Desvelando históricamente el nacionalismo español

Desvelando históricamente el nacionalismo español: Año 2010, verano. La selección española de fútbol acaba de ganar el Mundial. Las calles de la patria toda, de norte a sur (Catalunya incluida), se llenan de banderas, el rojo y el amarillo son los colores de moda (“la Roja” es como se conoce al combinado nacional); las multitudes vibran al unísono con el canto de “yo soy español, español, español”, casi tan original como el “lorololorolo” de la Marcha Real, también llamada Himno. Definitivamente el nacionalismo español, que venía enseñando la patita desde el Aznarato, ha salido del armario. Siete años más tarde, en plena crisis soberanista catalana, no pocos balcones de todo el territorio (incluida de nuevo la propia Catalunya) se llenan de rojigualdas. Un año después, una fuerza de derecha radical populista, que enarbola como uno de sus postulados estrella la defensa de la unidad de la patria, irrumpe con fuerza en el parlamento andaluz y condiciona un pacto de gobierno en la autonomía. El nacionalismo español ha venido para quedarse, aunque en realidad nunca se había ido.

El libro del profesor Núñez Seixas, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidade de Santiago de Compostela, es valiente en una época tan polarizada como la actual, en que buscar la objetividad te puede ganar el terrorífico epíteto de “equidistante”. Es una obra honesta, porque está construida desde la necesidad de abordar un contencioso territorial desde bases científicas y racionales. Y porque es valiente y honesta, también es necesaria. El propio autor deja claro en el inicio del ensayo que su objetivo es “ofrecer una reflexión breve de las principales líneas de desarrollo de un fenómeno complejo y pluriforme que, para una buena parte de los actores políticos y la intelectualidad española actual, simplemente no existe” (p.7). Lo cual obedece a una obligación, yo añadiría que ética, del propio oficio de historiador que, por su naturaleza, lleva a “suscitar debates y proponer interpretaciones”.

Y es que hoy por hoy existe una necesidad de definición del nacionalismo español, un fenómeno político e ideológico que si bien es evidente para sus detractores, es negado por sus defensores, disfrazándolo (el autor dice “confundido”) de patriotismo cívico virtuoso.


Parte Núñez de una pregunta básica: la existencia o no de un nacionalismo español. Para ello tiene por fuerza que entrar en la definición conceptual de nación, esa “comunidad imaginada, inherentemente soberana y delimitada territorialmente, integrada por un colectivo de individuos que se sienten vinculados entre sí, con base a factores muy variables y dependientes de la coyuntura concreta” (pág. 10). La tal nación no necesariamente ha de ser la respuesta inexorable a una existencia previa de una identidad protonacional, habida cuenta de que el nacionalismo es, para el autor, el resultado contingente de una movilización política y cultural correspondiente a una coyuntura histórica concreta. La nación es, por tanto, una realidad social que se construye en el contexto de la crisis de los principios legitimadores de la soberanía en el Antiguo Régimen (la Monarquía Absoluta) y con la incorporación de nuevos factores de cohesión tales como la etnicidad, la identidad religiosa, las instituciones comunes de gobierno o la memoria intergeneracional, que acaban generando una identidad común o colectiva. En sintonía con la literatura académica especializada, serían los nacionalistas o patriotas quienes construyen las naciones y no al contrario.

En este sentido, este ensayo histórico sostiene la existencia de un nacionalismo español, en la medida en que, efectivamente, existe un movimiento sociopolítico, plural en sus manifestaciones, que asume que la nación española es un colectivo definido territorialmente y depositario de derechos políticos colectivos como sujeto de soberanía. La condición nacional de España no derivaría exclusivamente de un pacto cívico expresado en una constitución, como mantienen “arteramente” (el epíteto es nuestro) los llamados partidos del “bloque constitucionalista”, sino que, en una óptica historicista y esencialista, España poseería como comunidad unida una existencia histórica previa y común, un “demos predeterminado” por factores que se entienden como objetivos. Todo lo cual invalidaría “la posibilidad teórica de una secesión pacífica y democrática” (pág. 15).

