Proyecto Faq Catolicismo y franquismo en la España de los años cincuenta

jueves, 22 de agosto de 2019

Catolicismo y franquismo en la España de los años cincuenta

Libro: ‘Catolicismo y franquismo en la España de los años cincuenta. Autocríticas y convergencias’: Reseña en Cuadernos de Historia Contemporánea por Roberto López Torrijos (Universidad de Valencia):

Muchas de las opciones de aquello en lo que podía convertirse la dictadura franquista estaban abiertas a la altura de los años cincuenta, motivo por el cual, esta década ha sido destacada por la historiografía como uno de los períodos más señalados en lo concerniente a la continuidad del régimen. Este libro se inserta en estas coordenadas historiográficas y temporales; más en particular, en la línea de estudios que se ha ocupado de la trascendencia de la relación entre el franquismo y la Iglesia católica y cómo variaron en el tiempo sus distintas sensibilidades: social, doctrinal y política. Como la obra argumenta sobradamente, si bien es cierto que la Iglesia había colaborado, colaboraba y continuará su colaboración ampliamente hasta comienzos de los años setenta, no menos cierto es que esta relación especial con la Dictadura no privó a aquella del conjunto de contradicciones y evoluciones que experimentará la sociedad bajo la tutela del régimen, adelantándose en cierta manera, a algunas de ellas.

De todas estas disidencias y transformaciones en el seno del conjunto de instituciones y colectivos que conformaban la Iglesia en los años cincuenta da buena cuenta esta obra, la cual se añade por derecho propio a una línea historiográfica cuyos hitos los hallamos en obras de tendencias tan dispares como los dos tomos de Los católicos en la España franquista, de Guy Hermet (1985-86); Los españoles entre la religión y la política. El franquismo y la democracia, de José Andrés-Gallego, Antón M. Pazos y Luis de Llera (1996); el libro de Feliciano Montero, precisamente uno de los editores y colaboradores de la obra que se reseña, La Iglesia: de la colaboración a la disidencia (1956-1975), del año 2000; La Iglesia católica en España: 1875-2002, obra de Wi- lliam J. Callahan de 2002; Religión y Política en la España contemporánea, editado por Carolyn Boyd (2007) y el capítulo escrito por Nigel Townson “Anticlericalismo y Secularización en España: ¿una excepción europea?” en ¿Es España diferente? Una mirada comparativa (ss. XIX y XX), de la que él mismo es editor (2010).

Como se trata de una obra colectiva, los argumentos que manejan los autores son variados, pero se pueden resumir en el siguiente: la pérdida progresiva de la influencia del Nacionalcatolicismo fue paralela al aumento exponencial de actitudes sectoriales en el seno de los católicos y de las instituciones de la Iglesia.

Siguiendo esta lógica, la primera parte del libro problematiza el colaboracionismo triunfalista mediante tres vectores que restan autocomplacencia a este triunfalismo. El primer vector es, nada menos, el Concordato de 1953 y el papel que en él desempeñará Castiella, a la sazón embajador ante el Vaticano, a través de un artículo escrito por Pablo Martín de Santa Olalla, que cuenta con una jugosa valoración sobre la naturaleza, más provisional que definitiva, de la naturaleza del acuerdo, lo que matiza, entre otras, la idea comúnmente aceptada de que el acople del régimen en el binomio ‘Guerra Fría-Vaticano’ era holgado.

En el siguiente artículo –obra de Natalia Núñez– late la idea de una cierta decadencia subyacente a la fastuosidad del XXXV Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Barcelona. Para ello se argumenta cuán trasnochada era –a las alturas de 1952, año del congreso– la insistencia en el discurso martirológico y de cruzada, propio del Nacionalcatolicismo. En esta línea, del acto se destaca convincentemente que habría supuesto la cota máxima de la relación entre la iglesia y el Régimen, dado que a continuación comenzaría su lenta disgregación mediante las primeras expresiones de autocrítica.

En consonancia con las tendencias internacionales, los primeros desafectos en la Iglesia no se debieron a diferencias en sus altas esferas, sino a las concepciones sociales en el tejido asociativo de la Iglesia española de los cincuenta. Algo muy visible en la comparativa entre los dos congresos de Acción Católica (1951 y 1957) que presenta el último estudio del primer bloque, de Feliciano Montero. Este argumento permite el engarce elegante con los artículos que conforman el segundo bloque, que versan sobre actitudes en algunos órganos de expresión, investigación y enseñanza eclesiásticos y en experiencias asociativas de tipo pastoral. El enfoque problematizador no se deja de lado, sino que sigue presente.

