor, Hermano Lobo, Destino, Cuadernos para el diálogo, Sábado Gráfico y un sinfin de publicaciones que venían de Francia gracias a un amigo librero al que conocíamos por Paco “Liceo”. Por las noches oíamos Radio París y a veces Radio Moscú, por aquello de escuchar la Internacional, aunque yo lo que me sabía de verdad era el Cara al Sol y Montañas Nevadas.

Era joven, pero aquellas revistas, libros, radios y las conversaciones con mi padre me tenían muy al tanto de lo que estaba ocurriendo. Y era muy grave. En el Madrid de aquellos años no había alegría. Era octubre de 1976, apenas un año después de la muerte del español que más españoles ha matado en la historia. Había incertidumbre mezclada con esperanza, había temor, un temor que se masticaba y que se materializaba en la visión de una policía vestida con abrigos y cascos grises, con porras y pistolas, con caballos y calabozos inexpugnables en los eran lícitas todas las aberraciones imaginables. ETA mataba, preparaba el acelerón de su carrera criminal e incomprensible: Veintitantos asesinatos ese año. Los trabajadores salían junto a los estudiantes a exigir sus derechos y rara era la manifestación en la que no había heridos o muertos por balazos oficiales. Los fascistas actuaban con total impunidad, no sólo en el barrio de Salamanca que ellos llamaban “zona nacional”, sino en toda la ciudad; raro era también el día en que los Guerrilleros de Cristo Rey o la Triple A no abrían la cabeza a quien se les ocurriera. Un día, caminando desde la Gran Vía hasta los cines de Fuencarral vimos el retrato de un amigo pegado en las paredes. Debajo ponía: “Sabemos dónde vives”. A la semana, mi amigo estaba en el hospital con varias costillas rotas y un traumatismo craneoencefálico. El 23 de enero de 1977, un conocido -no llegamos a ser amigos, coincidíamos en manifestaciones- fue asesinado por un grupo de fascistas en el centro de Madrid. Se llamaba Arturo Ruiz y su único delito fue luchar para que todos pudiésemos ser un poco más libres en una sociedad más justa. Su asesino, José Ignacio Fernández Guaza, huyó a Francia y nunca fue reclamado por la policía o la justicia española sin que a día de hoy se sepa nada de él: Su delito ha prescrito. Al día siguiente, en una manifestación en protesta por la muerte de Arturo Ruiz, la policía lanzó un bote humo que acabó con la vida de Mari Luz Nájera, quien tampoco estaba haciendo nada, ni poniendo peligro la propiedad, ni proclamando la revolución bolchevique, sólo expresaba su dolor por un asesinato vil que, como el suyo, sigue hoy en la absoluta impunidad.

Cuando se cumplen 43 años de aquel salvaje atentado, personas de parecida ideología a la de quienes perpetraron aquel crimen se sientan en el Congreso de los Diputados
 
Si a todo eso, se añade el clima de inseguridad propiciado por la televisión única y por los porteros de las fincas con portero, que no paraban de contar chismes sobre robos, apuñalamientos y atracos que no habían sucedido, se puede entender fácilmente que no era un tiempo de cerezas pese a que la juventud siempre ha tenido un lugar para bailar. Se mascaba en el ambiente, se pisaba, se respiraba que algo gordo, más gordo todavía iba a pasar. En las sedes de Comisiones Obreras y el Partido Comunista de España estaban alerta, en las calles, en las fábricas, en los institutos y universidades también. Aquel frío 24 de enero de 1977, a las diez y media de la noche un grupo de matones franquistas compuesto por José Fernández Cerrá, Carlos García Juliá y Fernando Lerdo de Tejada  irrumpieron en el despacho de abogados laboralistas situado en el número 55 de la calle de Atocha asesinando a sangre fría a Enrique Valdelvira Ibáñez, Francisco Javier Benavides Orgaz, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado y Ángel Rodríguez Orgaz, resultando gravemente heridos Miguel Sarabia, Alejandro Ruiz-Huerta, Luis Ramos y Lola González. Manuela Carmena, que formaba parte del despacho, se salvó porque horas antes de había trasladado a otras dependencias. Posteriormente, los asesinos fueron juzgados y condenados, incluido García Juliá que posteriormente huiría a Brasil en un permiso que le concedió el juez Gómez Chaparro. Sin embargo, a día de hoy todavía desconocemos quien estuvo detrás de esos asesinatos, sabemos quiénes fueron las bestias que mataron fríamente a cinco personas que trabajaban incansablemente para defender los derechos de los trabajadores, pero no quienes fueron los instigadores, tampoco sabemos la implicación que tuvo la CIA en aquellos acontecimientos brutales, aunque parece claro que participó el grupo fascista italiano Gladio, organizado por la central de inteligencia yanqui para combatir el comunismo. La manifestación organizada por el PCE y CCOO que siguió a los atentados fue una demostración de fuerza, disciplina y sensatez de quienes, hasta entonces, los comunistas españoles, habían estado en la vanguardia de las luchas por las libertades de este país mientras Abascal y los suyos esperaban en la nada a nacer para ser amamantados por Esperanza Aguirre.

Hoy, cuando se cumplen 43 años de aquel salvaje atentado, personas de parecida ideología a la de quienes perpetraron aquel crimen se sientan en el Congreso de los Diputados y están dispuestas a todo, no por la Patria, no por la Constitución, no por las Libertades, no por la Justicia Social, sino por sus privilegios, por su egoísmo, por su visión salvaje de España, de la España madrastra que devora a sus hijos. Y esos tipos sobran, no sirven para seguir construyendo un Estado democrático y plural en el que las gentes que no odian ni reparten odio puedan vivir en paz. Hoy por hoy, con su lenguaje soez, son sus incitaciones al odio, con sus vaticinios apocalípticos, con sus mentiras permanentes, con sus insultos son los principales enemigos de España, de la España de Machado, Azaña, García Lorca, José Luis Sampedro y Benito Pérez Galdós.


Fuente → nuevatribuna.es

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