Proyecto Faq Juan Carlos I, el rey que bajó de la luna

miércoles, 28 de agosto de 2019

Juan Carlos I, el rey que bajó de la luna

  • Juan Carlos I se ha sometido a una operación a corazón abierto en la Clínica Quirón de Pozuelo de Alarcón
  • Repaso al reinado del rey emérito a partir de una llamativa coincidencia: el mismo día que el hombre llegó a la luna, Franco nombró sucesor a Juan Carlos de Borbón
  • "A pesar de ser una incógnita, la mayoría silenciada pensaba que no podía ser peor que el enano asesino del Pardo"

Juan Carlos I, el rey que bajó de la luna: Juan Carlos I se ha sometido a una operación a corazón abierto en la Clínica Quirón de Pozuelo de Alarcón. En esta intervención cardíaca, la primera de su historial, le han colocado al rey emérito tres 'by pass', una cirugía que mejora el riego sanguíneo ante la obstrucción de las arterias. La Casa Real había llevado secretismo los detalles de la operación que finalmente, ha transcurrido "con éxito", según el parte médico. El exmonarca dio un mensaje tranquilizador a los medios de comunicación que le esperaban anoche en la entrada del hospital: “Me veréis a la salida”, prometió.

El mismo día que el hombre llegó a la luna, Franco nombró sucesor a Juan Carlos de Borbón en la jefatura del Estado, con el título de rey. Es como si el dictador hubiera elegido el momento de mayor distracción, con la gente mirando boquiabierta la televisión, para sorprender a la nación con el injerto. Era el 21 de junio de 1969 y la gente, “la mayoría silenciosa”, no dijo ni mu. Desde entonces empezó a flotar en el ambiente la creencia generalizada de que el heredero era algo así como el hijo y continuador del dictador.

Había interés en conocer la personalidad y el carácter de aquel príncipe. Pero la tarea era difícil porque las noticias que aparecían sobre él eran gráficas y telegráficas. Se le veía en aquellas fotos en blanco y negro de las páginas de huecograbado del Ya, el ABC y el Arriba disfrutando vacaciones en las islas Baleares, navegando a vela en el Mediterráneo, esquiando en Suiza y en las laderas pirenaicas. Se le veía junto al dictador, presidiendo desfiles militares, cenas de gala y recibiendo embajadores.

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En ocasiones, protagonizaba algunas inauguraciones de alto significado económico como la apertura de las minas de Aznalcollar, una localidad situada cuarenta kilómetros al noroeste de Sevilla, cuyos habitantes se quejaban de hambre desde los tiempos de los Reyes Católicos. Gracias a la inversión de unos señores muy serios que posaban en la foto junto al heredero, aquellas gentes iban a tener trabajo y a disfrutar de la gran riqueza mineral que albergaba el subsuelo. Sus benefactores eran el presidente del Banco Central, don Alfonso Escámez, y el representante de la multinacional Bolidén, don Enrique Dupuy, que se disponían a invertir diez mil millones de pesetas para que unos mil obreros sacaran del fondo de la tierra 12.869 toneladas de cobre-metal, 21.043 toneladas de plomo y 49.214 toneladas de cinc cada año. Aquellos tipos lo tenían todo calculado. Lo del reventón de la balsa y el desastre ecológico vino treinta y tantos años después.

El heredero aparecía también en las recepciones a los pocos dignatarios extranjeros que visitaban Madrid. A veces hacía viajes promocionales y, como su abuelo Alfonso XIII, se fue a visitar las Urdes, pero sin Luis Buñuel. La misma pobreza, las mismas caras. Los lugareños de aquella comarca por la que no pasaba el tiempo le acogían con vivas y aplausos, los mismos vítores que a su abuelo. Él les saludaba con la mano en alto y no les prometía nada. ¿Qué podía prometer si el dictador acababa de remitir una carta a los emigrantes en América, que se celebraba un congreso en Caracas, pidiéndoles que no volvieran porque todavía no se daban las condiciones en España para disfrutar de una vida digna?

Juan Carlos y su agradable esposa griega, de sonrisa bien elaborada, saludaban a las monjitas, elevaban en brazos a los niños de pecho, recibían hermosos ramos de flores, se asomaban a los balcones consistoriales y proseguían su gira promocional por la plural y atormentada geografía española. Querían conocer al pueblo sobre el que iban a reinar y que el pueblo les conociera y les quisiera. Como escribió Baroja en Paradox Rey, el pueblo siempre necesita llevar algo encima de la cabeza.

El heredero también visitaba cuarteles, inspeccionaba regimientos y presidía funerales por los oficiales de la Fuerza Aérea que caían como moscas en unas avionetas Piper que eran una mierda. Y asimismo dirigía las maniobras Rebeco en los montes Pirineos al objeto de intimidar a los franceses para que no se pasaran de la raya. Como futuro rey, velaba por los intereses nacionales con viajes a Marruecos para resolver unos problemas sobre la propiedad de unos fosfatos que se extraían en la provincia del Sahara; a Iraq, para obtener suministros de petróleo. Y, en fin, realizaba otras actividades oficiales.

Pero todas, absolutamente todas cuantas la prensa reflejaba, eran mudas, pues el heredero nunca hablaba. Y si no hablaba, mal se podía saber lo que pensaba o si pensaba siquiera. Se notaba que no tenía permiso para hablar. Ni siquiera alzó la voz cuando el dictador acusó a su padre, el navegante don Juan, de andar conspirando en compañía de elementos democráticos –comunistas incluso-- y le expulsó de Mallorca y le prohibió navegar por las aguas jurisdiccionales españolas. Si el heredero no era el hijo adoptivo más obediente y disciplinado que podía tener el dictador, lo parecía.

