Proyecto Faq Buscando las raíces republicanas. La noche del matadero

domingo, 5 de agosto de 2018

Buscando las raíces republicanas. La noche del matadero


Buscando las raíces republicanas. La noche del matadero
Noche de San Daniel.

Concluimos que el españolismo no era la reivindicación del país, el apego a su historia y tradiciones, sino la ideología reaccionaria que las élites han usado siempre para manejar los periodos de inestabilidad. No es tan solo la manera que tienen de ocultar sus desmanes tras la bandera, sino la forma de confundir sus intereses con los comunes e imponer un modelo regresivo, blindándose a la crítica a la que identifican como hispanofobia.

Para poner al españolismo contra un reflejo que no desea se le debe situar frente al conflicto social que su idea de país provoca. A la hora de despedir o empeorar las condiciones de trabajo sigue habiendo clases, no importan las banderas. Aun así, el eje nacional es una idea que vertebra el imaginario colectivo de forma muy potente. Por resumir: cuando en España los ricos se hacen más ricos, los pobres se hacen más españoles. Por otro lado intentar disputar la idea de España con volantazos efectistas es percibido como oportunismo tanto por simpatizantes como detractores. ¿Qué hacer entonces?

La propuesta quedó esbozada: recuperar la tradición republicana española que parte del XIX. El españolismo, en la línea del romanticismo más retrógrado, trajo de vuelta estas últimas dos décadas toda la mitología nacional-católica, resumida en las gestas de la Reconquista, las hazañas imperiales y el lloriqueo conspirativo de los enemigos de la nación. Una macedonia confusa pero efectiva donde se entrecruzan batallas aisladas junto al papel decisivo de grandes figuras, transformando los intereses de las clases dirigentes, el egoísmo genético de la Corona y las tensiones económicas y geopolíticas en un guion de película de aventuras. Mención aparte merece el populismo revertiano, único en citar a los desarrapados desde el paternalismo erudito, para ejercer luego una crítica hacia los notables entre la mueca nihilista y la pirueta del escapismo del país irreformable. 

A la tradición republicana, por contra, le faltan victorias pero le sobran verdades. No necesita de instrumentos de opereta histórica quien ha tenido la convicción de liberar al país de su losa secular de dirigentes corruptos e inútiles, de una iglesia omnipresente y castradora y de una burguesía parásita, servil con los poderes extranjeros pero implacable con sus conciudadanos. En el desigual enfrentamiento la principal arma que se utilizó fue la educación, construir sociedad civil más allá de las fuerzas tradicionalistas, la prensa, la sátira y la palabra. El republicanismo fue por necesidad elitista en sus inicios, pero siempre supo que la única posibilidad de arraigo estaba en el pueblo, en la naciente clase trabajadora. 

Lo cierto es que la idea republicana está unida indefectiblemente al periodo de los años treinta y a su final abrupto con la mal llamada Guerra Civil. El revisionismo de estas últimas dos décadas, como contraparte a la memoria histórica, ha intentado responsabilizar al movimiento obrero de lo que fue un ataque del fascismo internacional contra el deseo revolucionario del pueblo. La defensa, aunque necesaria, ha sido una trampa insalvable. Se asocia el republicanismo con caos, desastre y belicismo, se culpa al intoxicado del veneno que le dieron. No hay que dejar de hablar de la segunda República, pero no podemos menospreciar las experiencias anteriores, o ejemplificado literariamente, aunque se entienden los motivos para reivindicar a Lorca no se comprende el olvido hacia Galdós. Hay que recuperar una tradición histórica de política, cultura y sociedad republicanas no por motivos sentimentales, sino prácticos: si la izquierda no contrapone idea de país solo le quedará el indeseable estatus de apátrida. 

Desde esta pequeña tribuna, cuando la actualidad lo permita, haremos un esfuerzo por recuperar esas raíces, por buscar los orígenes que nos permitan reconocernos fuera del tópico y el mito, por aprender que las calles que pisamos han sido transitadas antes por otros muchos.

Cuando la Puerta del Sol se llenó con el 15-M, la mayoría se sintió pionera cuando no era más que continuadora, sin saberlo, de un largo historial de levantamientos populares que tuvieron como escenario la céntrica plaza. Uno de esos episodios tuvo lugar en el año 1865 y, aunque sepultado por la crónica oficial, es recordado como La noche de San Daniel o, de forma menos onomástica, como La noche del matadero.