Tras la exposición del marco teórico, la obra se estructura en dos partes. Hasta la página 77, se reconstruye el proceso de nacionalización español desde la Monarquía Católica del siglo XVI hasta la llegada de la democracia y la Constitución de 1978. El resto del libro es una exhaustiva caracterización de las diferentes corrientes del nacionalismo español desde la Transición a hoy, que para nosotros es el verdadero objeto del ensayo. La parte más histórica parece remitir constantemente a la situación actual, revisando (una matización necesaria) tópicos y lugares comunes. Es muy interesante, por ejemplo, la caracterización de la Monarquía Austria como una “monarquía compuesta” (pág. 20), donde convivían tendencias centrípetas y centrífugas cohesionadas en torno a una política pactista (austracismo) que aun así no podía evitar la tendencia hacia una castellanización como instrumento de construcción cultural de la identidad española. La llegada de los Borbones y los Decretos de Nueva Planta reforzarían desde el plano jurídico tendencias preexistentes, contribuyendo a “reforzar un protonacionalismo o patriotismo institucional identificado con la Monarquía y el Estado Absoluto” (pág. 22). El profesor Núñez Seixas va a destacar como en los siglos XVII y XVIII se configura un concepto de “español” legitimado en un cuerpo político determinado que abriría la puerta, al final del Antiguo Régimen, a la irrupción del concepto “nación” como sujeto político, aún carente de naturaleza soberana.


Es en la crisis del Antiguo Régimen, y en particular en el contexto de la Guerra contra el Francés, cuando  aparece una movilización de tipo nacionalista que mantenie fuertes componentes localistas (pág. 25). Las Cortes de Cádiz van a definir la Nación como una colectividad soberana de ciudadanos dotados de una ley común pero con una naturaleza colectiva formada por la historia, la cultura y la religión, en lo que Núñez califica de volksgeist español. En esta definición surge una primera contradicción con el papel de los territorios americanos, considerados por los liberales como parte constitutiva de la comunidad nacional entendida como crisol de razas (pág. 29).

Así pues, el proceso de construcción del Estado Liberal va a coincidir necesariamente con el proceso de construcción nacional y de una ideología nacionalista que le sirve de soporte, en paralelo a procesos análogos en otros países europeos de la época. Es interesante destacar que Núñez matiza (o directamente niega) una supuesta especificidad del caso español (pág. 38). El hecho nacional construirá diferentes relatos según la posición política, aunque también haya que destacar la fuerza de los instrumentos culturales de nacionalización no necesariamente vinculados a aspectos como la lengua común o la modernización de los aparatos del Estado (educación, por ejemplo).

Los aspectos culturales se refuerzan con la crisis de 1898, ya que el truncamiento definitivo de la construcción de una nación “imperial” y mestiza supone un “viraje pesimista” que deriva en la “búsqueda general del carácter nacional español y la definición de sus cualidades” (pág. 45), asumiendo a Castilla como la cuna de la autenticidad hispana. A partir de aquí empezará a hablarse de un enemigo interior que se identifica con las tendencias centrífugas de los nacionalismos-regionalismos periféricos, que contribuirían a agravar un presunto “problema de España” que solo podría solucionarse mediante la correspondiente regeneración, propuesta que oscilaría entre el elitismo autoritario y la movilización social de base.

Un aspecto muy interesante del análisis del 98 es que la movilización nacionalista españolista experimentada en las colonias durante los conflictos secesionistas de Cuba y Puerto Rico va a ser trasplantada a la metrópoli a través de los indianos retornados o de los propios militares, consolidándose una tendencia “con querencias por el poder militar y una autoridad fuerte” (pág. 46). Hilando fino y de forma magistral, Núñez conduce el análisis a través de una serie de constantes (el autoritarismo cuartelero, el historicismo, el castellano-centrismo, el regeneracionismo) que van a eclosionar definitivamente en la dictadura franquista tras el fallido intento republicano de construir soluciones de corte federal o cívicas.