A pesar de ser una incógnita, la mayoría silenciada pensaba que no podía ser peor que el enano asesino del Pardo. Cuatro años después, en 1973, el dictador sufrió una flebitis y, ante el riesgo de que el coagulo sanguíneo le llegara desde una pierna derecha a la cabeza y lo dejara tonto o lo ultimara, activó el mecanismo sucesorio. El heredero asumió por unos días la jefatura del Estado. Fue su estreno. Pero el organismo del dictador, con casi ochenta años de uso, se recuperó enseguida y retomó el mando. Para demostrar que estaba sano se dejó filmar paseando por el Pazo de Meirás y pescando atunes a bordo del Azor. José Luis de Vilallonga escribió que estaba configurado para vivir cien años. Se equivocó. En septiembre de 1975 ordenó las cinco últimas ejecuciones de muerte y dos meses después las diñó. Al funeral acudió su admirador, el asesino Pinochet con capote y aire de fantoche. A la posterior e inmediata entronización de Juan Carlos I de Borbón vino Valerí Giscard D'Estaing, presidente de la República Francesa y el tipo que vetó el ingreso de España en el Mercado Común europeo.

Sobre los primeros años del reinado de Juan Carlos se ha dicho todo y se ha escrito casi todo. Y todo bueno y elogioso. Su padre, don Juan, no había abdicado de sus aspiraciones y oficiaba con la velita encendida en Estoril, con el conde de los Gaitanes de moñaguillo, la Junta Democrática en el coro y Luis María Ansón de correveidile, pero se presentó en La Zarzuela, pegó un taconazo y exclamó: “¡A sus órdenes, Majestad!”. Se abrazaron. Asunto resuelto.

Los primeros meses de reinado fueron muy convulsos. Al grito de “amnistía y libertad” (y “estatuto de autonomía” en Cataluña y Euskadi) se registraron cientos de manifestaciones de trabajadores y estudiantes. La policía (cuerpo militar), los paramilitares y los cachorros de ultraderecha mataron a más de treinta personas. La Matanza de Atocha, en enero de 1977, fue la expresión más bárbara y criminal de aquella canalla fascista, arropada y protegida por militares, jueces y altos funcionarios. Las huelgas políticas se sucedían, los manifestantes recorrían a diario las calles de las principales ciudades del país. La exigencia de derechos y libertades era ya imparable.

En esas, el rey viajó a Estados Unidos, acompañado por José María de Areilza, conde de Motrico, como ministro de Asuntos Exteriores y autor de la frase de 27 palabras que el monarca pronunció en perfecto inglés ante los congresistas para anunciarles que España sería una democracia y que habría elecciones democráticas libres. Al regreso cesó al franquista Arias Navarro y nombró a Adolfo Suárez presidente del Gobierno, con el encargo político de preparar al país para la democracia. Como jefe del Ejército conocía el veto de los generales franquistas al Partido Comunista de España (PCE), así como el odio africano a los oficiales de la Unión Militar Democrática (UMD) que propugnaban la democratización del país, como habían hecho sus colegas en Portugal (la Revolución de los Claveles).

Puesto que no estaba dispuesto a jugarse la corona por un quita para allá a esos comunistas, envió un mensaje al presidente de Rumanía, Nicolás Ceaucescu, que era amigo del secretario general del PCE, Santiago Carrillo, en el que le proponía que se presentaran a las elecciones como “independientes”, es decir, sin las siglas ni los signos del partido. Algo insólito. La fuerza política que más había luchado contra la dictadura por recuperar las libertades y los derechos políticos iba a quedar fuera, en la clandestinidad, hasta que pasasen algunos años. Carrillo convocó una rueda de prensa en París (aunque estaba en España clandestinamente desde unos días después de la muerte del dictador) y rechazó de plano la propuesta del monarca. Una democracia mutilada no era de recibo y, menos, desde una monarquía impuesta.

Lo ocurrido ya es conocido: no pudieron con el PCE. Con los militares demócratas sí, y Suárez los excluyó de la amnistía general. Con la aprobación en referendo de la Constitución de 1978 el rey adquirió plena legitimidad. España se configuró como una monarquía constitucional en la que el rey tiene una función representativa y moderadora. Reina pero no gobierna. Pero como buen Borbón, empezó a “borbonear”. No le gustó que Suárez le llamara al orden para que sus líos no soliviantaran más a la reina y echaran por la borda el crédito de la institución. De ese y otros desencuentros personales se derivó la encerrona que le preparó a Suárez en la Zarzuela con varios mandos militares dolidos contra ETA y contra el Estado de las Autonomías. Horas después, Suárez presentó su dimisión y dijo por televisión: “No quiero que la democracia vuelva a ser un paréntisis en la historia de mi país”.

Hoy nadie duda de que el rey Juan Carlos I de Borbón, monárca emérito, cuya salud Dios guarde muchos años, tuvo un papel decisivo unos días después, ante el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, y que se ganó el crédito y reconocimiento de todos los demócratas, incluidos los republicanos. Con un reinado bien próspero y feliz a lo largo de los restantes 33 años hasta su abdicación en su hijo Felipe VI “el preparado”, resulta poco comprensible, incluso bochornoso, que el último gobernante bajo su reinado, Mariano Rajoy Brey y su vicepresidenta, la eminente jurista Soraya Sáenz de Santamaría, le dejaran al pairo, sin inmunidad, en el decreto sucesorio. Menos mal que otros advirtieron el error y repararon enseguida la vía de agua que habría ahogado en escándalos los últimos años de un monarca que borboneó lo suyo, dicen que tuvo que elegir entre la Corona y la Corina y al finalmente se sintió poco querido. Lógico.


Fuente →  cuartopoder.es

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