El abril republicano desde la agitada primavera de 2018

Desigualdad, laicismo, patriotismo, rebelión, memoria… temas del ayer republicano pueden ser revisitados y contrastados con la realidad actual de España.

Os traemos este artículo de Ricardo Robledo publicado el 25 de Abril de 2018 en cxt.


Al irse alejando en el tiempo la Segunda República –nos acercamos al 80 aniversario de su final–, se perciben mejor las posibilidades y límites del reformismo republicano. Como la realidad histórica no es una reliquia sagrada, “objetiva”, sino una construcción razonada desde la conciencia del presente, expongo algunos puntos del ayer republicano contrastados con problemas de la actualidad:
  1. Desigualdad. Aunque la gente se rebele más cuando dispone de ciertos recursos que cuando carece de ellos, eso no oculta la situación de miseria y de privaciones que vivió mucha gente en los años 30 del siglo XX especialmente en las comarcas del latifundio. Sin embargo, este fenómeno suele quedar disimulado por datos macroeconómicos, pese a la cotidianeidad del hambre en los telegramas que enviaban los gobernadores civiles al ministro, asustados por la gente reunida en la plaza, en los debates parlamentarios o en la literatura, por ejemplo, El rebaño hambriento en la tierra feraz de José Más, de 1935, o algún otro libro de Arconada o Sender: Viaje a la aldea del crimen contiene el término hambre/hambriento cerca de cien veces.
Las fuerzas del orden solían agravar el problema más que solucionarlo

Las tensiones sociales que generaba la desigualdad económica se pretendían resolver en el campo con más guardia civil y más obras públicas. Pero las fuerzas del orden solían agravar el problema más que solucionarlo (Casas Viejas es un buen ejemplo), y el gasto público, aunque creció más en el primer bienio que en el segundo, no podía tener el efecto que tiene hoy dado su escaso peso en el PIB (Comín). Al final, la clave estaba en la demanda privada: los labradores y administradores, siempre que pudieron esquivar las leyes de “laboreo forzoso”, redujeron la demanda de empleo, con lo que hicieron crecer el “ejército rural de reserva”, una forma eficaz de deprimir los salarios. La otra opción hubiera sido una reforma agraria ejecutada durante el gobierno provisional.

Investigaciones en curso basadas en el estudio antropológico forense de 1762 individuos podrían confirmar este mismo año que un número muy importante de los restos óseos de las víctimas republicanas de la represión franquista padecían intensos signos de malnutrición crónica, lo que permitiría afirmar la extracción social baja o muy baja de las mismas. (Comunicación personal del antropólogo forense Fernando Serrulla Rech). Entonces, la guerra civil, ¿fue quizás una guerra contra los pobres?
  1. Laicismo. Cuando Gerald Brenan publicó en 1950 la segunda edición de El laberinto español se mostró crítico con la actitud de los republicanos al atacar a la Iglesia, descuidar el problema agrario y sobreestimar sus propias fuerzas. Política mejorable sin duda la del laicismo republicano. Aunque hay que reconocer que el bastión del catolicismo oficial hacía muy difíciles las posturas de consenso. Por ejemplo, Camón Aznar (luego candidato del Partido Republicano Radical) defendió en Salamanca en 1930 un ideal republicano laico que no era irreligioso, a lo que el canónigo J. Artero replicó: “La religión católica es intransigente, o ‘totalmente’ se acepta o totalmente se deja”. Cándido Casanueva, el fiel compañero de Gil Robles, exigía a las mujeres católicas salmantinas un rencor cotidiano a gotas: “Tenéis la obligación ineludible de verter todos los días una gota de odio en el corazón de vuestros hijos contra la Ley de Congregaciones y sus autores. ¡Ay de vosotras si no lo hacéis!”. Hoy se defiende con normalidad el adoctrinamiento escolar en valores militares, la defensa de la tradición por encima de la aconfesionalidad de la Constitución, mientras el ministro de Educación entona orgulloso “el novio de la muerte”, el himno de la Legión, un cuerpo especializado en la represión. ¿Habrá algún máster que divulgue los méritos de la Institución Libre de Enseñanza?
  2. Patriotismo. No hubo mucha simpatía de los intelectuales “madrileños” por el Estatuto catalán de 1932. Pero al menos Ortega pidió “entusiasmo constructivo” y habló de “conllevar”. Hoy el verbo es “liquidar” y convertir el catalanismo en un episodio fugaz de la historia. Creo que la declaración unilateral de independencia fue un error mayúsculo. Els Segadors sonó en el Parlament como “la despedida de un funeral de segunda” (Jordi Amat). En 1934 Companys proclamó la República catalana “dentro de la República Federal Española”; con Hitler en el poder desde enero de 1933 no recuerdo que abundaran escritos identificando aquella decisión con el nazismo (que justamente se quería combatir entonces). Sin embargo, hace poco que John Carlin contaba en La Vanguardia: “El otro día un amigo madrileño, una de la personas más inteligentes que he conocido en mi vida, me dijo exactamente eso, que los líderes independentistas eran unos nazis y de los de verdad, me aclaró, ‘los de los años treinta y cuarenta’”. Creí que era una exageración. Estaba equivocado: acabo de leer en Facebook que Vandellós o Pompeu Fabra, por sus críticas contra la inmigración en los años 30 del siglo pasado, son equiparados con Alfred Rosenberg. Cuando se tiene delante un país que hizo gala de la expulsión de judíos y moriscos (los Reyes Católicos siguen siendo las raíces de la patria constitucional para algunos) y que instituyó el Día de la Raza, la comparación es todo un ejercicio de agudeza intelectual.
Quizá resulte oportuno recordar que el duro discurso de Unamuno contra el nacionalismo españolista desde el Paraninfo salmantino el 12 de octubre  tuvo el referente de Rizal, poeta y líder de la independencia filipina ejecutado por los españoles: “Hoy no celebramos una fiesta étnica sino el día de la lengua, eso sí es imperio, el de la lengua española, hablada por Rizal, tan español como sus verdugos, vencido, sí; convertido, acaso; pero convencido no”. Millán Astray, que había luchado con 17 años contra Rizal (ejecutado en 1896) gritó: “¡Muera la intelectualidad traidora!”.