Es de destacar el peso del pensamiento de Ortega y Gasset en los proyectos democráticos, así como del organicismo krausista, que van a desarrollar una “impronta populista del nacionalismo republicano, en el que el pueblo pasaba por ser el depositario de las esencias intrahistóricas (…)” y al cual urgía “despertarlo y hacerlo consciente de su potencial, de modo que el pueblo durmiente se convirtiese en nación de ciudadanos conscientes” (pág. 49). Llegados a este punto, uno no puede menos que acordarse de Íñigo Errejón y de la especie de neopatriotismo podemita. Para Ortega, España constituye una “comunidad de destino” con base en Castilla, comunidad cuyo origen es establecido por Menéndez Pidal en el siglo V. Castilla tendría, pues, una misión histórica unificadora, idea que va a ser asumida por el pensamiento liberal progresista en la persona de Azaña. No es de extrañar, por tanto, la facilidad con la que adalides del pensamiento más conservador y centralista, como José María Aznar, pudieron reapropiarse del pensamiento del presidente republicano. Núñez Seixas sostiene que el acercamiento al catalanismo de Manuel Azaña tenía un carácter táctico evidente, pues “solo la necesidad de contar con el catalanismo para cualquier posible proyecto republicano realista obligaba a posicionarse favorablemente frente a las reivindicaciones de autogobierno” (pág. 50).

Es en este contexto de reformulación cultural de la nación española cuando el idioma castellano va ganando fuerza como instrumento “integrador”, destacando el papel de Menéndez Pidal, quien articula una línea de pensamiento que “creó los fundamentos teóricos de la imbricación entre Historia, raza o comunidad cultural e idioma, haciendo la evolución de las lenguas dependiente de factores no puramente fonéticos, sino políticos y hasta bélicos”, estructurado tales fundamentos alrededor de la idea central de que “el castellano guiado por una empresa unificadora –la Reconquista– y su progresivo asentamiento como lengua de cultura, había afirmado su hegemonía sobre las lenguas de la península en el curso de la Edad Media, incorporando elementos de todas ellas y transformándose en el idioma español” (pág. 52). Castilla como soporte estable para la maduración del idioma, el castellano como fruto de una voluntad expansionista y de crisol, y lengua más audaz y capaz de penetrar en otros ámbitos lingüísticos ya antes de 1492.

Es en el contexto histórico republicano cuando, según Xosé M. Núñez Seixas, se configuran claramente varias familias ideológicas en el nacionalismo español: conservadora, liberal-demócrata, izquierda obrera y autoritaria. Será esta última la que acabe por imponerse sobre el proyecto democrático mediante la cirugía extrema de la Guerra Civil, que devendría en un “conflicto entre nacionalismos” (pág. 65) (entre español y periféricos y dentro del propio nacionalismo español), donde cada contendiente inventa y define su lucha como una guerra de liberación contra el invasor y en la que se “negaba así la condición de español al oponente, proponiéndose como la única parte de la nación española, o al menos la parte sana de la misma: el proletariado y el pueblo, para unos, los buenos españoles, opuestos a la anti-España, para otros” (pág.65), estableciéndose un paralelismo con la Guerra de Independencia de 1808.


El triunfo del general Franco supone la consolidación de un modelo de nación española no exento de tensiones internas, marcado por un fuerte carácter teleológico/religioso (por el Imperio hacia Dios) que, además, profundiza en la idea de Castilla como su eje vertebrador, lo que redunda en la persecución/minorización de las lenguas vernáculas periféricas. El nuevo régimen surgido del golpe de estado del 18 de julio va a implantar, por tanto, un “nacionalismo autoritario, católico y corporativista, cuyos enemigos interiores eran la masonería, el liberalismo, el comunismo y el separatismo”, representativo de una “España tradicional, eterna, católica e imperial” (pág. 69). En este escenario de renacionalización de corte autoritario, además de los medios de comunicación y de la escuela como agentes nacionalizadores, serán muy eficaces elementos de la cultura popular, como la explotación propagandística del fútbol, la tauromaquia, el cine español o la copla.

Todo ello, sin embargo, no pudo evitar la resistencia o pervivencia de los nacionalismos periféricos, que definieron la victoria franquista como una suerte de invasión u ocupación en el caso de Catalunya y Euskadi. Debido a la apropiación franquista de la simbología nacional, su produjo una “creciente ósmosis” de la oposición de izquierdas con estos. Resulta pertinente, quizás, comentar que de aquellos polvos vinieron ciertos lodos actuales.

A partir de este punto, el libro realiza un giro que desarrolla un largo capítulo (páginas 79-182), con el significativo título de “una difícil relegitimación, la idea de España desde la Transición”, en el cual se desgranan las circunstancias actuales de la ideología nacionalista española, en lo que constituye el aspecto central de la obra hasta el punto de que, en una suerte de teleología, todo lo expuesto anteriormente parece destinado a conducir hasta aquí, a poner al descubierto la aparente “invisibilidad política” del nacionalismo español. Este hecho obedece, para Núñez, a tres factores: la deslegitimación del patriotismo español a consecuencia de la mencionada apropiación franquista de los símbolos y discursos nacionales, la legitimidad paralela de los nacionalismos periféricos por su militancia antifranquista y la ausencia de un consenso antifascista como mito relegitimador, como sí ocurrió en los casos de Italia o Alemania (págs. 79-80).