La primera de las reprobaciones vino a través del impulso que recibió la ciencia sociológica para analizar la calidad de la religiosidad y la fe católica de los creyentes, con el objetivo de aplicar los resultados de la investigación social a la acción pastoral sobre aquellos, en un elocuente artículo de Francisco José Carmona Fernández. Tampoco fue ajeno a encontronazos con las altas instancias el Instituto Social León XIII para la formación, investigación y difusión en materia doctrinal, de la mano del cardenal Ángel Herrera Oria, cuyas tiranteces con las altas esferas, especialmente en proyectos educativos resonaron en otros ámbitos políticos, incluso en las relaciones con la Santa Sede. Este artículo lo firma José Sánchez Jiménez.

Pero si de contestaciones y desprecios hacia el idilio de Iglesia y régimen se trata, estos fueron expresados explícitamente a través de órganos como la longeva revista El Ciervo, objeto del siguiente artículo (de María José Martínez González), creada en 1951 de la mano de la Asociación Católica de Propagandistas y del ministro Ruiz Giménez, circunstancias que se destacan en la obra y que no siempre se han tenido en cuenta en otras investigaciones. La distinta suerte que corrieron el referido ministro y la revista que él ayudó a constituir suponen la mejor muestra de cómo las actitudes discrepantes, a medio y largo plazo, crearán un dilema insuperable en el seno de la Iglesia, aunque a corto y medio plazo fueron contenidas mediante la re- presión. La última de las aportaciones del segundo bloque es una historia biográfica bien aplicada a la historiografía del catolicismo español, redactada por Fernando Molina: la del sacerdote fundador de las cooperativas de Mondragón –José María Arizmendiarrieta– en la que se insiste en los orígenes doctrinales de este fenómeno y se discute su ausencia en los ejercicios posteriores de memoria histórica.

El tercer gran bloque de Catolicismo y Franquismo en la España de los años cincuenta… se dedica íntegramente al significado político del trascendente 1956, año de una de las grandes crisis políticas de la dictadura. En este último apartado, reconocidos autores exponen conclusiones sobre el significado de la crisis más allá de la política universitaria. El primero de los artículos, de Javier Muñoz Soro, trata la figura del ministro de educación Ruiz Giménez, personaje clave en los acontecimientos de este año. A través de la conocida como “polémica sobre España”, la cual está convenientemente delimitada en dos líneas maestras –la primera demarcada por la pugna entre los opusdeístas herederos de Acción Española y los intelectuales vinculados a Falange y, la segunda, por las hostilidades que la política “comprensiva” de Ruiz Giménez desató, también, entre la jerarquía católica–, se explican las transformaciones de la actitud política, que acabarían por hacer suyas el sector que se posicionaría a favor de la ruptura.

El año 1956 también resultó clave para el devenir de la oposición, pues fue el año en el cual el Partido Comunista de España propuso la Política de Reconciliación Nacional, tal y como pone de relieve el segundo de los artículos (Felipe Nieto) que integran el tercer bloque. En línea con la esencia de la obra que nos ocupa, este análisis histórico no solo se hace eco del contexto externo en el cual se produjo este giro político (la “desestanilización” promovida por Carrillo), sino también y sobre todo del doméstico, a través de la figura de Jorge Semprún y de su relación con la intelligentsia de la capital de España, lo que añade un valor extra, en términos historiográficos, al conocimiento de la estrategia del PCE mediante la cual se infiltraría en los órganos y asociaciones falangistas, vivero de muchos intelectuales que simpatizaban con el comunismo en la España de los cincuenta, pero también de cuadros intermedios de las asociaciones de la Iglesia con una visión diferente a la oficial.

1956, además, fue un auténtico dique en la historia del régimen, tal y como argumenta el último de los artículos, de Miguel Ángel Ruiz Carnicer. Este año se convirtió en el punto de partida desde el cual, progresivamente, la línea de separación ya no sería relativa, es decir, una que delimitara partidarios de los distintos proyectos de institucionalización –una idea propia de la generación de franquistas de la Guerra Civil– sino absoluta, esto es, una diferencia marcada entre partidarios y contrarios del régimen, aún dentro de las mismas familias políticas.

No puede haber mejor broche que el relevo generacional para esta obra colectiva, dado que esta noción ilustra, como ninguna otra, la importancia histórica de los años cincuenta en el seno del régimen, y que el libro que nos ha ocupado particulariza para diferentes sujetos históricos del catolicismo español.

Roberto López Torrijos Universidad deValencia


Fuente →  laicismo.org

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