El reinado de Isabel II se extiende de 1833 a 1868. Aunque siempre ha sido presentada como la monarca del constitucionalismo liberal, por oposición al carlismo, las particularidades de su sistema de gobierno merecen ser comentadas. Es la Corona quien tiene la potestad para formar gobiernos, siempre entre los partidos dinásticos, el Moderado –representante de los restos de nobleza, el clero y los terratenientes– y el Progresista –representante de banca y burguesía– acaudillados ambos por generales. A mitad de siglo surgirá la Unión Liberal, de O’Donnell, junto con el pequeño Partido Demócrata, de Castelar, única oposición existente, situado en la senda del republicanismo. Los senadores también son nombrados por la reina de modo vitalicio. El Parlamento es elegido mediante sufragio censitario, donde solo vota, dependiendo del periodo, entre el 0,15 y el 4,32% de los hombres. Poder ser diputado o elector es un privilegio dado por el nivel de renta y la posición social. El Reino es confesional católico, algo que se nota en palacio, donde el padre Claret y Sor Patrocinio, la monja de la llagas, son personajes de relevancia, inspirando años después La corte de los milagros de Valle-Inclán.

En el año que nos ocupa, 1865, el general Narváez gobierna de nuevo de forma cada vez más autoritaria. El escritor y diplomático Juan Valera describió así el momento: “La corona estaba sin norte, el gobierno sin brújula, el Congreso sin prestigio, los partidos sin bandera, las fracciones sin cohesión, las individualidades sin fe, el tesoro ahogado, el crédito en el suelo, los impuestos en las nubes, el país en la inquietud”. Para hacer frente a la grave situación económica, Corona y Gobierno se ponen de acuerdo para que la reina ceda al Estado el 75% del llamado patrimonio real y conserve el restante. La decisión es presentada en cortes como un gesto “grande, extraordinario y sublime”.

Aunque la prensa cortesana aplaude enfervorizada no todos comulgan con la trampa. Emilio Castelar, líder de los demócratas y catedrático de historia de la Universidad de Madrid, publica dos duros artículos el 21 y 22 de febrero donde denuncia la verdadera naturaleza de la maniobra. En el titulado ¿De quién es el patrimonio real?, el intelectual responde: “El patrimonio real es del país, es de la nación. La Casa Real devuelve al país una propiedad que es del país, y que por los desórdenes de los tiempos, y por la incuria de los gobiernos y de las Cortes, se hallaba en sus manos”. Explica además que el trato es beneficioso para la Reina ya que percibirá intereses muy superiores a los que le prodigaba la gestión directa del patrimonio. Concluye que por desgracia los moderados, a los que tacha de “banda mercenaria, peor que la langosta” administrarán la riqueza recobrada no para su uso público sino como “un asunto de granjería, un alimento de sus despilfarros, un botín de sus adictos, una pequeña nube de humo, que se disipe en el ruido de sus orgías. Defendamos, pues, de las dilapidaciones y prodigalidades de los vándalos moderados, la riqueza pública”. En el segundo artículo, titulado El rasgo. se muestra aún más duro: “Acordaos de lo que sucedió en la revolución francesa. Las promesas no cumplidas del ministro de Hacienda Calonne, perdieron a la monarquía. El pueblo engañado y ofendido, comenzó aquella revolución que arrancó de las sienes de Luis XVI la corona, y de los hombros de Luis XVI la cabeza”.

Ambos textos son censurados, pero rápidamente se hacen circular impresos en pasquines y octavillas por las calles de Madrid. El Gobierno entra en cólera. Alcalá Galiano, ministro de Fomento, de quien depende la universidad, exige al rector Montalbán el cese de Castelar, contra quien el día 8 de marzo se dicta prisión que elude mediante fianza. Un mes después, el 7 de abril, ante la negativa del rector, ambos son destituidos y despojados de sus cátedras. Se decreta el estado de guerra y se suspenden los escasos derechos constitucionales.

Cabe señalar que Castelar ya había tenido otro incidente notable un año antes al criticar la ley Moyano, que establecía que la enseñanza debía regirse por la ortodoxia católica. Seguía existiendo una lista de libros prohibidos por la Iglesia y el krausismo, una peculiar adaptación española del racionalismo alemán, había sido vetado en las aulas. No era una mera cuestión de fe frente a ciencia o de libertad de cátedra frente a dogmatismo, sino el enfrentamiento del poder vigente contra el único reducto institucional que podía poner en cuestión sus privilegios y denunciarlos frente al pueblo. 