Para el autor el nacionalismo español de vocación democrática debe responder a un cuádruple desafío: la recomposición de la legitimidad histórica, la aceptación de la pluralidad etnocultural, la respuesta al desafío de los nacionalismos subestatales y la compatibilidad con las cesiones de soberanía a la UE (págs. 80-81). En este sentido, aun sabiéndose la diversidad de respuestas de un nacionalismo español constitutivamente heterogéneo, aparecen elementos comunes: una idea de soberanía indivisible e inalienable de la nación española, un concepto de nación que asume una pluralidad etnocultural limitada, que tiene como fundamento de la comunidad política y cultural española una historia común y una defensa de la constitución de 1978 como un patriotismo cultural que incluiría la defensa de las libertades frente a los nacionalismos periféricos, considerados excluyentes por su etnocentrismo e incluso carácter violento (págs. 81-82). Frente a los problemas vasco o catalán, el nacionalismo español recupera el Ortega de La España invertebrada, al entender que existe una empresa común y una comunidad de destino indivisible, aunque pueda camuflar su discurso con un vocabulario liberal y voluntarista (pág. 84). Por otro lado, la distorsión del prolongado conflicto con ETA condujo a un discurso “que se presentaba a sí mismo como una constante reacción democrática y cívica frente a las apetencias y agresiones de los nacionalismos subestatales” (pág. 86).


Esbozada la cuestión, pasa Núñez Seixas a discriminar entre un nacionalismo español de derechas y uno de izquierdas. El primero va a oscilar entre una tendencia nostálgica del nacionalcatolicismo, minoritaria, y una adaptación pragmática, y oportunista en no pocos casos, al Estado de las Autonomías. El autor destaca la difícil incorporación del PP a una idea nacional democrática, ya que “hasta hace un lustro aún se hallaba a la búsqueda de una fórmula definitiva que le permitiese abanderar un proyecto patriótico y políticamente legitimado” (pág. 91). Esta va a producirse mediante diferentes canales: la reacción frente a los nacionalismos periféricos, en especial en lo referente a las políticas lingüísticas (págs. 95-101), la construcción de un discurso de relegitimación histórica y política con la cultura castellana como volksgeist, aun teniendo presente de forma subordinada e inevitable el carácter multicultural de la nación (págs. 101-123), y la consiguiente formulación de variantes regionalistas de marcado carácter folklorista y populista, como fue el caso de los gobiernos de Fraga en Galicia (págs. 123-132). Dentro de esta necesidad de resituar a la derecha en el debate nacional, incluye el autor el creciente peso del revisionismo español, deudor de una idea teleológica de la nación e instrumento político frente a una izquierda que habría traicionado a la misma (págs.114-119).


Precisamente, la izquierda presenta una visión alternativa que no puede evitar partir también de una visión historicista, inspirada en el concepto de “nación de naciones y regiones” de Anselmo Carretero y que Eduardo Martín Toval y Gregorio Peces-Barba llevaron a los debates constitucionales, distinguiendo entre una idea de nación “cultural” y otra política o “soberana” (págs. 134-135). El nuevo escenario político, derivado del intento de golpe de Estado del 23-F de 1981, posibilitaría la eliminación definitiva de la posibilidad de que el término “nacionalidades”, recogido por la constitución, contuviese algún atisbo de soberanía o de posibilidad de acceso a ella. El propio Felipe González destacaría, una vez llegado al poder, la necesidad de rehacer el sentimiento nacional español a través de la recuperación de los símbolos nacionales y de la articulación de un discurso “neopatriótico” fundamentado en aspectos como la modernidad (en especial una vez consumada la integración europea), la conciliación entre una nación política y varias naciones culturales, y el patriotismo constitucional de corte habermasiano  (págs. 136-138). Si bien para Habermas la base de la comunidad política es “la defensa de principios democráticos y ciudadanos universales, contenidos en una constitución compartida”, también es cierto que en su intención radicaba una búsqueda de “una vía de superación de los problemas de conciencia y de legitimación de un nacionalismo alemán democrático, especialmente útil tras la reunificación de 1990”, ajustando para ello cuentas con un pasado autoritario (pág. 138). En el caso español, la idea dominante de patriotismo constitucional obvia aspectos fundamentales como la condena del pasado dictatorial y prioriza la defensa del modelo territorial sobre otros aspectos (pág.139).