Causa extrañeza cómo historiadores integran las acciones del nacionalismo catalán en la secuencia Primo de Rivera-Sanjurjo-Tejero
  1. Rebelión. Al postular el delito de rebelión contra el movimiento secesionista de Cataluña y celebrar su aplicación se está trivializando (y por tanto tergiversando) el cruento golpe del 18 de julio, el máximo ejercicio de violencia de nuestra historia contemporánea. “La acción debe ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo que es fuerte y bien organizado…”, escribía Mola el 25 de mayo de 1936, y el 24 de junio insistía: “Cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular, debe ser fusilado […] Hay que sembrar el terror”. Ahora, sin embargo, en la web del Congreso de los Diputados ni tan solo existe el término dictador o Dictadura para referirse al franquismo, que queda convertido en “Cortes Españolas, 1943-1977”. ¿Para qué condenar al franquismo? La Fundación Francisco Franco sigue formando parte del paisaje habitual de subvenciones, desgravaciones fiscales y proclamas. “El lenguaje es más que sangre”: es la cita de Rosenzweig que encabeza La lengua del Tercer Reich de Victor Klemperer. Ahí mostró cómo puede ir triunfando un sistema a través de “palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente”.
Causa extrañeza cómo historiadores –que deberían tener un sentido cuidadoso para no caer en falsas analogías– integran las acciones del nacionalismo catalán en la secuencia Primo de Rivera-Sanjurjo-Tejero, como un golpe frustrado merecedor de “alta traición” (El País, 16 de abril de 2007), sin analizar cómo se ha llegado hasta aquí (situación que poco tiene que ver con la de aquellos enemigos por excelencia de cualquier democracia), y sin decir nada de la violencia del Estado el 1 de octubre.
  1. Memoria. El abuelo materno de Alberto Oliart fue extorsionado por el nazi Ernest Moerl con 50.000 pesetas después de ser maltratado en Mérida en septiembre de 1936. Denunciado por esta y otras fechorías, aparte de algún asesinato, la autoridad militar ordenó su detención. Si nos fiáramos del relato de Oliart (Contra el olvido, Tusquets, 1998, p. 75), acabaría fusilado por sentencia de consejo de guerra. Sin embargo la investigación de F. Espinosa publicada no hace mucho demuestra que Moerl, afiliado al partido nazi desde 1923, fue excarcelado, pasó por Salamanca y falleció en Alemania en 1978. El argumento para librarlo de la acusación de asesinato que utilizó el abogado defensor Cuéllar Gragera (nombre del premio que sigue concediendo anualmente el Colegio de Abogados de Badajoz) fue que “la guerra actual es una cruzada por la civilización, y las leyes por las que se rige son las terminantemente consignadas en los Bandos de nuestras Autoridades Militares, y a ellos hay que atenerse poniendo sobre todo y ante todo la salvación de nuestra Augusta Patria”. Son estos ilegales bandos de guerra con los que los sublevados venían funcionando los que la investigación histórica y las asociaciones de memoria histórica han ido rescatando para salvar del menosprecio a las víctimas del franquismo, recibiendo a menudo el desprecio de historiadores distinguidos por no hacer historia objetiva. Para los partidos de la derecha, pero también para intelectuales como Trapiello, Savater u Ovejero, cualquier propuesta de revitalizar la ley de memoria histórica, considerada un “flagrante historicidio”, supondría alimentar un sentido de revancha y demoler las bases de la seguridad jurídica. Buena parte de la intelligentsia que se rebela contra la “memoria histórica” es la misma que solo ve “rebelión” en el movimiento secesionista/soberanista catalán.
España no es un país democrático, en buena medida porque quieren que siga siendo un país sin historia. O, más bien, país de una sola (grande y libre) historia. Por eso se pide no “reabrir heridas” del pasado, pero se exige no aplicar la receta del olvido cuando, tras el comunicado de ETA, se quiere reconstruir una sociedad rota por medio siglo de terror: sería una “indignidad propia de quienes carecen de ética cívica y respeto por la vida humana” (El Mundo, 21 de abril). Esta es una de las claves para comprender el triunfo de la intransigencia que recorre esta agitada primavera. Hace años, un periodista le pidió a Ramón Carande (1887-1986): “Don Ramón, resúmame usted la historia de España en dos palabras”, a lo que replicó: ‘Demasiados retrocesos’”.
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Ricardo Robledo es catedrático jubilado de la Universidad de Salamanca y profesor visitante de la Universidad Pompeu Fabra.

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