Proyecto Faq El PSOE y su responsabilidad federalista y republicana

jueves, 2 de mayo de 2019

El PSOE y su responsabilidad federalista y republicana


El PSOE y su responsabilidad federalista y republicana: Y ahora, tras las elecciones generales del 28 de abril, ¿por dónde sigue el drama político que vivimos en España? ¡Que nadie se alarme en demasía! Si ya no cabe alarma por lo que quedó atrás, tampoco hay que exagerar por lo que tengamos hacia delante. Y además, es tarea civilizatoria de la cultura dramatizar los conflictos humanos, y así –como Georg Simmel puso de relieve– evitar tragedias. En el campo político, la democracia, con las dinámicas de participación ciudadana, de juego de mayorías y minorías, de equilibrio y control de poderes, es un complejo sistema de dramatización de los conflictos sociales, los cuales, en una versión u otra, siempre nos acompañan.

Las elecciones generales que acabamos de celebrar han supuesto una dramatización política, no exenta de sobreactuaciones y exabruptos de destacados protagonistas, que ha cerrado el acto que se venía desarrollando con un final épico: el PSOE sale victorioso con 123 escaños en el Congreso de los Diputados y Pedro Sánchez, su secretario general y candidato, de nuevo presidente in pectore. La otra cara del drama es la de los derrotados: las derechas. El Partido Popular sufre una estrepitosa mengua en su número de diputados; Ciudadanos ve ostensiblemente incrementado los que le corresponden, pero sin conseguir el objetivo proclamado hasta la saciedad de desalojar a Sánchez de La Moncloa; y Vox, con el logro no menor de 24 escaños, queda lejos –¡por fortuna!– de las expectativas creadas en torno a la irrupción de la ultraderecha en el parlamento español. Todo lo demás –destaca la supervivencia honrosa, a pesar del descenso en votos, de Unidas Podemos con 42 escaños–, queda como datos relevantes en torno a papeles secundarios en el drama electoral. No obstante, en algunos lados de la escena el guión adopta desarrollos paralelos que es obligado tener en cuenta: la fuerza de partidos soberanistas en Catalunya y Euskadi, con especial relieve de la victoria de ERC como primer partido en el ámbito catalán. No es cuestión marginal respecto a cómo continúe el drama.

En el escenario político español se ha evidenciado la pervivencia de algo que muchos pensaron que era cosa de representaciones del pasado. Nos referimos al eje izquierda-derecha, ése que en las diversas modulaciones del “momento populista” queda opacado. Es cierto que dichos polos se redefinen, pero el eje no desaparece. Estas elecciones se han jugado claramente sobre ese eje, con una polarización ciertamente muy acentuada, entre otras cosas por los temores acumulados a uno y otro lado del espectro político, activando a veces hipertrofiados fantasmas del miedo. Como el eje izquierda-derecha se entrecruza con el eje trazado en torno a la configuración del Estado, las derechas no se cansaron de esgrimir el espantajo de la ruptura de España, pretendiendo ahuyentarlo con sobredosis de españolismo suministradas desde el “modo Reconquista” hasta el discurso de la recentralización del Estado. Españolismo excluyente, en definitiva, centro de gravedad de propuestas políticas con ingredientes anti-igualitarios y antifeministas, desplegados desde envolturas neoliberales hasta nacionalcatólicas. Sin duda, el temor ante todo ello no era infundado, y eso ha activado la movilización del electorado de izquierda, con el presidente Sánchez apelando al voto útil y el candidato Iglesias invocando un voto de izquierda consecuente para poder frenar a la derecha. Nacionalistas e independentistas ya se encargaron de llamar a las urnas para defensa eficaz frente a un españolismo rampante.

En medio de tantos temores entrecruzados gana la izquierda, ciertamente, compartiendo con otras fuerzas políticas lo que no se quiere, a la vez que obteniendo ventajas de las desastrosas estrategias electorales de PP y Ciudadanos en su dejarse arrastrar tras los señuelos fascistas –franquistas en la versión hispana– de Vox. Volvió a hacerse patente que cuando la cuestión nacional –o mejor, la cuestión de las naciones– se sitúa en primer plano, todo lo demás queda en segundo, y ello dicho sea reconociendo que el PSOE ha sabido hacer visibles las tendencias apuntadas con las medidas sociales políticamente decididas o esbozadas por su gobierno. El caso es que resolver las cuestiones de reconocimiento, incluido el reconocimiento políticamente eficaz de las identidades nacionales, es paso indispensable para abordar con visos de éxito compartido las cuestiones de redistribución de cargas y beneficios. El gobierno que sea investido a partir de los resultados arrojados por las urnas ha de tener en cuenta eso, es decir, ha de tener presente que la realidad plurinacional del Estado sigue esperando una solución jurídico-política adecuada. Las mieles de la victoria no han de hacer que los ganadores se olviden que el independentismo sigue ahí, suponiendo un conflicto ineludible, por más que los independentistas no lleguen a bloquear un gobierno socialista como el que se puede vislumbrar.