El PSOE abandonaba a lo largo de su experiencia de gobierno cualquier veleidad federalizante, mostrando tensiones internas entre diferentes familias o facciones ideológicas, desde la idea de plurinacionalidad del PSC al neoespañolismo del guerrismo. De esta forma, la izquierda no fue capaz de sustraerse a las contradicciones del discurso nacional y a las diferentes sensibilidades territoriales.

El cambio de milenio y la consolidación del estado autonómico no hicieron más que plantear variantes del mismo libreto en el hipotético espacio de la izquierda. Desde la defensa de la nación unida como factor fundamental en el desarrollo del estado social y laico (incluida la polémica lingüística) de fuerzas autodefinidas inicialmente como de centroizquierda que se irían derechizando por su militancia unitarista, como UPyD o Cs (págs. 152-155), hasta la rearticulación de la posición nacional del PSOE bajo diferentes conceptualizaciones alrededor de la idea de “España plural” (págs.156-166), pasando por las tensiones territoriales en el seno de IU (págs. 166-169) o la recuperación de un discurso nacional republicano por parte de Podemos (pág. 178).

Todo lo expuesto no consiguió, para Núñez, establecer una legitimidad rotunda en la forma de un nacionalismo español que hiciese prevalecer la polis sobre el etnos, es decir, un modelo basado en el compromiso colectivo y libre frente a cualquier tipo de esencialismo, habida cuenta que en el caso del nacionalismo catalán habría, para nuestro autor, una voluntad cívica e integradora de identidades múltiples, frente a la cual “la respuesta del nacionalismo de Estado a menudo se agota en dogmas repetidos de forma circular, a modo de mantras” (pág. 185), tales como la defensa de una concepción legalista de la democracia (¡qué sería de nosotros sin el ya mítico artículo 155 de la Constitución!), la conveniencia de lo grande frente a lo pequeño (aquel tópico de que la unión hace la fuerza), la apelación a la unidad europea o la insistencia en los vínculos históricos. A estos mantras, ya utilizados a finales del siglo XX, se unirían ahora el del carácter retrógrado de la secesión (incluidas las salidas de la Unión y la moneda única) y el inevitable caos por la comisión de un acto ilegal con el riesgo de un enfrentamiento civil (pág. 185). En una especie de bucle, el conflicto catalán supuso de facto el retorno argumental a postulados propios de la dialéctica entre nacionalismos presente en el caso vasco desde los 90.


Xosé M. Núñez Seixas remarca –a nuestro modo de ver es fundamental para comprender las deficiencias de la cultura política española– la asimetría con el caso escocés. Frente al better together británico y la participación unionista en el referéndum secesionista, la respuesta españolista fue y es un discurso reactivo que conduce al choque frontal, como se vio en el otoño de 2017 (págs. 186-187). Hay que matizar que para Núñez no se trata de algo excepcional, pues discursos parecidos aparecerían en los casos francés e italiano. El conflicto catalán, en cualquier caso, ilustraría sobre los límites del pluralismo cultural, etnoterritorial e identitario en España, habida cuenta del mantenimiento del castellanocentrismo como representación simbólica de lo común (pág. 189). España constituiría un ejemplo de las límitaciones de los instrumentos de nacionalización en contextos democráticos avanzados, así como de la no factibilidad de los procesos clásicos de nation building en el nuevo contexto del siglo XXI (págs. 195-196).

En el fondo, aparece una incapacidad del estado democrático para seducir a los ciudadanos de las periferias, combinado con problemas evidentes de legitimación simbólica que han contribuido a una cierta trivialización de la identidad nacional española, “extendiéndola y convirtiéndola en un objeto de consumo: desde los héroes deportivos a los cantantes de moda” y estableciendo “formas de socialización de una identidad nacional que podemos denominar nacionalismo banal, pero cuya relevancia en sociedades posmodernas y crecientemente globalizadas no es desdeñable” (pág. 199).

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