Carmen Llorca, biógrafa del intelectual, resumió así la situación: “El Gobierno pretendía ir contra la libertad de prensa y empezó atacando al periodista más peligroso, Castelar, pero no como periodista, pues hubiera tenido frente a sí a todos los periódicos, sino como catedrático. Es el eterno juego de la política española entre la pasión por la arbitrariedad y la afición teórica a la legalidad”.

El día 8 de abril los estudiantes convocan una serenata debajo del domicilio del rector cesado, en la calle Santa Clara. Pese a que el acto de apoyo tiene el permiso de la autoridad municipal, es prohibido en el último momento, ya con la manifestación en marcha. Los estudiantes, estupefactos, marchan por Arenal hacia Sol y frente al entonces ministerio protestan y golpean las puertas. Se disuelven pacíficamente tras la llegada del tercio veterano de la Guardia Civil, cuerpo armado que pese a no contar con esa prerrogativa había empezado a usarse para el control de multitudes en núcleos urbanos.

La tarde del 10 de abril, el marqués de Zafra, nuevo rector, jura su cargo en el paraninfo de la universidad, convertida casi en un cuartel por la numerosa presencia de uniformados. Los estudiantes, a los que ya se han unido simpatizantes del Partido Demócrata y algunos obreros de la periferia de la ciudad, marchan a Palacio, donde son encañonados por la guarnición. De ahí parten de nuevo hacia Sol: les están esperando más de mil hombres armados entre Guardia Civil, caballería e infantería. 

Las cargas, sin aviso previo, son espantosas. Se entra a bayoneta y se dispara sobre la multitud desarmada. Se acierta a los manifestantes pero también a cualquier transeúnte que pase por allí. Aunque se intenta construir barricadas en las calles adyacentes, la precipitación de los sucesos las hace inútiles y la caza se traslada a toda la zona. El escritor Moreno de Tejada relata los sucesos: “No había enemigos, porque los estudiantes en su inmensa mayoría se retiraron. Pero no importaba. Había curiosos, había gente sobre quien disparar. El café Suizo fue desalojado a viva fuerza. Al salir los concurrentes, hicieron una descarga los veteranos. Un caballero joven, recién casado, el señor Nava, y un infeliz obrero que volvía de su trabajo, murieron allí, víctimas de aquel salvajismo, de aquel acto de barbarie. En la calle del León una pobre niña fue muerta de un culatazo en la espalda. En un balcón de la calle de Carretas se encontraba una señora… recibió un balazo en la cabeza”.

La noche de San Daniel convertida ya en la noche del matadero se salda con 14 muertos y casi 200 heridos de gravedad. 

El Gobierno prohíbe publicar a la prensa información sobre lo sucedido al día siguiente por lo que muchos periódicos salen en signo de protesta con la portada en blanco. En sede parlamentaria el ministro de la Gobernación, González Bravo, responsable directo de la masacre dijo que: “Se había derramado sangre de nuestros soldados”. Tan solo hubo un guardia civil herido de una pedrada.

Pérez Galdós escribió: “Este delito de lesa humanidad no puede ser disculpado ni aún por el agua bendita de los hisopos neocatólicos”. Periódicos como El Iberia se hacían las siguientes preguntas: “¿Quién es aquí el perturbador? Siempre que manda Narváez suceden cosas semejantes; pero nunca hemos visto cosa igual a la que estos días está sucediendo. ¡La caballería, la infantería y la artillería en campaña, porque los estudiantes han silbado al rector! Esto en verdad es el origen de la cuestión. ¿En dónde estamos? ¿Es esto conservar el orden o provocar el desorden?”.

Los sucesos del 10 de abril de 1865 no tuvieron ninguna consecuencia inmediata a pesar de su gravedad. Cuando a los dos meses se decidió un cambio de ejecutivo el destino de la Corona estaba ya sellado. En las calles de Madrid se contaba que la reina había pedido a Narváez que utilizara incluso cañones contra los estudiantes. El pueblo no olvidó y como pronosticó el diputado Ríos Rosas: “Esa sangre pesará sobre vuestras cabezas”. 

Tres años después, en septiembre de 1868, estalló la Revolución Gloriosa. Un grito se escuchó en todo el país: “¡Abajo los Borbones! ¡Viva España con honra!”.

Fuente de la noticia →  lamarea.com

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