Por todo ello, el PSOE, a la vez que no deja atrás la consciencia acerca del compromiso contraído al recibir un enorme caudal de votos desde un electorado plural de izquierdas para hacer frente a la amenaza real de la regresión antidemocrática pretendida por las derechas –es lo que militantes y simpatizantes concentrados la noche electoral ante la sede del PSOE transmitían coreando “con Rivera, no”–, habría de presentar, más allá de los discursos electorales, su hoja de ruta para dar continuidad al giro a la izquierda propiciado por sus votantes y por los que ha apoyado a Unidas Podemos. Puede ser precipitado, de nuevo, hablar explícitamente, desde esta fuerza política, de entrar en un gobierno de coalición, yendo más allá de pactos parlamentarios. Pero el caso es que se echan en falta al menos pistas claras por parte del PSOE de que se quiere ir hacia alianzas de izquierda, en vez de hacer concesiones a quienes desde poderes económicos insisten machaconamente en la idea de pacto con Ciudadanos, en aras de la estabilidad (según orden neoliberal). Sánchez no debiera olvidar aquellas declaraciones suyas, ya lejanas, al periodista Jordi Évole acerca de cómo presionan sobre la política quienes pretenden poner a partidos, gobiernos e instituciones a su servicio. Siguen haciéndolo.

Más allá de movimientos tácticos en torno a la inmediata investidura como presidente, estaría bien que Sánchez, desde su renovada condición como candidato para la misma, perfilara al menos cómo pretende consolidar, cual mayoría social que soporta un proyecto político de largo alcance, lo que ha sido mayoría electoral que aspira a dar paso a una mayoría parlamentaria. Puede parecer impertinente hablar de la responsabilidad política del PSOE respecto a un bloque de izquierdas, lo cual no excluye cauces de diálogo con derechas democráticas, pero articular esa mayoría social es crucial –Daniel Bensaïd lo subraya con énfasis en su libro Estrategia y partido– si se trata de iniciar una etapa donde se abran paso las transformaciones económicas, sociales y políticas necesarias por motivos de justicia en una España inserta en la Unión Europea y ubicada en un mundo globalizado.

Pertenece a lo que es responsabilidad política de un PSOE de nuevo mayoritario no eludir su responsabilidad federalista. Y está claro que aquí pisamos terreno sensible en el que el mismo Pedro Sánchez ha fijado determinadas líneas como infranqueables. Respecto a ellas hay que subrayar la necesidad de flexibilizarlas e incluso redibujarlas –la cuestión no es solamente no interponer “cordones sanitarios”–, lo cual no significa saltarse la Constitución. Pero es conclusión muy extendida que el mismo Estado de las autonomías propiciado por la Constitución está agotado, y que necesita una reforma de cuño federal. Tal reforma no puede soslayar la realidad del conflicto catalán, que ciertamente repercute en crisis del Estado. Nadie piensa, ni los independentistas, que una salida a tal crisis y al conflicto que la desencadena pueda ser inmediata, pero eso no quita que se trace una vía transitable para negociar sobre la misma con todo el rigor que exige una democracia consecuente y su Estado de derecho. Y desde esa premisa no vale excluir por principio toda posibilidad de algún referéndum legal y pactado que se proponga para Catalunya. Es el Partido Socialista el que, con toda la prudencia que se reclame, puede abrir esas vías, para lo cual la interlocución que encuentre con una ERC mayoritaria en el ámbito independentista es clave ofrecida por el mismo electorado.

Contribuir, al hilo de la formación de un gobierno, a un proyecto de izquierda ampliamente compartido y a pergeñar una salida a la crisis del Estado que se pueda presentar como legítima y legal a la ciudadanía catalana y al conjunto de la sociedad española es responsabilidad sobre la que el PSOE no debe pasar de largo. Cabe añadir que asumirla es a la vez desempeñar una responsabilidad republicana de la cual tampoco cabe desentenderse. Y para la asunción de dicha responsabilidad no hace falta poner en primer plano la cuestión pendiente de la forma de Estado, pues tampoco tiene sentido acometer la misma sin generar una conciencia republicana madura en el seno de la democracia española. Resulta que esos mismos objetivos relativos a proyecto de transformación social y federalismo plurinacional para el Estado español requieren una radicalización de la democracia que no puede ser sino republicana. Avanzar en republicanismo es lograr que electoras y electores que votan se autocomprendan como ciudadanía participativa, que ejerce sus derechos políticos con el mismo nivel de autoexigencia con que defiende sus derechos civiles o con que exige el cumplimiento efectivo de lo que suponen derechos sociales, culturales o medioambientales. Por tanto, en la oportunidad que se ha presentado, y no por azar, sino por el resultado de decisiones individuales transmutables en acción colectiva, el PSOE, junto a las fuerzas con las que un pacto pueda ahormarse, tiene esa responsabilidad federalista y republicana que desde la izquierda es percibida como condición de credibilidad política. Hay buenas razones para pensar que es parte sustancial del mensaje que los votos de las izquierdas transmiten.

Fuente → ctxt.es

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